Capítulo tres
CAPÍTULO TRES
A las nueve de la mañana, hora coreana, después de pasar migraciones y salir por la puerta, vi a dos personas que sostenían un cartel con la palabra «Munju».
Al acercarme a ellas, arrastrando mi maleta con las dos manos, la mujer que llevaba una videocámara colgada del hombro me abrazó. Era Seoyoung.
La otra persona era una compañera de la facultad de artes y Seoyoung dijo que estaba preparándose para ingresar en un posgrado luego de haberse recibido.
Sin embargo, la joven bajita, de cabello corto y vestida de forma neutral, parecía más una adolescente en plena pubertad que una mujer adulta.
Tal vez ese contraste se notara aún más porque Seoyoung llevaba cabello largo y un vestido que realzaba su figura.
La compañera se llamaba Soyul. Seo de Seoyoung significaba amanecer, y young , cristal; es decir, el cristal del amanecer.
So de Soyul era pequeño, y yul , castaño: una persona parecida a un pequeño castaño.
Cuando les pregunté el significado de sus nombres en el banco de la sala de arribos, ellas me lo explicaron alegres.
Yo, como si quisiera grabármelo para no olvidarlo, repetí varias veces «cristal del amanecer, pequeño castaño» y lo anoté en la aplicación de notas del móvil.
Al observarme en silencio, Seoyoung dijo, con una efusividad algo impostada, como si se le hubiera ocurrido recién, que era la primera vez que trabajaba en un proyecto cinematográfico en formato documental, pero que desde la universidad hasta ahora había hecho junto a Soyul cinco cortometrajes; el más reciente, terminado en el invierno pasado, había recibido apoyo de un organismo estatal para su producción y había sido proyectado en festivales nacionales.
Me lo contó llena de orgullo. Pero luego agregó, con un gesto abatido, que lamentablemente ninguna de las películas que habían hecho hasta ahora se había estrenado en salas ni había generado beneficios por la venta de derechos.
—El problema siempre es el dinero —dijo Seoyoung y luego rio como si estuviera avergonzada.
Siguió diciendo que, como el dinero siempre había sido un problema, no habían podido utilizar decorados artísticos, gráficos por ordenador, ni música con derechos de autor vigentes, y que tanto el número de actores como el de técnicos se había reducido al mínimo.
En la película en la que íbamos a trabajar juntas ocurriría lo mismo: la única actriz fija sería yo, y el equipo técnico estaría formado por apenas tres personas, incluida ella como directora.
El otro miembro, que no había venido al aeropuerto, era su novio y compañero de la facultad de cine; Seoyoung me comentó al pasar que había hecho el servicio militar más tarde de lo habitual y, riendo, añadió que cuando empezáramos a rodar no me sorprendiera al verlo aparecer con un chándal viejo.
Sentí cómo observaba con cautela mis reacciones, y comprendí que temía que me desilusionaran unas condiciones tan precarias de rodaje.
Pero no me sentía decepcionada. Al contrario, me resultaba familiar.
Henri también filmaba siempre en condiciones igual de precarias.
Seoyoung y Soyul, que no sabían que mi padre adoptivo era director de cine, no pudieron ocultar su sorpresa cuando se lo conté y mostraron interés por sus películas.
Aunque sabía que me pedían de verdad que les mostrara alguna obra de Henri, no pude darles una respuesta de inmediato.
No quería que imaginaran una escena en la que las tres, con comida y cerveza, viéramos juntas las películas.
Si no las entendían o no les gustaban, yo me sentiría mal y esa sensación me acompañaría durante mucho tiempo.
—Ah, dijo que era mungidung , ¿no? —preguntó Seoyoung cambiando de tema.
Cuando empecé a asentir con la cabeza, creyendo que querría confirmar lo que yo había dicho en la entrevista del año pasado, sacó su teléfono móvil, buscó algo y enseguida me lo mostró. En la pantalla estaba abierta la categoría de munju en el diccionario del aparato.
—Busqué y, además de «pilar de la puerta», munju también significa «polvo». En la región noreste de Corea se usa para decir polvo.
Agarré el teléfono y me quedé mirando fijamente la pantalla.
Como si me absorbiera un largo túnel, a mi alrededor todo se fue oscureciendo poco a poco y el bullicio del aeropuerto se volvió cada vez más tenue.
Alcancé a ver cómo Seoyoung, quizá pensando que aquello podía servir como una escena para la película, encendía la cámara a las apuradas y comenzaba a grabar.
La luz roja de encendido me incomodaba, pero esa sensación pronto se desvaneció.
Solo podía ver una cosa: la palabra «polvo».
Polvo.
Incluso mientras íbamos hacia Seúl en el tren del aeropuerto no pensaba en otra cosa que en el polvo. A mi derecha, Seoyoung miraba con atención la grabación que había hecho en la sala de arribos; mientras, a mi izquierda, Soyul cabeceaba medio dormida.
Una materia pequeña e inútil, algo que debe eliminarse para mantener la limpieza, la última forma en que existe todo ser vivo justo antes de desvanecerse en la nada.
Cuanto más definía al polvo, más creía que era el verdadero significado de Munju.
Yo había vivido siempre así, sin permanecer en ningún lugar fijo, dejándome arrastrar por la brisa más leve.
Hasta hubo días en que pensaba en el polvo que vaga por todos los rincones del mundo cada vez que me preguntaba qué hubiese sido de mí si no hubiera nacido.
De la nada me sentí traicionada: ¿y si el maquinista en el fondo era un hombre despiadado?
¿Y si no era como lo recordaba? Tal vez pensó que una niña abandonada en las vías del tren tenía que desaparecer sin dejar rastro.
Y si fue así… ¿Munju no fue un nombre que nació de su bondad, sino del desprecio?
Levanté la vista hacia la ventanilla. Aunque el paisaje entre Incheon y Seúl que desfilaba fuera del tren era parte de un verano radiante, ante mis ojos se me antojaba como una ciudad al borde de la ruina, cubierta por un polvo nocivo que lo empañaba todo.
—Hace mucho calor, ¿verdad? —dijo Soyul mientras me tendía un pañuelo.
Recién se había levantado. Al parecer, yo estaba sudando muchísimo.
Cuando miré el pañuelo a cuadros bien doblado, me dieron unas ganas tremendas de contarles todo.
Que estaba embarazada, que ahora estaba compuesta no de polvo sino de Wuju, que tenía mucho miedo de que por mi inmadurez algo le ocurriera a mi bebé, y que si podrían ayudarme cuando más lo necesitara…
No podía hacer eso.
No quería ni podía apoyarme en Seoyoung o en Soyul, con quienes apenas acababa de intercambiar un saludo y que, además, eran más de diez años menores que yo.
Ellas, que estaban dispuestas a sacrificar tanto solo por hacer una buena película, no tenían por qué preocuparse también por mi situación y mi salud.
Cuando terminara el rodaje, yo saldría de la casa de Seoyoung y, siguiendo las indicaciones del médico, regresaría a Francia antes de la semana veintisiete para prepararme para el parto.
Mientras tanto, aunque mi vientre creciera, aunque mi cuerpo cambiara de forma y mis emociones se desbordaran, yo debía estar sola como siempre.
Al bajar en la estación Noksapyeong, Seoyoung y Soyul se ofrecieron a llevar mis maletas.
Afuera se veía la base militar estadounidense, rodeada por un alto muro, y una hilera de plátanos frondosos.
La casa de Seoyoung estaba en un barrio situado entre la estación Noksapyeong y la estación Itaewon, y me comentó que normalmente se tomaba el autobús desde Noksapyeong.
Por ser el primer día, subiríamos caminando para que me familiarizara con el camino, pero me recomendó tomar el autobús la próxima vez, ya que la cuesta era muy empinada.
Comenzamos a subir. Tal como me había dicho, la pendiente era empinada y a ambos lados se veían casas que parecían antiguas.
Era un poco extraño que, en medio de aquel barrio residencial común y corriente, hubiese tantos restaurantes, bares y cafeterías con interiores modernos.
En cada local, las puertas estaban abiertas de par en par y, adentro, sobre todo mujeres jóvenes bebían algo mientras conversaban, leían libros o miraban la pantalla de sus portátiles.
Un lugar donde el pasado y el presente, la decadencia y la juventud, la vida cotidiana y el consumo se mezclaban: así quedó grabada en mí aquella cuesta.
Seoyoung me contó que se había mudado allí cuando vino a Seúl como estudiante universitaria porque era muy económico y que, en apenas diez años, para su sorpresa, se había convertido en uno de los lugares de moda de la ciudad.
Por eso, habían subido tanto los alquileres, y agregó que cuando llegara el momento de renovar el contrato, tendría que mudarse.
De pronto, levantó la voz un poco enojada preguntando para quién era todo ese desarrollo.
Entonces yo, en lugar de preguntarle a ella, le consulté a Soyul el nombre del barrio.
—Aquí es Itaewon. O sea, Itaewon-dong, en el distrito de Yongsan.
En realidad, al barrio donde vive Seoyoung se lo conoce más como Haebangehon, pero Aldea de la Liberación no es un nombre oficial.
Se lo empezó a llamar de ese modo cuando, tras la liberación de Corea del dominio japonés, comenzaron a asentarse aquí personas que regresaban del extranjero o eran refugiados del Norte. Es una especie de apodo.
—Entonces ¿Yongsan o Itaewon también tienen un significado?
—Mmm…
Soyul, que parecía no haber pensado nunca en el significado de Yongsan o Itaewon, se rascó la cabeza y sacó el teléfono. Después de mirarlo un buen rato, al fin me respondió:
—Yongsan viene de la forma del terreno, que se parece a un dragón.
—¿E Itaewon? ¿Qué significa Itaewon?
Desde un costado, Seoyoung nos interrumpió: