Capítulo 13 #2
La puerta de la cocina estaba abierta y entré sin pensarlo.
Seguí el sonido de la música, que venía de su habitación.
Me acicalé un poco: pintalabios, unas gotitas de perfume, me alisé las arrugas invisibles del vestido y puse la mejor sonrisa que tenía.
Pretendía darle la sorpresa de su vida. No obstante, la sorpresa me la llevé yo al encontrarle con una de mis compañeras de clase, desnudos y follando como posesos.
Estaban tan metidos en faena que no se percataron de mi presencia.
Me quedé allí, como una masoquista, observando como mis sueños se hacían añicos.
Unos minutos después, salí sin decir nada, no tenía fuerzas para enfrentarme a ellos.
No había nada que pudieran decir para remediarlo, no había excusas que valieran.
Era el fin, debía aceptarlo. Lloraría y con el tiempo me olvidaría.
Pero las cosas se torcieron, Joe no aceptó quedar como el malo de la película y empezó a difundir historias sobre mi conducta sexual, con la ayuda de la que fue mi amiga.
Ambos consiguieron que todos mis compañeros de clase me odiaran, me encontraba pintadas y notas con palabras obscenas a diario: «Puta», «Ninfómana», «Te voy a romper el culo», «¿Cuánto cobras por una mamada?
». El acoso, sumado a mi mal de amores, me sumergió en una fuerte depresión.
Mis padres no sabían lo que me pasaba, pensaban que era un enamoramiento tonto y que pronto pasaría.
No fue así, cada día me encontraba peor.
Me había quedado casi sin amigas, Joe estaba en el equipo de hockey y era muy popular, y las chicas temían caer en una lista negra por mantenerse a mi lado, además de ser salpicadas por la mala fama que me habían atribuido.
No me importaba; con mi estado anímico, lo último que quería era salir de casa y entablar conversaciones.
Me encerraba en mi mundo y de allí no salía.
Sin embargo, a escasos meses de la graduación, mis compañeros de clase decidieron recaudar dinero para la fiesta de fin de curso.
Habían organizado una barbacoa con noche de cine incluida, en las afueras de la ciudad.
Cada invitación costaba cincuenta dólares, casi el triple de lo que valía en realidad.
No pensaba ir, ya que mis dos únicas amigas no acudirían, pero en cuanto me ofrecieron la entrada, accedí a comprarla.
Fue como caer en la tentación con una manzana envenenada.
Me presenté en la barbacoa y nadie me hablaba; y, cuando lo hicieron, fue para burlarse.
Así que empecé a beber y me tomé todo el alcohol que mi consumición permitía; para alguien que no estaba acostumbrado, era demasiado.
Acabé borracha como una cuba, y en ese estado de embriaguez me monté en el coche para volver a casa.
Apenas atinaba a meter las marchas, el coche se calaba, se sacudía, estaba tan borracho como yo.
Justo cuando me detuve en un cruce conflictivo, se me caló y por más que intentaba arrancarlo, no lo conseguía.
Un todoterreno negro que esperaba impaciente a que arrancara me adelantó sin la suficiente visibilidad y provocó así un terrible accidente.
Todo pasó demasiado rápido, en cuestión de segundos había un coche empotrado contra un árbol y otro encajonado sobre él, casi partiéndolo por la mitad.
El todoterreno negro que había desatado el caos no estaba por ningún lado.
Y yo, en medio de mi borrachera, hui del siniestro.
Casi una semana después, todavía conmocionada, me enteré por mi madre de que el hijo de una conocida suya del barrio había muerto en un grave accidente a las afueras.
Paralizada por el horror más absoluto, me metí en mi habitación y me puse a indagar.
El resultado fue desolador: Kevin, un chico de dieciocho años que conocía del colegio, había fallecido en el acto.
La noticia solo ocupaba una página, pero no fui capaz de seguir leyendo.
A partir de ese día, mi estado mental empeoró de forma considerable.
Aunque seguía fingiendo delante de los demás, ocultaba la tormenta que se gestaba en mi interior.
Empecé a tener episodios de ansiedad, insomnio, falta de apetito y lo que es peor, pensamientos suicidas.
Llegada a ese punto, ya no era necesario fingir, mi deterioro era evidente y mis padres buscaron ayuda.
Ayuda que no sirvió de mucho, ya que me negaba a colaborar, entraba muda y salía igual de la consulta.
Lo único que pudieron hacer fue medicarme, con el tratamiento podía seguir tirando.
Me aislé dentro de mí misma, cubriéndome con una máscara de indiferencia.
Los días pasaban sin que los contara, todo a mi alrededor dejó de importarme. Me gradué con un aprobado raspado.
Cuatro meses después, como no acudía a la revisión, me quitaron la medicación.
Salí del embotamiento en que me encontraba y tuve que enfrentarme a las consecuencias de mis actos, y, cuando digo «consecuencias», no me refiero a las públicas, jamás he dicho una palabra de lo sucedido: me refiero a la decisión que tomé en un momento de borrachera, que provocó la muerte de un joven lleno de vida y la condena de otro inocente, como pude comprobar tras salir de mi estado catatónico.
Aún hoy me acuerdo con exactitud de las palabras impresas en el periódico junto a la foto del acusado: «William Reid ha sido condenado a tres años, once meses y un día de cárcel por los delitos de homicidio imprudente y conducción temeraria, que deberá cumplir íntegramente.
Además de la pena que se le imputa, deberá pagar una indemnización superior a medio millón de dólares a los padres de la víctima.
También se le retirará el carné de conducir durante cinco años y dos meses».
A pesar de que él iba ebrio al volante, nunca se habría enfrentado a esa pena si yo no hubiera huido como una cobarde; quizás ambos habríamos recibido una sanción menor y el verdadero culpable —el que conducía el todoterreno negro— estaría hoy en la cárcel.
Las heridas que se estaban cicatrizando se abren al atizar los recuerdos.
El dolor es tan grande que siento un vacío en el pecho, parece que me han arrancado el corazón.
Dios, ¿ahora qué? No puedo desaparecer y fingir que nunca pasó, como hice hace cuatro años.
O como volví a hacer tan solo dos meses atrás.
Dejar Austin para cumplir mi condena en soledad fue un gran error.
Nada ha resultado como había planeado, me he enamorado hasta las trancas y me he olvidado de lo más importante.
No merezco que me amen.
No merezco una vida feliz y apacible.
No merezco ser libre.
Ya no me quedan lágrimas por derramar, me encuentro tirada en el suelo, desmadejada.
Por un instante cedo al cansancio y cierro los ojos, pero los rostros de las personas a las que quiero acuden a mi mente y me levanto.
Mañana es un día muy importante, no les amargaré la fiesta.
Me meto en la ducha y dejo que el agua caliente me relaje los músculos de la espalda.
Un rato después sé lo que debo hacer: será doloroso, pero en esta ocasión no huiré.
Haré lo correcto, aunque pierda al hombre al que amo con toda mi alma.