Capítulo uno #2
La entrevista tuvo lugar el martes de la segunda semana de agosto, en la segunda planta de una cafetería de Gwanghwamun, Seúl, y estuvimos charlando alrededor de una hora.
Expliqué con el mayor detalle y sinceridad posible lo sucedido antes de ser adoptada y la situación en el momento de la adopción.
Hablé de las vías del tren, del maquinista que me rescató, del aspecto y la edad que suponía que tenía, del ambiente de la casa donde viví durante un año mientras me llamaban Munju, y hasta del nombre del orfanato al que ingresé después…
Por último, saqué de mi bolso el salvoconducto que conservaba desde que, treinta y cuatro años atrás, subí al avión rumbo a Francia, y mostré la página con la fotografía.
Era un pasaporte expedido a las apuradas justo antes de la adopción, y lo había guardado pensando que, si había alguien que me recordara, quería darle todas las pistas posibles sobre mí.
El periodista, que tecleaba con fuerza en su portátil, levantó la cabeza, me miró y dijo con una sonrisa:
—Además de esa historia, me da la impresión de que tiene muchas más cosas que contarnos… ¿Cómo es su vida en Francia? Hace mucho que no visita su país de origen, también me gustaría pedirle sus impresiones sobre eso.
Miré al periodista fijamente. Aun sabiendo que no podría imaginar el ánimo con que acepté la entrevista, de repente me invadió una tristeza difícil de controlar, como quien apuesta sus últimos billetes. Quizá era una tristeza cercana a la hostilidad.
Cuando terminamos, el periodista se marchó primero de la cafetería diciendo que tenía otro compromiso.
Permanecí inmóvil en aquel sitio hasta que se puso el sol y se hizo de noche.
Afuera, las tiendas de campaña en la plaza de Gwanghwamun poco a poco quedaron sumidas en la oscuridad.
Ya había visto la noticia en Francia, sabía que esas tiendas estaban allí para no olvidar a alguien.
La noche en que vi ese especial de noticias extranjeras llovía fuerte, y ni siquiera una larga ducha con agua caliente pudo disipar el frío.
Al recordarlo esa tarde me sentí aún más sola, como un náufrago que había sobrevivido a un barco hundido, pero al que nadie iba a buscar.
Convertir una situación en escenario y proyectar mi soledad en un actor moldeado por mi imaginación era una costumbre que tenía hace mucho.
Y me gustaba, porque la soledad transferida, siendo mía y al mismo tiempo ajena, no me arrastraba demasiado hondo.
Solo leí una vez aquella entrevista. Como se editó antes de que yo me fuera del país, pude recibirla por correo.
Tal como había previsto, las tres páginas dedicaban más espacio a mi situación actual que a la información previa a la adopción.
Por ese entonces había recibido un premio de dramaturgia otorgado por una fundación cultural francesa, y ese logro se destacó muchísimo.
También había pedido que apareciese la foto de mi pasaporte y no lo hicieron.
Resultaba imposible, viendo la foto de mi rostro actual en la cafetería de Gwanghwamun, reconocer que yo había sido la niña abandonada en las vías del tren o que alguna vez me había llamado Munju.
La última apuesta que hice fue por la persona que me nombró Munju y por mi madre biológica, pero hasta ahora nunca he recibido una llamada de ellos.
Tras quedarme un buen rato mirando la pantalla del portátil, revisé el correo de Seoyoung y presioné el botón de eliminar.
Yo no conocía a Seoyoung, ni tampoco sabía nada acerca de la época en que ella había pensado en Munju; es decir, desde el día en que por casualidad leyó mi entrevista en una revista de actualidad hasta que, hinchando su imaginación, concibió una película.
Ese lapso de tiempo, con su cualidad y su densidad específica, era un territorio desconocido para mí.
Cuando quise cerrar el portátil, mis manos no se movieron como yo quería.
No hay necesidad de ser tan susceptible , me dije a mí misma.
Después de volver a ver la respuesta de Seoyoung a mi pregunta, podía borrar el correo de forma definitiva.
Al final, volví a entrar a mi correo electrónico, recuperé el mensaje que acababa de eliminar y empecé a leer lentamente las frases que había allí.
A veces todavía lo pienso. Si en ese momento no hubiera recuperado el correo de Seoyoung, y por lo tanto no hubiese participado en la película que ella había imaginado, habría seguido viviendo sin conocer a todas las personas que encontré en Corea.
Esa vida habría sido vacía como un libro al que le falta la página más importante.
Sea cual sea el presente que yo viva, ahora ya no puedo volver a lo de antes.
El nombre es una casa.
Así comenzaba el segundo correo de Seoyoung.
Creo que el nombre es la casa donde habitan nuestra identidad y nuestra presencia. Aquí todo se olvida demasiado rápido, y yo creo que recordar bien aunque sea un solo nombre es una muestra de respeto hacia un mundo que desaparece.
Identidad, presencia, casa, respeto… Las palabras que había escogido Seoyoung llamaron mi atención.
No, decir que llamaron mi atención no era suficiente.
Esas palabras eran lo que yo más intensamente anhelaba en la vida.
Casi sin darme cuenta enderecé la espalda, que tenía apoyada en el sofá, y empecé a concentrarme en su correo.
Parecía que Seoyoung ya había avanzado bastante en su proyecto.
No solo había escrito la sinopsis de la película y el orden de las secuencias, también había formado un equipo, y contaba además que había firmado un acuerdo con su antigua universidad, famosa por su departamento de estudios audiovisuales, para recibir en préstamo una cámara y un lente relativamente modernos.
Aunque no podía pagarme el pasaje de avión y los honorarios por mi participación serían apenas simbólicos, adjuntaba archivos de imagen asegurando que podría proporcionarme alojamiento durante los dos o tres meses de rodaje.
Al abrirlos, en la pantalla del portátil fueron apareciendo una pequeña sala de estar, un dormitorio y las vistas desde la ventana.
«En realidad, es mi propio estudio. Como ve, no es nada lujoso, pero no habrá mayor problema para quedarse sola aquí.
Además, por la noche se puede ver la torre Namsan iluminada», escribió.
Mientras miraba las fotos con atención, se me vino a la mente la casa del maquinista que había llegado a ser para mí una especie de familia de acogida.
Era una vieja casa tradicional situada dentro de un callejón, y cuando llovía, el olor de la madera impregnaba cada rincón de la casa y se extendía con un frescor punzante semejante al de la menta.
Que lloviera también significaba comer una comida aplanada, parecida a una empanadilla, de un tono púrpura cercano al marrón.
La madre del maquinista solía chasquear la lengua cada vez que cruzaba la mirada conmigo pero, al sentarse junto a mí en el pórtico y escuchar juntas el sonido de la lluvia mientras compartíamos aquel snack , era tan afectuosa como una abuela de verdad.
No recuerdo el nombre de esa comida: se hacía poniendo pasta de frijoles rojos dulces molidos dentro de la masa, friéndola en aceite y espolvoreando azúcar encima, y desde que dejé Corea nunca volví a probarla; sin embargo, desde hacía unos días no paraba de recordar su sabor.
Pensaba que si lograba comer aquel plato, imposible de conseguir en Francia, se resolverían de inmediato las náuseas que a menudo me atormentaban.
Claro que lo sabía: que embarcarse en un vuelo de larga distancia en los primeros meses de embarazo solo por un antojo era una elección poco sensata, y también que, como decía el médico, debía tener cuidado con todo.
En ese momento tendría que haber borrado el correo de Seoyoung o haberla rechazado con cortesía, pero no lo hice.
En cambio, recordaba lo que había leído en un folleto sobre cultura coreana, —que en Corea muchas embarazadas pasaban un tiempo en la casa materna para reponer fuerzas y prepararse para el parto— y me disponía a dejarme llevar por la tentación.
Más que nada, la expectativa de que a través de la película pudiera encontrar al maquinista o a su madre, aun sabiendo lo escasa que era esa posibilidad, superaba todas mis circunstancias negativas.
Esa expectativa era también la esperanza de que, al llegar a conocer el sentido del nombre Munju y tener un origen un poco más claro, pudiera dar la bienvenida a Wuju con mayor seguridad y orgullo.
El maquinista fue quien me rescató en las vías del tren.