Capítulo tres #3
Cuando la nombré en silencio en medio de la oscuridad volvió a aparecer ella entre mis pensamientos.
Ella, de quien lo único que sé es una información limitada derivada de mí misma, es decir, que hace más de cuarenta años me dio a luz y que, al menos durante tres o cuatro años, me tuvo bajo su protección…
Claro que hay algo más que puedo deducir.
Como no dio a conocer mi existencia al mundo, es muy probable que mantuviera en secreto el parto y, de ser así, quizá me haya alumbrado en un hospital clandestino, donde no hacía falta revelar los datos de la paciente.
Y como seguramente no tenía familia, debió de encargarse sola de cuidarme.
Eso significaba que había soportado el tedioso trabajo de la crianza todos los días durante varios años.
Solía imaginarla como una mujer de aspecto amigable y juvenil.
Amamantar o dar papilla a una bebé con la que no podía comunicarse, lavarla con agua tibia, cambiarle los pañales, cortarle las uñas de las manos y de los pies, darle palmadas en la espalda para que eructara y acariciarle el vientre hasta que se durmiera, una y otra vez, en una habitación aislada y cerrada…
Solo sería posible con una paciencia bondadosa.
Me resultaba más fácil imaginarla como una mujer que nunca había pensado en el pecado, una figura de rostro inocente que rezaba de manera habitual con la bebé en brazos.
Pero ignorar lo que es el pecado también significa que en cualquier momento puede transformarse en algo mucho peor por esa misma ingenuidad.
Ella me dio a luz y me crio, pero al mismo tiempo fue quien me abandonó en las vías del tren.
En ese espacio llamado vía férrea estaba implicado un mal indiferente: el de una mujer a la que no le importaba si su hija vivía o moría.
Una mujer más temible por su ignorancia, la que encerraba a la bebé que lloraba en la habitación por la noche y salía a la calle, la que quedaba embarazada una y otra vez por no cuidarse, la que antes y después de mi nacimiento se sometía a múltiples abortos y, si estos no eran posibles, abandonaba al recién nacido en el lugar que le viniera en gana.
Una mujer que, en definitiva, podía comprarse con dinero, una mujer que jamás había recibido de nadie un respeto verdaderamente humano…
Cuando estaba en la universidad, visité el centro de orientación psicológica del campus.
Siempre me había preguntado por qué recordaba de manera fragmentaria la época en que viví como Munju, pero todo lo anterior estaba sepultado en el olvido.
Quería comprender por qué en mi vida las vías del tren se habían convertido en la línea divisoria entre la memoria y el olvido.
En aquel entonces, la orientadora me explicó que los primeros recuerdos de un adulto comienzan alrededor de los tres años, de modo que si me encontraron en las vías hacia esa edad, era natural que no recordara la época en que había vivido con mi madre biológica.
Sin embargo, añadió que el hecho de que la línea entre el antes y el después de las vías fuera tan nítida, hasta el punto de que un lado hubiera quedado totalmente borrado, significaba que en ello había intervenido mi voluntad.
Durante mucho tiempo mi inconsciente había evitado acercarse de manera deliberada a los años que pasé con mi madre, y por eso aquellos recuerdos habían quedado sellados, como metidos en una bolsa negra.
—Por supuesto, debe de ser por un trauma.
Al ver que un tren marchaba hacia usted en las vías, sufrió sin duda una herida psicológica.
Claro que también es posible que ya cuando vivía con su madre biológica se hubiera formado ese trauma.
Tal vez presenció una escena insoportable, o fue víctima de abusos.
La consejera, quizá pensando que era más importante ofrecer un diagnóstico preciso que mostrarse cauta y cortés, continuó hablando sin pelos en la lengua.
En algún momento dejé de escuchar lo que decía.
De repente, me levanté antes de que terminara de hablar y me fui sin siquiera despedirme.
Fue mi primera y última sesión de orientación psicológica.
Después de un buen rato me levanté del colchón y apreté el interruptor del fluorescente, pero la luz no se encendió.
Corrí las cortinas y vi que las ventanas de los edificios cercanos estaban a oscuras.
Me puse a buscar una vela con la luz de la pantalla del teléfono, pero enseguida desistí.
La casa de Seoyoung era pequeña y tenía solo lo necesario para comer, dormir, asearse e ir al baño; era poco probable que hubiese cosas para emergencias.
Pensé que debía salir, así que agarré la billetera, las llaves y el croquis que me había dibujado Seoyoung.
Tenía hambre porque había dormido hasta la noche sin haber almorzado, y además ya no me sentía capaz de soportar más oscuridad.
Cuando puse la mano en la manija de la puerta me asaltó un miedo inesperado: la sensación de que me precipitaría en un abismo de tinieblas al abrirla.
No era algo que no hubiera sentido antes.
Pensándolo bien, comprendí que era un temor que ya había atravesado treinta y cinco años antes.
El primer día que dormí en la casa de Henri y Lisa también tuve una pesadilla y, tras despertar con unas ganas tremendas de orinar, no me atreví a abrir la puerta imaginando que había un precipicio.
Es algo que hay que atravesar, y me repetí que, una vez atravesado, no sería nada.
Tras tomar una bocanada de aire giré lentamente el picaporte.
Cuando la puerta se abrió, como era lógico, no había ningún abismo, sino las escaleras.
Abajo, más allá de la cuesta, se desplegaban las luces, y se divisaba la torre Namsan toda iluminada.
Pensé que el apagón era como un ángel pobre que solo había visitado las casas en lo alto.
Tanteando la barandilla, bajé con cuidado los veintisiete escalones.
Salí por la puertecita lateral y, al pasar frente al Restaurante Bokhui, una luz tenue que titilaba en la puerta de vidrio llamó mi atención.
El local seguía sin clientes. La anciana que había visto durante el día estaba sentada frente a una vela, y en la pared, su gran sombra oscilante parecía mirarla con gesto de preocupación.
Durante el día, Seoyoung me había contado que el restaurante abrió cuando ella se mudó a la zona y que desde entonces jamás lo había visto lleno.
Decía que no solo se debía a que el local no parecía demasiado higiénico y a que la comida solía estar muy salada, sino sobre todo al carácter excesivamente huraño de la anciana, poco adecuado para llevar un negocio.
Nunca saludaba a quienes entraban o salían, ni mantenía lazos estrechos con la gente del barrio.
Más bien siempre andaba sola, y era frecuente verla sin energía, distraída en el local vacío.
Seoyoung creía que casi no tenía parroquianos; antes de que su relación con la anciana se quebrara ella lo visitaba apenas una o dos veces al mes, solo porque vivía en el mismo edificio.
Recordando sus palabras, fui caminando hacia la puerta de vidrio sin darme cuenta.
La vela debía de ser la causa. Como un accesorio preparado para un flashback , aquella llama titilaba por momentos grande, por momentos pequeña, hasta comenzar a iluminar una parte de mi memoria.
Luz, luces: eran las velas clavadas en una torta.
Cuando alguien entró con ella en la penumbra de la habitación del hospital, todos los que bebían cerveza o vino en grupos de dos o tres miraron hacia allí al unísono.
Era el día en que Henri cumplía cincuenta y ocho años, y al mismo tiempo la víspera de su alta, después de haber renunciado ya a todo tratamiento.
Recostado en la cama, Henri me hablaba, a mí que estaba sentada a su lado, de la última película que había querido filmar pero no pudo, cuando empezó a buscar a Lisa.
Era más cómodo que lo sostuviera su esposa que su hija.
Lisa, que hasta hacía un momento permanecía sola y cohibida en un rincón, como una invitada no deseada, se acercó con paso rápido y condujo a Henri hasta la torta.
Los amigos de Henri —directores desconocidos, actores de reparto, técnicos aún sin reconocimiento— se reunieron formando un círculo.
Había globos, y cuando alguien colocó un gorro de cumpleaños en la cabeza calva de Henri, estallaron carcajadas por doquier, pero la atmósfera sombría de aquella última fiesta de cumpleaños, bajo la premisa de la despedida eterna, no pudo despejarse del todo.
Henri escuchaba tranquilo los ruidos de móviles y cámaras digitales, los aplausos, el cumpleaños feliz y los sollozos que se colaban en la canción.
Luego inhaló hondo hasta que sus mejillas demacradas se hundieron, y finalmente exhaló un largo suspiro. Las velas se apagaron.
Era la última imagen que recordaba de Henri.
Impulsivamente abrí la puerta del Restaurante Bokhui. Solo pensaba en sentarme frente a la llama temblorosa y comer algo caliente bajo la protección de aquella gran sombra. Al oír el tintinear de la campanilla, la anciana se volvió hacia mí.