Capítulo dos
CAPÍTULO DOS
U n regreso inesperado, no había otra forma de decirlo.
Un año atrás, después de pasar diez días junto a adoptados de origen coreano llegados de todo el mundo, y de regresar luego a Francia, había decidido no volver nunca más.
No fue solo porque, mientras los demás encontraban a sus padres biológicos o hermanos gracias a fotos, documentos o cartas, yo me quedaba sola en el alojamiento viendo la televisión o bebiendo cerveza para pasar el tiempo.
Entonces me acosaba una soledad distinta de la que sentía en Francia.
Una soledad que iba más allá de lo que podía soportar y que se expandía sin cesar en círculos concéntricos.
En Francia pensaba que con solo ir a Corea iba a obtener algo.
Henri y Lisa fueron unos padres maravillosos, y reconozco que tuve la suerte de ser adoptada en la mejor familia posible, pero mi identidad, como un árbol trasplantado, no podía dejar de manifestarse de algún modo.
Por ejemplo, nunca hice un berrinche pidiendo a Henri y Lisa lo que quería.
Ni útiles escolares caros, ni viajes en coche, ni fiestas de cumpleaños ruidosas.
Aunque tuviera indigestión o síntomas de gripe, me quedaba quieta en la cama fingiendo dormir, y ni siquiera me quejaba cuando los chicos de mi clase me hacían comentarios racistas y sexuales.
Los días que salíamos a comer fuera revisaba bien la carta para elegir un plato más barato que los que ellos elegían, y obedecía todas las normas de la escuela para que no los llamasen los profesores.
Lo que quería no era nada extraordinario.
Ser honesta con mis emociones, expresar lo que me gustaba o me desagradaba sin miedo a incomodar, preguntar por qué me habían abandonado y por qué nunca habían venido a buscarme sin ocultar mi dolor…
Eso quería hacer si alguna vez me encontraba con mi madre biológica o con el maquinista. Nada más.
Era una fantasía absurda.
Aunque sabía que casi no tenía nada de información para encontrar a mi madre biológica o al maquinista, añoraba esa recompensa. Y aceptar que aquel encuentro nunca sería posible me hundía cada vez más en la soledad. El final de la soledad era la impotencia.
No me fui de compras, ni a ver lugares famosos o históricos; tampoco participé en el programa que organizaron en el que cocinaban comida coreana para compartirla.
Cuando el personal empezó a prestarme más atención, aquella preocupación y amabilidad me parecieron la típica compasión con incomodidad de los coreanos hacia los adoptados en el extranjero, y me encerré aún más.
Se me podía ir la vida entera intentando interpretar esa compasión.
Hacia el final del evento pasaba casi todo el día encerrada en el alojamiento, y mi única alegría era salir a caminar a medianoche para contemplar el momento en que las luces de la ciudad se apagaban una a una.
Me gustaba ese instante en que Seúl, la ciudad de la luz, se cerraba.
No, lo que observaba conteniendo la respiración no era la oscuridad total, sino las luces que nunca se apagaban: las de los minimercados, los restaurantes abiertos las veinticuatro horas, los semáforos parpadeantes.
Los edificios, en los que siempre quedaban algunas ventanas encendidas incluso en plena madrugada, parecían enormes seres luminosos cubiertos con una lona negra llena de agujeros.
Y en las pantallas gigantes de las azoteas aparecían, en primer plano y sin sonido, rostros de mujeres bellas sonriendo.
El murmullo silencioso de las luces parecía hablarme.
Y para oír ese murmullo, cada medianoche salía a escondidas del alojamiento y caminaba sin rumbo.
Al final, no encontré a nadie a través del evento; sin embargo, recordé durante mucho tiempo a dos adoptados que conocí allí.
Una era Suzie, una chica de Dinamarca, con quien compartía habitación.
En una ocasión, al regresar de mi paseo nocturno al amanecer, su cama estaba vacía y en el baño se oía el ruido del agua.
Imaginé que había salido y dejado el grifo abierto, así que abrí la puerta y para mi sorpresa la vi sentada en la bañera, ya medio llena, vestida con la ropa de calle.
Suzie acababa de cumplir veinte años; entre los quince adoptados era la más joven y la más alegre.
Ella había encontrado a su familia con facilidad, por eso casi todos los días salía a visitar a su madre biológica y a sus hermanas.
Recién cuando le pregunté qué pasaba, levantó la vista hacia mí.
Sus labios estaban morados por el agua fría.
Cerré el grifo y le alcancé una toalla y una bata.
Luego de un rato, cuando salió del baño con la bata puesta, la ayudé a llegar a la cama y la acosté con cuidado; volviéndose hacia la pared, me dijo que no le alegraba encontrarse con su familia, que solo fingía estar contenta, que todo le parecía falso…
—Cuando comemos juntas o salimos de compras, siento que mi alma se separa de ellas.
Las veo con frialdad, veo cómo actuamos bajo el concepto de «familia reencontrada».
Y también me veo como si estuviera representando un papel.
Siempre es así. No son la familia con la que soñaba.
Pensaba que serían miserables, que vivirían en la pobreza pero, cuando al fin las conocí, resulta que tienen casa y auto.
Mis dos hermanas recibieron educación universitaria, e incluso mi madre cuidaba de un perro viejo.
No tienen vergüenza. Yo nunca les rogué que me tuvieran, pero me trajeron al mundo y luego me enviaron a un país lejano sin mi consentimiento ni permiso.
Ahora tienen un perro… Ellas no lo saben, pero yo me la paso imaginando cómo las apuñalaría, cómo pisotearía sus cadáveres y los abandonaría.
Ese día Suzie sollozó hasta quedarse dormida. Yo permanecí a su lado, acariciándole la espalda de vez en cuando. Recién entrada la mañana logró conciliar el sueño. Acurrucada como una niña, fruncía el ceño y respiraba con dificultad, como si tuviera pesadillas, y yo la observé durante largo rato.
Otro de los adoptados era Steve, de Estados Unidos.
A él lo adoptaron a mediados de la década de los setenta, era unos diez años mayor que yo y, salvo algunos saludos, no sabía hablar coreano.
Era bajo, pero de hombros anchos y mirada penetrante; parecía un boxeador retirado, pero en realidad era cocinero.
El último día, en una fiesta en un bar cerca del alojamiento, me senté junto a él en un extremo de la mesa.
Entre los adoptados presentes, los únicos que no se habían reencontrado con su familia éramos Steve y yo.
En mi caso porque no había podido encontrar a nadie, en el suyo porque había rechazado el encuentro.
Escuchábamos el alboroto de los demás, que hablaban de sus familias reencontradas y sus experiencias turísticas, mientras vaciábamos nuestras copas sin decir una palabra.
Cuando la fiesta estaba por terminar, Steve me preguntó en inglés si mi padre o mi madre biológicos estaban en el extranjero.
Desde la mitad de la mesa, la voz de Ezné, una mujer de mi edad también adoptada en Estados Unidos, resonaba fuerte.
Decía que la adopción había sido la mayor oportunidad que Dios le había dado.
—No —respondí con una sonrisa leve.
—Entonces, ¿están en prisión?
—No.
—¿Tal vez murieron?
—No lo he podido confirmar. No sé absolutamente nada de ellos.
Al quedarnos callados, volvió a oírse la voz de Ezné, que aseguraba que si su madre no la hubiera dado en adopción jamás habría llegado a ser abogada. Algunos asintieron y otros dijeron que no. Solo cuando ese pequeño alboroto se calmó, Steve habló:
—A mí me adoptaron en Estados Unidos, en Minnesota, en el campo, cuando tenía siete años.
Tras un viaje de veinte horas, llegué a la casa y descubrí que ya tenía allí tres hermanastros.
Todos eran chicos adoptados, cada uno de un lugar y de una raza distinta.
Nuestros padres adoptivos nos habían comprado para utilizarnos en la granja de maíz y recibir exenciones fiscales.
Era una fucking shit . Apenas cumplí dieciocho, me escapé a la ciudad.
Hice de todo: limpiar edificios, descargar muelles…
todo lo que se pueda imaginar. Omma me hacía falta, pero como no tenía su número de documento, ni su dirección, no podía buscarla.
Además, no tenía dinero. Así pasaron los años.
Casi la di por perdida, hasta que el año pasado nació mi hijo.
Al verlo, volví a sentir el deseo de encontrar a mi madre.
Por eso participé en este programa y por fin descubrí su paradero.
Dios mío, me dijeron que está abandonada en un albergue para personas sin hogar, en una ciudad del sur.
Lo peor es que sufre desde hace tiempo una enfermedad mental y no recuerda siquiera haber tenido un hijo.
Después de cuarenta años por fin la encontré, y no fui a verla.
Creo que no buscaba una madre biológica, sino una madre a nivel emocional, alguien que me pidiera perdón.
O quizás deseaba encontrar algo más: una madre que sintiera vergüenza por haberme abandonado, que se largara a llorar y me suplicara perdón.
Mi madre morirá pronto. Fui su único hijo y, sin padres ni marido, morirá sola.
Ya no puedo perdonar a nadie, nunca más.
Al terminar su largo relato, Steve apuró de un trago la cerveza que quedaba en su vaso y, mirándolo vacío, murmuró en voz baja:
— You’re lucky .