Corazón sincero Capítulo cuatro
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Capítulo cuatro

CAPÍTULO CUATRO

L a primera vez que Henri vio una película en el cine fue al cumplir doce años.

La entrada fue un regalo de su madre, que se quedó en el vestíbulo junto con su hermana menor, mientras Henri subía solo las escaleras, apretando con fuerza la entrada.

Hasta el momento en que abrió la puerta de la sala, debió de mirar atrás varias veces.

Ese día Henri quedó abrumado y sin aliento ante el nuevo mundo que se le presentó.

No es que se sintiera fascinado por el contenido de la película.

En realidad, con doce años, apenas si logró comprender la trama o las relaciones entre los personajes del wéstern estadounidense que vio aquel día.

Lo que hizo latir su corazón no fue el movimiento de la luz proyectada en la pantalla, sino el instante de ruptura en que los actores desaparecían fuera de ella.

¿A dónde habían ido? ¿Dónde vivían esa vida indeterminada, no escrita en el guion?

Durante toda la proyección se sintió cautivado por la otra historia que estaba operando fuera de la pantalla: un territorio imaginario que debía de existir en paralelo a la imagen, aunque no pudiera demostrarse; un espacio donde quedaría velado el deseo de la cámara y que permanecería eternamente inconcluso, como esa otra vida posible que nunca llegamos a elegir…

Al salir, comprendió que ya no podría regresar a los tiempos en que desconocía el cine.

No fue un camino fácil. De hecho, tuvo muchísima mala suerte.

Su madre era una inmigrante turca y su padre francés los abandonó apenas nació su hermana menor y jamás envió dinero para la manutención.

Desde la adolescencia, Henri tuvo que hacerse cargo de la casa junto a su madre, así que el sueño de ingresar a la universidad y estudiar cine quedó sepultado.

En su lugar, trabajó en restaurantes, lavanderías y baños públicos.

En su escaso tiempo libre leía teoría cinematográfica y los fines de semana iba solo al cine a ver dos o tres películas.

Algún tiempo después, luego de que su madre volviera a casarse y su hermana se hiciera adulta, Henri se marchó a París como había planeado durante toda su vida.

Con veintitantos, vivía en una pensión barata y asistía a una academia privada de cine con el dinero que había ahorrado.

Allí conoció a personas que se convirtieron en sus amigos para toda la vida y en compañeros de trabajo: con ellos formó una comunidad de producción cinematográfica en la que se turnaban para asumir los roles de director, técnicos y actores, filmando películas independientes y experimentales.

Filmaban y volvían a filmar. En París también siguió trabajando en restaurantes, lavanderías y baños públicos; cada rodaje requería dinero y Henri seguía siendo pobre.

Era más pobre que nunca. Pero la pobreza no lo hizo desesperarse.

En comparación con las oportunidades mezquinas y la mala suerte que lo perseguía sin tregua, la pobreza era pan comido.

Ninguna de sus películas llegó a proyectarse en salas comerciales ni fue invitada a festivales, y los guiones que revisaba una y otra vez no despertaban el interés de los inversores.

Solo una vez, gracias a que un actor famoso participaría en una de sus películas, logró obtener financiamiento; pero más tarde, cuando ese actor se bajó, le retiraron los fondos.

Así fue la vida de Henri desde que llegó a París.

Eso es todo lo que me contó.

El día en que me gradué de la secundaria y me mudé a la residencia universitaria, es decir, el día en que me independicé de Henri y de Lisa, él me contó esta historia, sentado entre las cajas de la mudanza en mi habitación.

Su vida, que no había sido otra cosa que una montaña rusa de fracasos y desesperación; la vida de mi padre, que nadie había recompensado y que nada podía compensar, únicamente su vida…

Yo pensaba en todo eso mientras empacaba con el rostro endurecido y en silencio, cuando Henri me llamó en voz baja: Nana .

Levanté la cabeza y añadió: «Eso es la vida, Nana».

Aún joven, con cuarenta y tantos, cuando todavía no habían descubierto ni una sola célula cancerígena, Henri esbozó una sonrisa muy pequeña. Aquel día, yo no logré devolvérsela.

Henri no lo sabría, pero a partir de aquel día yo también desarrollé la costumbre de imaginar lo que había fuera de la pantalla.

La diferencia era que en la pantalla que yo contemplaba no se proyectaba una película, sino mi propia vida.

De todos modos, era como si hubiera heredado el gen cinematográfico.

Fuera de la pantalla, fuera de mi vida, estaba Munju.

No era imposible pensar en dos vidas paralelas: si yo partí a Francia y Munju se quedó en Corea, podía suponer que ella seguiría viviendo y envejeciendo al mismo ritmo que yo.

En los días especiales, en los días felices, en los días en que sospechaba de esa felicidad hasta llegar a regodearme en recuerdos miserables, en los días en que, sin razón ni contexto alguno, me invadía la certeza de que todos terminarían por abandonarme, yo solía invocar a Munju, que estaba fuera de la pantalla, como quien busca un remedio de urgencia.

Me gustaba imaginar a Munju. No, mejor dicho: no me quedaba otra opción que imaginarla, y por eso la imaginaba.

Cómo creció Munju, el tipo de trabajo, el momento en que amara por primera vez, el número de relaciones, la existencia o no de un matrimonio y de hijos, todo eso variaba cada vez que la imaginaba; aun así, había muchas cosas de las que podía estar segura.

Que caminaba mirando al suelo; que su casa debía de estar siempre revuelta con cosas inútiles, como anillos oxidados o gafas rotas porque no sabía deshacerse de nada; que pasaba casi todos los días con un libro porque le encantaba leer y que, cuando no tenía uno a mano, tenía que leer aunque fuera un volante o la receta impresa en el dorso de un envase de comida para sentirse tranquila.

Podía enumerar sin fin las coincidencias entre Munju y yo.

Ella también sufriría dolor abdominal durante todo el día si bebía agua fría con el estómago vacío, y los días en que comiera pescado azul como atún, arenque o caballa le brotarían erupciones en la mandíbula y el cuello.

Su risa, que se volvía más aguda a medida que avanzaba; su postura, que se hacía cada vez más encorvada y circular cuando se desesperaba; y ese pequeño corazón que, por más íntima que se volviera una relación, inevitablemente preveía de antemano su final: todo ello formaba parte de Munju.

A veces, Munju caminaba sin rumbo en un silencio helado.

Cuando el sonido de las ruedas del tren le lastimaba los oídos como un zumbido, no tenía más remedio que caminar a ciegas, igual que yo.

En esos momentos, el entorno de Munju solía transformarse en un paisaje con vías de tren.

No, más bien era un paisaje que estaba siendo creado.

Bajo los rieles había grava y a su lado crecía la hierba, que el viento agitaba y enredaba.

Munju jamás miraba hacia atrás mientras caminaba y por eso yo tampoco me esforzaba en hacer que se volviera.

Al fin y al cabo, yo ya conocía su rostro.

Munju, arrojada fuera de mi vida, era otro yo y por eso sus expresiones y su mirada también eran las mías.

Las vías…

Las vías borrosas por las que Munju solía caminar sin fin en mi imaginación ahora se habían convertido en una realidad nítida delante de mis ojos. Era el día del rodaje de la apertura de la película, y también mi tercer día en Corea. Me encontraba de pie en el andén de la estación de Cheongnyangni.

—Qué extraño… —murmuré para mí misma.

Las vías de la estación que yo reconstruía en mi mente a partir de un puñado de recuerdos difusos no eran más que una larga línea sin fin que partía de un andén viejo y desolado; sin embargo, el que tenía frente a mí era moderno y bullicioso.

Además, a ambos lados de los andenes, divididos según los destinos, había dos vías en cada uno, de modo que no existía en ninguna parte esa única línea interminable que yo evocaba.

El hecho de que aquel andén y aquellas vías que cambiaban de forma cada vez que las recordaba se presentaran ahora como estructuras fijas, y que fuesen un espacio real donde iban y venían con prisa personas con temperatura corporal, expresiones y voces, me resultaba más bien como una escena onírica.

Y si era un sueño, lo recordaría por sus sonidos: el ir y venir de pasos, el rodar de las ruedas de las maletas y los anuncios que informaban el número de tren, el destino y el horario de llegada y salida llenaban, sin dejar huecos, el aire alrededor de las vías.

Después de mirar un buen rato las vías, comencé a avanzar.

Pronto mis zapatos cruzaron la línea amarilla de seguridad, y más de la mitad de la planta de mis pies quedó fuera del andén.

Eché una mirada fugaz hacia atrás: Seoyoung y Soyul conversaban mientras revisaban el guion, y el novio, de la misma edad que Seoyoung, estaba junto a una pantalla de iluminación, mirando absorto el panel electrónico en el que las letras y los números cambiaban sin cesar. Su nombre era Eun.

Sin dudarlo, bajé del andén y me planté en medio de las vías.

El andén quedaba ahora a la altura de mis rodillas.

Las personas que iban y venían por el andén me miraban extrañadas, y algunos se detuvieron en seco sorprendidos.

Solo entonces, alertados por el murmullo a mi alrededor, Seoyoung, Soyul y Eun comprendieron la situación y se precipitaron hacia mí bastante nerviosos.

Mientras los observaba, desplegué la cartulina beige que había llevado todo el tiempo bajo el brazo.

En ella estaba escrito, en mi letra desprolija, «Munju».

Era una especie de accesorio de rodaje que había preparado la noche anterior en casa de Seoyoung, junto a ella.