Capítulo 14 #2
Ante las palabras de Phoebe, me quedo muda. Dicen que el silencio otorga. Además, refutarlas sería una pérdida de tiempo. Mi amiga me sacaría una confesión en menos de dos segundos.
—¿Qué os ha parecido Liam? —pregunto para cambiar de tema.
—Es un bomboncito, ideal para saborearlo a mordiscos —contesta Phoebe sacándonos una carcajada.
—Que disfrutes, amiga. He visto que te pone ojitos. —Se chocan las manos—. A mí me gustan un poquito mayores. ¿No habrá otro como Caleb escondido por ahí?
Sonrío al pensar en Mark, es muy guapo, aun estando tan demacrado.
—Nunca se sabe. Habrá que esperar —contesto enigmática.
Se vuelven locas y me hacen miles de preguntas, pero yo no suelto prenda.
Tras acomodarlas, bajamos a buscar a Charlotte y pasamos la siguiente hora de charla mientras organizamos la comida.
Todo está dispuesto para empezar a recibir a los invitados.
Y debo confesar que ha merecido la pena tanto esfuerzo y trabajo.
El patio delantero ha sido convertido en un pequeño mercadillo, con sus puestecitos de comida: barbacoa, hamburguesas y perritos calientes; maíz cocido y aderezado con jugo de limón, mayonesa, queso rallado, chile en polvo y más opciones a cada cual más sabrosa; chili con carne al estilo texano acompañado de diversos tipos de guarniciones; tartas artesanales dulces y saladas hechas con productos locales; bebidas y cócteles variados.
Además de los puestos de comida, hay mesas con bancos de madera tipo pícnic cuidadosamente decoradas para la ocasión, se encuentran esparcidas por doquier y cuentan con la capacidad suficiente para acomodar a todos los invitados.
También han instalado una tarima de baile con música en vivo.
Y para cuando el sol se esconda, guirnaldas de luces.
—Esto es una pasada —comenta entusiasmada Phoebe, con los ojos brillantes.
—Ay, niña, la idea de los puestecitos ha sido brillante. Este cumpleaños pasará a la historia, jamás lo olvidaré —dice Charlotte embargada por la emoción.
La mano que ha estado todo el día oprimiéndome el corazón aprieta un poco más. Tengo que usar todo mi autocontrol para no echarme a llorar como una Magdalena.
—Ahí vienen tus padres. —Zoe apunta con el dedo—. Se ve que Caleb y Ruby han hecho buenas migas —añade en un susurro.
Mi madre camina en nuestra dirección cogida de su brazo, le sonríe encantada y le mira con admiración. Joder, ni mi madre se escapa del poder de atracción que desprende Caleb, el pobre de mi padre los sigue rezagado mientras observa el entorno con notable interés.
—Hola, mamá.
—Elle, ¡qué preciosa estás! Has ganado unos kilitos, que te hacían falta, y rebosas vitalidad. Hacía muchos años que no te veía así. —Me abraza fuerte.
Mi madre lo ha pasado muy mal todo este tiempo, viendo cómo me consumía sin poder hacer nada, a pesar de mi aparente normalidad en los últimos dos años.
—Es el aire del campo —comenta la ranchera, orgullosa.
—Feliz cumpleaños, Charlotte, encantada de conocerte al fin. —Se abrazan como viejas conocidas—. Gracias por cuidar a mi niña con tanto cariño.
—Hija, dame un abrazo —pide mi padre acercándose con los brazos abiertos.
Voy a su encuentro con una sonrisa genuina en los labios.
Mi padre es la mejor persona que conozco, nunca le he visto quejarse de nada y siempre está disponible para los demás—.
Te hemos echado mucho de menos, pero te veo muy bien y me alegro de la decisión que has tomado.
Puede que en lo físico lo esté, mentalmente lo estaba hasta que descubrí que Mark es en realidad William Reid. Pienso.
—Ven, deja que te presente a Charlotte. —Desvío su atención hasta la cumpleañera. Estoy al borde del abismo, un paso en falso y nadie podrá salvarme.
—Espera, dime, ¿qué hacemos con el regalo?
Lo tengo en el coche —pregunta apurado y le explico que hay un puestecito donde depositar los regalos junto a la entrada, también hay un libro de firmas confeccionado al estilo scrapbook por Charlotte.
Cuando lo he visto, he estado segura de haber acertado con mi regalo.
Aprovecho la presencia de mis padres para salir de escena: ser presentada ante el pueblo y los amigos de Charlotte como la novia de Caleb no entra en mis planes.
No porque no quiera, es lo que más deseo en el mundo, pero después de que hable con Mark todo saldrá a la luz y ya no seré bienvenida en el rancho y mucho menos en la vida de Caleb.
Dolor.
Angustia.
Desesperación.
Esos tres sentimientos me golpean de lleno y por un instante mi máscara de indiferencia se resquebraja.
—¿Qué te pasa, hija? Te has puesto pálida.
—Estoy bien, mamá. Quizás un poco cansada.
—No me extraña, con la que tenéis montada aquí. Estoy impresionada.
—Tenéis que probar esto. Está de escándalo. —Zoe señala la hamburguesa doble con extra de queso que ocupa casi la circunferencia de su plato.
—Eso es porque no has probado el pastel de pollo y setas. Creo que saldré de aquí con una talla más —apunta Phoebe, que ya va por el tercer trozo.
—Pues yo me tomaría otro de estos —dice mi madre al levantar su vaso casi vacío.
—Es un cóctel Bellini de durazno, mamá. —Me levanto—. Voy a por un margarita de fresa y te traigo otro. ¿Alguien quiere algo más? —pregunto.
—Yo, una cerveza , por favor —pide Zoe, que no se separa de su hamburguesa ni por un ataque de avispas asesinas.
—Voy contigo —se apunta Phoebe en el último instante—. ¿Qué te pasa? —suelta cuando nos distanciamos lo suficiente.
—No sé por qué lo preguntas —replico.
—¿Qué nos ocultas? A veces parece que estés en otro mundo, te evades. Y no me vengas a decir que estás pensando en Caleb; la cara que pones es de angustia, de pena, de dolor.
—Ahí lo tienes. Dolor. Un dolor de cabeza brutal, de esos que te estrujan el cerebro hasta tal punto que parece que te vaya a explotar la cabeza —digo con una mueca exagerada. Joder, a Phoebe no se le escapa una.
—¿Has tomado un analgésico?
—Sí, y ahora voy a tomar alcohol para anestesiarme —informo poniéndome detrás de la cola en uno de los puestecitos.
Me pido el cóctel de fresa antes que nada y mientras la camarera prepara las demás bebidas sorbo de mi copa. O por lo menos lo intento, ya que Caleb se acerca por detrás y me la arrebata.
—Oye, si quieres una bebida, ponte a la cola —protesto al tiempo que intento recuperar mi vaso.
—Mejor que sea sin alcohol, cielo.
—¡Joder! Qué fuerte. Sabía que te pasaba algo. Estás…
Le tapo la boca antes de que su voz chillona se escuche en el pueblo de al lado.
—Ni una palabra. No lo estoy, pero Charlotte está empecinada y ha enredado a todos para que la crean.
—Pasado mañana saldremos de dudas —anuncia Caleb con una sonrisa de oreja a oreja. Le hace ilusión y eso solo aumenta mi desazón.
—Por favor, no digas nada a nadie. Es una falsa alarma y como se enteren mis padres… Dios, no quiero ni pensarlo.
—Tranquila, no diré nada. —Me mira con expectación—. Todavía falta mucho para el lunes, ¿no podemos hacer la prueba mañana? —su pregunta saca una sonrisa esperanzada a Caleb.
—Yo me apunto, mañana la convencemos para que mee en un bote. —Le pego un codazo a Caleb entre las costillas—. ¡Auch! Eso duele, preciosa.
Phoebe se dobla de la risa acompañada de la camarera, que, al parecer, estaba pendiente de la conversación.
Una vez que recibimos nuestras bebidas de las manos de la amable chica, volvemos con los demás.
Dejamos los vasos en la mesa, y justo en este momento la banda empieza a tocar una balada country .
—¿Te apetece bailar? —pregunta Caleb.
Sin esperar respuesta, me toma de la mano y me conduce a la pista de baile.
—No he dicho que me apetezca.
—Sí, has sonreído y tus ojos se han encendido de la emoción. Además, no has salido corriendo ni me has pegado un codazo.
Sacudo la cabeza y sonrío, mi cowboy engreído es un caso perdido. «Te voy a echar muchísimo de menos Caleb», pienso al tiempo que me aferro a él. Puede que este sea nuestro último baile.
Él responde con la misma necesidad, me rodea con sus brazos y empezamos a movernos al ritmo de la canción.
Es tan natural, parece que llevamos haciéndolo toda la vida.
Apoyo el rostro en su pecho y cierro los ojos embriagada por su aroma tan masculino, tan salvaje.
Por un momento, me desconecto de todo lo demás, solo estamos los dos, en nuestra burbuja.
Apenas nos tocamos y el roce de nuestros cuerpos mientras bailamos comienza a ser casi insoportable; tengo que contener el aliento al sentir como su miembro se despierta.
Intento apartarme, pero me lo impide clavándome las manos en las caderas.
Nuestras miradas se conectan y la llama que arde en la oscuridad de su mirada me prende fuego.
A cámara lenta veo como se acerca y posa sus labios sobre los míos.
El beso es pura seducción, y me entrego sin reserva, sin importar dónde estoy. Solo quiero atesorar este instante para poder revivirlo cuando el frío congele mi alma.