Corazón Salvaje (Cowboy 1) Capítulo 11
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Capítulo 11

—No te asustes. Soy Mark —dice con ambas manos levantadas, tal cual si lo apuntara con una pistola.

Todavía con el susto metido en el cuerpo, lo miro con atención.

Busco algún parecido, por mínimo que sea, a sus hermanos.

No lo encuentro. El hombre que tengo enfrente luce un aspecto descuidado y demacrado.

Lleva una barba espesa, la melena castaña apelmazada y unos ojos azules similares a los de Charlotte, pero desprovistos de brillo.

De algún modo, me reconozco en su mirada.

Hubo un tiempo en que me encontraba con esa misma mirada cada vez que me plantaba delante de un espejo.

Una necesidad imperiosa de ayudarlo se apodera de mí.

—Hola, yo soy Elle, trabajo para tu madre. —Veo que desea huir despavorido, pero no lo voy a permitir. No antes de que coma caliente—. Dices que has venido a por comida, ¿no? ¿Por qué no te sientas un rato mientras te sirvo algo?

—No hace falta. Ya me iba.

—De eso nada. Tu madre me echaría a la calle si dejara que su hijo saliera de esta cocina con el estómago vacío.

Puede que sea miedica, pero a cabezota no me gana nadie. Le miro de soslayo a la vez que saco varios ingredientes del frigorífico, temía que desapareciera de un momento a otro.

—Tengo chili con carne, que puedes acompañar con fajitas o nachos, lo que te guste más, y también tengo crema agria. ¿Te parece bien? —Me mira ojiplático y no sé si eso es bueno o malo—. Si prefieres un plato más ligero, te puedo preparar una ensalada y un par de sándwiches de pollo.

—Lo primero está bien —dice con un toque de timidez, o quizás sea vergüenza por su aspecto.

Tras calentar el chili, lo dispongo todo en la mesa.

De beber le sirvo agua, ya que la limonada me la fundí entera.

Lo dejo solo en la mesa, para que coma tranquilo.

Creo que he conseguido demasiado y prefiero no tentar la suerte.

No tarda mucho en comer, se ve que estaba muy hambriento.

Cosa que no entiendo, Charlotte siempre le envía verduras del huerto, además de todo lo que pueda necesitar.

Caleb y Liam también se acercan para saber cómo está.

Un misterio que no lograré resolver. Por lo menos esta noche.

—Gracias. Todo estaba delicioso. —Se levanta y coge una bolsa que estaba tirada al lado de la puerta de la alacena, ni me había dado cuenta—. ¿Te puedo pedir un favor?

—Claro —contesto sin pensarlo siquiera.

—¿Podrías no decir a nadie que me has visto?

—Puedo intentarlo, aunque, si me preguntan, no les mentiré. —Bastante tengo con mi carga para sumar la suya.

—Me vale. —Sonríe y sus ojos brillan con una chispa de vitalidad.

Observo como se marcha por la puerta que da al patio, tiene llave, así que la cierra por fuera cuando sale. Si todavía me quedaba alguna duda de que era Mark y no un mendigo inofensivo en busca de alimento, la tengo resuelta.

Limpio la cocina y vuelvo a mi habitación.

Esta vez solo me basta con tocar la almohada para caer rendida.

Me despierto en la madrugada con un cosquilleo en la cara. Lo que me faltaba, un maldito chupasangre. Le intento pegar con la mano y esta choca con algo mucho más grande que un mosquito.

—¡Auch! Joder, nena. Pegas fuerte.

Creo escuchar la voz de Caleb en la lejanía, en algún lugar de mi subconsciente, pero me cuesta salir del sueño.

Cuando lo hago, lo tengo delante de mí, mirándome con esos impresionantes ojos grises, capaces de transformarse en plata o de adquirir el color de la tormenta. Ahora brillan como el metal pulido.

—Hola. Te creía en Austin —digo con la mente aún embotada.

—Lo estaba, pero no me gustaba el colchón del hotel y decidí volver. —Empieza a desnudarse y me espabilo de golpe sentándome en la cama como un resorte.

—¿Qué haces? No te puedes dormir aquí.

—Te hago gritar de placer cada noche, ¿qué más da que me quede?

—Tu madre podría entrar por la mañana y pillarnos —protesto. Sé que es un temor absurdo, pero me horroriza pensar en Charlotte sorprendiéndonos así.

—La habitación de mi madre está en la planta baja, sabes muy bien que apenas sube las escaleras —dice y se mete desnudo bajo las sábanas.

¡Dios bendito! Empiezo a sentir muchísimo calor.

—Si te molesto, me voy —añade haciéndose el ofendido.

«Claro, guapo, mañana. Puedo ser miedica, cabezota, pero tonta no», pienso para mis adentros mientras me acerco a él.

—Quédate, hay sitio para los dos —susurro—. ¿Qué tal las cosas por Austin?

—Aburridas hasta decir basta. Si no fuera por los encargos de mi madre, no hubiera ido.

—Me ha contado lo de su cumpleaños. Está muy ilusionada —comento acercándome un poco más.

—Ya.

—Parece que no te hace mucha gracia.

—Demasiado jaleo, para que luego digan que no había comida suficiente. —Posa la mano en mis muslos y me sube el camisón hasta las caderas. Me muerdo el labio inferior y sus ojos se oscurecen al centrarse en mi boca—. ¿Me has echado de menos?

—Mmm, puede —contesto al tiempo que deslizo la palma de mi mano por su abdomen. Me detengo justo cuando siento el vello púbico que le cubre la entrepierna. Él retiene el aire, espera a que alcance su miembro semierecto. Sin embargo, vuelvo a subir con parsimonia.

—Algo estoy haciendo mal si no has pensado en mí durante todo el día. —Me agarra por las caderas y me atrae hacia él para hacerme sentir su erección, que crece cada vez más.

El corazón me late furioso en el pecho. Lo que siento por Caleb me afecta de una manera que es difícil comprender.

Con solo mirarlo, me arde la piel y me hormiguean los dedos por tocarle.

Deslizo de nuevo mi mano por su torso y esta vez llego hasta su erección.

Él coge mi mano y la mueve por su eje, me humedezco los labios de anticipación: pienso hacerle perder el control.

Mis intenciones solo duran un microsegundo: Caleb se gira y se posiciona sobre mí.

Me busca la boca con una urgencia casi agónica, como si estuviera sediento.

Me cuelgo de su cuello para profundizar el beso y nuestras lenguas se buscan con frenesí.

Sus manos me recorren el cuerpo hasta acunar mis pechos, presionándolos con ansia mientras el calor entre mis piernas se dispara.

A continuación, su boca desciende por mi cuello hasta llegar a mis pechos y, con la misma hambre, captura un pezón entre sus labios y lo mordisquea. Una oleada de placer me recorre cuando comienza a succionarlo con fuerza. Pasa de un pezón a otro, torturándome sin cesar.

—Caleb… —Dejo caer la cabeza hacia atrás con un jadeo en el momento que sus dedos encuentran mi entrepierna.

—Lista para mí —susurra antes de introducir un dedo—. Llevo todo el día soñando con tenerte, imaginando mil formas diferentes de amarte. —Añade un segundo dedo y los mueve con la precisión justa para que vea las estrellas.

Él no es el único que está al borde del abismo, su ausencia durante el día ha aumentado mi necesidad de tocarlo, de sentirlo, de besarlo.

—Te quiero dentro, Caleb. Ahora.

Él gruñe ante mi exigencia.

—Aguanta… Solo un poco más.

Sus dedos se curvan en mi interior, ejerciendo más presión, mientras el ataque a mis pezones sigue implacable.

Todo mi cuerpo vibra y siento como las paredes internas de mi vagina se ciñen sobre sus dedos, el orgasmo es inminente.

Entonces los saca y separa mis muslos con las manos.

Contengo la respiración, a la espera de sentir toda su longitud abriéndose paso entre mis pliegues, pero él no se precipita: acaricia mi entrada con su miembro, empapándose con mis fluidos y volviéndome loca perdida.

Estoy a punto de implorar cuando al fin entra en mí de una sola estocada.

Se queda inmóvil unos segundos, el tiempo justo para que me amolde a su tamaño.

Luego comienza a marcar un ritmo lento y pausado.

Entreabro las piernas para darle paso y dejo escapar un gemido al sentirlo ganar profundidad.

Captura mi boca y calla mis gemidos con sus labios; intensifica el beso a medida que acelera sus movimientos.

Su control sobre mi cuerpo muestra que sabe lo que hace, que está acostumbrado a dar placer a una mujer, y por un instante me siento insegura.

Instante que se volatiza en cuanto desliza las manos hasta mi trasero para cambiar la posición, el nuevo ángulo le permite alcanzar ese punto dulce que se esconde en mi centro.

La pasión se desata y sus embestidas cada vez son más firmes e implacables, lo que provoca que una intensa sensación se acumule en la base de mi columna. Estoy cerca, muy cerca.

—Córrete, Elle, córrete para mí —demanda con la respiración entrecortada.

—Sí. Oh, sí…

Me dobla las piernas hasta inmovilizarme con las rodillas pegadas a mi pecho, luego comienza a moverse con un ritmo delirante. Me embiste sin piedad, poseído por la lujuria. Lleva una mano hasta mi sexo y me acaricia el clítoris mientras arremete sin cesar.

—Eres maravillosa —dice con voz ronca a la vez que mueve mis muslos para tenerme en un nuevo ángulo.

El orgasmo sale disparado como un cohete y grito su nombre cuando mis músculos se contraen a su alrededor. Unas dos estocadas más y Caleb alcanza su propio clímax con un aullido.

El placer se va posando y me envuelve una laxitud cálida que me pesa en los párpados.

Siento que floto, exhausta por el encuentro furtivo con Mark y por la entrega de Caleb.

Él se aparta apenas unos centímetros para atraerme contra su costado, y yo me acurruco en su pecho, inundada de una felicidad insospechada..

Dejo escapar un suspiro de satisfacción al tiempo que recorro con la yema de los dedos cada músculo de sus abdominales.

—Duerme, preciosa. Falta poco para que amanezca. —Se inclina sobre mí y me deposita un suave beso sobre los labios.