Corazón Salvaje (Cowboy 1) Capítulo 7
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Capítulo 7

Desde la visita de la tal Amanda, hace poco más de dos semanas, Caleb está taciturno.

Es como si una nube negra se hubiese instalado sobre su cabeza y le hubiera tapado el sol.

Su distanciamiento a raíz de mi vacilación en el momento en que iba a besarme me causa una infinidad de sentimientos contradictorios.

Por un lado, siento alivio ante tal despliegue de testosterona, por otro, me reconcome la frustración.

He pasado de cero a cien revoluciones —y de vuelta a cero— en apenas dos días.

Sé que debo olvidarme de lo que me hace sentir cada vez que me mira, que me toca...

para centrarme en lo que me ha llevado al rancho: la búsqueda de paz y tranquilidad.

Pero a pesar de repetírmelo, no puedo evitar sentirme desilusionada: justo en el momento en que me despierto de mi letargo y acepto que estar viva es correr riesgos, que galopar con un desconocido es tocar el cielo, que perder el control sobre la encimera de la cocina es pura adrenalina o que ser atacada por gallinas asesinas resulta casi soportable si el cowboy más atractivo del mundo te cura las heridas…

va el susodicho, da un paso atrás y me rechaza.

Lo sé, debería estar agradecida de que uno de los dos haya recuperado el sentido común, pero no es fácil. Cada vez que lo veo pavonearse sin camisa, mi cuerpo reacciona con anhelo y mi alma llora por una pérdida que no puedo explicar.

Aparte de mi némesis particular, la situación con Liam vuelve a la normalidad. Ha sido mi apoyo en estas semanas de extraña soledad.

Mis amigas han estado ahí, a pesar de no conocer los detalles escabrosos.

Esta mañana les he enviado una foto de Caleb, pero todavía no han dicho nada y eso es muy raro.

También se la he enviado a mi madre y casi le da un infarto.

Me ha llamado de inmediato para decirme que entendía que no fuera visitarla a los fines de semana.

Incluso ha tenido el descaro de pedirme que le enviara más.

El trabajo lo tengo casi dominado. Mis amiguitas, las gallinas, todavía me causan recelo, pero hemos avanzado, por lo menos con dos me llevo muy bien —aunque algo han hecho porque están en un corralito aparte—.

Con Charlotte todo sigue bien, es una mujer increíble y, pese a que nos conocemos desde hace poco, ya la considero parte de mi familia.

—¿Tienes planes para el sábado? —pregunta Liam sacándome de mis cavilaciones.

—No —contesto, rotunda—. Pero debería. Ayer hablé con mis padres y empiezan a impacientarse.

—Si decides quedarte, ¿te apetece acompañarnos al pueblo? Hay música en vivo, comida casera… Suele estar entretenido.

—¿Acompañaros a quiénes? —inquiero sin estar segura de querer coincidir con Caleb.

—Algunos peones, sus novias, Diego. ¿Te animas?

—Cuenta conmigo —contesto, pese a no estar del todo segura.

—¿Qué haces aquí? El trabajo no se hace solo, Liam —increpa Caleb al entrar en la cocina como un toro embravecido.

Aun cuando sus palabras van dirigidas a su hermano, es a mí a quien mira, a quien espera una contestación, pero no le doy el gusto y lo miro desafiante.

—Relájate, hermano. Solo he venido por una limonada. —Me guiña un ojo y sale por la puerta que da al porche.

Creo escuchar a Caleb gruñir, o puede que sean los nervios. El maldito cowboy no me pierde de vista.

—¿Te vas a quedar ahí plantado mirando cómo trabajo? —pregunto cuando la tensión se vuelve insoportable.

—Me quedaré hasta que me ofrezcas un vaso de limonada como lo hiciste con mi hermano —dice sin más y casi me atraganto con mi propia saliva.

—Pues es mejor que esperes sentado, porque yo no le ofrecí nada a tu hermano. Él me lo pidió, con educación por si te sirve de ejemplo —replico con un tono firme, aunque por dentro estoy hecha un flan.

—No me gusta pedir —invade mi espacio personal—, suelo conseguir lo que quiero. —Su mirada se traslada a mi boca y mi estómago pega un vuelco. Las mariposas están revolucionadas.

El deseo nubla la razón, la prudencia y todo lo demás.

Mis labios hormiguean ansiosos mientras espero que los cubra con los suyos.

Me doy cuenta, demasiado tarde, que el beso que tanto necesito no llegará nunca.

La sonrisa de suficiencia que veo reflejada en su rostro me lo corrobora.

Frustrada y dolida por su desplante me giro y me centro en el preparo del puré de patatas que dejé a medias.

—No tengo todo el día, Elle —protesta en un tono cargado de sensualidad.

Lo miro indignada, sé que me está provocando, pero no pienso seguir con su jueguecito. Una vez ha sido más que suficiente para mí.

—Si quieres limonada, sírvete tú mismo. Los vasos están en el armario de la derecha y la nevera justo detrás de ti, por si no la ves. —Emite una sonora carcajada mientras abandona la cocina.

«Maldito cowboy engreído, me vas a volver loca».

Sin remedio, vuelvo a mis quehaceres: la hora de la comida es sagrada, y tanto Charlotte como sus hijos son muy puntuales.

A las doce en punto pongo la mesa y espero a que la familia Wolf se siente al completo para irme a la cocina.

Debo reconocer que desde el primer día me han tratado como parte de la familia y siempre me he sentado a comer con ellos.

Pero hoy no soportaré compartir el espacio con Caleb; necesito serenarme.

Antes de que pueda abandonar el salón, Charlotte me detiene.

—¿Dónde vas, hija? ¿Acaso no vas a comer con nosotros?

—Lo siento, pero debo estar en la cocina para vigilar la mermelada de moras; de lo contrario, se pegará en el fondo de la olla —explico y espero que mi justificación sea suficiente.

—La mermelada puede esperar, tú no. Llevas de un lado a otro desde que te levantaste y necesitas reponer fuerzas.

—Yo…

—No me discutas, niña. Saca esa olla del fuego y siéntate con nosotros —ordena y no me queda otra que atender su demanda.

Cuando vuelvo me tengo que sentar delante de Caleb , el muy petulante me mira con un brillo divertido en los ojos. Lo ignoro y me sirvo una ración generosa. Charlotte no se equivoca al decir que necesito calorías; esa mañana apenas he desayunado.

Comemos en silencio y, todos parecen disfrutar de la comida que preparé. Excepto ese cowboy de pacotilla que me mira mientras evalúa cada bocado. Cuando me apunta con el tenedor, sé que va a dar su veredicto. Retengo el aire y me preparo para lo peor.

—El puré de patata está bueno, pero tienes que esforzarte más con el punto de la carne —comenta tras llevarse un trozo a la boca. Se pasa la lengua por los labios sin apartar los ojos de mí.

Respiro hondo y cuento hasta diez para detener las ganas de lanzarle la fuente de guisantes que tengo al alcance de mis manos.

—No le haga caso, hija. —Por suerte Charlotte interviene y consigue evitar el desastre—. El punto de la ternera es perfecto: bien tostado en el exterior y rosado y jugoso en el interior. Como te he enseñado —me dice con cariño, igual una madre que transmite sus conocimientos a una hija.

Me emociono con sus palabras y las ganas de visitar a mis padres se hacen más fuertes. Quizás, al final, me quede sin verbena este fin de semana.

Desde mi posición en el huerto, veo a Caleb entrenando con uno de sus caballos en el picadero, como de costumbre, sin camisa.

Intento que no me afecte, incluso le he dado la espalda, pero no pude resistirme.

Ahora, contemplarlo se ha convertido en mi entretenimiento favorito, me paso la mitad de la mañana removiendo la tierra en el mismo sitio mientras quito lo que he sembrado en lugar de las malas hierbas.

Sí, ya lo sé, es patético. Pero ¿qué más puedo hacer? Quizás debería pedirle que se coloque una bolsa de papel sobre la cabeza, una bien larga que de paso le cubra los pectorales. Joder, maldita encimera y maldita la hora en que caí en su juego.

Lo miro embobada un instante más antes de poner atención a lo que hago.

Al menos una parte de mi interés, porque la otra sigue obsesionada con Caleb.

He dado vueltas y más vueltas a lo sucedido y no encuentro una respuesta coherente.

Es cierto que siempre fui una romántica empedernida, pero llevo cuatro años huyendo de cualquier tipo de contacto físico o emocional.

Me instalé en el autocompadecimiento y ni mis padres ni mis amigas consiguieron sacarme de ahí, por más que lo hayan intentado.

Sin embargo, solo me bastó cruzar una mirada con ese cowboy de tres al cuarto para que el caparazón donde me escondía se resquebrajase en mil pedazos.

Ahora me siento como Alicia en el País de las maravillas, me debato entre los sueños románticos y las contradicciones de la falta de lógica de mi actual realidad.

Creo que solo me queda aceptar que el destino no viene con un manual secreto de instrucciones.

Una pregunta incómoda abre paso en mi mente: ¿Cuánto tarda una persona en darse cuenta de que se ha enamorado?

Un segundo.

Una semana.

Un mes.

En otro momento de mi vida, hubiera jurado que eran seis meses.

Ese fue el tiempo que tardé en enamorarme de Joe, un amor que creí para para siempre y que provocó que tomara la peor decisión de mi vida.

Esa situación me condujo al rancho, a Caleb, a esta vorágine de emociones que me asolan noche y día y me generan miles de preguntas sin respuesta.

Está claro que el amor es un tema recurrente.

Lo encontramos en cada gran película, en cada anuncio de seguros, en cada serie de libros sobre magos adolescentes.

Siempre nos hacen ver que el amor es lo que hace que valga la pena vivir.

Entonces, ¿por qué es tan difícil aceptar los sentimientos?

En cuanto los exteriorizamos, la gente duda.

Y cuando nos ven felices, en las nubes o riendo como quien ha fumado la droga de la risa, nos acribillan a preguntas: «¿Estás seguro de que es amor y no lujuria?

», «No lo amas, solo crees que lo haces», «Ni siquiera lo conoces», «Es demasiado pronto». Es una realidad que no se puede negar.

Otra pregunta que me hago es: ¿Cuándo es el momento correcto?

El cine y la literatura nos dan algunas pistas: Bella Swan se enamora perdidamente en el capítulo nueve.

En Shakespeare, Antonio anuncia su amor por Cleopatra en la primera escena del primer acto.

Jane Eyre se enamora de Rochester en el capítulo dieciséis.

Y en To All the Boys I’ve Loved Before , Lara Jean cambia de amor casi en cada página.

Así que quizás no esté loca ni encoñada ni delirando por el exceso de sol, que a esta hora empieza a freírme los sesos.

Solo me he enamorado a los dos segundos de ese cowboy petulante que no hace más que provocarme con ese cuerpo de pecado.

Justo como en este instante. Con la manguera sobre la cabeza y el agua deslizándose por su piel.

¡Dios bendito! Refrescarse de un manguerazo nunca me pareció tan erótico.

A veces pienso que lo hace aposta. Suspiro y me muerdo el labio inferior.

—Pero, niña, ¿qué haces? Me has destrozado las hierbas provenzales —protesta Charlotte, aparecida de la nada para devolverme a la realidad.

Asustada miro hacia abajo y me quedo ojiplática con el estropicio que he causado. La pequeña porción de terreno luce tal cual si hubiera sido atacada por una plaga de topillos. Como siga así de obnubilada por su hijo se va a quedar sin huerto.

—¡Mierda! No sé qué ha pasado. Se me ha ido la cabeza.

—Ya. Más bien se te ha ido la vista —comenta tras seguir la dirección de mi mirada—. Creo que voy a prohibir a mis hijos andar sin camisa y refrescarse al aire libre.

—¿Qué dices? No puedes hacerlo, es el mejor momento del día —digo sin pensarlo y provoco que a Charlotte se le escape una sonora carcajada.

—Pues si no quieres quedarte sin espectáculo, arregla este desastre.