Corazón Salvaje (Cowboy 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

Nunca hubiese aceptado ese trabajo de saber que acabaría conviviendo con cuatro desconocidos.

Con lo feliz que estaba con la idea de vivir en la preciosa cabaña, rodeada de verde y aislada del mundo.

Pero claro, tenía que aparecer ese cowboy entrometido para fastidiarlo todo.

Para colmo, el muy cabrón se ríe de mi desgracia. Lo odio.

Durante el trayecto de vuelta a la que iba a ser mi casa, recibo una llamada de mis padres.

Los pobres estaban que se subían por las paredes.

Con todo lo que estaba ocurriendo, se me había olvidado llamarlos.

Por suerte, tengo el móvil en el bolsillo trasero de mis vaqueros.

De lo contrario, se hubiesen presentado en el rancho.

Liam camina a mi lado con gesto arrepentido; parece sentirse culpable por lo sucedido.

—Siento que hayas tenido que preocupar a tus padres.

Cuando le sugerí a mi madre que te quedaras en la cabaña, jamás imaginé que mi hermano reaccionaría de esa forma.

—Se disculpa con una sonrisa. Está claro que escuchó los dramáticos gritos de mi madre, estilo culebrón mexicano, al otro lado del teléfono.

—No te preocupes, mis padres son muy aprensivos. Más tarde vuelvo a llamarlos —Lo miro insegura mientras pondero mi pregunta—. ¿Por qué se ha puesto así tu hermano? Es solo una cabaña.

—Caleb la heredó de nuestra abuela y durante un tiempo se la prestó a… Es un tema delicado; mejor no digo nada, que siempre la lío.

Así que hay una historia detrás de su exagerado comportamiento. Tal vez no seamos tan diferentes al final, ambos guardamos secretos.

Caminamos en silencio por un atajo que une ambas propiedades, la misma ruta que podría haber utilizado el cowboy .

Me arden las mejillas y mi piel se eriza por el recuerdo de su cuerpo pegado al mío, de su voz grave susurrándome al oído.

Me estremezco de los pies a la cabeza. Maldito engreído, tengo que mantenerlo alejado todo lo posible o estaré en serios problemas.

Observo a Liam. Es casi tan alto como su hermano y fornido, imagino que a causa del trabajo en el campo.

Posee unos llamativos ojos verdes que resaltan sobre su piel morena, tostada por el sol.

Su sonrisa es traviesa, divertida, acorde con su personalidad chispeante.

Ninguno de los hermanos se parece en nada a Charlotte, que es menuda, de piel muy blanca y ojos azules.

Creo que mi parecido con ella es más evidente que el de sus propios hijos, salvando las diferencias de la edad, por supuesto.

Yo mido 1,62, peso cuarenta y nueve kilos y soy rubia, de pelo largo, ojos azules, piel clara y rostro ovalado.

No soy ningún bellezón, y tampoco tengo la pretensión de serlo.

Sin embargo, al lado de Liam y Caleb me siento como el patito feo, torpe e insignificante.

«Déjate de tonterías y céntrate en lo que importa». Me recrimino a mí misma por querer salir de lo establecido, por exponerme, por desear algo imposible.

Cierro la puerta de la cabaña y entrego la llave a Liam.

—Volveré por el atajo, nos vemos en la casona. —Antes de que responda, se aleja con grandes zancadas.

Percibo un movimiento entre los árboles, en la dirección opuesta a la que tomó Liam. Me pongo rígida al instante y miro a mi alrededor con los ojos bien abiertos.

—¿Quién anda ahí?

O quizás debería preguntar «qué». Me doy cuenta de que estoy en medio de la naturaleza, rodeada de animales, algunos conocidos y otros que espero no tener el placer de conocer. Se me vienen a la cabeza dos: pumas y coyotes.

Pego una carrera hasta mi coche, me meto dentro y cierro las ventanas aun sabiendo que no tengo aire acondicionado. Y a pesar del intenso calor acumulado en el interior durante el poco tiempo que ha estado al sol, no bajo la guardia hasta arrancar mi Ford.

Soy una miedica, lo sé. Lo reconozco y no pienso justificarlo. Creo que venir a trabajar al rancho no fue una buena idea.

La confirmación a mi sospecha no tarda en llegar: en cuanto aparco el coche donde Liam me indica, veo a Caleb tirar de las riendas de su semental en dirección a los establos. Sin camisa, con unos vaqueros ajustados… Eso debería estar prohibido.

Mis ojos recorren despacio cada centímetro de su cuerpo; sigo un sinuoso camino desde sus anchos hombros, bajo por su espalda musculosa y perlada de sudor hasta llegar a su prieto trasero; a continuación, desciendo por sus largas y fuertes piernas.

Me entran ganas de lamer las pequeñas gotitas que brillan sobre su tez dorada.

¿Qué pasaría si lo hiciese? El solo recuerdo de su cuerpo pegado al mío, de mi trasero encajado contra su ingle, de su mano firme apretándome el estómago para que no me cayera de la montura, de sus labios pegados a mi oído…

¿Qué mierda estoy haciendo? Recrimino a mi subconsciente por seguir esa línea calenturienta de pensamientos.

«¿Nunca has visto a un hombre sin camisa en tu vida?».

—Como ese no —contesto a mí misma, en voz alta.

—¿Qué dices, niña?

Pego un salto al escuchar la voz de Charlotte, justo a mi lado. Estaba tan obnubilada por la visión del cuerpo semidesnudo del cowboy que me he olvidado de todo lo demás.

—¡Uf, qué calor hace hoy!, ¿verdad? —Me abanico, dando énfasis a ese pequeño gesto que corrobora mis palabras.

—Lo normal por estas fechas —Me observa inquisitiva y yo agacho la cabeza para ocultar mis mejillas sonrosadas—. Estás muy colorada, te habrá dado demasiado el sol. Tu piel es muy blanca, debes tener cuidado.

—Sí, creo que esta mañana se me olvidó echar protector solar.

Me lanza una última mirada antes de invitarme a entrar. Tengo la sensación de que sabe muy bien que mi ola de calor nada tiene que ver con la meteorología.

Deseo que un agujero se abra en el suelo y me trague por completo.

La habitación que me asignó Charlotte está en la segunda planta, al final de un extenso pasillo.

Es muy bonita, con un estilo country chic muy parecido al de la casa que mis abuelos tenían en Colorado.

Solía pasar allí las vacaciones, hasta que enfermaron y decidieron vender la propiedad para vivir cerca de nosotros, en una residencia de lujo.

Me acerco a la cama y acaricio la colcha de patchwork , tiene un patronaje muy elaborado. Quizás algún día aprenda a hacerlo. Enseguida reviso los armarios y el cuarto de baño. Todo es perfecto y está decorado con mimo.

Debería sentirme afortunada, lo sé. Pero las dudas me asaltan sin tregua y un creciente desasosiego se instala en mi pecho. He venido en busca de estabilidad emocional y no creo que la vaya a conseguir si comparto techo con Caleb. Es demasiado, demasiado para mí. Tendré que evitarlo a toda costa.

«Eso es, Elle. El rancho es enorme, solo tienes que estudiar su rutina para esquivarlo».

Más animada, deshago mi equipaje y, poco a poco, lleno los armarios y los cajones. Cuando acabo de guardar mis productos de aseo en el baño escucho que llaman a la puerta. Deduzco que es Charlotte.

—¡Entra, está abierta! —grito desde el cuarto de baño.

Pasan unos segundos sin que se escuche ningún sonido, así que, extrañada, me dirijo a la habitación para averiguarlo. Nada más me doy la vuelta, me choco con un pecho musculoso. La caída habría estado asegurada si unos brazos fuertes no me hubiesen sostenido a tiempo.

Con el corazón latiendo acelerado levanto la mirada y me encuentro con los perturbadores ojos grises de Caleb puestos en mí. Parpadeo un par de veces para intentar que su imagen desaparezca de mi campo de visión. No lo consigo.

—Eres muy confiada, no deberías permitir que un extraño entre en tu habitación —dice con voz pausada, al tiempo que me libera de su abrazo.

—Si ese extraño eres tú, desde luego que no —espeto. Me irrita que tenga la capacidad de obnubilarme. Él lo sabe y disfruta de mi debilidad—. ¿Qué quieres?

—No creo que estés preparada para saberlo. —Me quita un mechón que me cae por la frente.

Salto hacia atrás como quien recibe una corriente eléctrica.

Los latidos de mi corazón se desbocan al sentir como mi piel se eriza con el simple toque de sus dedos.

Nunca había sentido nada parecido, ni con Joe, al que creía amar con locura.

Lo que siento me desconcierta, soy de las que necesita estar involucrada emocionalmente para pensar en echar un polvo.

Quizás sea por el tiempo que llevo sola.

Sea como fuere, encuentro la fuerza para vencer el poderoso embrujo que ejerce sobre mí.

—No sé cuál es tu juego, Caleb, pero te adelanto que no me apetece jugar. Así que, si no tienes nada que decirme, te agradecería que salieras de mi habitación.

Le sostengo la mirada y durante varios segundos me observa sin decir nada. Seguimos en silencio, en medio del dormitorio, enfrascados en una batalla de voluntades. Dos minutos después, se pone delante de mí, demasiado cerca para mi cordura.

—Preciosa, todavía no estoy jugando. Pero cuando lo haga, te garantizo que no podrás evitarlo —dice, y siento su aliento en mi rostro, quemándome.

Contemplo, azorada, como se aparta y se dirige a la salida. Antes de cruzar el umbral de la puerta, se gira y añade:

—Mi madre te espera en el comedor para cenar a las siete en punto.

Escucho el clic de la puerta al cerrarse y me desplomo sobre la cama. Estoy perdida, Caleb no me va a poner las cosas fáciles. La cuestión es si lo voy a permitir.

Cojo mi móvil y miro la hora, todavía son las cinco y media. Tengo tiempo de sobra para hablar con mis amigas antes de bajarme a cenar. Necesito desahogarme o me volveré loca, de modo que empiezo a escribir en el grupo de «Las chicas son guerreras».

Me ha pasado algo.

Zoe

Tu madre nos contó.

Lo bueno es que no estarás sola.

Phoebe

Cierto.

Ojalá ese fuera el problema.

Phoebe

Ya me parecía que había gato encerrado.

Zoe

Cuéntanos qué ha pasado.

Un imbécil engreído de metro noventa,

ojos grises y cuerpo de escándalo ha decidido

hacerme la vida imposible.

Zoe

No tengo nada en contra de los engreídos sexys.

Mándamelo, que le hago un hueco.

Phoebe