Corazón Salvaje (Cowboy 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

El reflejo que me devuelve el espejo ya no es el de siempre.

Esa no soy yo. Examino cada detalle buscando a la chica que huyó despavorida de su ciudad tres semanas atrás, pero no queda ni rastro de ella.

La figura del cristal luce la piel ligeramente tostada por el sol, las mejillas sonrosadas y los ojos azules relucientes; su melena rubia cae en ondas sobre los hombros.

Asusta ver tanta felicidad. Pero me siento orgullosa de mí misma porque mi actual estado de ánimo no tiene nada que ver con Caleb, es mérito mío y de la naturaleza.

Trabajar con la tierra es una terapia, mientras la remuevo, exorcizo mis fantasmas.

Sigo siendo culpable de lo que sucedió y quizás nunca consiga perdonarme del todo, mas he descubierto que puedo vivir con ello.

Puedo aspirar a algo más que el martirio eterno.

Cojo mi móvil y envío una foto al grupo de «Las chicas son guerreras».

Noche de música en vivo y comida local.

¿Os gusta mi look?

Zoe

Y luego dices que no has follado con el cowboy buenorro.

No mientas, nena, brillas como un árbol de Navidad.

Phoebe

Suscribo las palabras de Zoe.

Ningún producto de belleza consigue ese efecto.

Qué pesadas sois. Solo nos hemos besado una vez.

Zoe

Pues préstamelo un ratito.

Phoebe

No estarás enamorada, ¿no?

Zoe

Cómo va a estarlo. Si no lo ha catado.

Además, apenas lo conoce.

Las palabras de mis amigas hacen eco en mi cabeza y me provocan un déjà vu .

Dosis diarias de vitamina D, aire puro, contacto con la naturaleza.

Deberíais probarlo.

«El cowboy sin camisa refrescándose a manguerazos también ayuda bastante», pienso para mis adentros. Como comparta esa información, mañana habrá cola en el rancho para ver el espectáculo. Mis amigas y mi madre, las primeras.

Phoebe

Ya, y yo me chupo el dedo.

Unos toques insistentes en la puerta de mi habitación ponen fin a los mensajes del grupo.

Debo irme. Besos.

Meto mi móvil en el bolso y me dirijo hasta la puerta. No me imaginaba a Liam tan impaciente.

—¿Caleb? ¿Qué haces aquí? Quiero decir, no sabía que nos ibas a acompañar.

Se queda plantado en el umbral y su mirada recorre mi cuerpo con deliberada lentitud.

—Vaya, estás impresionante —dice con un tono más grave de lo habitual.

El corazón me late a mil revoluciones por minuto y la cabeza me zumba de un modo extraño. Me siento confundida, no sé si esto es real o si me he caído en la madriguera del conejo. Últimamente paso demasiado tiempo ahí dentro.

—Gracias. Tú también estás muy guapo. —Lo miro de arriba abajo, lleva unos vaqueros desgastados, una camiseta lisa azul celeste que acentúa el color de sus ojos y un par de botas de piel negra.

—Si estás lista, vámonos.

Su tono autoritario me irrita. Lleva casi veinte días ignorándome y se presenta sin más y dispuesto a ejercer algún tipo de influencia sobre mí. Puede que babee por sus huesos, pero no voy a permitir que me mangonee.

—No sé por qué debería irme contigo. He quedado con Liam —digo con determinación.

Sus ojos se oscurecen y deja escapar un suspiro impaciente. Me cruzo de brazos para remarcar mi postura.

—No me lo vas a poner fácil, ¿verdad? —pregunta en un tono cansado.

—¿Y por qué debería? —inquiero mostrándome firme.

—Elle, por favor, acompáñame.

Le observo sin dar crédito. Caleb no suele decir «por favor» y mucho menos «acompáñame». Su estilo es más bien el de un cavernícola: en cuanto quiere algo, no suele dialogar, te echa sobre su hombro y listo.

Descruzo los brazos y asiento mientras procuro no mostrar demasiado entusiasmo, aunque por dentro pego saltitos de alegría.

—Vámonos entonces —me dice al ver que no me muevo.

Solo lo hago cuando se aparta de la puerta, de lo contrario tendría que rozar mi cuerpo contra el suyo y eso sería el final. Mi final. El muy cabrón se da cuenta y una sonrisa de medio lado se dibuja en sus labios.

Una vez que llegamos a la planta baja, la encontramos vacía, me parece raro. Liam dijo que me esperaría abajo con Diego. Quizás esperan en el coche.

—¿Se han ido sin nosotros? —pregunto nerviosa cuando me percato de que solo hay un coche aparcado, el de Caleb.

—Se habrán cansado de esperar —responde con indiferencia mientras me abre la puerta de la camioneta.

Sé que miente; seguro que les ha pedido que se adelanten. Me acomodo en el asiento del copiloto sin decir palabra y nos ponemos en marcha en absoluto silencio. Me gustaría decirle tantas cosas… Pero no me atrevo. Todavía no sé por qué estoy aquí y prefiero ser prudente.

—¿Te importa si pongo la radio? —Puede que un poco de música ayude a disipar la tensión que se acumula entre nosotros.

—Depende de la emisora que elijas. Como sea de reguetón, la respuesta es no.

Pongo los ojos en blanco, este hombre no tiene salvación. Por suerte, ese estilo de música no me gusta, de lo contrario, ya estaríamos enzarzados en una discusión.

—Dime lo que te gusta, a ver qué encuentro.

—¿Qué tal si navegas por las emisoras y, si escucho algo que me gusta, te lo digo?

—Me parece bien.

Me encojo de hombros y sintonizo una dedicada al country , Mole in the Ground , de JP Harris, empieza a sonar. Por su sonrisa, sé que he acertado.

La música nos envuelve y poco a poco nos relajamos. Hasta que veo como deja atrás el desvío que da acceso a la carretera del condado. Permanecemos en el rancho.

—Creo que te has equivocado de camino. —Mi voz apenas se oye por encima de los acordes del violín y la guitarra de JP Harris.

Caleb hace oídos sordos y sigue conduciendo. Eso me enerva hasta límites insospechados y exploto sin poder evitarlo.

—¡Para! —grito y él se sobresalta—. ¡Para el coche ahora mismo!

—¿Qué pasa? ¿Estás bien?

—¡Te he dicho que pares!

Desconcertado, gira el volante y frena al borde del camino, sobre la maleza. Ni siquiera espero a que apague el motor antes de manotear el tirador de la puerta.

—Oh, no, preciosa, tú no vas a ir a ninguna parte hasta que no me digas qué demonios te pasa.

—Pasa que estoy harta de tus jueguecitos, primero me provocas y, cuando caigo en tu trampa, me ignoras por completo.

Y justo ahora que salgo para divertirme, apareces de la nada y cambias mis planes sin pedir permiso.

—Cojo aire—. ¿Sabes qué te digo? Que no me da la gana. Iré al pueblo, andando si hace falta.

Hago amago de abrir la puerta y vuelve a impedírmelo.

—Que estuviera distante no tiene nada que ver contigo ni con las ganas que tengo de tenerte a mi lado. Y pienso demostrártelo.

—Demasiado tarde —digo con dureza, aunque por dentro solo deseo que me tome entre sus brazos. Pero debo mantenerme firme, de lo contrario me convertiré en un juguete en sus manos—. O me llevas al pueblo o iré por mi cuenta.

—Preciosa, te llevaré al pueblo. Pero ten clara una cosa: te deseo desde el primer instante en que te vi frente a mi cabaña. Si he puesto distancia no ha sido por falta de ganas, sino por ti; por la duda que veo en tus ojos. Así que esperaré a que decidas si ardes conmigo o extingues la llama.

Lo miro ojiplática, de todas las lindezas que esperaba escuchar de su boca…, esa no entraba en la ecuación.

De golpe veo cómo los últimos cuatro años de mi vida se deslizan ante mis ojos: el dolor por la traición de Joe; mi depresión a causa del maltrato de mi ex y de mi amiga; la muerte de Kevin; las consecuencias de mi mala decisión.

Tanto sufrimiento, tanto dolor, y ¿para qué?

Ya nada podrá ser como antes; una parte de mi corazón está rota y debo decidir qué hacer con el trocito que aún funciona, que aún sueña, siente, desea…

y quiere ser feliz. Quiere volver a sentirse vivo.

Sin pensar en las consecuencias, tomo la decisión que va a poner mi vida del revés.