Corazón Salvaje (Cowboy 1) Capítulo 3
19%

Capítulo 3

Con la ayuda del mapa que la doctora me facilitó, no tengo dificultad para encontrar el rancho.

Una valla blanca bordea la carretera y delimita los prados. A ambos lados, varias cabezas de un ganado vistoso se alimentan de alpacas de heno; son ejemplares magníficos. Desde la seguridad de mi coche parecen mansos.

«Quizá cambie de idea cuando los vea más de cerca», pienso al recibir la mirada enfurruñada de uno de los ejemplares que está próximo a la cerca.

Dejo atrás la entrada principal como me indicó Mag y sigo por un camino más estrecho que me lleva directo a mi nuevo hogar.

Sonrío de oreja a oreja al detenerme frente a la hermosa casita de piedra y madera, parece salida de un cuento.

Me bajo del coche expectante y la contemplo con emoción.

Las piedras de distintos tonos parecen encajadas a mano, como un puzle, mientras que las ventanas, las puertas y el tejado de madera se complementan a la perfección.

Varios macetones de florecitas de colores llenan de vida la entrada y los laterales de la vivienda.

Apresurada, saco las llaves de mi bolso y abro la puerta. El interior no tiene el mismo encanto. Sin embargo, es funcional y está equipado con todo lo necesario para una estancia agradable.

Vuelvo al vehículo a por mis pertenencias cuando, justo en ese instante, veo acercarse a un jinete por el camino.

—¿Quién eres y qué haces invadiendo una propiedad privada?

Observo hipnotizada como el furioso cowboy , desde su montura y con una destreza admirable, controla al imponente semental negro. Una estampa impactante; si no fuera porque amenaza mi nuevo y precioso hogar, babearía en estos momentos.

Antes de que mis neuronas vuelvan a funcionar con normalidad, me interpela con aspereza:

—Te he hecho una pregunta. ¿Además de cara dura eres sorda?

Su tono irritado me saca de golpe de mi ensimismamiento. Me siento avergonzada por haberme dejado llevar por su atractivo.

—Para empezar, no he invadido ninguna propiedad privada, si estoy aquí es porque tengo las llaves y la autorización de la dueña. Deberías asesorarte mejor antes de ir por ahí intimidando a la gente —contesto con una seguridad que estoy lejos de sentir.

Él centra su mirada felina en mí, evaluándome, como un depredador a su presa para determinar hasta dónde es capaz de llegar. Noto cómo se me acelera el pulso. Está tan desbocado que lo escucho latir con frenesí en mis oídos.

Deseo meterme en el coche y huir despavorida, pero me quedo inmóvil y observo cómo se baja del caballo con un ágil movimiento.

Su porte impresiona, es alto, de hombros anchos y cintura estrecha.

Su rostro, de nariz aquilina, mentón recto y ojos grises de mirada intensa enmarcados por densas pestañas oscuras, le confiere un aspecto sumamente atractivo.

Y su boca, ¡Dios bendito!, su boca es una verdadera tentación.

—¿Crees que lo consigo? —inquiere con voz firme.

Parpadeo un par de veces en un vano intento de despejarme la mente.

—¿Qué? —pregunto confundida.

—Intimidar a la gente. —Su tono sigue siendo hostil, aunque creo ver un atisbo de sonrisa en sus labios. ¿Acaso se burla de mí?

—Mira, esta conversación no tiene sentido. Si tienes alguna duda sobre mi presencia en el rancho, hablas con la señora Charlotte, que es la dueña y la responsable de mi contratación —informo con aplomo.

—Oh, eso pienso hacer. Pero tú te vienes conmigo —exige como si tuviera el derecho a darme órdenes.

¿Quién se cree ese imbécil? ¿Será uno de los hijos de Charlotte? No, no puede ser, me niego a recibir órdenes de ese engreído, por muy guapo que sea. Además, con lo arrogante que es, se hubiera identificado desde hace rato como dueño y señor de todo lo que alcanza la vista.

—Ni hablar. No pienso acompañarte a ningún lado.

Sus ojos me recorren de pies a cabeza y noto cómo su mirada se oscurece. Mi respiración se atasca en mi garganta en cuanto su vista se clava en la mía, un ramalazo de deseo me estremece por completo. ¿Qué mierda me pasa?

Una pregunta retórica cuya respuesta conozco bien y que solo sirve para aumentar las ganas que tengo de perder de vista a ese cowboy presuntuoso.

—Te aconsejo que lo hagas, tengo poca tolerancia con los okupas.

Esto se desmadra. Tengo que pararle los pies.

—Y yo con los imbéciles engreídos —digo y me quedo tan pancha—. Ahora coge tu caballo y vete por donde has venido, tengo cosas más importantes que hacer —añado, dándole la espalda.

Sé que sigue ahí, mirándome con esos ojos tentadores, pero lo ignoro.

«He huido de mi hogar en busca de un sitio tranquilo donde olvidar el pasado y no voy a permitir que un cowboy del tres al cuarto arruine mis planes».

Me mantengo firme en la decisión que he tomado y abro el maletero del coche. A continuación, empiezo a descargar el equipaje; tampoco llevo gran cosa. Mi viejo coche solo me permitió traer lo necesario, lo demás lo iré trayendo poco a poco, a medida que mi situación laboral se afiance.

Sin aviso previo, siento como mis pies abandonan el suelo.

Pero no de la manera suave y delicada en que una mujer imagina ser levantada en vilo, ¡oh, no!

Me alza como un saco de patatas y me echa a horcajadas sobre el lomo del caballo.

Estoy completamente aturdida por la actuación del cowboy .

Sin embargo, miro hacia abajo y me doy cuenta de la distancia que hay entre mi posición y el suelo.

El miedo se apodera de mí y me agarro con fuerza a la crin del animal, este se pone nervioso y comienza a moverse impaciente.

—¡Bájame! ¡Bájame ahora mismo! —exijo con voz estridente a la vez que él se sube al caballo con un ágil movimiento.

Su cuerpo se pega al mío y dejo de respirar al sentir su brazo sobre mi estómago. Por un instante me quedo sin palabras, pero entonces la indignación y la rabia se abren paso a través de la sorpresa y vuelvo a gritar:

—¡Que me bajes, imbécil! ¡O me pongo a gritar para pedir ayuda!

—¿Ves a alguien a quien pedir auxilio? Porque yo no veo a nadie —susurra con la boca pegada a mi oído.

Me enfurezco aún más por la reacción que su cuerpo causa sobre el mío. Esto no me puede estar pasando, tiene que ser una pesadilla.

—¡Estás loco! ¡Detente ya! —chillo al ver cómo afloja las riendas al tiempo que espolea al caballo para ponerlo al galope.

Miedo.

Indignación.

Deseo.

Adrenalina.

Rabia.

Un cóctel de emociones me asola. No logro recordar haberme sentido tan viva como en estos momentos. Aunque ni en un millón de años permitiré que este cowboy imbécil, arrogante y engreído descubra lo que me hace sentir.

Él ignora mis súplicas y cabalga por el mismo camino que había recorrido hace solo un rato con mi coche.

No obstante, cuando veo que pasa el desvío que da acceso a la casa principal me asalta el miedo, miedo de verdad.

Me encuentro aprisionada entre sus brazos, con el trasero entre sus piernas y la espalda apoyada contra su pecho.

No puedo moverme, tampoco me sirve de nada gritar.

El único público que tengo son las vacas que pastan apacibles a ambos lados de la carretera.

Parece percibir mi inquietud, me aprisiona con más fuerza y obliga al caballo a aminorar el paso.

—Deja de retorcerte, preciosa, o Storm Night nos tirará al suelo —murmura, y yo casi puedo jurar que lo siento reír. Que se ría mientras tengo el corazón saliendo por la boca reactiva mi ira.

—No me llamo preciosa, me llamo Elle.

—Bonito nombre, pero no te pega. Prefiero llamarte preciosa.

Me entran ganas de mandarle a la mierda, pero al ver que se aparta del camino para avanzar campo a través —bordeando una densa arboleda—, pregunto:

—¿A dónde me llevas?

No hizo falta que contestara: nada más dejar el bosque atrás, nos topamos con la casa principal.

La sangre me hierve en las venas al constatar que ha estado jugando conmigo todo ese tiempo.

De hecho, estoy tan enfurecida que le pego un codazo con todas mis fuerzas.

Él se desequilibra y tira de las riendas con ímpetu, lo que provoca que el caballo frene de golpe y se eleve sobre sus patas traseras.

Cierro los ojos y grito con fuerza, de esta no me libro.

Unos segundos después, todavía con los ojos cerrados, me doy cuenta de que sigo viva. Y, por increíble que resulte, continúo sobre la montura.

—¿Te has vuelto loca? Podrías haberte matado —ruge a la vez que me baja con una facilidad pasmosa.

—A mí no me grites. El único loco aquí eres tú. Me has secuestrado, me has montado a la fuerza en esa bestia del demonio —tomo aire y sigo con mi sarta de reproches—, te has reído de mí cuando cabalgabas en círculos para desorientarme, me has intimidado, me has acusado de okupa, me has…

—Esta vez te has lucido, hermano.

—¿De verdad has hecho todo eso de lo que te acusan?

—¿Qué pasa aquí?

Miro desconcertada al público que no sabía que tenía y siento como mis mejillas se tiñen de rojo escarlata.

—Yo…, ese imb… —Me contengo porque está claro que el gilipollas que ha estado burlándose de mí es uno de los hijos de Charlotte—. Soy su nueva empleada, Mary Elle Stewart —digo cohibida mientras me acerco y le tiendo la mano.

—Ah, bienvenida. Charlotte. —Me estrecha la mano con más fuerza de la que esperaba por su dolencia—. Contigo quiero hablar, Caleb. —Señala a su hijo con un dedo acusador—. Acompáñame hasta el despacho.

Caleb sigue a su madre sin protestar, no sin antes lanzarme una mirada con la que deja claro que tenemos una conversación pendiente.

—Hola. Soy Liam, el hermano menor, mucho más agradable, divertido y guapo —me dice con una genuina sonrisa—. Diego, nuestro capataz. —Apunta al hombre mayor que está a su lado observándome con una mirada inquisitiva. Parece querer leerme el alma.

—Encantada de conoceros —digo avergonzada—. Siento el espectáculo. Normalmente no soy así —añado con sinceridad, aunque en las últimas semanas haya sacado mi carácter más veces de las que me gustaría.

Mi lema es pasar inadvertida.

—Nadie te lo ha tenido en cuenta. Caleb consigue sacar de quicio a cualquiera —informa Liam.

—¿Qué ha pasado para que acabaseis en esta situación? Si no es demasiada indiscreción —pregunta Diego.

Estoy dispuesta a contestarle, así evito alimentar rumores infundados. No obstante, Charlotte irrumpe en el patio antes de que suelte por mi boquita todas las lindezas que tengo preparadas para ese cowboy engreído.

—Ahora te toca a ti —informa con un tono enigmático. Me recuerda a mi madre cuando era pequeña y me castigaba por comer el postre antes de la comida.

Busco al responsable de que me encuentre en esta situación y la sonrisa ladeada que encuentro en su boca me acelera el corazón. ¿Cómo puede ser tan condenadamente guapo?

—Bueno, niña, siento el espectáculo que ha montado mi hijo.

Caleb suele ser muy temperamental. Pero me ha prometido que no te molestará más —indica que me siente a su lado en el amplio sillón de cuero marrón que está junto a uno de los ventanales—.

A decir verdad, en gran parte tengo la culpa.

La cabaña es suya y debí haberle pedido permiso antes de ofrecértela a ti.

El aire abandona mis pulmones. ¿Querrá eso decir que ya no podré trabajar en el rancho? No puedo tener tan mala suerte.

—Entonces, ¿me he quedado sin trabajo? —pregunto con el alma por los suelos.

—No, por supuesto que no. La artritis me está matando y ya no puedo atender a mis animalitos, tampoco puedo cuidar del huerto. Necesito ayuda.

—Claro. Lo siento —digo apenada.

—Sufro una enfermedad crónica que causa dolor, hinchazón y pérdida de la función articular, además de un cansancio inusual que me impide hacer nada.

Suele tener sus altibajos —explica a la vez que se masajea la muñeca de forma inconsciente—.

Llevo una temporada en que me encuentro bien, pero al más mínimo esfuerzo, recaigo.

Mirándola, nadie diría que está enferma. Parece tener más energía que todos juntos.

—Pediré a Liam que te acompañe a la cabaña para que recoja tus cosas.

La miro extrañada.

—Pensé que había llegado a un entendimiento con su hijo. Si tengo que vivir en el pueblo y costearme los gastos de alquiler y alimentación, más la gasolina para desplazarme, no podré, lo siento…

—Tranquila, hija. Te vas a quedar aquí con nosotros y, mientras recoges tus cosas, te preparo una habitación.

—Pero…

—Nada de peros, la casa es grande y tiene espacio de sobra.