Capítulo seis #2
¡Señor! Mientras la hermana Gemma hablaba, en mis oídos se repetía como un eco el grito de Lisa.
El día que el médico le dijo que el cáncer de Henri había vuelto y se había extendido por todo el cuerpo, Lisa regresó a casa borracha, abrió de par en par el armario, la nevera y la puerta del baño, y gritó hacia su interior, una y otra vez, con las venas del cuello marcadas: «¡Usted es un hijo de puta, Señor! ».
Henri estaba en el hospital, así que la única que presenció la escena fui yo.
Lisa, que apenas alzaba la voz para decir lo necesario y que dondequiera que estuviese mantenía siempre una postura encorvada, jamás había mostrado un aspecto tan furioso como esa vez.
Igual que Munju y Nana , pensé al evocar de nuevo, después de tanto tiempo, a esa Lisa enardecida.
Las luchas solitarias de Verónica y de Lisa que, hábilmente ocultas, estallaron de pronto y desgarraron la vida cotidiana, se me aparecían como dos imágenes surgidas de un mismo cuerpo.
Gestos de dolor que, frente a un Dios reducido a impotente espectador, no eran más que amenazas vacías…
Probablemente lo que evitó que Lisa fuera arrinconada hasta el límite, a diferencia de Verónica, fue Henri.
Su altura, cercana al metro noventa, la silueta tosca, la complexión robusta y la voz áspera.
Para la mayoría, Lisa era un gigante arrojado a Liliput, pero Henri la trataba como a un pajarito posado sobre su hombro.
Siempre observaba con atención el estado de Lisa y la acariciaba con una delicadeza infinita.
Creo que fue gracias a esos recuerdos que Lisa pudo soportar la ausencia de Henri y volver a encarrilarse en la rutina cotidiana.
—Mi petición es, en fin… que no vaya a visitar a la hermana Verónica. Es alguien que no querría mostrarse enferma y frágil y menos ante las niñas a las que cuidaba como si fueran sus hijas. Eso se lo aseguro.
Le respondí a la hermana Gemma que así lo haría, que no tenía derecho a rechazar su petición. Cuando ella se dio vuelta después de inclinar ligeramente la cabeza, yo le di las gracias sin pensar.
—¿Eh? ¿Por qué?
—Por creer en el maquinista que me salvó.
—Ah…
La hermana Gemma no pareció comprender del todo por qué le daba las gracias, pero yo no le ofrecí más explicaciones.
Solo yo sabía que su conjetura sobre que el maquinista había querido volver a buscarme era errónea.
En ese instante comprendí que ya no podía seguir ignorando los sentimientos que había tenido al enterrar mi espejo en el descampado.
Entonces, mi pequeño pecho estaba lleno de resentimiento.
Incluso me prometí que, aunque llegara a ser alguien de un éxito tan enorme que todo el mundo me reconociera, jamás buscaría al maquinista.
Porque la que más creyó que un día él vendría de nuevo a buscarme, fui yo.
Sin embargo, hasta el día en que partí a otro país, él no hizo ni una sola llamada al orfanato.
Nunca se interesó por mi bienestar, ni por dónde ni cómo vivía, ni siquiera por si estaba viva o muerta.
Desde el momento en que me dejó en el orfanato, jamás volvió a buscarme.
Llegamos a Seúl luego de viajar más de una hora en metro desde Incheon.
Seoyoung dijo que quería reestructurar una secuencia de la película, y se fue con Eun a una cafetería en Hapjeong, mientras Soyul se marchó como siempre a su trabajo de medio tiempo vendiendo entradas.
Yo tomé un autobús hasta las inmediaciones de la casa de Seoyoung y caminé observando con atención cada cartel.
Según Google Maps, cerca de la estación de Noksapyeong había tres clínicas de obstetricia y ginecología.
En una de ellas pensaba atenderme hasta regresar a Francia.
La primera clínica que visité tenía un olor tan fuerte a desinfectante que me fui, pero en la segunda me registré de inmediato. La sala de espera era pequeña y me dio la sensación de haber sido invitada a la casa de alguien.
La doctora, después de algunas pruebas, me informó que a las dieciséis semanas el tamaño de Wuju era de 10,2 centímetros y su peso apenas superaba los 120 gramos.
Me dijo que todo su cuerpo empezaba a cubrirse de un vello fino en forma de remolino, que ya tenía órganos sexuales y cejas, y que orinaba cada tres o cuatro horas.
Añadió que pronto se desarrollaría también el diencéfalo, y que entonces mis emociones se transmitirían por completo a la bebé, de modo que ella sentiría exactamente lo mismo que yo.
—Veo que viene de Francia. ¿No tiene ningún tutor en Corea? —preguntó la doctora mientras revisaba mi planilla.
—Mi tutora soy yo misma. No tengo a nadie más.
Al oír mi respuesta, su rostro adoptó una expresión complicada, pero por suerte no preguntó nada y se limitó a recomendarme que tomara un complejo vitamínico.
Al salir de la consulta, el vídeo que había visto en la pantalla durante la ecografía ya me había llegado al teléfono.
El personal del hospital también me entregó una pequeña libreta, al parecer destinada a registrar los cambios del cuerpo y el estado de salud de la madre hasta el parto.
Cuando saqué la billetera del bolso para pagar la consulta, salió también una servilleta arrugada.
Al ver el carácter de «plata» escrito en ella, empecé a reconstruir en mi memoria la mano de Denis.
Esa mano que había olvidado durante tanto tiempo aparecía como una figura en una película rebobinada.
No solo la forma de la mano que sostenía la servilleta, sino también la hondura de las arrugas y la inclinación de los tendones se volvían cada vez más nítidas.
¿Dónde habría sido? Tal vez en un pub cercano a la compañía teatral.
En esos tiempos, Denis era un actor novato que acababa de comenzar su carrera; había asistido a ver una de mis obras y, por la recomendación de un director amigo suyo, terminó sumándose a la reunión.
Era un gran conversador y con su humor particular solía arrancar muchas risas a la gente de la compañía.
Yo escuchaba distraída sus historias, que dominaban el ambiente, cuando bajé la mirada hacia debajo de la mesa y vi su mano aferrando la servilleta con tanta fuerza que se le notaba la sangre.
Se está esforzando , pensé. Para él, la mano no era una simple extremidad del cuerpo, sino una materia independiente que extraía la forma de su interior y la volvía visible.
Durante el tiempo que fuimos amantes, yo observaba con más atención el estado de sus manos que sus gestos o su manera de hablar.
Que apretara con fuerza un objeto pequeño, como una servilleta, era señal de tensión; si se enrojecían en exceso, era timidez; cuando se volvían pálidas hasta un tono cercano al azul, ocultaba la vergüenza.
La última vez que vi sus manos no apretaban nada, ni estaban rojas ni pálidas.
Permanecían sin ningún cambio, incluso mientras me decía que ya no me amaba.
Ese fue el signo más certero de nuestra despedida.
Y aun así, tras separarnos, Denis y yo seguimos cruzándonos con frecuencia, y algunos días llegamos a pasar la noche juntos sin expectativas ni perspectivas.
Si él fue un hombre egoísta que me utilizaba, yo no era distinta.
Ambos fuimos sinceros con nuestra soledad, pero no la usamos como rehén para depositar esperanzas en el otro.
Yo solía pensar que, en cierto modo, era un alivio.
Unos días antes de venir a Corea, es decir, después de haber sabido ya de la existencia de Wuju, me crucé con él una vez más.
Fue en la función de despedida de un actor veterano que conocíamos los dos.
Al terminar la obra y salir al vestíbulo, vi la espalda de Denis, que miraba a su alrededor como si me buscara.
Desde lejos lo observé un momento y luego fui hacia la puerta trasera del teatro.
No deseaba que Wuju se convirtiera en una hija secreta, pero tampoco tenía intención de ser yo quien revelara primero ese secreto.
Yo elegí a Denis y él quería vivir solo, sin familia, y el amor ya había pasado.
A mi entender, la relación entre Denis, Wuju y yo era equitativa: Denis no tenía ninguna responsabilidad respecto a ella; Wuju, sin el permiso ni el consentimiento de Denis, iba a convertirse en mi familia; y yo, por mi parte, no pensaba guardarle rencor a Denis nunca.
Volví a guardar la servilleta en el bolso.
De camino a la casa de Seoyoung, compré un complejo vitamínico en la farmacia y varias verduras, una bolsa de arroz y pan de centeno en el supermercado.
La luz veraniega del atardecer se filtraba por la calle con un resplandor oscuro como de tinta.
De pronto sentí hambre. Repartí las bolsas en cada mano y, mientras subía rápido la cuesta, vi a lo lejos el restaurante de Bokhui iluminado.
Pasé de largo frente al restaurante y al abrir la puertita lateral escuché la voz de la anciana a mis espaldas.
Como si no encontrara la manera adecuada de dirigirse a mí, me llamó «¡Tercer piso, tercer piso!
» varias veces seguidas con un gesto de la mano.
No me sentía capaz de acercarme a ella. Siempre he pensado que, cuando uno no desea conocer una verdad, la manera más razonable de lidiar con la situación es evitar el lugar en que esa verdad pueda ser revelada.
—Será solo un momento, venga.
Aunque le inventé que estaba cansada y quería descansar, el tono de Bokhui era apremiante. Ya no sabía con qué palabras rechazarla, y tampoco quería mentir diciendo que tenía cosas que hacer o que estaba esperando una llamada.