Corazón Salvaje (Cowboy 1) Capítulo 5
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Capítulo 5

Estiro el brazo y apago el despertador de un manotazo. Apenas he podido pegar ojo pensando en todo lo que sucedió ayer. Me ha sido imposible quitarme de la cabeza a ese cowboy vanidoso. Me doy media vuelta y resoplo mientras clavo los ojos en el techo. ¿Qué voy a hacer con mi vida?

El despertador suena de nuevo a modo de respuesta. Desesperada, me tapo con las sábanas. No sé si tendré la fuerza de voluntad suficiente para mantener alejado a Caleb. Ojalá pudiera quedarme aquí para siempre.

«No seas cobarde. Esto no es nada comparado con las cosas a las que te has enfrentado en el pasado».

Tras unos segundos, me destapo y, con determinación, pego una patada a la ropa de cama para echarla a un lado. Charlotte me necesita y no puedo dejarla en la estacada, solo tengo que poner al cowboy en su sitio y todos felices.

El sol acaba de despuntar sobre la pequeña colina y comienza a despertar el vasto paisaje que se extiende ante mis ojos.

Abro las cortinas y dejo que el suave resplandor dorado inunde la habitación.

Después de un par de respiraciones profundas, me meto en la ducha; regulo la temperatura del agua medio fría, casi chillo al recibir el impacto del primer chorro.

Más tarde, enfundada en un esponjoso albornoz y con la mente despejada, me lavo los dientes y me aplico mis potingues diarios.

De vuelta a la habitación, busco en mi armario algo apropiado para mi primer día de trabajo.

Me decanto por unos vaqueros negros, una camiseta blanca básica y unas zapatillas Converse negras con las punteras destrozadas por todo el uso que les he dado.

Me miro en el espejo de cuerpo entero.

«No está mal para presentarte ante el gallinero».

Suelto una carcajada mientras sigo observándome con la cabeza ladeada. Todavía falta algo. Cojo la goma elástica que dejé en la mesita de noche y me ato el pelo en una coleta alta. Ahora sí, me siento preparada para hacer frente a un nuevo día.

Antes de salir, echo un vistazo a la habitación para comprobar que está ordenada y me dirijo hacia la primera planta.

Procuro no hacer ruido; por lo que tengo entendido, la vida en el rancho empieza mucho antes de las siete.

Aun así, aunque las probabilidades de cruzarme con Caleb en el pasillo sean mínimas, aprieto el paso.

Justo cuando abro las puertas correderas que dan acceso a la cocina, lo primero que veo es mi actual pesadilla.

Una de metro noventa, hombros anchos, piernas infinitas y porte de modelo de pasarela.

Dios bendito, es tan perfecto que da asco.

El olor a café recién hecho inunda mis fosas nasales.

Guiada por el aroma, desvío la mirada de su rostro y me fijo en la cafetera humeante que tiene al lado, sobre la encimera.

Pero no es lo único que descansa sobre el mármol verde con vetas negras; el cowboy tiene su precioso trasero apoyado en el borde, muy cerca de mi anhelada cafeína de las mañanas.

—Puedes acercarte. No muerdo, ¿sabes? —me asegura y por un momento deseo que lo haga—. En realidad, sí que lo hago, pero solo cuando me lo piden.

Sus palabras despiertan algo en mí, algo salvaje que llevaba mucho tiempo adormecido. Lo observo y veo en su expresión que sabe lo que he pensado. De súbito, la tensión que hay entre nosotros se multiplica por cuatro.

Nos miramos con intensidad, solo hace falta un paso para que el caos se desate.

—Menos mal que no me gustan los mordiscos —digo para romper el hechizo.

—Preciosa, ambos sabemos que lo que hay entre nosotros es inevitable —afirma con seguridad—; aun así, prometo darte un margen para que te acostumbres. Por el rubor de tus mejillas, sé que no estás acostumbrada a manejar algo así.

Aprieto los puños contra mis costados en un intento por frenar las ganas de abofetearlo. ¿Cómo se atreve a hablarme así? Se cree que soy una mojigata que nunca ha besado en su vida. Está muy equivocado: voy a demostrarle que yo también sé jugar a esto.

Me acerco a él con paso decidido y, sin darle tiempo a reaccionar, tomo su rostro, que gracias a su postura se encuentra al alcance de mis manos, y me apodero de su boca. Lo hago de la forma en la que he deseado hacerlo desde el primer momento en que lo vi, montado en esa bestia salvaje.

No es un beso moderado ni tierno. Es un beso lleno de desesperación, de frustración, de años de contención.

Mi lengua se abre paso entre sus labios y explora su boca de forma apasionada, necesitada.

Durante un instante, me permite dominar la situación; a medida que el beso se vuelve frenético, me coge por la cintura y me sienta sobre la encimera.

A continuación, me devuelve el beso con la misma urgencia.

Su cuerpo se aprieta contra el mío y sin pensarlo levanto una pierna y la enrosco alrededor de su cadera.

El roce de nuestros cuerpos me hace tocar el cielo.

¿Cómo es posible que me olvide del pasado de un instante a otro?

¿Cómo es posible que los fantasmas que me persiguen se desvanezcan en el aire como humo?

Es incomprensible y por un momento siento la necesidad de apartarlo, pero una fuerza mucho mayor que mi voluntad me lo impide.

Todo lo que antes no encajaba ahora encaja a la perfección.

Siento que todo lo vivido me ha conducido a este momento.

Parece predestinado, como si tuviera que ocurrir exactamente en este orden.

Es una locura, lo sé, pero aun así lo disfruto.

El deseo que Caleb despierta en mí me hace sentir viva y, a sabiendas de que he caído en su provocación, me dejo llevar.

Silencio esa vocecita impertinente y me limito a deslizar las manos bajo su camisa y siento cómo se tensan los músculos de su espalda al tocarlo.

Se descontrola y me aprieta contra su abultado miembro.

Gimo sobre sus labios mientras me explora con descaro; sus dedos me recorren por entero.

Estamos absorbidos por la pasión cuando, de pronto, la puerta del porche se abre.

Los dos nos separamos con la rapidez de un rayo mientras intentamos recomponer nuestro aspecto lo mejor que podemos.

—¡Ups, lo siento! No quería interrumpir —afirma Liam con una sonrisa traviesa, al tiempo que nos mira con atención y se detiene en los signos evidentes de nuestro arrebato amoroso.

—No es lo que parece. Eh…, yo… puedo explicarlo —balbuceo sin saber qué decir. No hay nada que explicar. Salta a la vista lo que hacíamos.

—Métete en tus asuntos, Liam —gruñe Caleb con evidente mal humor.

—No vengas a pagar tu frustración conmigo. Si no sabes controlarte, es tu problema —replica Liam.

Su contestación, aunque no dirigida a mí, me cae como una bofetada.

El bochorno es espantoso y vuelvo a desear que la tierra me trague.

Nunca me había sentido así: sucia como un felpudo.

Sin esperar a la contestación de Caleb, salgo por la puerta del patio y me dirijo al gallinero para cumplir con mis obligaciones, como ya debería haber hecho desde hace rato.

La rabia corre por mis venas, me reprendo por mi debilidad.

Todavía no puedo creer que me haya comportado de esa forma.

Joder, no estoy en una discoteca. Estoy en mi puesto de trabajo, en mi primer día.

¿Qué hubiera pasado si en lugar de Liam hubiera sido Charlotte?

Seguro que estaría haciendo las maletas.

La culpa es de ese cowboy de pacotilla, el causante de todos mis males. Desde que se cruzó en mi camino lo ha puesto todo patas arriba. Yo solo quiero paz y tranquilidad.

Me pican los ojos por las lágrimas no derramadas. Lágrimas de frustración. De sueños imposibles.

—¿Dónde vas con tanta prisa, muchacha? —pregunta Diego.

—Voy a dar de comer a las gallinas antes de soltarlas —explico tratando de ocultar mi disgusto.

—Deja que te acompañe, hay unas cosas que deberías…

—Diego, te necesito para transportar el heno hasta el cobertizo —avisa Caleb sin dignarse a mirarme siquiera.

«Maldito cowboy engreído».

—Claro. Ahora mismo voy —contesta servicial—. Bueno, niña. Tendrás que apañártelas sola —me dice con un deje de duda.

—No te preocupes. Es pan comido.

Evito seguirlos con la mirada y continúo mi camino. Ayer, mientras Liam subía mis pertenencias a la habitación, Charlotte me enseñó el huerto y el cercado de las gallinas; aunque este último estaba vacío, pudo explicarme dónde guardaba el maíz y la cantidad que debía repartir cada día.

Me aproximo y parece que todo está tranquilo, se ve que son unos animalillos muy pacíficos. Dudo antes de sacar el grano, no recuerdo si debo soltarlas primero o darles de comer. Me parece más sensato echarles la comida antes, cuando abra el cercado, se dispersarán por todas partes.

Con el cubo a rebosar de grano, entro en el recinto y arrojo un puñado.

De inmediato se desata la tercera guerra mundial.

No estoy exagerando: una bandada de aves enfurecidas se lanza sobre mí o, mejor dicho, sobre el maíz.

Empiezo a gritar y a pegar manotazos, pero por más que lo intento, no consigo apartarlas. Parecen zombis comecerebros.

En medio del alboroto, alguien me quita el barreño y lo tira lejos, y, al instante, la nube de plumas lo sigue. Aún conmocionada, evalúo los daños. Tengo arañazos y picotazos en las manos y en los brazos, algunos incluso sangran. Además, huelo a gallinero y estoy cubierta de plumas.

—¿Qué diablos estabas haciendo? ¿Crees que esto es La casa de la pradera ? —pregunta Caleb enfurecido.

Su reproche provoca que la montaña rusa de emociones que he experimentado esta mañana salga a flote en forma de gruesas lágrimas.

Él se da cuenta de su error y se acerca a mí.

—Te sangra el brazo.

—Vete a la mierda, cabrón insensible —le grito a la cara y echo a correr.

Corro y corro, todo lo rápido que me permiten las piernas.

Solo quiero ducharme y quitarme la mierda de encima y, de paso, lamerme las heridas mientras recupero mi magullado orgullo.

Sin embargo, una vez más en apenas dos días, mis pies abandonan tierra firme.

Solo que esta vez no aterrizo en el lomo de un caballo, ¡oh, no!

Es mucho peor. El imbécil de Caleb me alza y me deja caer sobre su hombro.

—¿Qué haces, pedazo de cavernícola? ¡Bájame! —protesto llena de ira mientras le martilleo la espalda con los puños.

—Estate quieta o se te van a abrir las heridas —responde sin inmutarse.

Resoplo para quitarme la maraña de pelo y plumas de la cara, doblo los codos recargándolos en su ancha espalda y, a continuación, acomodo mi barbilla sobre las palmas de mis manos—. Tú no estás bien de la cabeza —digo muy en serio.

—Lo dice la domadora de gallinas asesinas. —Suelta una carcajada.

—Eso no tiene nada de gracioso.

—Lo siento, pero no estoy de acuerdo. Una pena no haberlo grabado; de lo contrario, me haría famoso en TikTok .

Si no estuviera colgada de su hombro como un saco de patatas, hasta a mí me daría risa.

—Bájame. Puedo caminar perfectamente —pido al dejar atrás el establo. El patio trasero está a escasos metros y solo me falta que alguien me vea de esta guisa—. Además, no recuerdo haberte pedido ayuda.

—A obstinada no te gana nadie.

—Mira quién fue hablar, la obstinación personificada.

—Oh, a mucha honra. Aunque, en mi caso, es tenacidad, no terquedad —contesta con burla. Casi podría jurar que se estaba riendo.

—Dios mío, ¿qué ha pasado?

Escucho la voz de Charlotte y me entran ganas de hacerme la muerta.

—Tengo que desinfectarle las heridas, después te lo explico —contesta y pasa a su lado tan pancho.

Cuando la tengo en mi campo de visión, casi me muero de verdad. Dios, esto tiene que ser una pesadilla. Seguro que dentro de unos segundos sonará el despertador y nada de esto habrá pasado.

—¿Estás bien, niña? —pregunta a la vez que ladea un poco la cabeza.

—¡Oh, sí! Tu hijo es el que todavía no se ha dado cuenta de que tengo dos piernas y las puedo usar sin ningún problema.

El susodicho suelta un gruñido antes de empezar a subir las escaleras. Su madre se queda abajo, observándonos, con una mirada que prefiero no interpretar.

—Y ahora que has conseguido avergonzarme hasta límites insospechados, ¿podrías bajarme?

Lo hace con suma delicadeza.

—Dúchate mientras voy a por el botiquín de primeros auxilios.

—Eres muy mandón, ¿lo sabías?

—Eso dicen —repone al tiempo que sale de la habitación.

Me acerco al espejo de pie que ocupa una esquina del dormitorio y veo en mi cara, en mi pelo, en mis brazos y en mi ropa las huellas del ataque de las gallinas asesinas.

—Para que luego digan en Internet que son unos animales inofensivos. Eso me pasa por creerme todo lo que veo en las redes —digo al reflejo desaliñado que me devuelve el espejo.