Corazón Salvaje (Cowboy 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

La semana se presenta movidita. Los preparativos para el cumpleaños de Charlotte tienen a todos en el rancho en un sinvivir. Ahora entiendo por qué Caleb no mostraba ningún entusiasmo, de haberlo sabido antes, yo tampoco habría puesto tanto interés.

Charlotte nos vuelve locos con sus cambios de opinión. Por la mañana quería margaritas para los centros de mesa. A media tarde los ha cambiado por gerberas y hace unos segundos los ha vuelto a cambiar por orquídeas. Y así ocurre con cada detalle, estoy por pedirle el finiquito.

—Charlotte, tienes que relajarte o te va a dar un patatús —digo cuando le cuelga el teléfono a la dueña de la única floristería que nos puede atender dentro del plazo.

—Hoy en día nadie quiere trabajar, en mis tiempos esto no pasaba. Los tenderos se desvivían por tener contentos a los clientes. Ahora les da todo igual.

—Charlotte, no es por nada, pero has cambiado de parecer tres veces a lo largo del día. —Respiro hondo—. Averigua qué significan para ti esas flores y qué recuerdo te trae cada una

Se lo piensa durante unos minutos y después me contesta con una sonrisa:

—Las margaritas me las regaló mi marido en el nacimiento de mi primer hijo, Mark.

Tenías que haberlo visto, era tan feo que cuando la enfermera me lo devolvió, ya limpito y con su ropita, le dije que se había equivocado.

Con lo guapo que era mi Spencer, era imposible que el niño saliera tan poco agraciado.

—Suelto una carcajada mientras imagino la escena.

Aunque tiene su lógica: la mayoría de los recién nacidos parecen salir de un combate con la nariz aplastada, los ojos hinchados, la piel congestionada y la cabeza apepinada.

Supongo que la emoción de tenerlo en brazos hace que olvides todos esos detalles.

—Creía que Caleb era el mayor de tus hijos —digo, extrañada por la revelación.

—No, Caleb tiene veintinueve, es dos años menor que Mark. —Sonríe con nostalgia—. Y ese sí que nació guapo, parecía un muñequito. Las enfermeras estaban locas con él.

«Todavía lo están», pienso contrariada. Tanta guapura no es buena. ¿Cómo haré para no sentir celos cada vez que una mujer lo desnude con los ojos?

—¡Eh, habláis de mí! Espero que sea para bien —nos interrumpe el aludido desde la puerta del patio.

—Le contaba a Elle que ya naciste guapo y que las enfermeras babeaban por ti.

—Uf, casi prefiero que habléis mal. —Arquea las cejas en señal de disgusto.

—No me mires así, solo digo la verdad. Bueno, os dejo. Voy a llamar a la floristería para disculparme. Gracias por saber llevar la situación, Elle. —Me besa la mejilla—. Eres un ángel —añade y, antes de salir de la cocina, se acerca a su hijo y le acaricia el rostro con gesto cariñoso.

Tras la salida de Charlotte, centro la atención en mi cowboy , que me dedica una sonrisa que no se refleja en sus ojos. Algo le preocupa, empiezo a conocer esa mirada.

—¿Va todo bien?

—Sí, solo necesito desconectar un rato —contesta al tiempo que coge mi mano y deposita un beso húmedo en la palma.

Mi piel reacciona al instante: una descarga eléctrica me recorre de arriba abajo y un agradable cosquilleo se instala en mi vientre.

Lo miro y sus ojos se quedan presos en los míos durante unos segundos.

Parece que va a decir algo, pero se contiene y, sin mediar palabra, me lleva hasta su camioneta.

Mi cuerpo se estremece al recordar lo que hicimos ahí dentro.

Dios bendito, mis hormonas están descontroladas, no soy capaz de pensar en otra cosa cuando estoy a su lado.

Y mira que no hemos dejado de hacerlo desde que empezamos.

—¿Adónde vamos?

—Pronto lo sabrás.

Contengo mi curiosidad y pongo la atención en el camino, toma el mismo desvío que la última vez. Pasado un rato aprecio que comienza a subir la montaña. Pese a que la cuesta es muy empinada, su camioneta avanza sin problemas y absorbe los baches con la suavidad de una carretera pavimentada.

Se detiene a un lado del camino antes de alcanzar la cima, baja del vehículo y me insta a recorrer a pie los pocos metros que faltan.

Al final del trayecto nos espera un mirador cuyas vistas panorámicas quitan el aliento.

Con una sonrisa en los labios, me coge de la mano y me conduce hasta un desgastado banco de madera.

Nos sentamos allí y, durante unos segundos, solo nos dedicamos a contemplar el horizonte.

Las nubes del atardecer empiezan a teñirse de un rosa intenso, anuncian la cercana puesta del sol. Un paisaje evocador que me hace sentir demasiado bien, con miles de emociones peligrosas que burbujean en mi interior.

—Unas vistas impresionantes —digo sin apartar la mirada del valle.

—Suelo venir aquí cuando quiero estar solo —confiesa en un hilo de voz tan suave que apenas se escucha.

Su tono melancólico me impulsa a acercarme un poco más; me hace un gesto para que me siente en su regazo y yo obedezco sin rechistar.

—¿Qué te inquieta? ¿Quieres contármelo? —pregunto mientras le aparto un mechón de la cara. Noto como se estremece al sentir el roce de mis dedos en la nuca.

—Es por mi hermano Mark. —Rememoro nuestro encuentro en la cocina y no sé si es el momento de decírselo.

Aunque, si vamos a sincerarnos, quizás debería confesar que escucho detrás de las puertas—.

Tiene una exprometida que no deja de acosarle.

Hemos intentado mantenerla lejos, pero hace unos días consiguió dar con su paradero.

—Iba a mi habitación cuando te escuché discutir con ella hace semanas —confieso a medias.

—¿Discutiendo? Eres muy benévola. Le grité, la intimidé, la amenacé y todo lo demás que quieras echarme en cara.

—No conozco la situación y no soy quién para reprocharte nada —justifico ante su ataque infundado.

—Perdona, pero esa mujer me saca de mis casillas.

Es peor de lo que te puedes imaginar, su maldad no conoce límites.

—Realiza un par de respiraciones profundas para serenarse—.

Primero me utilizó para que la dejara vivir en la cabaña.

Al no conseguir meterse en mi cama, fue por Mark y no descansó hasta que él le puso un anillo en el dedo.

Ahora entiendo cómo reaccionó la primera vez que me vio; su aversión a que me quedara en la cabaña tiene un nombre: Amanda. Y debo confesar que no me gusta cómo me siento al conocer ese dato. ¿Todo esto es solo por su hermano? Los celos me atraviesan, los aparto a un lado y le pregunto:

—¿Llegaron a casarse?

—Lo dejó por otro, con mucho más dinero —puntualiza con desprecio—, justo una semana antes de la boda.

—Dios mío, debió de ser durísimo.

—Lo destrozó, y ahora que empieza a levantar cabeza, vuelve para atormentarlo.

Quizás por eso estaba tan trastornado cuando le encontré en la despensa.

—¿Ha vuelto con ella?

—No, por suerte no. Pero ella no descansará hasta conseguir que le dé otra oportunidad.

—Lo siento, siento que tengas que ver cómo sufre tu hermano. Espero que sea fuerte y consiga librarse de ella; ese tipo de amor no aporta nada, solo consume y destroza.

Las últimas palabras las digo por mí misma. El amor que sentí en mi juventud fue uno de esos, tóxicos. Solo me causó sufrimiento.

Los fantasmas del pasado regresan a mi mente con fuerza sin que pueda evitarlo.

—No quería preocuparte con mis problemas. —Alisa con el dedo las arrugas que se han formado en mi frente.

En este momento no puedo hablar, solo quiero olvidar todo lo demás. Y lo consigo, un solo beso y mi alma encuentra la paz. Me siento completa a su lado, por fin tengo la pieza que faltaba para completar mi puzle.

Pasamos un par de horas allí, abrazados, hablando de montones de cosas y de aficiones comunes.

Cine, música, poesía, comidas preferidas, razas de ganado —su tema favorito—, la vida en el campo —otro de sus temas favoritos—.

Poco a poco vamos descubriendo que coincidimos en muchas cosas y encontramos otras en las que discordamos.

La discusión está asegurada: los dos tendemos a defender nuestro punto de vista con uñas y dientes.

Aunque siempre acabamos entre besos y caricias.

Cuando el sol empieza a ocultarse tras el horizonte, nos marchamos, ambos con una sonrisa de felicidad en los labios.

Empiezo a repasar los ingredientes y marco los que están disponibles en la dispensa, procuro que haya suficiente para una doble preparación.

Además de llevarle el plato a Mark al día siguiente, Diego comerá con nosotros.

Desde que empezamos con los preparativos de la fiesta, lo hace a diario.

Y no veas lo que come, es peor que Caleb y Liam juntos, y eso son palabras mayores.

RECETA DE GALLINA EN PEPITORIA

Ingredientes (6-8 personas):

1 gallina o un pollo de corral cortados en trozos grandes

1 higadito de pollo

2 huevos duros

1 vaso de vino blanco

1 vaso de aceite de oliva

1 puñado de almendras peladas

2 hojas de laurel

6 hebras de azafrán

1 cebolla

1 trozo de jamón serrano beicon en taquitos

2 dientes de ajo

1 vaso de caldo de pollo

Harina

Sal y pimienta

—Lo tenemos casi todo. Habrá que comprar solo las gallinas —digo con inocencia, ya que en el frigorífico no hay ninguna.

—Niña, ¿cómo que no hay gallinas? ¡Si tengo un gallinero lleno! Anda, vete a buscarlas, ¿o te crees que vendrán solas? —pregunta Charlotte con tono burlón—. Trae las dos que están apartadas, no hacen más que fastidiar.

Estoy conmocionada, no puedo creer que vayan a sacrificar a mis dos amigas. Las únicas que nunca me han atacado. Aunque mi historia terrorífica con esos animalitos se quedó zanjada, hay algunas que tienen el pico muy largo y me lo suelen clavar cuando les recojo los huevos.

Sin saber muy bien cómo afrontar la situación, me dispongo a seguir las instrucciones de Charlotte.

Llego al cercado y me dirijo a las dos que están apartadas, ahora entiendo que estaban sentenciadas desde el principio.

—Hola, bonitas —las saludo como hago siempre—. Ha llegado la hora de que busquéis otros pastos más verdes. —Ellas siguen a lo suyo, como es normal, lo raro sería que me prestaran atención—. Lo digo en serio, chicas. No tenéis ni idea de lo que os espera. —Me aproximo al cercado para liberarlas.

—No, niña. No la cojas así. Es una gallina, no una mascota —me riñe Charlotte, que había llegado sin que me diera cuenta.

—Te he traído el cuchillo y un cuenco para la sangre. Ahora la coges de las alas y… —Veo el cuchillo afilado en sus manos y empiezo a marearme—. Es muy fácil. Solo tienes que… un corte limpio y certero… No queremos que el animal sufra.

Oigo su voz cada vez más lejos. Registro algunas palabras sueltas y comienzo a respirar con dificultad; todo se vuelve borroso a mi alrededor y pierdo el sentido.

Siento unos toquecitos en la cara.

—Mamá, ¿cómo se te ocurre? Que es una chica de ciudad. No está habituada a las costumbres del campo. —Escucho la voz de Caleb—. Tenías que habérnoslo pedido a Diego o a mí.

—Mejor a Diego. No quiero que huya despavorida de ti al pensar que eres un asesino de gallinas desalmado.

Casi suelto una carcajada. Aunque, cuando proceso sus palabras, casi vuelvo a desmayarme.

—Supongo que te has enterado de que estamos juntos.

—Tenía que estar ciega para no darme cuenta de la manera en que os buscáis con la mirada. Echáis chispas por los ojos. —Se ríe—. Cuídala. Es una buena chica.

Escucho sus pasos alejándose. Quizás va siendo hora de despertar.

—Elle, abre los ojos. —Me acaricia la mejilla con la punta de los dedos—. Preciosa, sé que has recuperado el sentido —me lo dice en un tono cariñoso.

Abro un ojo y, al ver que me observa con diversión, abro el otro.

—Menudo susto nos has dado. ¿Estás bien? —pregunta mientras me ayuda a incorporarme. Me había tendido sobre la hierba, bajo un árbol que estaba a una distancia corta del cercado.

—Yo sí, pero las pobres… —Miro con tristeza en la dirección del gallinero. Diego acaba de salir con ambas sujetas por las patas.

—No pienses más en esto. Ven, vamos a dar un paseo.

Lo sigo de buena gana y, ahora que sé que Charlotte conoce lo nuestro —o lo que sea que tengamos—, permito que me tome de la mano.

Entramos en el establo y nos detenemos frente a una de las casillas, dentro hay una yegua alimentando a un potrillo de color canela.

—Te presento al nuevo residente del Rancho Wolf.

—Es precioso. —Me agarro al listón superior y me inclino para mirarlo más de cerca, entretanto, mantengo un ojo puesto sobre su madre—. Se ven tan adorables cuando son pequeños.

—¿Quieres ponerle nombre? —Miro al potrillo emocionada, es precioso.

—Claro, pero necesitaré conocerlo un poco más. No quiero precipitarme.

—No hay prisa. Tómate tu tiempo. —Pasa una mano por mi cintura y me conduce fuera del establo.

Con pasos firmes, caminamos en dirección al circuito oval, donde Liam nos espera con un caballo ensillado; no se parece en nada a los que ellos suelen entrenar, pero, aun así, impone por su porte.

—¿La has convencido, hermano? —pregunta Liam mirándonos con una sonrisa traviesa. Caleb hace un gesto que no consigo descifrar.

—¿De qué habláis?

—Te voy a enseñar a montar.

Al escuchar sus palabras, un cosquilleo me recorre el cuerpo de arriba abajo, aunque en mi mente calenturienta cabalgo sobre otra cosa, mucho más placentera.

—Uy, me temo que eso no va a ser posible, tengo un montón de tareas que hacer antes de que acabe el día. Además, acabo de sufrir un desfallecimiento y no creo que sea bueno para mi salud tanto trote —digo de forma atropellada y sin pensarlo. Caleb me mira con una mueca de diversión.

Liam nos observa interrogante y, cuando Caleb le describe lo sucedido, suelta una sonora carcajada.

—Lo tuyo no tiene remedio, cuñadita. Nunca me he reído tanto desde que estás aquí —comenta al tiempo que se lleva una mano al costado.

—Me encanta ser el hazmerreír del rancho, pero, si me disculpáis, tengo muchas cosas que hacer. —Aprovecho el momento de distracción para huir despavorida, Caleb suele ser imprevisible.

—Por esta vez te dejo escapar, preciosa. Pero en la próxima…

Lo deja en el aire y apresuro el paso. No pienso montar otra vez a caballo. A pesar de que en aquella ocasión tenía a mi cowboy para distraerme, lo pasé muy mal.