Capítulo 13
—Charlotte, ya hemos revisado la cesta un millón de veces. Está todo, tranquilízate.
—¿Te has acordado de la limonada? A Mark le encanta la que prepara Mariana.
—Sí, y el pastel de carne con la receta de mi madre también está. Anda, vayámonos o se enfriará la comida.
Tras unas comprobaciones más, consigo por fin arrastrarla fuera de la cocina.
Nos montamos en una de las camionetas del rancho, mi coche es muy delicado según el tipo de terreno.
La cabaña se encuentra en una zona de difícil acceso y me sorprende que la ex de Mark lo haya encontrado, seguro que alguien del rancho la ayudó.
Mark ya estaba avisado de nuestra visita, así que nos esperaba en el porche.
La cabaña es muy rudimentaria, me impresiona que alguien con tantas posibilidades se haya aislado en un lugar así, teniendo la oportunidad de escaparse a cualquier parte del mundo. Si hubiera contado con la mitad de sus recursos hace cuatro años, habría desaparecido del mapa.
Saludo a Mark y ayudo a Charlotte a bajar su mudanza. Sí, no exagero: cualquiera que nos vea pensará que nos instalamos con su hijo.
—Ya me voy. Te recojo a las cuatro, ¿de acuerdo?
La cabaña, a pesar de contar con un pequeño generador, está aislada e incomunicada, así que lo mejor es acordar una hora con antelación.
—No te vayas, Elle. Quédate con nosotros. —Su invitación nos pilla por sorpresa. Más aún a Charlotte, que no tenía ni idea de nuestro fugaz encuentro.
—¿Desde cuándo os conocéis? —Nos mira a uno y a otro.
—Entrad. Mientras guardamos todo esto, te lo explico —pide con entusiasmo. Su humor ha mejorado desde la última vez que le vi. Solo espero que ese cambio no tenga nada que ver con Amanda.
El interior de la cabaña es como el exterior, muy básico. Además, no cuenta con el espacio suficiente para almacenar ni la mitad de las cosas que ha traído Charlotte. Mucho me temo que volveremos con las manos llenas.
—Y no me dijiste nada, traidora —me acusa con tono indignado, aunque sus labios esconden una sonrisa.
—No le eches la bronca, madre. Le pedí que no dijera nada.
En cuanto empiezo a guardar los productos que hemos traído, mi pronóstico se confirma: en la pequeña nevera de la cabaña no cabe apenas nada. Charlotte se queda desconsolada y yo me ofrezco a volver en los próximos días. Acepta contrariada.
Tras un rato de reflexivo silencio, Charlotte centra su atención en Mark.
—Hijo, podrías hacer feliz a esta pobre anciana afeitándote.
—¡«Pobre anciana»! Ahí te has pasado un poco. —Se lleva la mano a la barba pensativo y creo ver un atisbo de sonrisa.
Parece que Charlotte consigue derrumbar sus barreras. Se nota que ambos se quieren mucho. Creo que él es su ojito derecho.
Les sugiero que se trasladen al porche para que puedan hablar con total libertad. Entretanto me pongo a limpiar un poco la cocina. Tiene el fregadero lleno de platos sucios. Del fregadero paso a los fogones y de ahí a la nevera, dos horas después, la minúscula cocina reluce.
—Creo que nos hemos equivocado de cabaña, madre.
—Es que esta niña es un ángel, te lo dije.
Los dos habían entrado sin que me diera cuenta y, al girarme hacia ellos, todo mi mundo se desmorona. Tengo que sujetarme en la rústica mesa de madera para no desplomarme.
—Elle, ¿qué te pasa? Estás pálida, como si hubieras visto un fantasma.
—Me he mareado, creo que es el calor.
—Siéntate aquí —dice Mark solícito, acercándome una silla.
Me siento sin mirarle a la cara, prefiero la muerte a esa diabólica jugarreta del destino.
Mi estómago se cierra y me entran ganas de vomitar.
Esto no me puede estar pasando, llevo cuatro años tratando de olvidar el pasado, cuatro años castigándome por lo sucedido, y justo cuando pensaba que había conseguido huir de mi condena eterna.
Justo en el momento que disfruto del amor verdadero, de los abrazos desinteresados, de las sonrisas nacidas del corazón, de cada amanecer…
No puedo. Dios, no puedo enfrentarme a eso, otra vez no. Por favor.
No lo soporto.
La bilis me sube por la garganta y tengo que salir corriendo para vomitar.
Me apoyo en el primer árbol que encuentro cerca de la cocina y, tras una serie de violentas arcadas, me doblo y comienzo a vomitar un líquido amarillento y viscoso.
—¡Ay, Virgen santísima, que me vais a hacer abuela! —grita Charlotte sin acercarse demasiado.
—Toma, enjuágate la boca —indica Mark al tiempo que me entrega un vaso de agua.
Las ganas de vomitar han pasado, pero las de llorar y la opresión que apenas me deja respirar siguen intactas.
—Niña, ¿no sabéis lo que es el control de natalidad? Dios mío, hay que empezar a planificar la boda antes de que te infles como un globo.
—Madre, no adelantemos acontecimientos. Todavía no ha dicho que esté embarazada. Puede ser un virus o algo que haya comido en mal estado.
—Claro que está embarazada. Entre esos dos hay más electricidad que en el cableado del rancho. Seguro que están todo el tiempo dale que te pego.
Si no estuviera con el alma sangrando, me moriría de la vergüenza o puede que soltara una carcajada con las ocurrencias de Charlotte.
Entretanto solo miro de uno a otro, devastada por el descubrimiento que acabo de hacer.
Porque a pesar del nombre diferente, no me queda duda.
Es él, creo que lo supe desde el primer momento, cuando le pillé en la cocina.
Mis ojos pican por las lágrimas que batallan por salir, las contengo y me escondo bajo una máscara de estudiada indiferencia que pensé que jamás volvería a utilizar.
—No hay ningún bebé a la vista, Charlotte. Puedes estar tranquila —digo con una sonrisa impostada.
—¿Estás segura?
—Al cien por cien.
—Niña, eso no existe.
—Madre, no la agobies.
—Habré comido algo en mal estado. Ahora que lo he expulsado, me siento mucho mejor.
Ambos me observan incrédulos, pero me mantengo firme y le quito hierro al asunto.
Durante un tiempo funciona y consigo despistarlos.
Pero Mark no es tan fácil de engañar como su madre y no me quita ojo.
En el transcurso de la comida, el ambiente vuelve a destensarse y aprovecho para averiguar por qué tiene otro nombre.
La explicación es muy simple: su nombre completo es Mark William Wolf Reid.
Charlotte disfruta contándole mis proezas con las gallinas; él, a pesar de no partirse de la risa como todos, se muestra interesado.
Yo paso inadvertida, ocultando mi dolor mientras ellos charlan y disfrutan de la comida que hemos preparado con tanto cariño, comida que no he probado.
Primero por la procedencia de la carne y segundo porque tengo el estómago cerrado.
Me limito a jugar con el panecillo que Charlotte insistió en que comiera.
Volver de la cabaña y mirar a Caleb a los ojos sin delatarme no fue tarea fácil.
Pero convencerlo para que se duerma en su habitación sin que me haga miles de preguntas está siendo sumamente difícil.
Él no pilla las indirectas o, si las pilla, las ignora por completo.
Solo me queda decirlo con todas las letras y esperar el resultado, que, conociéndolo, puede precipitar el fin de nuestra relación.
Porque tengo claro que no soportará la verdad, me odiará y me echará de su vida para siempre.
La pena me atraviesa y cierro los ojos para mantenerla oculta.
No puedo derrumbarme delante de Caleb, no en este momento.
Necesito esta noche para asimilarlo todo, para buscar una salida menos dañina.
Además, mañana es la fiesta, vendrán mis padres y mis amigas.
No puedo fastidiarles el día. Tengo que mantener mis emociones bajo control.
—Caleb, he estado pensando y creo que es mejor que duermas esta noche en tu cuarto. —Contengo la respiración y espero a que reaccione.
—¿Por qué?
—Mañana será un largo día y ambos debemos estar descansados.
—Joder, Elle. Si no quieres que te toque, basta con que lo digas, no hace falta que me expulses de tu cama. Sé controlarme —contesta cabreado y ofendido a partes iguales.
—No lo digo por eso, sé que respetarías mi voluntad.
Me acerco a la cama, donde está sentado, me inclino y le beso.
Al principio, el beso es dulce y sin exigencias, pero al cabo de unos segundos se profundiza con ferocidad.
Caleb me sienta en su regazo y me quita la camiseta.
El deseo corre por mis venas y tengo que hacer un esfuerzo colosal para impedir que me consuma.
Le aparto sin que oponga resistencia y mientras recuperamos el aliento nos entendemos con la mirada.
—Vale, lo pillo. Y supongo que tienes razón. —Sonríe de medio lado—. Soy irresistible y no aguantarías toda la noche a mi lado sin tocarme.
—Además de irresistible, engreído. —Le doy un último piquito—. Anda, vete.
Se resiste un poco y vuelve a besarme, pero al final sale del dormitorio y me deja vacía por dentro.
Las lágrimas contenidas a lo largo del día empiezan a deslizarse por mis mejillas, cada una de ellas se lleva un trocito de mi corazón, de mis sueños rotos en mil pedazos por una decisión equivocada.
Lloro a lágrima viva y dejo que los recuerdos salgan a la superficie.
Acababa de cumplir los diecisiete y mis padres me habían regalado un coche por mi cumpleaños, un Ford Fiesta marrón Silver, que vendí cuando tuve la oportunidad.
Estaba emocionada y solo quería presumir de él delante de mis amigos y de mi novio.
Esa noche había quedado con Joe en un restaurante, los dos a solas, en plan cita romántica.
Sin embargo, no podía esperar, tenía que enseñarle mi coche.
Sabía que estaría solo en su casa, sus padres tienen una tienda de comestibles y los fines de semana trabajan todo el día.
Joe solía ayudarlos, pero ese fin de semana le tocaba descanso.
Así que, llena de ilusión, me presenté en su casa.
La música estaba alta y, por más que llamaba, no salía a recibirme.
No quise darme por vencida, me colé en el jardín trasero y salté una valla.