Capítulo cinco
CAPÍTULO CINCO
D ormitando en el taxi, cuando abrí los ojos ya estaba cerca de la casa de Seoyoung.
Compré unos cuantos duraznos en una verdulería y, mientras caminaba hacia al apartamento, vi la espalda encorvada de Bokhui frente al restaurante.
La empecé a llamar por su nombre desde hacía dos días cuando comí en su restaurante.
La señora estaba lavando bidones de plástico, bandejas y platos con el agua que salía de una manguera conectada a la cocina.
Al acercarme, le tendí la bolsa de plástico y le dije que los había comprado porque quería compartirlos con ella.
Entonces Bokhui, quizá por el resplandor del sol, me miró y sonrió con un gesto que parecía de fastidio.
Después, lavó cuidadosamente uno por uno los duraznos con agua y los secó usando un paño de cocina.
A diferencia de lo que me había dicho Seoyoung, Bokhui era amable y también muy curiosa.
Desde la noche del apagón, cuando entré al restaurante atraída por la luz de las velas, se había mostrado interesada en mí.
Cuando le pedí que me cocinara cualquier cosa que no fuera picante, enseguida me trajo una sopa clara, y después de poner en la mesa el arroz y los acompañamientos, se sentó disimuladamente frente a mí.
Dijo que el nombre de la sopa era baek sundubutang .
Tal vez por el cansancio del jet lag volví a sentir náuseas y me sentí incómoda pero, al comer esa sopa caliente, el estómago se calmó.
Era la prueba de que la comida de Bokhui me sentaba bien.
Me servía agua, acercaba los acompañamientos y, cuando estuve a punto de terminar el arroz, me trajo un cuenco más.
Cada vez que nuestras miradas se cruzaban, sonreía.
Al sonreír, ya no parecía el arquetipo de una anciana marcada por la soledad y la rabia, pero en cambio se la veía melancólica.
Pensé que si un corazón que rodara como una pelota por tantos años, acumulando sin cesar nuevas heridas, se moldeara en un rostro humano, se vería exactamente como el de ella.
Recordé a la madre del maquinista. La mirada con que me fulminaba, el suspiro profundo que soltaba siempre que me sentaba frente a la mesa, la voz con la que reprendía al maquinista mientras me miraba de reojo, y sin embargo…
sin embargo todas las noches me bañaba, a menudo me llevaba al mercado, y cuando los chicos del barrio me señalaban con el dedo y me molestaban llamándome mendiga o huérfana, aparecía corriendo desde cualquier parte para alejarlos de mí.
También quedó grabado en mis recuerdos el día en que, limpiándose la nariz una y otra vez con el puño, me trenzó el cabello.
Cuando el maquinista, que había estado fumando un cigarrillo tras otro en un rincón del patio, me tomó de la mano diciendo que ya era hora de irnos, ella de repente me abrazó fuerte.
Como el vestido nuevo se empapaba con sus lágrimas, creo que en ese momento lo único que me preocupó fue eso.
—Tiene que vivir bien, pase lo que pase. Tiene que vivir bien —dijo entre sollozos.
Aunque todavía no comprendía lo que significaba una despedida, presentí que nunca más volvería a verla. Me sentía triste, pero, extrañamente, no lloré.
Eso debía ser. Porque en el rostro de Bokhui se superponía el de la madre del maquinista y, además, porque sabía que la mujer también había cuidado en el pasado a niños ajenos.
Por eso fui tan imprudente, por eso fui tan sincera.
Cuando, tal vez por mi forma torpe de hablar, se rascó la cabeza y me preguntó con cautela si acaso venía del extranjero, le confesé sin reservas el recorrido de mi vida: cómo fui adoptada en Francia hace treinta y cinco años, mi vida allí, y el motivo por el cual ahora me encontraba en Corea a pedido de una joven directora de cine que vivía en una casa del tercer piso…
Aunque no era más que información resumida en pocas palabras, era la primera vez que, de manera impulsiva, contaba algo así a un desconocido.
—¿ Jeil, sabes? Jeil, number one . La persona con la que más, más agradecida y más en deuda estoy… te pareces a ella. Sobre todo en la mirada y en la boca… Me sorprendí —dijo Bokhui luego de escucharme.
Tal vez porque tomó consciencia de que venía del extranjero, cambió el tono de voz y empezó a hablarme como si fuese una niña.
Cuando dijo «me sorprendí», abrió mucho los ojos y abrió grande la boca, como si quisiera mostrarse sorprendida.
No pude evitar reír. Bokhui me miró con sus pupilas color castaño.
Sentía que podía medir su amabilidad, su tamaño y su peso, con la mano.
Sin duda, esa amabilidad provenía del niño que había criado alguna vez.
—¿Qué significa Bokhui? —pregunté antes de salir del restaurante, mientras pagaba la comida.
Desde que había llegado a Corea, preguntar por el significado del nombre de las personas que iba conociendo se había convertido en una especie de rito de paso.
— Bok y hui , los dos significan buena suerte. Como lucky , ¿sabes?
—Entonces Bokhui es una persona lucky y además Lucky .
—Claro, sí.
Asentí con la cabeza para mostrar que había entendido. Bokhui me tomó fuerte de la mano y me dijo:
—Vuelve otra vez. Si hay algo que quieras comer, dímelo cuando quieras. Lo que sea, todo, every, every , ¿de acuerdo?
Lo que sea, todo, every, every… En las palabras que ella, Lucky y además lucky , había elegido, había calor humano, y solo entonces pude sentir de verdad que había regresado a mi tierra natal.
Sentada en una mesa vacía, mordía un durazno que Bokhui había lavado con esmero cuando escuché que alguien la llamaba por su nombre.
Una anciana, que parecía de la misma edad que ella, se acercaba con lentitud empujando un carro en el que había amontonados de cualquier manera cajas de cartón, botellas vacías y plásticos.
Bokhui se enderezó trabajosamente al ponerse de pie y la recibió con alegría.
Enseguida las dos se sentaron juntas bajo el toldo del restaurante.
Tenían una estatura similar, pero como la anciana era tan flaca, Bokhui se veía más grandota que de costumbre; y quizás por lo distintas que eran me entró todavía más curiosidad por el origen de esa amistad.
Cuando Bokhui sacó un paquete de cigarrillos de su delantal, la anciana encendió uno y aspiró con fuerza, hasta que sus mejillas se hundieron.
Yo no podía apartar la vista de esa imagen.
Mientras ella fumaba, Bokhui volvía de vez en cuando la cabeza hacia mí, como para asegurarse de que yo estuviera bien, y cuando nuestras miradas se encontraban, me regalaba una pequeña sonrisa.
Cuando la anciana terminó su cigarrillo, Bokhui le puso el paquete en la mano y luego fue apilando con cuidado en su carro varios táperes con comida.
Cuando la anciana se marchó empujando el carro, Bokhui volvió a entrar con una bandeja y un táper aún húmedo.
Cuando le ofrecí un durazno, agitó la mano diciendo que no podía comerlos porque tenía los dientes débiles y se dirigió a la cocina dando grandes pasos.
Desde allí se oyeron ruidos de platos. Enseguida salió con dos cuencos de fideos.
En esos dos días las náuseas habían desaparecido, y en mí había surgido una curiosidad y un asombro infinitos hacia toda la comida del mundo, y los platos que cocinaba Bokhui despertaban aún más mi apetito.
Los fideos que preparó con el caldo de kimchi llamado dongchimi eran claros, frescos y sabrosos.
Mientras me esforzaba por comerlos con palillos, Bokhui apartó un poco de su ración en mi cuenco y, como si me reprendiera un poquito, me dijo que comiera despacio para no empacharme.
¿Por qué? ¿Por qué esas palabras tan sencillas me hicieron un nudo en la garganta?
Cuando tosí y bebí agua, Bokhui me preguntó:
—¿Qué pasa, los fideos no te gustan?
Su mirada estaba cargada de una preocupación sincera.
Quizás fue porque en ese instante la sentí tan cercana, que empecé a describirle aquel plato de la nada.
Tal vez también porque me vinieron a la mente las palabras, «cuando quieras», «lo que sea», « every » y «calor humano».
Y además porque pensé, de manera bastante realista, que ella, con sus casi diez años de experiencia al frente del restaurante, seguro conocería aquel alimento de color púrpura, en forma de empanadilla aplastada, con pasta de porotos dulces en el interior y cubierto de azúcar por fuera.
Después de escuchar mi descripción, me respondió que si conocía algún dibujo, lo copiara tal cual, y me sugirió que la próxima vez se lo llevara.
¿Ni siquiera ella conocía aquel plato? Claro, en ningún restaurante de Corea lo había encontrado hasta ahora.
Volví a tomar los palillos, y Bokhui, que por un momento pareció observarme con cautela, enseguida preguntó con voz tímida:
—Oye… ¿has estado en Bélgica? Dijiste que venías de Francia. Miré el mapa y vi que Bélgica y Francia están pegados, así que seguro fuiste, ¿no es así?
Para mí, que solía usar los trenes baratos que hacían escala en Bélgica al viajar de Francia a Alemania o a Inglaterra, Bélgica era una gran sala de espera.
Cuando le dije que había ido incontables veces, Bokhui sacó del bolsillo de su delantal una fotografía.
Parecía tomada con una cámara de rollo y revelada en un cuarto oscuro.
Daba la impresión de que no desentonaría en un museo; era una foto vieja y gastada que al parecer había preparado de antemano para mostrarme.
—Es una niña —dije, observando la foto.
Seguro era la niña que Bokhui había cuidado, pero decir que se parecía a mí o a esa « number one » era exagerado: nuestros rasgos eran muy distintos. ¿Sería que Bokhui me veía con unos ojos diferentes? No lo sabía.
—La foto es de cuando tenía siete años. Ahora ya debe de ser adulta, estará trabajando, casada… viviendo su vida, supongo.
—…
—Pero dime, ¿no recuerdas haber visto en Bélgica a alguna niña con esta cara? Aunque fuera alguien parecida, ¿eh?
Dejé de mirar la foto y alcé la cabeza. Bajo los párpados caídos, sus pupilas castañas temblaban.
En ese momento debí de presentirlo: que entre Bokhui y la niña de la foto había una historia que iba más allá de una relación temporal de acogida, y que Bokhui había añorado a esa niña durante muchísimos años…
Aunque respondí que era un rostro que nunca había visto, seguí mirando fijamente a Bokhui. Al notar mi mirada, ella guardó la foto y me sorprendió con unas palabras inesperadas.
—Fue la primera niña que recibí.
—¿Recibiste a una niña?
—Cuando nació la niña, yo la saqué con mis propias manos, yo le limpié la sangre, yo le corté el cordón umbilical.
—¿Entonces quiere decir que antes trabajaba de partera?
—No solo eso, pero hice trabajos parecidos, durante casi cuarenta años, por todos lados… —balbuceó inclinando la cabeza.
No añadió nada más y volvió a comer sus fideos.
Pensé que, si era una niña a la que había cuidado desde que nació, no debía de ser diferente a una hija propia.
Criarla como a una hija y luego darla en adopción no era lo mismo que cuidar temporalmente a un niño destinado a ser adoptado.
Una cosa era abandono y la otra protección.
No quise saber más. Mi vida hasta ahora había sido una lucha por huir de esa clase de historias, y además, ahora estaba con Wuju.
Tenía un sabor amargo en la boca. No terminé los fideos, me puse de pie con el rostro rígido y, tras despedirme de Bokhui con desgano, salí del restaurante.
Desde atrás me dijo que volviera, pero no respondí ni la miré.
Lo único que quería era dormir. Sentía que, si lograba caer en un sueño profundo, todos los malos recuerdos quedarían retenidos en un colador transparente y se escurrirían hacia el territorio del inconsciente.
Era extraño. Mi encuentro con Bokhui se reducía a la relación entre la dueña de un restaurante y una clienta, y apenas la había visto dos veces, sin embargo, yo estaba herida, como si acabara de ser abandonada por alguien a quien había conocido durante mucho tiempo.
Me abracé el vientre con una mano mientras subía las escaleras y pensé que ahora mi único refugio era la casa de Seoyoung.
Tal vez por eso, las escaleras me parecían un pasadizo para escapar de este mundo.
Un refugio tuyo y mío, un nido de pájaro, un lugar que nadie podría invadir ni destruir…