Corazón Salvaje (Cowboy 1) Capítulo 9
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Capítulo 9

—Quiero arder contigo —afirmo sin un solo rastro de duda.

Caleb me atrae hacia él y me busca la boca con ímpetu. Su lengua se abre paso con maestría y, en cuanto me acaricia, me entrego sin reservas.

—Eso es, cariño, no pienses demasiado. Solo siente —susurra, al tiempo que su boca se pega a mi garganta para trazar un reguero de besos y mordiscos.

El tacto de su piel, su cuerpo ardiente y duro, su olor… todo en él está hecho a medida para satisfacer mis deseos y fantasías. Baja los tirantes de mi vestido y arqueo la espalda, ofreciéndole mis pechos, quiero más, necesito más.

—Elle, ¿estás segura de que quieres esto? —pregunta mirándome a los ojos.

—Sí… —Me estremezco con cada toque de su lengua en mi pezón.

—¿Cómo de segura estás? —insiste mientras me mordisquea el cuello con suavidad.

—Lo suficiente como para hacer esto —digo, y lo aparto con determinación.

Cuando lo tengo donde quiero, le quito la camisa y me deleito con su torso musculoso—.

Has estado torturándome todo ese tiempo, paseando sin camisa de un lado a otro.

—Deslizo mis uñas por sus abdominales—. Ahora vas a pagar por haberme provocado.

Le pellizco el labio inferior con los dientes antes de lamerlo. En respuesta a mi caricia, me agarra los costados con las manos y me tira en el asiento trasero. Suelto un gritito de la impresión y él curva los labios en una perezosa sonrisa.

—Soy todo tuyo, cariño. Pero antes tengo que probarte entera. Llevo demasiado tiempo esperando este momento.

En un abrir y cerrar de ojos paso de estar sobre él a tenerme atrapada contra el asiento. Me devora la boca mientras se deshace con pericia de mi vestido y la lencería.

—Eres preciosa, Elle —deposita un beso en el hueco de mi clavícula—, y me vuelves loco. —Desliza su mirada hambrienta por mi cuerpo desnudo.

—Pues ¿a qué esperas, cowboy ? —El deseo que despierta en mí me hace ser descarada; la timidez que muestro ante los demás se desvanece y me hace perder la cabeza al sentir su boca por todas partes.

No se hace de rogar y desciende sus labios por mi garganta, hasta llegar a mis pechos, que acuna con las manos al tiempo que sus dedos pellizcan los endurecidos pezones. Suelto un gemido involuntario cuando tira de las puntas con suavidad.

—A ver a qué saben.

Lame uno de los pezones con parsimonia antes de darle un mordisco suave que me encoge el vientre.

Sacudo las caderas y arqueo la espalda ante la firmeza de su succión, luego tira de la punta, esta vez con los dientes.

El placer es demencial y la manera en la que sus ojos buscan los míos me estimula y me hace jadear.

—Caleb…

Él no deja de lamerlos, pellizcarlos, succionarlos y los sonidos húmedos de su lengua inundan la camioneta.

—No seas impaciente —dice y sus labios al fin abandonan mis pechos.

Sus dedos descienden por mi vientre y continúan más abajo, en la delicada piel que cubre la cara interna de mis muslos. Frota la mano por mis húmedos pliegues y trato de cerrar los muslos de forma instintiva. Él lo impide.

—No me niegues ese placer. Déjame probarte —pide y no soy capaz de decir que no.

Cierro los ojos y echo la cabeza hacia atrás en el momento en que sus labios rozan mi sexo. Su lengua recorre mi entrada con una lenta y tortuosa caricia que me hace saltar de placer.

—Oh, Dios mío.

Él se ríe contra mi sexo.

—Dios no, preciosa. Caleb. Dilo en voz alta —añade con una lamida más profunda—. Quiero oírte gritar mi nombre.

Decidido a conseguir su objetivo, introduce la lengua y se da un festín.

Me lame y me chupa sin descanso hasta que mis gemidos desesperados rompen el silencio de la noche.

Me contorsiono buscando liberar el deseo acumulado, nunca me he sentido así, tan dominada por la pasión.

Mis caderas se ondulan sin control y mis dedos, enterrados en su pelo, presionan su cara contra mi entrepierna.

—Caleb, necesito, oh…

Las palabras mueren en mi boca en el momento que captura mi clítoris entre sus labios y lo succiona. A su lengua se unen sus dedos, que se empapan con mis fluidos. Los mueve sin descanso y los empuja tan hondo que provoca que me cierre alrededor de ellos.

—Sí, eso es, preciosa. No voy a parar hasta que te corras en mi boca —murmura con voz ronca y oscura.

Sus dedos se curvan dentro de mí y el mundo deja de girar por un instante. Y cuando pellizca mi hinchado clítoris, fuegos artificiales estallan a mi alrededor.

—¡Caleb! —grito su nombre a medida que la tensión crece. Los espasmos se apoderan de mi cuerpo y todos mis músculos se tensan en una espiral agonizante que me lanza a la liberación.

—Aquí me tienes, cielo. —Roza con la nariz mi pubis y después recorre mi abdomen con suaves besos hasta llegar a mi boca—. Tan dulce, tal como sabía que serías.

Me besa con lentitud, dándome a probar de mi propia esencia. Enlazo mi lengua con la suya mientras me agarro fuerte a sus hombros y me dejo llevar por las sensaciones.

—Eso ha sido… —Me callo, Caleb no necesita que le infle el ego—. Ahora me toca a mí. —Quiero que me suplique como él lo hizo conmigo.

—Creo que no, preciosa, todavía no he acabado contigo.

Se quita los vaqueros con un gesto rápido y antes de tirarlos al asiento delantero saca un preservativo de la cartera.

Rasga el envoltorio con los dientes y me lo tiende.

Mis manos tiemblan sobre la textura del látex.

Hace tanto de mi última vez que la noción del tiempo me golpea de lleno.

Estaba tan enloquecida por el placer que se me olvidó que llevo cuatro años sin mantener relaciones sexuales.

Me he tocado y me he masturbado durante ese tiempo, aunque mi consolador no tiene nada que hacer al lado del pene de Caleb, grueso y largo. Dios bendito, esto no va a caber.

—Como me sigas mirando así, me correré antes de hundirme en ti. —Pone las manos sobre las mías para que las deslice sobre su eje, hasta que el preservativo esté en su posición.

Se inclina sobre mí y me agarra por las caderas. El corazón se me acelera por la anticipación y por el miedo a que me haga daño.

—Caleb, hace mucho que no, eh…, ya sabes… —susurro con un hilo de voz y veo como todo su cuerpo se tensa.

—¿Cuánto? —inquiere con la mirada encendida. Al parecer, a su orgullo le agrada la idea.

—Cuatro años —admito. La sorpresa cruza su rostro, pero la resuelve al instante.

—Tranquila, iré despacio —promete entre dientes, mientras gotas de sudor despuntan en su frente por el esfuerzo titánico de contenerse.

Me atrae más cerca para deslizarse por mi resbaladiza entrada.

Y lo hace con suma delicadeza; vence cada centímetro con lentitud, tanta que me desespero.

Me alzo a su encuentro y gruñe desesperado.

A continuación, inicia una suave cadencia y mueve sus caderas contra las mías una y otra vez.

Me penetra despacio, saborea cada gemido que sale de mi boca y clava su mirada en la mía, pendiente de cada reacción.

—Caleb —jadeo y enlazo las piernas en su cintura, necesito que acelere el ritmo—. Por favor… más…

—Dios, sí.

Se hunde en mí y llega tan profundo como le es posible. Su mano se ciñe a mis caderas y empieza a bombear con una necesidad devastadora. Sus embestidas son rápidas y potentes, cada vez estoy más cerca. Mi cuerpo se sacude y siento que voy a explotar en mil pedazos.

—Oh, Caleb, es… demasiado… —susurro y los temblores del segundo orgasmo empiezan a golpearme.

—No te contengas, Elle, déjate llevar.

Baja la cabeza y se apodera de mi boca mientras una de sus manos se abre camino entre nuestros cuerpos, enterrándose en mis resbaladizos pliegues.

Mi clítoris palpita ante su caricia y la tensión que se estaba acumulando dentro de mí incrementa hasta que finalmente me abandono.

El orgasmo me atraviesa veloz, con una fuerza devastadora.

Mi cuerpo convulsiona, mis músculos se contraen alrededor de su miembro y lo escucho gemir.

Intensifica las estocadas y se derrama dentro del preservativo cuando su propio clímax le alcanza.

Se desploma sobre mí, con cuidado de no aplastarme, aunque no es tarea fácil. El asiento reclinable de la camioneta no es suficiente para los dos, Caleb es enorme. Aun así, sonrío, apretujada entre sus brazos y con el rostro pegado a su torso musculoso.

Sus dedos se deslizan perezosos por mi espalda y suspiro de dicha.

—¿Estás bien? He sido lo más cuidadoso que…

—Shhh. —Pongo mi dedo sobre sus labios—. Estoy fenomenal. Ha sido perfecto.

Su sonrisa de suficiencia no se hace esperar.

—¿Por qué has tardado tanto?

—¿Qué?

—En tener relaciones sexuales. ¿Alguien te hizo daño?

Su pregunta me pilla desprevenida. Me bloqueo sin saber qué decir. La verdad no es una opción.

—Ya me lo contarás cuando estés preparada. —Me aparta el pelo de la frente y me planta un beso. Me deshago por dentro, inundada por una calidez reconfortante, aunque en el fondo sé que ese día tal vez nunca llegue.