Capítulo 2
Acabo de cerrar la última caja con cinta adhesiva. Toda mi vida clasificada y etiquetada, a la espera de ser encerrada y olvidada en un cuarto oscuro.
Un sentimiento agridulce me invade sin que pueda evitarlo. Por una parte, me siento aliviada por dejar el pasado atrás, pero, por otra, me asusta lo desconocido. Si bien, en mi caso, cualquier incógnita es mejor que mi actual realidad.
El encuentro con Selena se cuela en mi memoria.
Ha sido todo tan surrealista que prefiero mantenerlo en secreto.
De lo contrario, estaría reproduciendo el episodio una y otra vez, porque mis amigas no se darían por satisfechas hasta que no analizaran minuciosamente cada palabra.
Ahora que lo pienso, todos creerán que me voy de la ciudad por el anuncio de su feliz compromiso.
Nada más lejos de la realidad, mis sentimientos por Joe dejaron de existir hace tiempo.
Dejo la sensiblería a un lado y empiezo a trasladar mis pertenencias al coche de mi padre, me lo ha prestado esta mañana. Mi viejo Ford Ka no está para muchos trotes.
Con el maletero a rebosar, me dirijo a casa de mis padres. Como vivimos en el mismo barrio, no tardo nada en llegar. Mi madre sale a recibirme.
—Hola, hija. —La abrazo con cariño y la beso en la mejilla. La veo triste, no le hace ninguna gracia la decisión que he tomado.
—He hecho un hueco en el desván para que guardes tus cosas y he trasladado a mi cuarto de costura tu cama de soltera, que es más pequeña, para que puedas traer la de tu apartamento.
—Gracias, mamá. No sé qué haría sin vosotros.
—Sabes que siempre te apoyaré, Elle, por más que no esté de acuerdo con tu decisión.
—Lo sé, y agradezco la suerte de teneros a ti y a papá a mi lado. —Eso empieza a sonar a despedida y lo corto por lo sano. Lo último que me falta para ser la chica despechada del pueblo de forma oficial es echarme a llorar delante del vecindario.
Nos ponemos a descargar cajas en un reflexivo silencio, a pesar de que intuyo que la tregua no durará mucho. Ruby, mi madre, no es de las que se quedan calladas, seguro que busca el momento oportuno para darme su punto de vista.
—Mira este dibujo. —Saca un trozo de cartulina de una caja polvorienta y me lo pasa—. ¿Te acuerdas de lo que me dijiste cuando me lo regalaste?
Observo el dibujo mientras hago memoria; está claro que mis dotes artísticas son nulas.
Intentando descifrarlo, pongo toda mi atención en lo que parece un perro de patas kilométricas, atado a una especie de brócoli gigante.
Al lado, suspendidas en el aire como fantasmas, hay cuatro patatas, ¿o son cacahuetes?
A juzgar por los rasgos humanos que he querido atribuirles, supongo que son los hermanos que siempre he querido tener.
Aunque no me acuerdo de haberlo exteriorizado.
—Me hiciste este dibujo cuando tenías cuatro años.
Pensé que querías que te compráramos un perro o que te diéramos hermanitos.
—Sonríe con dulzura—. Sin embargo, me sorprendiste al decir que no era un perro, sino una vaca y que se llamaba Lola.
Decías que en cuanto fueras mayor comprarías una y vivirías en una casa grande llena de animales.
—Hay que ver la imaginación que tienen los niños —digo, con un nudo en la garganta—. ¿Y los cacahuetes qué son? —pregunto con la intención de impedir que mis sentimientos salgan a flote.
Mi madre suelta una carcajada.
—No sé lo que son o quiénes son, no quisiste decírmelo. Pero lo importante aquí son los sueños, hija. Tendemos a olvidarlos a medida que crecemos y es una gran equivocación. Debemos mantenerlos vivos.
—He leído en alguna parte que madurar es traicionarse paso a paso. Algo parecido pasa con los sueños, los sueltas para avanzar —«O para sobrevivir, como es mi caso», me digo a mí misma—. Mantenerlos es como nadar contracorriente, mamá —concluyo con pesar.
—No seas tan dura contigo misma, cariño. Todavía eres muy joven. —Toma aire y sé que ha llegado al meollo del asunto; ahora profundizará en el tema—: Te has enterado de que Joe se va a casar con Selena y por eso te marchas, ¿verdad?
—Mamá, yo…
—Cariño, no puedes trastocar tu vida por el imbécil de Joe —me interrumpe—.
No vale la pena que hagas eso por ningún hombre y menos por ese gusano infiel.
Si por lo menos dejaras que alguien se te acercara, seguro que encontrarías un hombre maravilloso que te amara como es debido —se desahoga visiblemente alterada.
Dios, cada día me cuesta más escuchar la misma letanía.
A veces tengo ganas de proclamar a gritos: «Soy la culpable de la muerte de Kevin y de que un inocente haya ido a prisión».
Quizás así se darían cuenta de que no me merezco nada más que la soledad, ese es mi castigo.
Y lo único que quiero es cumplir mi condena con dignidad, lejos de aquí, donde nadie me mire con pena, ni me haga sentir como una víctima.
Cierro los ojos y respiro hondo. Debo mantener la calma, debo hacerlo por mis padres. Ellos no se merecen cargar con mis errores.
—No es solo por eso. Necesito encontrarme, necesito volver a ser la que era antes, y aquí no voy a lograrlo.
—¡Ay, mi niña! Cómo me gustaría pegarle un par de hostias a ese idiota. Te juro que, si me lo encuentro por la calle, le doy su merecido.
—No pienso oponerme —Sonrío y la abrazo para que se calme—. Estaré bien, mamá. Wimberley está a solo una hora de distancia, prometo venir siempre que pueda.
—Más te vale, hija, o aparecemos por sorpresa.
Convencer a mi padre de que mi viejo coche está capacitado para emprender el viaje de una hora hasta el rancho no fue tarea fácil.
Tuve que enseñarle la factura del mecánico con la última revisión para que me dejara cargar mis pertenencias en el maletero.
Y esa no fue la única traba que me puso: el día anterior, junto con mi madre, le pidió a un amigo de la familia que es policía que investigara a mis empleadores.
Creo que con un par de días más hubieran encontrado algo para retenerme.
Me entristece ver cómo sufren con mi partida, pero también lo hacen viendo cómo vago por el mundo como un alma en pena.
«Hago lo correcto», me convenzo a mí misma mientras cierro el maletero.
—Hija, conduce con cuidado y llámanos nada más llegar —dice mi padre con los ojos vidriosos.
—Cariño, no te olvides de meter en la nevera la comida que te he preparado, con ese calor el hielo no durará mucho —me recuerda mi madre por enésima vez.
Cualquiera que nos escuche hablar pensará que me mudo a la otra punta del país. Ni cuando decidí ir a vivir sola se pusieron tan intensos.
—Tranquilizaos, lo tengo todo controlado —declaro al tiempo que los envuelvo en un abrazo grupal.
Mis amigas se acercan para despedirse.
—Te echaremos de menos —dice Zoe con dramatismo.
—Llámanos para lo que necesites —indica Phoebe.
—Chicas, la cercanía con mis padres os está afectando —protesto tras otra ronda de besos y abrazos—. Vendré los fines de semana que tenga libres, lo prometo.
Un par de recomendaciones más y por fin consigo meterme en el coche.
Me abrocho el cinturón y, tras comprobar el espejo retrovisor, arranco sin mirar atrás.
El corazón me late acelerado y siento como una oleada de sentimientos contradictorios me invade a medida que conduzco en dirección a las afueras.
Alivio por dejar atrás los fantasmas que tanto me atormentan y miedo a lo desconocido, a lo que me encontraré al poner los pies en el rancho.
No los conozco y solo puedo fiarme de la palabra de la doctora.
Si se ha equivocado, tendré que volver a casa de mis padres. Me estremezco solo de pensarlo.
«Todo saldrá bien».
«Todo saldrá bien».
«Todo saldrá bien».
Lo repito como un mantra una y otra vez en mi cabeza.
Más calmada y con los sentimientos bajo control, me centro en la carretera y olvido todo lo demás. Por suerte, el trayecto es corto y, aunque pillo atasco en la salida por un accidente, no tardo más de hora y media en llegar.
El pueblo parece agradable y a pesar del ajetreo de la hora punta percibo la conexión que hay entre los viandantes.
Se saludan, se paran a charlar como quienes disponen de todo el tiempo del mundo.
Quizás lo tengan, dada la forma amable en que tratan a los visitantes, pese a que dicha costumbre encubre sus verdaderas intenciones: entrevistarte en profundidad, como he podido comprobar.
Por poco consiguen un informe de mi vida amorosa, y eso que solo he parado para preguntar cómo se llegaba a la consulta de la doctora Margareth.
Sonrío al acordarme de las palabras de la médica. Según ella, Wimberley se autodenomina «un pedacito de cielo». Por lo que he visto hasta ahora, no lo pongo en duda, pero tantos curiosos sueltos por la ciudad pueden llegar a ser peligrosos para alguien con tantos secretos que ocultar como yo.
A medida que recorro las pintorescas calles del centro, repaso la información recopilada en mis conversaciones con la doctora y en mi búsqueda en san Google.
Wimberley ha servido de refugio para los artistas durante muchos años y eso se nota en la variedad de obras locales expuestas al aire libre. Los mercados semanales parecen propuestas interesantes. Quizás en algún momento me atreva a salir del rancho para comprobarlo por mí misma.
Otra de sus grandes atracciones son los parques naturales, como el parque regional Blue Hole y la montaña Old Baldy.
Dicen que son ideales para darse un chapuzón en verano.
Por lo que tengo entendido, uno de los pasatiempos preferidos de la región es recorrer los ríos en flotadores en forma de dónuts.
Muy tentador dadas las altas temperaturas.
Las barbacoas, las noches de fogatas y los festivales de música también se suman a la lista de actividades.
Estoy tan absorta en mis cavilaciones que casi choco con una camioneta de color rojo que acaba de incorporarse al tráfico de forma brusca y sin señalizar.
Por suerte, mis reflejos no me abandonan y hundo el pie en el freno.
La fuerza del frenazo me aplasta contra el volante y maldigo en voz alta al energúmeno que sale pitando sin siquiera mirar atrás.
Con el corazón latiéndome a toda velocidad, reanudo la marcha y me dirijo al aparcamiento de la consulta, que se encuentra a pocos metros.
Todavía con el susto en el cuerpo, salgo del coche y camino hasta el edificio de dos plantas, con la fachada de piedra y tejado a dos aguas; todo muy cuidado y rodeado de verde.
En la recepción hay una señora de mediana edad muy amable. En cuanto me identifico, me da la bienvenida al pueblo. Justo cuando empiezo a prepararme para otro interrogatorio, la doctora sale de su consulta. Voy a su encuentro con una sonrisa tímida.
—¡Qué alegría verte! —me saluda con entusiasmo.
—Lo mismo digo, doctora Margareth.
—Llámame Mag. Todos lo hacen —dice con un tono cálido—. ¿Has tenido un buen viaje?
—Sí, apenas he pillado tráfico. —Omito el incidente con la dichosa camioneta roja—. No hemos concretado ninguna hora y no sé si he llegado en buen momento. No me gustaría importunarla —justifico teniendo en cuenta su profesión.
—Tranquila, has llegado en el momento justo. Mi próximo paciente no llegará hasta dentro de media hora —informa y me invita a pasar a su consulta.
Cuando tomo asiento me explica de forma detallada cuáles van a ser mis obligaciones en el rancho y me pide que tenga paciencia con su amiga, ya que su actual estado de salud le juega una mala pasada.
—Aquí tienes la dirección y las llaves de tu nueva casa. Está a las afueras, en los terrenos del rancho. La cabaña lleva unos años deshabitada, pero Charlotte me ha asegurado que la han acondicionado para tu llegada.
La curiosidad me invade y no puedo evitar preguntarle:
—¿Cuántas personas viven en el rancho? ¿Estaré cerca de la casa principal?
—Estarás relativamente cerca, creo que hay un atajo campo a través. Respecto a los ocupantes del rancho, además de mi amiga y sus tres hijos, Mark, Caleb y Liam, están los peones y los trabajadores de la casa. La verdad es que no tengo una idea precisa de cuántos son.
Siento una cierta inquietud, no esperaba encontrarme a tantas personas con las que convivir.
—Estate tranquila, los trabajadores del rancho son gente de la región y nunca han dado problemas —puntualiza al interpretar de forma equivocada mi reacción—. Esta es una de las ventajas de vivir en un pueblo pequeño, todos nos conocemos.
Empiezo a cuestionar si no ha sido un error haber aceptado este trabajo. Lo más inteligente hubiera sido mudarme a la otra punta del país, a una ciudad ruidosa y superpoblada, donde nadie me mirase más de dos veces, donde fuese invisible.
—Gracias por todo, Mag —Me levanto—. Espero cumplir con las expectativas de tu amiga.
—Estoy segura de que lo harás, eres una chica dulce y muy atenta. Eso es todo lo que mi amiga necesita. —Me envuelve en un afectuoso abrazo—. Tienes mi teléfono, si necesitas cualquier cosa, no dudes en llamarme.