Capítulo seis
CAPÍTULO SEIS
L uego de vivir un año como Munju en la casa del maquinista, el verano siguiente me convertí en una niña sin nombre y me enviaron al orfanato.
Con un vestido nuevo, el peinado que con esmero me había hecho la madre del maquinista y, en lo más íntimo de mi ser, la súplica de que, pasara lo que pasara, viviera bien…
Fue un viaje largo desde Seúl hasta Incheon: tomé autobuses y el metro, y me mareé tanto que me puse pálida; al bajar del último autobús acabé sentándome en cuclillas al borde del camino y vomité.
¿Qué expresión tendría en el rostro el maquinista que me acariciaba la espalda?
No lo recuerdo.
Intervino la hermana Gemma desde el sofá de enfrente.
Ella estaba escuchando atentamente mi relato con las manos juntas sobre el regazo.
Ahora que lo pienso, en aquel entonces alrededor del orfanato no había más que chabolas, y ni rastro de casas ni de edificios.
El orfanato tampoco tenía tres plantas como ahora, sino que era una vivienda común adaptada; de noche el espacio era tan reducido que los niños tenían que dormir amontonados con las piernas y brazos cruzados, y tampoco existían instalaciones como gimnasios o bibliotecas.
Según me dijo, ahora en el orfanato Nazaret vivían siete niños en edad preescolar.
La institución en sí creció, pero la cantidad de niños se redujo a una quinta parte.
La hermana Gemma, que parecía más joven que yo, me contó que se había convertido en la directora hacía dos años cuando la hermana Verónica se trasladó a una residencia de ancianos gestionada por una fundación católica.
La residencia estaba en Mokpo, una ciudad portuaria, de modo que la hermana Verónica se hallaba mucho más lejos de lo que Seoyoung y yo habíamos imaginado.
Sin embargo, nos tocó una desgracia inesperada mayor que la distancia del lugar: la hermana Verónica había sido diagnosticada con demencia y depresión.
Era poco probable que una paciente así recordara a una huérfana enviada a Francia más de treinta años atrás y al tutor temporal que la había entregado.
Quizá Seoyoung pensó lo mismo, porque al oír de boca de Gemma el diagnóstico de Verónica no logró disimular su desconcierto.
La hermana sacó de su escritorio una gran carpeta, diciendo que la había preparado para mostrármela.
De aquel viejo legajo extrajo la planilla original de una niña inscrita con el nombre de Park Esther, donde estaban anotadas sus medidas físicas y la situación de la adopción; también el certificado de orfandad y el registro civil individual bajo el mismo nombre, y una copia del consentimiento de adopción firmado por Park Yeonghui.
En ninguno de los documentos figuraba información alguna sobre el maquinista.
Mientras repasaba uno a uno los papeles, recordé que durante el tiempo que fui Munju mi apellido era Jeong, y que al ingresar en el orfanato mi nombre había cambiado de Jeong Munju a Park Esther.
Pasé unos dos años siendo Park Esther. Aunque viví más tiempo bajo ese nombre que como Jeong Munju, nunca llegué a sentir por él ni afecto ni apego.
Tal vez se debiera a que en la vida del orfanato no había casi nada que pudiera considerar una experiencia propia: nombres parecidos entre sí, horarios rígidos, la misma dosis de carencias e inquietudes compartida con los demás huérfanos, el afecto promedio y rutinario de varios adultos, entre ellos la hermana Verónica, y la indiferente rutina de niños que eran adoptados en el extranjero para ser reemplazados por otros. Todo eso embotaba mis sentidos.
A mi lado, Seoyoung enfocaba con la cámara principal los documentos que yo examinaba, mientras que Eun, a nada de distancia, sostenía otra cámara con la que filmaba en plano general a la hermana Gemma y a mí.
Como hoy solo estaba prevista la filmación en interiores, Eun parecía haber traído una cámara auxiliar en lugar de los paneles de luz.
Soyul, igual que en la estación de Cheongnyangni, mantenía cierta distancia para no aparecer y acercaba el micrófono hacia la mesa; esta vez no tenía forma de caña, sino que estaba colocado sobre un soporte y parecía una escopeta de caza.
—Park Yeonghui es el nombre secular de la hermana Verónica. Durante el tiempo en que estuvo aquí, a las huérfanas sin registro les ponía nombres de santos o justos que aparecían en la Biblia, y a todos les daba el apellido Park. Supongo que era su manera de transmitirles una sensación de familia.
—…
—En ese sentido… —La hermana Gemina se acomodó las gafas y se tomó un instante para elegir las palabras—. En ese sentido, estoy convencida de que el maquinista que la trajo aquí era de apellido Jeong.
—…
—¿No dijo que ese maquinista la nombró Jeong Munju? A veces me pregunto si en otro momento quiso llevársela de nuevo. Es muy raro que la persona que encuentra a una niña abandonada se ofrezca a acogerla en su casa durante un año entero.
—…
No fui capaz de añadir ni una palabra. No podía juzgar nada. Cuando el silencio se prolongó, Seoyoung dejó la cámara a un lado y preguntó a la hermana Gemma:
—¿No habrá alguien de esa época, alguien que trabajara con la hermana Verónica, que recuerde el nombre o la dirección del maquinista?
—Sé que había otra hermana, pero dejó la vida religiosa hace mucho tiempo y yo ni siquiera llegué a verla.
Tampoco tengo su contacto. Creo que sería mejor que fueran primero a la comisaría.
Por muy buena que fuera la intención al ofrecerse para acoger, había que reportarlo a la policía.
Seguramente, quedaron registrados sus datos al redactar el informe.
Al oír a la hermana Gemma, Seoyoung agachó la cabeza.
Miraba al suelo con el gesto serio de quien revisa lo que se le había pasado por alto, y solo después de ver a Soyul haciéndole una seña levantó de nuevo la cámara sobre el hombro y apuntó hacia mí con naturalidad.
En ese instante supe que la escena en el orfanato terminaría con un primer plano de mi rostro sorprendido que se fundiría poco a poco hasta desvanecerse.
Mientras Seoyoung se llevó a Soyul y Eun a filmar escenas del orfanato que pudieran usarse como planos de fondo para la película, yo salí de la oficina de la directora y caminé por el pasillo que llevaba a la salida.
En las paredes del pasillo y el vestíbulo había infinidad de fotografías enmarcadas; enseguida comprendí que eran retratos de los niños que habían pasado por el orfanato Nazaret.
En la pared que unía la escalera con el vestíbulo encontré un rostro familiar y me detuve.
Parecía una foto tomada justo antes de marchar a Francia: seis o siete años, los ojos muy abiertos, como sorprendida, y la boca entreabierta, Park Esther, o más bien Jeong Munju…
Con dolor, eché la cabeza hacia atrás y me quedé mirando la fotografía durante mucho, mucho tiempo.
Al salir, lo único que se veía era el suelo de cemento ocupado por coches estacionados; no quedaba rastro del descampado donde casi cuarenta niños jugaban a la pelota o al elástico.
En aquel descampado no había ni siquiera una hamaca, pero abundaban la tierra y la arena, y varios árboles grandes siempre daban sombra.
En algún lugar de aquel descampado enterré mi espejo de mano la madrugada del día en que partí hacia Francia.
La hermana Verónica me explicó con calma que, tras subir al avión y dormir muchísimo sobre las nubes, llegaría a Francia, y que en el aeropuerto me estarían esperando un hombre calvo y una mujer alta, a quienes había visto una sola vez dos meses antes en el orfanato.
Como cada vez que alguien estaba a punto de marcharse, esa tarde también hubo una pequeña fiesta.
Rezamos juntos, compartimos manjares como tarta y bulgogi , y después cada uno de los niños que se quedaban me dio un beso en la mejilla antes de despedirse.
Yo me froté la mejilla cubierta de tantos besos con el dorso de la mano y me acosté a la hora de siempre, pero me quedé despierta hasta el amanecer.
Cuando empezaron a oírse los pájaros y la luz fue filtrándose poco a poco por la ventana, me levanté en secreto, tomé mi objeto más preciado y salí al descampado.
Me acuclillé y me quedé mirando el espejo que llevaba conmigo.
Dentro de él se alojaba una parte oscura y borrosa de mi vida.
Al cabo de un momento cavé la tierra todo lo hondo que pude y lo enterré, o más bien el rostro que se reflejaba en él.
¿Sería gracias a ese espejo que pude imaginar a Munju quedándose aquí y envejeciendo a la misma velocidad que yo?
—Por fin la encuentro.
Era la hermana Gemma. Estaba detrás de mí y parecía nerviosa como si tuviera algo urgente que decirme.
—Tengo un favor que pedirle, hermana —dijo, dando un paso hacia mí—. La verdad es que…
—…
—La verdad es que el estado de la hermana Verónica ha empeorado mucho. Ni siquiera a mí me reconoce y eso que llevo diez años a su lado. La enfermedad apareció de forma repentina, y su avance ha sido tan veloz que todos estamos desconcertados.
—¿Quiere decir que de la nada perdió la memoria?
—Sí…
La hermana Gemma no pudo terminar y miró a su alrededor un instante con expresión incómoda. Al continuar su voz se hizo más baja:
—Hasta aquel incidente, nadie sabía nada de la enfermedad de la hermana Verónica.
Los síntomas, que nunca se habían manifestado con claridad, estallaron de pronto una noche. Verónica destrozó todos los objetos sagrados de su habitación, agarró algo de los escombros y se cortó el antebrazo y el muslo.