Capítulo tres #2
—Hay dos teorías sobre el origen de Itaewon.
Una es que aquí había una casa de postas yeogwon llamada Itaewon, y ese nombre se ha mantenido hasta hoy.
A esa casa se la llamó Itae porque en la zona había un gran campo de perales.
Uno de los ideogramas de I es peral y el de tae es grande.
La otra es que, cada vez que en la época de Joseon había una guerra, las mujeres que habían sido violadas daban a luz y se reunían en este barrio, y la gente las llamaba Itain , y los ideogramas significan «personas extrañas», extranjeras.
Se dice que de ese itain viene el nombre Itaewon.
—La segunda versión parece más convincente —respondió Soyul—. En Itaewon también viven militares estadounidenses, muchos extranjeros y refugiados, y abundan los bares gais y los restaurantes musulmanes.
Yo me limité a escuchar en silencio la conversación entre ellas.
Poco después comenzamos a caminar de nuevo.
Soyul, que había quedado rezagada, se acercó a paso rápido y me explicó en voz baja, como si se tratara de un gran secreto, que Joseon era el nombre de una dinastía histórica y que una yeogwon era la posada utilizada por quienes viajaban a caballo.
Apenas pude esbozar una sonrisa para indicarle que había entendido.
Joseon, yeogwon… para mí no eran más que palabras que pasaban de largo, como nombres de elementos de la tabla periódica o de planetas con ortografía enrevesada.
Lo único que había quedado grabado en mí era «la zona de las personas extrañas, de las extranjeras».
Tras unos veinte minutos cuesta arriba, llegamos.
El edificio de tres pisos en el que estaba la casa de Seoyoung se veía algo viejo, pero gracias a su posición elevada permitía contemplar claramente el camino que acabábamos de recorrer.
Era una vivienda de ladrillos con buenas vistas.
En la planta baja, había un restaurante.
Caminé hasta el frente y alcé la vista hacia el cartel en el que se leía «Restaurante Bokhui» con letras verdes sobre fondo blanco.
Las cuatro esquinas estaban abolladas y las letras, descoloridas, como si nunca lo hubiesen limpiado o reparado desde que se instaló.
Al no tener iluminación propia, el cartel no cumpliría ni siquiera con la mínima función de un letrero por la noche.
Eché un vistazo al interior y vi que no había un solo cliente; solo una anciana, probablemente la dueña, sentada frente a una mesa vacía mirando un televisor de tubo anticuado.
Desde que la vi no pude apartar los ojos de ella.
Era la que Seoyoung me había comentado en su correo: la que había cuidado a un niño antes de que lo dieran en adopción.
En el aeropuerto, Seoyoung me contó que se había enterado de esa historia al cruzarse a un empleado de la asociación de bienestar infantil que buscaba el restaurante de la anciana, aunque nunca había hablado del asunto con ella.
Por la época en que leyó mi entrevista, cuando le preguntó acerca del niño, su rostro se volvió frío y respondió de forma desagradable que no se metiera en sus asuntos.
A partir de ese día, nunca volvió a comer en el restaurante.
La anciana tenía la boca entreabierta y el delantal de flores que llevaba sobre la camiseta se veía deslucido.
Una mosca zumbaba a su alrededor, pero ella no se movía en absoluto, como una estatua sacada de un molde.
Allí estaba la imagen de la vejez que más temía: una soledad convertida en inercia, una cólera fría hacia el mundo, todo eso contenido en el cuerpo encorvado y en el rostro apagado de esa mujer.
Giré la cabeza de inmediato. No quería contemplar a otro ser humano y anticipar, a través suyo, mi propio futuro de abandono.
¿Sería Bokhui el nombre de la anciana? Tal vez.
El nombre inscrito en el cartel, en la vida de aquella mujer solitaria y obesa.
Mientras daba golpecitos en el suelo con la punta de mis zapatillas, lo repetí en silencio.
Para llegar a la casa de Seoyoung, había que pasar por una puertita lateral con rejas metálicas que hacía de portón y subir por una escalera exterior hasta el tercer piso.
Como era estrecha, tuvimos que ascender en fila; tenía barandilla, pero pensé que de noche habría que tener cuidado.
Catorce semanas: el cuerpo de Wuju ya estaría formado, pero sus huesos aún serían blandos y la sangre no lo bastante espesa.
Sus órganos serían frágiles y su piel apenas una fina membrana.
Wuju era como un trozo de barro sin endurecer y debía ser protegida de manera absoluta. La única protectora era yo.
Cuando Seoyoung abrió la puerta apareció un espacio acogedor, como si fuera la morada de un espíritu.
Me comentó que el estudio era un solo ambiente, pero que había instalado una puerta corrediza para separar la sala del dormitorio.
Me quité los zapatos, entré y dejé el equipaje, y enseguida Seoyoung me tomó de la mano y me arrastró.
Mientras rodeaba la cocina y el baño, no paraba de explicarme la ubicación de la vajilla y de los frascos de condimentos, el modo de usar la cafetera, la tostadora y la lavadora, cómo regular la presión de la ducha y el agua caliente.
Después me condujo a la habitación, tras la puerta corrediza.
Fui recorriendo con la mirada el colchón sin somier, el armario de un marrón oscuro, la estantería, el escritorio, los cuadros, el reloj y algunos adornos.
También me quedé observando la ventana por la que entraba mucha luz solar, la persiana de algodón beis, el tubo fluorescente y la lámpara de pie.
Cuando terminó de mostrarme la casa, no pude evitar preguntarle algo que venía pensando hace mucho.
—Entonces, ¿dónde vas a dormir tú?
Eso era lo acordado: durante los dos meses del rodaje, Seoyoung me daría su piso. En París, no se me había ocurrido pensar que detrás de aquella amabilidad estaba implícito también ese inconveniente tan incómodo para ella.
Me dijo que no me preocupara, que en Seúl había muchos saunas jjimjilbang donde podía alojarse por poco dinero, y que además tenía varias amigas que vivían solas, incluida Soyul, así que con ir quedándose en sus casas podía cubrir al menos diez días.
Si realmente no tenía a dónde ir, podía quedarse en la habitación de su novio; ese era su último recurso, ya que él vivía con sus padres y por eso tendría que entrar y salir a escondidas, pero no era algo que no hubiera hecho antes.
Al decirlo, sonrió radiante. En ese momento, un aroma que abría el apetito llegó desde la cocina comunicada con la sala y las dos nos dimos vuelta al mismo tiempo.
Soyul estaba preparando tostadas, huevos revueltos y café.
Se notaba que ya había cocinado varias veces en casa de Seoyoung.
Sus movimientos eran rápidos y naturales.
Apenas terminamos ese desayuno tardío, Seoyoung y Soyul se levantaron de inmediato.
Me dijeron que, como el primer rodaje sería dentro de dos días, por hoy lo único que debía hacer era descansar bien, y que para vencer el jet lag lo indispensable era dormir.
Antes de salir, Seoyoung me entregó una hoja de papel.
Era un mapa con el supermercado, la lavandería y algunos restaurantes que ella frecuentaba en los alrededores de la casa.
En la parte superior del croquis estaba escrito en grande el código de la puerta.
Era un dolor terrible.
La cintura y el vientre parecían desgarrarse, y la parte interna de los muslos ardía con un dolor abrasador. No había nadie alrededor. Yo estaba sola en una cama de hierro abandonada en la oscuridad.
—¡Puja, más, más!
Desde el otro lado de la penumbra llegó una voz andrógina, como distorsionada por un aparato mecánico.
Esa voz era lo único en lo que podía apoyarme.
Varias veces me retorcí con todas mis fuerzas de la cabeza a los pies, hasta que las venas del cuello y el dorso de las manos se marcaron azuladas; y en algún momento, junto al llanto de una bebé, sentí de pronto el vacío entre mis piernas.
Es Wuju , pensé aún en medio de la confusión del dolor, y enseguida esbocé una débil sonrisa.
De la oscuridad surgieron dos manos pálidas que dejaron a mi lado una manta enrollada.
Con el dorso de la mano aparté casi sin fuerzas el cabello sudoroso que se me pegaba al rostro y metí los dedos en la manta y la abrí con cuidado.
Dentro de la manta no había nada.
En ese instante salté de la cama como impulsada por un resorte y, desesperada, me puse a revolver la manta, pero Wuju no estaba allí.
La pérdida extrema se convirtió en un frío que me helaba la sangre y las entrañas.
Los dientes me castañeteaban y la piel me ardía.
Esa era la realidad que me tocaba: no había podido proteger a Wuju y había vuelto a quedarme sola.
Ya no pude contenerme más y estiré el cuello para gritar.
Con la boca muy abierta y los hombros sacudiéndose, lloré, lloré con una desolación más amarga que nunca.
Incluso luego de despertarme seguía sintiendo frío, y mi cuerpo temblaba como si tuviera escalofríos.
Acerqué la manta que se había deslizado hacia los pies de la cama y me tapé hasta el cuello.
Debía de haber dormido bastante, porque la oscuridad se había instalado en la habitación como una visita.
Poco a poco fui recordando que no estaba en París, sino en Seúl.
Mi tierra natal, la casa de mis padres, y sin embargo ahora un lugar donde no había una sola persona que pudiera consolarme diciéndome que solo había tenido una pesadilla…
Instintivamente posé las dos manos sobre mi vientre.
En ese instante de miedo abrumador, la única fuente real de consuelo era Wuju.
Wuju.