Capítulo 4 #2
¿Y de dónde ha salido ese espécimen?
Creo que es el hijo mayor de Charlotte, se llama Caleb.
Un demonio disfrazado de cowboy buenorro.
Phoebe
¿Estás de broma?
Zoe
¡Qué dicessss! ME. MUERO.
No bromeo, chicas. Apenas llevo aquí algunas horas y
me ha insultado, me ha subido a la fuerza a su caballo,
se ha quitado la camisa y ha enseñado músculos
a plena luz del día. Estoy desesperada,
no sé qué hacer.
Zoe
Claro, lo de quitarse la camisa es imperdonable.
Ja, ja, ja. ¡Qué suerte tienen algunas!
Phoebe
Foto. Cuando le vea te digo qué y cómo.
Chicas, esto es serio. No estoy de cachondeo.
Sabéis que no busco nada de eso.
Solo quiero un lugar tranquilo para vivir.
No las culpo por no entenderme. Si pudiera contarles toda la verdad, tal vez comprenderían que no me puedo dar el lujo de bajar la guardia.
Zoe
Te lo tomas todo a pecho. Relájate y deja que la cosa fluya.
Phoebe
Si no acepta tus límites, pégale una patada en los huevos.
Zoe
Llevas mucho tiempo huyendo. Vive un poco, cariño.
Tengo que arreglarme para la cena. Os iré contando.
Phoebe
Muéstrale quién manda.
Zoe
Disfruta.
Hablar con mis amigas no me sirve de mucho. En realidad, hay poca cosa que pueda hacer para templar mis nervios, así que decido darme una ducha fría para despejarme.
Sintiéndome más relajada, me visto para la cena, opto por un vestido floral de tirantes y lo acompaño con unas sandalias planas.
Me cepillo el pelo hasta que cae en brillantes ondas alrededor de mis hombros, me echo un poco de colorete y me pongo brillo labial.
El resultado me gusta y me hace sentir segura de mí misma.
Consulto la hora en el móvil y salgo de la habitación.
El pasillo está desierto y al pasar por las diversas puertas intento adivinar cuál será la de Caleb, aunque cabe la posibilidad de que esté en otra ala de la casa.
Voy directa a la cocina con la esperanza de encontrar a Charlotte, aunque sé que no es ella quien cocina —de lo contrario, me habría ofrecido a ayudarla—.
Desde que su estado de salud empeoró, la señora que se encarga de planchar y limpiar la casa también hace la comida.
Viene los sábados y prepara menús para toda la semana.
Ahora que estoy aquí, me haré cargo de esa labor.
Confieso que me siento intimidada, nunca he cocinado para tantas personas.
Charlotte dijo que no me preocupara, ella estará a mi lado, orientándome.
—¿Has podido instalarte bien? —me pregunta al verme entrar—. Si necesitas cualquier cosa, solo tienes que decírmelo.
—La habitación es preciosa y todo está perfecto, gracias.
—Me acerco y la veo con el pastel de carne que me hizo mi madre.
Cuando le dije que tal vez habría que tirar la comida que había traído, puso el grito en el cielo, y al mirar el contenido de los recipientes le faltó poco para que pegara saltos de alegría—. Deje que le ayude.
—No, no, no. Hoy eres una invitada. Si quieres, te permito llevar esto hasta la mesa del comedor. Y por favor, tutéame.
Cojo la fuente de cerámica y entiendo por qué ha aceptado mi ayuda. Pesa demasiado.
Un rato después estamos todos sentados alrededor de la mesa, devorando el pastel de carne de mi madre.
—Esto está riquísimo, Elle. Si me dices que sabes prepararlo, te pido matrimonio —bromea Liam guiñándome un ojo.
—Y eso que aún no has probado la tarta de manzana —contesto con una sonrisa radiante.
Su temperamento alegre y jovial me hace sentir como parte de la familia. Todo lo contrario de su hermano, que desde que se ha sentado a la mesa no ha abierto la boca.
—Está muy bueno. Hay un toque de algo, no sé bien qué es —comenta Charlotte mientras afina el paladar—. Tienes que revelarnos su secreto.
Sonrío, aunque, según Ruby, el ingrediente secreto es el amor. Pero quizás Charlotte tenga razón: a mi madre le gusta hacer experimentos culinarios, así que puede ser cualquier cosa.
—No es para tanto —declara Caleb al tiempo que se levanta—. Voy a dar una vuelta. No me esperéis despiertos.
Se va, dejándome con el cubierto a medio camino de la boca.
—No se lo tengas en cuenta, Elle. Caleb es así, no es nada personal —explica Liam en un intento de justificarlo.
—Últimamente está intratable. ¿Sabes qué le pasa? —pregunta Charlotte.
—Creo que tiene algo que ver con Mark, pero sabes cómo son esos dos. No sueltan prenda —contesta Liam abatido tras apurar el vino que le quedaba en el fondo de la copa.
—Mañana quiero que le hagas una visita a tu hermano. A ver si consigues sacarle algo.
Miro a uno y a otro como en un partido de tenis. Por lo que dejan entrever, ambos están preocupados y dolidos. Al parecer, la unión existente entre los dos hermanos los excluye de la ecuación.
Veo como Charlotte se levanta de la mesa, parece mucho más cansada.
—Sintiéndolo mucho, voy a tener que retirarme a mi habitación, la cadera empieza a molestarme. —Me lanza una sonrisa de disculpa—. ¿Te importa recoger? —pide, entretanto, señala a la mesa.
—Claro que no. Descansa.
—La ayudaré, mamá —comenta Liam al recibir un cariñoso beso en la frente.
Espero a que Liam termine de comer para empezar a apilar los platos. Sin embargo, me interrumpe.
—¡¿Dónde crees que vas?! ¡Todavía me queda el postre! —dice apoderándose de la tarta de manzana—. Mejor que se hayan ido todos, así queda más para nosotros —declara con una sonrisa traviesa y, sin ningún pudor, empieza a comer directo de la fuente.
La estampa es tierna y me despierta dulces sentimientos hogareños. Si hubiera tenido un hermano, me habría gustado que fuera como él.