Corazón sincero Capítulo uno
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Corazón sincero

Corazón sincero

Por Haejin Cho

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Capítulo uno

CAPÍTULO UNO

Y o vengo de la oscuridad.

La oscuridad, atrapada en el intangible borde de la eternidad, donde el tiempo no fluye, es mi origen.

Sin dirección, sin saber a dónde iba, debí de vagar sola por aquel lugar.

En ese momento, ¿mi forma sería redonda y dura como una semilla, o como una fina bocanada de humo blanquecino?

Tal vez era un material variable que se desmoronaba o dispersaba sin remedio ante el más pequeño impulso, o tal vez no era más que un puñado de energía sin siquiera forma.

Fui creada en la oscuridad y la desagarré al nacer; no tengo padres, y tampoco tengo abuelos que hayan memorizado el sueño de mi concepción para contármelo al llegar al mundo.

Tampoco hay parientes o vecinos que me sacaran una fotografía en el momento en que empecé a gatear, sentarme, ponerme de pie o hablar.

No tengo copia del registro familiar donde estén consignados los datos personales de mis padres, ni el certificado de nacimiento que oficializa la fecha y hora de mi nacimiento, ni la ficha médica del hospital donde nací.

En cambio, para llevar a cabo sin contratiempos mi adopción, se improvisaron un registro familiar individual y una carta de consentimiento firmada por un representante, un certificado internacional de vacunación y un permiso de viaje, una factura por los honorarios del coordinador que asistía a mis padres adoptivos con la interpretación y las gestiones y el recibo del pago de la tasa de intermediación por la adopción (que, según me informaron, incluía un descuento si el niño presentaba alguna discapacidad; siendo yo una niña sin discapacidad, deben haberme asignado la tarifa completa).

Esas cosas podrían encontrarse todavía en el instituto coreano de adopción, o en algún organismo público dependiente del gobierno que gestiona adopciones.

¿Habrá existido un cordón umbilical? A veces, cuando me surge esa duda, instintivamente pongo las manos sobre el vientre y tanteo en silencio alrededor del ombligo.

Sin embargo, ese ombligo no es más que un vestigio de mi madre biológica, incapaz de reproducir ni siquiera el roce de la punta de sus dedos.

Una prueba impotente, un signo sin identidad, un pasaje cerrado…

No conozco el aspecto ni la impresión que causaba, ni su olor ni su tacto, ni su manera de hablar ni el tono de su voz, ni sus expresiones al reír y al llorar, ni sus hábitos de sueño, ni sus supersticiones, y nunca voy a conocer nada de eso en el futuro.

Para mí, ella es otra oscuridad.

En junio pensé en ella después de mucho tiempo.

Estaba recostada en la cama de una pequeña clínica obstétrica en París, mirando la imagen de los pequeños movimientos que aparecía en la pantalla del ecógrafo hasta hacerme doler los ojos.

En ella se agitaban partes que parecían una cabeza, un torso, brazos y piernas, y yo las conectaba en una sola forma orgánica.

El hombre de cabello gris que se presentó a sí mismo como el doctor Jouvet me felicitó y me informó que la nueva vida estaba entrando en su novena semana. Dijo:

—¿Sabe? El óvulo fecundado recorre los miles de millones de años de la historia de la evolución de la vida en apenas 280 días.

El cigoto, mediante una diferenciación constante, pasa por ser anfibio y reptil, luego se convierte en mamífero y entre los mamíferos evoluciona hasta llegar al más complejo: el ser humano.

Ahora está en la novena semana, así que en unas tres semanas más se habrán formado los órganos y los genitales.

Por así decirlo, este es el tiempo en que se modela el barro. Debe tener cuidado.

Fue en ese momento cuando pensé en ella: aun sin tener nada que recordar, pensé en ella, y ese pensamiento se transformó de inmediato en un deseo de verla. Un ansia por una textura desconocida inesperadamente grande, redonda y delicada.

Hasta entonces me parecía desconcertante haber sentido curiosidad por ella y haber intentado buscarla sin tener ese deseo genuino.

Al salir del hospital, en vez de ir a casa caminé por el sendero cercano al hospital.

Trataba de ampliar con precisión mis pensamientos colocando las dos posibilidades en una balanza imaginaria.

La luz del sol sobre mi cabeza atravesaba las hojas de los árboles y se derramaba en forma de rayos como una red tejida de luz.

Me detuve y miré las hojas que se mecían echando la cabeza bien para atrás.

Las hojas parecían cruzarse para proteger con su sombra verde la vida que llevaba en mi interior.

Los árboles se extendían hacia arriba, y lo más alto del cielo debía de estar en contacto con el universo.

—El universo… Wu… Ju… —murmuré una vez más en coreano.

En ese instante toda la confusión que había sentido se dispersó, y en mi corazón solo quedó el nombre «Wuju».

No resultaba difícil de pronunciar para un francés y, si el universo abarca todo lo existente, entonces es lo más lejano que pueda haber frente a la oscuridad.

No había nada de qué preocuparse. La preocupación había llegado a su fin.

La pequeña vida en mi interior que recién había sido creada y cuyo corazón recién formado hacía circular la sangre y aumentar sin cesar el número de células se llamó naturalmente «Universo».

Debo recordar este instante , pensé. La dirección del viento, el color de las hojas, la forma de las nubes que pronto se desharían; así, cuando Universo también tuviera un lenguaje, podría contarle una larga historia sobre este momento.

A partir de ahora yo debía recordar cada instante del universo, porque soy el medio que une a Universo con el mundo, la mensajera que dará a conocer su existencia a las personas y, al mismo tiempo, la testigo que debe dar fe del proceso de su crecimiento.

Yo no renunciaré jamás a esos papeles, y no permitiré ni un solo instante que Universo llegue a imaginar algo como la oscuridad.

Ese día, bajo los árboles del sendero, eso se convirtió en la única certeza de mi vida.

El día en que supe que Wuju había llegado a mí, recibí un correo electrónico de una mujer coreana llamada Seoyoung.

Al atardecer, cuando regresé al apartamento, encendí el portátil recostada en el sofá como de costumbre y, al acceder a mi cuenta de correo, apareció el nombre de Seoyoung.

La primera vez que recibí un correo de ella había sido una semana antes.

En aquel mensaje se presentó como una mujer de veintinueve años que había estudiado cine en la universidad y que desde entonces había producido varias películas independientes con amigos, y me explicó que estaba ideando una película documental conmigo como protagonista, una coreana actriz y dramaturga que fue adoptada en Francia. Entonces escribió lo siguiente:

Hace un año leí una entrevista suya, señora Nana.

Me enteré de casualidad que la anciana que regentaba un restaurante en la planta baja de la vivienda donde alquilaba había cuidado en su juventud a un niño que iba a ser dado en adopción al extranjero, y esa experiencia me llevó a reflexionar sobre mi vida, en la que había vivido como si no existieran la adopción ni las personas adoptadas.

Quizá por eso me resultó aún más imposible dejar de pensar en usted, señora Nana.

Pensé tanto que dentro de mí empezó a formarse una película sobre usted.

Luego de buscar lugares en los que usted haya vivido en Corea hasta que se la llevaron a Francia, y también al buscar a las personas con las que tuvo contacto allí, he llegado a la conclusión de que el propio proceso de descubrir el significado de su antiguo nombre, «Munju», se ha convertido en el objetivo de la película que estoy concibiendo ahora.

Como usted sabrá, los nombres coreanos llevan consigo un significado particular difícil de adivinar solo por el símbolo o la pronunciación.

Señora Nana, por eso hoy quiero preguntarle con todo respeto su opinión sobre la posibilidad de trabajar conmigo en Corea en esta película.

En aquel momento pensé que era una propuesta sin sentido.

Interrumpir mi vida en París para viajar a Corea y participar en la película de una directora amateur sin garantía alguna de calidad artística me parecía insensato, un juego en el que solo podía perder.

Daba risa, pero pensé mucho en aquel correo, y unos días después le respondí a la joven y atrevida directora.

Escribí solo una línea, una única pregunta: por qué se había interesado por el nombre de una persona adoptada como yo.

Probablemente la respuesta llegaría en su segundo correo.

La entrevista que Seoyoung leyó era del año pasado, cuando visité Corea por primera vez en treinta y cuatro años para participar en un evento organizado por una organización civil coreana destinado a personas adoptadas en el extranjero.

El principal objetivo del evento era ayudar a los adoptados a encontrar a sus familias y propiciar los encuentros con el apoyo del gobierno.

Entre los quince invitados, probablemente me entrevistaron porque, tras una semana de las dos que duraría el evento, yo era la única que no había logrado encontrar a su familia.

Además, en comparación con los demás, yo hablaba bien coreano.

Después de irme de Corea siempre seguí expuesta a la lengua, así que no tenía grandes dificultades para hablar, escuchar, leer y escribir.

Cuando era niña, Henri y Lisa me compraban libros de cuentos coreanos y unos DVD de dibujitos producidos en Corea y, al crecer, yo misma buscaba en internet dramas o películas coreanas porque de verdad me gustaban.

En la universidad, hice durante casi cuatro años un intercambio de idiomas con un estudiante de arquitectura coreano llamado Gihyeon.

Él me aconsejó estudiar caracteres chinos para realmente tener un conocimiento profundo de la lengua, así que en esa época me compré un manual de harija en una librería de segunda mano.