Capítulo 15
La fiesta duró hasta bien entrada la madrugada: mientras hubo comida, bebida y baile, nadie se movió del rancho.
Charlotte estaba agotada, pero, aun así, aguantó hasta el final, junto a mis padres, que no estaban acostumbrados a trasnochar.
Mis amigas, todo lo contrario: no había quien las sacara de la pista, solo cuando los músicos empezaron a recoger sus instrumentos se dieron por vencidas.
La ranchera quería una fiesta memorable y lo había conseguido.
Estaba segura de que hablarían de su cumpleaños durante mucho tiempo.
Por suerte, yo también conseguí lo que quería, ver a todos felices y atesorar más recuerdos inolvidables con Caleb.
Nos quedamos durmiendo hasta las once de la mañana, aunque Caleb, Liam y los demás trabajadores han empezado la jornada a las ocho. Los animales no entienden de celebraciones ni de festivos. Tienen su rutina y no se toman bien que la trastoquen.
Al mediodía preparamos un pequeño almuerzo y, tras disfrutarlo, mis padres y mis amigas regresan a Austin.
—Quiero ser la primera en saberlo —me dice Phoebe al oído mientras me da un abrazo de despedida.
—Ya te he dicho cuál es el resultado. Lo demás es todo fantasía.
—Ya veremos.
Madre mía, la cabezonería con ese tema es contagiosa. Da igual lo que diga.
—Tus padres son encantadores, Elle. Tienes que invitarlos al rancho más veces, y a tus amigas también —comenta Charlotte tras ver cómo los coches se pierden por el camino.
Le sonrío, incapaz de responder. Todo lo que diga a partir de ahora será una patraña, no podré cumplirlo. Más tarde, pretendo excusarme para ver a Mark, tengo que acabar con esto lo antes posible. A cada minuto que pasa me cuesta más controlar mis emociones.
—Pareces agotada. ¿Por qué no te acuestas un poco? Hay gente de sobra para poner orden a esto —dice Caleb acariciándome la mejilla.
—Mi hijo tiene razón, niña. Yo también aprovecharé para echar una siesta.
—No me apetece. Si me acuesto, estaré dando vueltas sobre la cama y acabaré más cansada. ¿Te parece bien que organice tus regalos? La salita de la televisión está a rebosar y apenas se puede entrar.
—Me parece bien, pero no los abras. Me encanta hacerlo yo misma, disfruto tanto como con el contenido o incluso más.
Charlotte se va a su habitación y Caleb a ayudar a los peones con la limpieza y la recogida del mobiliario. Las cocineras se encargan de las sobras y del menaje utilizado.
Pondero mis opciones y me doy cuenta de que esta es mi mejor oportunidad para visitar a Mark, nadie notará mi ausencia.
Cojo las llaves del coche que utilizó Charlotte el día que fuimos a visitarle y, antes de salir, me paso por la cocina a por algunas viandas.
No es que haya sobrado mucho, pero algún pastel de carne y alguna tarta de manzana han sobrevivido.
Recorro el mismo camino que hice con Charlotte; mi sentido de la orientación no es el mejor, pero no hay tantas rutas entre las que elegir.
Llego sin problemas. Mark, al escuchar el ruido del motor, sale al porche con cara de pocos amigos.
Al percatarse de quién es su inesperado visitante, se relaja, aunque solo por un instante.
—Hola, espero que no te moleste que haya venido sin avisar.
—¿Y mi madre? —pregunta desconfiado.
—Eh…, está descansando. La fiesta se prolongó hasta entrada la madrugada —Me pongo nerviosa al ver su cara, parece un animal malherido—. Te he traído pastel de carne y tarta de manzana.
Le entrego la cesta de pícnic con la esperanza de que me invite a entrar, pero fallo estrepitosamente y siento que está a punto de echarme. Solo me queda lanzarme al vacío.
—Necesito hablarte de un tema muy importante. Si me das una oportunidad, lo entenderás.
Me mira sorprendido y, tras ponderarlo, al fin me invita a pasar.
Nos sentamos a la mesa de la cocina y me ofrece un vaso de limonada.
Creo que piensa que estoy embarazada, porque él toma cerveza, aunque esté etiquetada como sin alcohol.
Saca el pastel de carne y lo rechazo apresurada, estoy atiborrada de comida.
Él se sirve un buen trozo, al probarlo cierra los ojos del gusto.
—Está muy rico.
—Es una receta secreta de mi madre. Bueno, ahora ya no es secreta, la compartí con Charlotte, y ella, con las demás cocineras —digo y sonríe.
—Mi madre tiene un talento para enredar las cosas.
—Vaya si lo tiene. Ahora Caleb también cree que estoy embarazada.
—¿Y no lo estás? —inquiere antes de llevarse un buen trozo a la boca.
—No, cero posibilidades.
Sigue comiendo en silencio y, mientras, busco la manera de sacar el tema. Temo su reacción; si decide atacarme, no podré defenderme. Me matará y me enterrará en el bosque y nadie lo sabrá, nadie me encontrará. «Joder, Elle, ves demasiada tele», me digo a mí misma.
—¿A qué has venido?
«Ha llegado la hora, no te eches atrás».
—Hace cuatro años, viví una situación muy traumática. —Su cuerpo se tensa y suelta el tenedor en el plato; por un instante, flaqueo—. Caí en una fuerte depresión y…
—Fuera de aquí. No necesito tu piedad de mierda. ¿Quién te crees que eres? —vocifera enfurecido y lanza el plato contra la pared.
—Tú no lo entiendes, estaba allí —digo con voz casi inaudible—, fue culpa mía. —Empiezo a respirar con dificultad—. Yo lo maté, yo soy la culpable —Un grito desgarrador sale de mi garganta. Todo mi cuerpo tiembla y ya no puedo contenerme. Me dejo caer sobre el suelo y lloro desconsolada.
—Elle, tranquila, todo va a salir bien. —Me encojo como un animal malherido cuando se acerca—. Perdóname. Perdóname por haber perdido el control. Ven, deja que te lleve al sillón, la madera del suelo es áspera y está astillada, te hará daño.
Dejo que me conduzca al pequeño sofá de dos plazas, su tela de color verde está un poco raída. Me acomoda con delicadeza y me trae un vaso de limonada, la noto más azucarada de lo que recordaba.
—Gracias —digo devolviéndole el vaso vacío.
—¿Quieres seguir contándome lo que te pasó? —pregunta sentándose en la otra punta.
Asiento y me seco las lágrimas y la cara con un puñado de pañuelos que he sacado de mi bolso. Respiro hondo un par de veces, armándome de valor.
—Me fui a una fiesta a las afueras de Austin y me emborraché. No pensaba con claridad y me monté en el coche para volver a casa. Apenas podía meter las marchas. Cuando me detuve en un stop , el coche se me caló y, por más que lo intentaba, no podía arrancarlo —Empiezo a respirar con dificultad.
—Todo está bien. Respira hondo.
—No lo entiendes, nada está bien. Tomé una mala decisión, una que destrozó la vida de dos personas.
—Entiendo más de lo que te puedas imaginar.
—Ese es el problema. No lo entiendes. Crees que lo haces, pero no es verdad. Todo fue culpa mía, yo soy la responsable, no tú.
Me mira con desconcierto, no comprende el alcance de mis palabras.
—Cuando me paré en ese stop , un todoterreno negro se detuvo detrás de mi coche.
Como no arrancaba, se puso impaciente y me adelantó.
—Trago saliva—. En ese cruce en concreto, hay muy poca visibilidad por la vegetación, incluso tienes que invadir un poco el otro carril para cerciorarte de que no viene nadie.
—Se queda pálido, creo que por fin empieza a comprenderlo—.
El todoterreno no lo hizo, al revés, aceleró como un loco y se incorporó a la carretera como si no existieran más conductores en el mundo.
—¿Estabas allí? —masculla—. ¿Viste cómo acabé con la vida de aquel pobre chaval?
—Unos lagrimones se deslizan por su cara, desfigurada por la pena—.
Solo tenía dieciocho años, Elle. Nunca me perdonaré por eso.
—Su llanto lastimoso inunda la cabaña. Su dolor es aún mayor que el mío, quizás porque él cree ser el culpable directo de la muerte de Kevin.
—No fuiste tú, Mark. —Lo abrazo al ver que no escucha, está perdido en sus recuerdos. Lloro con él, por su sufrimiento, por el mío, por el de la familia de Kevin, por Caleb, por el futuro sombrío que me espera—. Fue el todoterreno negro el que provocó el accidente.
Se tensa entre mis brazos y me aparta, con más delicadeza de la que me esperaba. Nos miramos a los ojos una eternidad, ambos reconocemos en el otro la propia pena.
—No lo maté… —Su voz es solo un quejido—. ¿Estás segura? ¿No fui yo? —Sus ojos recuperan la chispa.
—Lo estoy. Eres inocente, Mark. —Mi revelación arranca la losa que le pesaba sobre el corazón. Renace a la vida ante mis ojos.
—Soy inocente, soy inocente —grita y se ríe.
Se levanta de golpe, me abraza fuerte y empieza a girar como una peonza.
Creo que se marea y se deja caer conmigo al sillón—.
Gracias. Gracias por quitarme ese peso de los hombros.
Ya no tenía ganas de seguir viviendo, Elle.
La culpa me estaba matando. Te estaré eternamente agradecido.
Vuelve a abrazarme y esta vez llora de alivio, de alegría. Creo que todavía no se ha dado cuenta de que yo soy la culpable de su sufrimiento. Seguro que, cuando lo haga, querrá hacérmelo pagar. Si es así, no me defenderé, merezco todo lo que me pase.
—Eh, no llores más. Todo se va a arreglar.
—No tienes nada que agradecerme. Por mi culpa fuiste a la cárcel. Si no hubiera huido como una cobarde, no habrías sido condenado. —Desvío la mirada durante unos segundos—. Pero estaba destrozada, había pillado a mi novio en la cama con mi mejor amiga —añado sin querer entrar en más detalles.
La amargura impresa en mis palabras hace que él comprenda que compartimos la misma pena.
—Elle. Eras solo una chiquilla, una a la que le habían roto el corazón.
No sabías lo que hacías. —Me seca las lágrimas con la yema de los dedos—.
Te recuerdo que yo estaba tan borracho como tú, quizás más.
De no haberlo estado, me hubiera dado cuenta de lo sucedido y no habría acabado en la cárcel, así que no eres la culpable de mi condena.
—Lo soy, hui y os dejé tirados, sin siquiera comprobar si seguíais con vida. No merezco que me perdones, merezco que me odies, que me condenes. —Me sacudo por el llanto.
—No te lastimes más, Elle. Tú tomaste una decisión equivocada al huir del accidente.
Yo tomé una decisión equivocada al conducir borracho.
Pero ninguno de los dos provocamos la muerte de Kevin, lo hizo el conductor del todoterreno, él es el culpable.
Esto es un hecho irrefutable, lo demás es circunstancial.
Tenemos que olvidarlo, ambos hemos pagado caro nuestro error, es hora de que empecemos a vivir.
No sabes cómo te agradezco que hayas tenido el valor de contarme la verdad, me has librado de la condena que me había autoimpuesto.
¿Te das cuenta del paralelismo de nuestra historia?
—Me mira con expectación, quiere que asienta.
—Ambos sufrimos por amor; ambos tomamos una decisión equivocada; ambos pagamos muy caro por ese error; y ambos merecemos ser felices. Tú te mereces ser feliz con mi hermano.
Caleb… la mano que me oprime el pecho aprieta un poco más.
—Puede que tú me hayas perdonado, pero tal vez Caleb no lo haga.
—No tienes por qué contarlo.
—No puedo seguir ocultándole algo así. Cuando se entere, me odiará aún más.
—Creo que no deberías contarle lo que sucedió.
—Aprieta mi mano con suavidad—. Conozco a mi hermano, Elle, es muy impulsivo y no se detendrá a escuchar los hechos.
Te borrará de su vida de un plumazo, sin dejar rastro de tu existencia.
Por muy enamorado que esté. —Abro los ojos como platos—.
Sí. Te ama, Elle, me lo ha confesado. Se muere por ti.
—Me sonríe con cariño—. No tires vuestra felicidad a la basura por un error del pasado del que solo fuiste espectadora.
No mataste a Kevin ni me condenaste a la cárcel.
No tienes por qué cargar con esa pena. Ambos somos libres, Elle, para amar, para vivir, para hacer lo que nos plazca.
Sus palabras consiguen penetrar mi coraza. Las siento acariciar mi alma, desean liberarla. Nos quedamos en silencio, mirándonos mientras asimilamos lo que acaba de pasar. Sanándonos mutuamente. De la nada, se queda rígido y me toma de las manos.
—Te propongo un pacto. Ninguno de los dos hablaremos más del tema, nunca, jamás. A partir de hoy, iniciaremos una nueva vida, tú al lado de mi hermano y yo reconstruyendo la mía. ¿Prometido? —Me suelta las manos y me tiende la suya para que sellemos nuestro acuerdo.
La observo durante un largo rato, quiero hacerlo, quiero olvidarlo y ser feliz junto a Caleb, en el rancho, cuidando del huerto y de las gallinas.
Como lo había hecho Charlotte hasta entonces.
Sé que tiene razón, Caleb no me escuchará, no me dejará contextualizar lo sucedido.
Me sentenciará antes de que abra la boca.
¿Podré soportarlo?
¿Podré vivir sin el hombre al que amo?
¿Qué ganaré si le cuento la verdad?
Nada. Mark tiene razón, yo le he liberado de su condena y él me ha liberado de la mía, ambos estamos en paz. Es hora de que pasemos página.
—Prometido. —Acepto su mano y él tira de mí, estrechándome entre sus brazos.
Parece otra persona, se abre y me cuenta cosas de su infancia, de sus aventuras con sus hermanos. De lo unidos que han estado siempre. Tomamos limonada y él prueba la tarta de manzana, otra receta de mi madre.
Me echa de su casa tras un buen rato de charla.
—Anda, vete con mi hermano. Conociéndole, te estará buscando hasta debajo de las piedras. —Me acompaña hasta el coche y nos despedimos con un abrazo cariñoso.
Tomo el camino de tierra por el que vine y, justo al llegar al desvío, advierto otro atajo; lo reconozco, es el que seguí con Caleb.
Un impulso hace que lo coja y subo la montaña.
Me detengo en el mismo sitio que él y recorro lo que queda del sendero con paso apresurado.
Abro los brazos y respiro hondo mientras miro embelesada el valle.
La calma que siento aquí nunca la he sentido en ninguna parte, quizás porque nunca había estado en paz como lo estoy en este momento.
Cierro los ojos y dejo que los rayos de sol me calienten las mejillas.
Por una vez, he tomado la decisión correcta.
—Prepárate, mi amor. Allá voy —digo en voz alta al tiempo que entro en la camioneta.
Mi vida acaba de empezar.