Corazón Salvaje (Cowboy 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

Sin perder más tiempo y antes de que cierto cowboy entrometido regrese para atormentarme, me meto en la ducha.

La ropa está para tirarla a la basura. Por suerte, ya le había dado mucho uso.

En cuanto siento el agua caer sobre mi piel, me encojo de dolor.

Las heridas no son profundas, pero algunas sangran en contacto con la esponja y el jabón. Aun así, me lavo a conciencia.

Quién me iba a decir que la mañana se torcería de esa forma.

Primero: beso a Caleb y casi terminamos follando contra la encimera de la cocina —con el riesgo añadido de que nos pillen—.

Segundo: las gallinas casi me comen viva.

Tercero: soy el hazmerreír del rancho. Joder, esta vez sí que me he lucido.

Cuando mis amigas se enteren, se van a descojonar.

Una vez contenta con el resultado, salgo de la ducha con el albornoz puesto y me encuentro a Caleb sentado sobre mi cama, oliendo a bosque y con el pelo mojado.

—Ven, siéntate aquí. —Palmea el colchón a su lado para que me acomode.

—No hace falta que te quedes, puedo sola —digo, al ser consciente de mi desnudez bajo el albornoz.

—Preciosa, ambos sabemos que esta discusión no llegará a ningún lado. —Me mira con una intensidad que me provoca un cosquilleo en el estómago—. Cuanto antes te sientes, antes te librarás de mí.

Camino resignada hacia la cama y ocupo el lugar que me ha señalado. Casi sin respirar, espero a que se acerque con el botiquín.

—La mayoría de las heridas son superficiales. Un poco de antiséptico y listo —me informa mientras vierte agua oxigenada sobre una gasa y empieza a curarme con suavidad.

—¡Ay! ¡Eso duele! —me quejo con un hilo de voz.

Sopla sobre la herida y su aliento en mi piel provoca que una corriente eléctrica recorra mi cuerpo de los pies a la cabeza. El vello de los brazos se me eriza y mi rostro se enciende con un tono escarlata.

—¿Mejor? —inquiere.

Como no me fío de mi voz, solo asiento.

Sus dedos siguen explorando mi piel y, pese a todo, no puedo evitar maravillarme con la delicadeza de sus movimientos. Una proeza teniendo en cuenta el tamaño de sus manos y lo ásperas que están por el trabajo en el campo.

En contra de mi sentido común me dejo hacer, y al contrario de lo que pudiera imaginar, disfruto de sus cuidados.

En cuanto termina de curarme, Caleb recoge el botiquín y se marcha sin decir palabra.

Respiro aliviada al perderlo de vista; tanta intensidad me supera.

Ya ni siquiera me acuerdo de los motivos que me trajeron al rancho, me siento como si hubiera caído por una madriguera en un mundo desconocido, donde los errores no tienen consecuencias.

Es como estar en una especie de limbo, alejada de la realidad.

Solo espero que, cuando esa burbuja de fantasía explote en mi cara, pueda seguir de pie.

Busco una muda de ropa de trabajo en mi armario y mantengo mis viejas y sucias zapatillas. Una vez vuelvo a estar presentable, me dirijo a la cocina para prepararme el desayuno. De camino, cruzo los dedos para no coincidir con nadie; bastante bochorno ya he pasado esta mañana. Necesito un respiro.

Al parecer no es mi día de suerte; nada más pongo un pie en el salón, me encuentro con Charlotte. Tiene el desayuno puesto para dos personas sobre la mesa del comedor.

—Hola —digo con timidez, sin saber a qué atenerme.

—¿Estás bien? —pregunta, incapaz de aguantarse la risa—. Lo siento. —Carraspea mientras se seca las lágrimas y me invita a sentarme.

—No te cortes. Me lo merezco. —Sonrío avergonzada.

—Hija mía, ¿cómo se te ocurre hacer algo así?

—Ni idea, pero te aseguro que no se repetirá.

Hay un pequeño duelo de miradas hasta que ambas estallamos en sonoras carcajadas.

El incidente queda olvidado y aprovechamos el desayuno para conocernos mejor.

Charlotte es encantadora, aunque a curiosa no la gana nadie.

Me acribilla con toda clase de preguntas: si tengo novio, si lo he dejado hace mucho, si me gusta la vida en el campo, si me gustan los niños, si soy celosa.

Tengo la sensación de estar contestando el cuestionario de alguna revista femenina, uno de esos test tipo: «¿Cuál es tu pareja ideal?

» o «¿Es solo sexo o hay algo más?». Ese último es de mi cosecha y su respuesta ni me la planteo.

Capeo el interrogatorio como bien puedo, por suerte las tareas no se hacen solas y tenemos que ponernos en marcha.

Charlotte parece encontrarse bien y me acompaña hasta el huerto. Con suma paciencia, me explica cómo quitar las malas hierbas y cómo diferenciarlas. Sus indicaciones son de vital importancia; de lo contrario, se quedaría sin ninguna planta aromática.

Tras terminar parte de las labores del huerto, lleno una cesta con hortalizas para preparar el menú de hoy.

En cuanto estoy a punto de terminar, mi jefa me pide que haga una cosecha extra seleccionada por ella misma de forma muy rigurosa.

Me parece demasiado para el consumo diario de cinco personas.

—Cuando termines, llévasela a Liam, dile que es para Mark. —Parte del misterio se resuelve.

—¿Vive cerca de aquí? —no contesta—. Tu hijo, digo —aclaro extrañada por el cambio en su semblante.

—Está pasando por un mal momento y ha decidido aislarse en la cabaña que tenemos al este del rancho.

No me atrevo a indagar más, aunque me pica la curiosidad.

—Lo siento.

—Tranquila, cariño. En algún punto, todos necesitamos un poco de espacio. —Esboza una sonrisa que no llega a sus ojos—. Me voy a recostar un rato. —Se va cabizbaja y con pasos lentos.

La curiosidad por conocer a su hijo va en aumento. De alguna forma, los dos huimos de nuestros problemas: él, aislado en una cabaña, y yo, escondida en un rancho con un trabajo más difícil del que pudiera imaginar.

Un par de horas más tarde siento que me han partido la espalda en dos y, en cuanto a los riñones, parece que me los hayan extirpado sin anestesia.

Como puedo, me arrastro hasta el establo en busca de Liam.

Estoy segura de que no hace falta tener artritis para estar inhabilitada para este tipo de trabajo, yo no la tengo y me estoy muriendo.

¿Cómo es posible que Charlotte haya aguantado tantos años?

No encuentro a Liam por ningún lado y, al quedarme sin opciones, vuelvo a la casa. Dejo la cesta de verduras en la mesa de la cocina y aprovecho que Charlotte no está para escaquearme de mis tareas. Dos ibuprofenos y un ratito estirada en mi cama me dejarán como nueva.

Justo cuando me dispongo a alcanzar la puerta corredera que da acceso al salón comedor, escucho unas voces airadas.

Me quedo quieta, con los ojos bien abiertos y sin respirar para no perderme ningún detalle.

De inmediato identifico la voz de Caleb.

La de su acompañante no la reconozco, pero pertenece, seguro, a una mujer joven.

De nuevo, los gritos. Parece una discusión de pareja y, curiosa, me asomo por la rendija de la puerta.

—Tienes que darme la dirección de Mark en Austin —pide la mujer, una morena de piernas kilométricas.

Al instante, mi corazón vuelve a latir. No es ninguna amiguita de Caleb.

—Él no quiere verte —contesta, enfurecido.

—Eso es mentira, vosotros sois los que no queréis que me ponga en contacto con él.

—Que él te rechace las llamadas debería darte una pista, ¿no te parece?

Madre mía con los derechazos que suelta el cowboy . Espero no formar parte jamás de su lista de personas no gratas; es implacable.

—Por favor, Caleb, necesito verle.

—Ya te lo he advertido, Amanda. Deja a mi hermano en paz o haré que te arrepientas —amenaza con un tono que no deja lugar a dudas.

—No eres quién para amenazarme. Tengo todo el derecho a hablar con Mark —insiste la morena.

—Tú no tienes ningún derecho, lo perdiste cuando le diste la espalda. Cuando le traicionaste de la forma más vil.

—No lo entiendes, yo le quiero —confiesa con voz quejumbrosa.

—Y una mierda que le quieres, lo único que te importa es el dinero. Y ahora que te ha salido mal la jugada con el ricachón ese del petróleo, regresas para atormentarlo. No tienes vergüenza —dice entre dientes—. No vuelvas a aparecer por aquí, no eres bienvenida —sentencia con un tono helador.

Dios bendito, y yo que creía haberlo visto enfadado.

—¿Qué haces escuchando detrás de la puerta?

Pego un salto y casi caigo de culo.

—¡Joder, qué susto! ¿Intentas matarme?

—No, para eso ya están las gallinas —dice Liam de cachondeo—. Menudo palizón te han dado. —Se dobla en dos de la risa.

—No tiene gracia, ¿sabes? Mira cómo tengo los brazos —me quejo con un mohín.

—Pobrecita. —Suelta otra sonora carcajada—. Ya que eres tan amiga de mi hermano, pídele que te dé besitos.

La sonrisa se me congela en los labios y desvío la mirada avergonzada. No me esperaba un golpe tan bajo de su parte.

—Olvida lo que dije, no pretendía molestarte —dice con sinceridad—. Me han dicho que me buscabas.

—Ah, sí. Charlotte ha dejado esta cesta de verduras para que se la lleves a tu hermano, Mark.

—Vale. Dile que me quedo a comer con él.

El misterio en torno a Mark es cada vez mayor, y eso aumenta mi curiosidad. En ese instante me doy cuenta de que su ex lo ubica en Austin, por lo que deduzco que se está escondiendo de la tal Amanda. Espero poder conocerlo pronto; creo que tenemos muchas cosas en común.

Noto que parte de mi dolor se fue con el susto de ser descubierta en pleno acto de cotilleo.

Así que aprovecho para seguir con mis quehaceres.

Apenas he empezado a poner las patatas en la olla para hervirlas cuando mi tormento irrumpe en la cocina como un huracán.

Dejo lo que estoy haciendo y lo miro expectante.

No sé qué esperar, tampoco sé cómo voy a reaccionar si vuelve a acercarse de forma tan íntima.

Lo he provocado en un momento de locura, pero ahora solo quiero fingir que nunca sucedió.

—¿En qué puedo ayudarlo? —pregunto con la profesionalidad que se espera de una empleada.

Su mirada se oscurece, sin embargo, no es deseo lo que veo reflejado en sus dos esferas grises. Es enojo, quizás rescoldo de la conversación que acaba de tener con la ex de Mark. O eso quiero creer.

—¿Sabes dónde está mi madre?

—Cuando vino del huerto dijo que se iba a recostar un rato.

—Bien. Si pregunta por quién ha estado aquí, dile que era un cliente.

Por un momento temo que me haya visto por la rendija de la puerta; luego lo descarto. Con lo que le gritaba a la morena, es normal que llegue a esa conclusión. Por suerte, la habitación de Charlotte está bien alejada de esta zona de la casa.

—Se lo diré —afirmo con la esperanza de que se vaya, pero no lo hace.

Me mira con tal intensidad que siento el pulso descontrolado en los oídos. Se acerca y creo que me va a besar; sin pensarlo doy un paso atrás. Su reacción no se hace esperar y sale de la cocina con un estrepitoso portazo.

Debería sentirme aliviada, pero no es así. Una inquietud que no sé explicar de dónde proviene se me instala en el corazón.