Capítulo 14
Nada más despertar noto que la cabeza me va a estallar.
Gimo de dolor y me tapo con las sábanas, el sol se cuela por las cortinas entreabiertas y su resplandor acentúa mi malestar.
Cojo el móvil y compruebo la hora, vuelvo a gemir al ver que son casi las nueve.
Hace dos horas que debería haberme levantado y me extraña que Caleb no haya venido a ver si sigo viva.
Puede que me esté castigando por lo de anoche.
La sola mención de lo sucedido me lanza directa al infierno, me siento rota en mil pedazos.
Pero no tengo tiempo para lamentarme, hoy toca actuar.
Me levanto, me doy una ducha y me tomo un par de analgésicos. Al mirarme en el espejo, me veo demacrada y no me queda más remedio que recurrir al maquillaje. Intento que sea lo más natural posible, sin éxito. Las ojeras de panda que luzco llegan hasta el suelo.
Estoy saliendo de la habitación cuando recibo una notificación de WhatsApp, es del grupo «Las chicas son guerreras».
Zoe
Llegamos a las 12:00.
Phoebe
He comprado un pañuelo de Hermès para Charlotte.
Zoe
Jo, y a mí me regalas cosas de mercadillo.
Bandida.
Phoebe
Tú no tienes unos hijos buenorros/cowboys.
Joder, se me olvidó comprar un regalo para Charlotte.
Nos vemos pronto. Besos.
Dios, ¿cómo he podido olvidarlo? Tras coger mi bolso, salgo apurada de la habitación y bajo los peldaños de dos en dos.
Saludo a Charlotte al encontrármela a los pies de la escalera. Creo que pretendía subir, seguramente para despertarme. Estará de los nervios por la conmemoración y querrá repasar todos los detalles.
—Hija mía, no corras tanto, no es bueno para el embarazo.
—¿Todavía sigues con eso?
—Creo que es mejor que te hagas una prueba, así nos quedamos tranquilos. —Desvía la mirada al decir las últimas palabras y eso me mosquea.
—Cuando dices «nos», te refieres a ti y a Mark, ¿verdad? —Su mirada huidiza confirma mis sospechas.
—¡Charlotte! ¿Cómo has podido? Te dije que no estoy embarazada.
—Lo siento, niña, pero esta mañana Caleb me dijo que nadie subiera a despertarte. Dijo que no te encontrabas bien y que tenías unas ojeras que daban miedo. Deduje que aún estabas mal del estómago y sin querer solté mis sospechas.
Madre mía, me ha visto demacrada y casi comatosa. No podía pegar ojo, pasé casi toda la noche dando vueltas sobre la cama y, cuando caí rendida por el cansancio, me sumergí en un sueño profundo. No me hubiera percatado de su presencia, aunque hubiese venido acompañado de una banda de música.
—Me voy al pueblo. No tardo nada —digo y voy a la cocina para coger una manzana, no tengo tiempo para nada más.
—Pero si aún no has desayunado, niña. —Me sigue hasta la cocina—. Una manzana no es comida para una mujer… —Se calla al notar mi gesto de reproche.
—Me compraré una prueba de embarazo en el pueblo, ¿contenta? —pregunto y otra vez me rehúye la mirada.
—¿Qué pasa ahora?
—Caleb ya ha ido a por ellas. Le dije que trajera más de una, por si acaso fallaban.
—Me has liado una buena —digo exasperada mientras salgo de la casa.
Como si no tuviera ya bastante, ahora me tocará enfrentarme a esto, ¿y para qué? Para nada, sé que no estoy embarazada, tomo la píldora. Joder, si ese rumor llega a oídos de mis padres, estoy perdida.
Me meto en mi coche y me dirijo al pueblo. Desde que llegué, aún no he tenido la oportunidad de explorarlo; a pesar de que hoy tampoco podré hacerlo. Una vez llego decido aparcar en la consulta de la doctora, es el lugar más céntrico y siempre hay sitio.
La casualidad ha querido que nos encontráramos en cuanto cerraba el coche con un sonoro portazo.
—¿Un mal día? —pregunta la doctora.
—Hola. Qué va. —«Si tú supieras», añado en silencio—. Está estropeada, hay que pegar fuerte para cerrarla.
—No te he visto por aquí desde que llegaste.
—He estado muy ocupada. La vida en el campo es muy entretenida. —Pienso en todo lo que ha sucedido desde que llegué y parece mentira que solo hayan pasado dos meses—. Debo irme. Necesito comprar un regalo para Charlotte y no tengo mucho tiempo.
—Si no tienes nada en mente, te puedo ayudar.
—Sí, por favor. He venido todo el camino pensando qué regalarle.
Al final, el encuentro con la doctora Margareth fue más que providencial.
Resulta que Charlotte es una aficionada al scrapbooking , un método a través del cual se plasman recuerdos, emociones o acontecimientos importantes.
Se trata de decorar las fotografías con la ayuda de papeles estampados, cintas, cartulinas, washi tape, sellos y todo tipo de adornos.
Según la chica de la tienda, la ranchera es una clienta asidua, aunque, debido a su artritis, ya no fabrica ella misma los adornos, prefiere comprar un kit con un tema específico.
Los que había no me gustaban, así que escogí un álbum de papel artesanal en color chocolate, se cerraba con una cinta de cuero trenzado de donde colgaban abalorios de plata con cristal de murano en varios tonos de marrón y dorado, una verdadera obra de arte.
También compré una caja del mismo material y una tarjeta de cumpleaños confeccionada con la técnica del scrapbooking. Esperaba haber acertado.
De vuelta al rancho, mi móvil empieza a sonar de forma insistente.
Lo ignoro, jamás contesto el móvil cuando estoy al volante: uno, porque respeto las normas de tráfico; y dos, porque me da miedo conducir y siempre voy en tensión, parezco un robot.
El aparato no da tregua y comienzo a preocuparme.
Como ya estoy en el camino de tierra que lleva al rancho me aparto a un lado de la carretera.
—¿Diga? —contesto sin haber mirado el número.
—¡¿Dónde diablos estás?! —pregunta Caleb con un grito que por poco me deja sorda.
—No hace falta que me grites. Escucho perfectamente.
—Lo siento. ¿Dónde estás?
—Estoy de camino al rancho, no tardo nada en llegar.
—¡Y has contestado el móvil mientras conduces! —vuelve a gritarme.
—Pues no, me he detenido para atender a un pesado que no dejaba de llamar. ¿Qué quieres? ¿Ha pasado algo en el rancho? —inquiero irritada. Eso de que me controlen no va conmigo.
—No, nada. Solo quería saber dónde estabas. ¿Estás bien?
—Sí. Voy a seguir conduciendo.
—Vale. Ten cuidado —dice con voz mansa.
Madre del amor hermoso, el maldito embarazo ficticio.
Un nudo se forma en mi garganta, daría lo que fuera para que esa situación fuera real.
Formar una familia con Caleb, tener un hijo suyo, con sus mismos ojos…
Dios, no voy a soportar perderlo, le quiero demasiado.
Mi vista se empaña y por un segundo no veo la carretera.
La opresión que siento en el pecho apenas me deja respirar.
Cómo voy a vivir sin sus besos, sin su risa, sin ese carácter testarudo que me saca de mis casillas, sin esa sesión diaria de exhibicionismo al aire libre, sin…
«Basta, Elle. Deja de torturarte», me digo a mí misma.
Respiro hondo y vuelvo a ponerme mi máscara de indiferencia.
Solo un poco más, mañana todo habrá acabado.
Ahora toca lidiar con Caleb, me lo encuentro nada más aparco el coche.
—Hola.
—Hola. —Se acerca de una zancada y me estrecha entre sus brazos—. Tenemos que hablar.
—Caleb, siento que tu madre te haya dicho lo del embarazo. No es verdad. No estoy embarazada —contesto inquieta. El tema me tiene hasta las narices.
—Bueno, para eso están las pruebas que he comprado. —Deposita un suave beso en mis labios—. Ahora mismo vamos a salir de dudas. —Me toma de la mano y me guía hasta el interior de la casa.
—Ni hablar. Tengo muchas cosas que hacer. Además, mis amigas no tardarán en llegar y no quiero que se enteren —replico tajante.
—Lo haremos cuando acabe todo ese jaleo.
—Me quita el pelo de la frente y lo pasa por detrás de la oreja.
Lo hace con tanta delicadeza que me cuesta tragar ese nudo que sigue en mi garganta—.
Todo va a salir bien, Elle, y si resulta que estás embarazada, lo afrontaremos juntos —dice al malinterpretar mi reacción.
Yo en ningún momento me había planteado la posibilidad de estar embarazada de verdad.
Vuelve a besarme. Esta vez no es un beso suave.
Me besa con pasión, su lengua entra en mi boca de forma impetuosa.
Me envuelve la cintura con sus brazos y baja las manos hasta mi trasero.
Gimo en su boca al sentir el roce de su entrepierna contra mi vientre.
Cómo me gusta estar así, rendida en sus brazos.
—¡Ejem, ejem!
Nos separamos de golpe y nos giramos para descubrir quién nos ha sorprendido en un beso acalorado. Pego un grito de sorpresa al ver a mis amigas acompañadas de Liam, el responsable del carraspeo.
—Ahora entiendo por qué no sales del rancho para visitarnos —dice Phoebe con la mirada puesta en Caleb.
—Es mucho más guapo que en las fotos, Elle —suelta Zoe y se queda tan pancha. ¿Cómo puede ser tan bocazas? Oh, Dios. Qué vergüenza. Tierra, trágame ahora.
—Eh…, yo… Dejad que os enseñe la habitación —digo mientras tiro de mis amigas escalera arriba.
—¿No me vas a presentar a tus amigas, Elle? —pregunta Caleb con una sonrisa de pavo real. El muy cabrón estará con el ego por las nubes.
—Claro.
Los presento y las muy zalameras lo toquetean por todos lados. Sé que lo hacen para provocarme, pero, aun así, me siento molesta. A Liam no hace falta que lo presente, ya lo ha hecho antes él solito. Y Charlotte está en algún lugar del rancho dando órdenes a diestro y siniestro.
Nada más acaban las presentaciones, las apresuro para que suban las escaleras.
Tantas risitas coquetas me están poniendo enferma.
Caleb da una muestra exagerada de caballerosidad: coge la maleta de Phoebe, me quita la de Zoe de las manos y se nos adelanta con su gran zancada y a las tres no nos queda otra que disfrutar de las vistas.
—¡Joder, Elle! Qué hombre, qué ojos y qué culo. Madre del amor hermoso —dice Zoe abanicándose con la mano.
—Hay más entre vosotros de lo que nos has contado. La forma en que os miráis va más allá del deseo.