Corazón Salvaje (Cowboy 1) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Como hemos acordado, yo las sigo en mi coche.

La mansión está en lo alto de una colina, en una zona exclusiva rodeada de vegetación.

Nada más franquear el imponente portón de entrada me queda claro que la casa no se parece en nada a los lugares que frecuento en Austin.

No tanto por el lujo, sino porque es evidente que nos movemos entre gente famosa y exitosa.

Aparco mi gastado coche al lado de un Bentley Continental GTC. La comparación es tan absurda que no puedo evitar soltar una carcajada.

—Te dejo en buena compañía, amigo —bromeo en voz alta mientras cierro la puerta de un golpe. No lo hago por rabia, sino porque es la única manera de que encaje.

Mientras voy al encuentro de mis dos amigas, que me esperan en la escalinata, empiezo a arrepentirme de haberlas acompañado.

Por un momento, me planteo dar media vuelta y salir pitando.

No lo hago solo porque Zoe me coge de la mano y me arrastra dentro de la mansión, junto a la invitada de honor.

A partir de ahí, lo de pasar desapercibida se queda en el olvido.

La siguiente hora transcurre entre charlas vacías, risas forzadas y concursos de egos; estoy a punto de pegarme un tiro. Mi mirada se cruza con la de Zoe y no necesitamos palabras para que sepa que estoy al límite de mi paciencia.

—No hace falta que eches humo por la boca, ya he cumplido con mis deberes sociales. Ahora a emborracharnos para aguantar tanto aburrimiento —dice Zoe, guiándonos hasta la mesa de cócteles.

—Creo que la fiesta que nos interesa está en la zona de la piscina —confiesa Phoebe al intercambiar unas palabras con el camarero.

Antes de que pueda abrir la boca, me veo siendo conducida por dos torbellinos hasta el sitio indicado.

El cambio es radical, como salir del cielo para caer en el infierno.

En nada estamos riendo, abrazándonos y moviéndonos al ritmo de la música, cada vez más animada.

Mis amigas tontean y bailan con algunos de los chicos que se nos acercan, pero sé que no irán a más, esta noche es para nosotras.

Conforme avanza la velada, nos ponemos contentas con tantos chupitos, aunque yo finjo estar achispada, es más fácil actuar que dar explicaciones. Desde la fatídica noche, no he vuelto a perder el control.

—Brindemos —propone Phoebe con su vasito a rebosar.

—¡Por las mejores amigas del mundo mundial! —digo al levantar mi copa.

—¡Por las tabletas de chocolate! —añade Zoe, con una carcajada—. Me refiero a los abdominales.

Asentimos y volvemos a llenar el vaso. El contenido del mío ha ido a parar a la maceta que tengo justo atrás. Solo espero que nadie la use para apagar una colilla, porque estoy segura de que el contenido de la botella que hemos trincado al camarero es alcohol en estado puro.

—¡Brindo por los cowboys buenorros! —interviene Phoebe al tiempo que me guiña un ojo.

—¡Pues yo brindo por los condones de la talla XXL! —exclama Zoe con voz pastosa.

La risa no cesa y, entre carcajadas, seguimos con los brindis, a cada cual más absurdo. A nosotras se une un grupito que estaba al lado y la cosa se vuelve salvaje. Tanto, que empiezo a sentirme achispada de verdad, sin apenas haber probado el dichoso tequila.

Aprovecho que las chicas están bien acompañadas y salgo en busca de un baño.

El que está cerca de la piscina está ocupado, y cuando digo «ocupado» me refiero a que hay una pareja follando dentro.

Por los ruidos que se escuchan desde fuera, la empotra contra la puerta.

No me queda más remedio que buscar otro servicio o me haré pis encima.

Tras seguir las instrucciones de una camarera con la que me he cruzado al entrar a la mansión, subo a la segunda planta.

La zona está despejada y no tardo en llegar a mi objetivo.

Al salir, veo a una chica rubia retocándose el pintalabios en un espejo de mano mientras espera su vez.

Demoro un segundo en reconocerla y, al hacerlo, se me cae el alma a los pies.

—¡Vaya, vaya! Mira a quién tenemos aquí. Pero si es la mosquita muerta de Mary Elle —espeta la que fue mi mejor amiga, con la voz envenenada.

—¡Selena! —exclamo consternada por la sorpresa. Nunca esperé encontrármela aquí, ni en mis peores pesadillas—. Ya estaba de salida —digo para que se aparte de la puerta.

—¿Por qué tanta prisa? Aprovechemos que estamos solas para charlar un rato —sugiere con una sonrisa cínica.

—Tú y yo no tenemos nada de qué hablar —afirmo rotunda y trato de disimular la aprensión que su mera presencia me provoca.

En realidad, no es a ella a quien temo, hace mucho que olvidé su traición. Lo que me aterra son los recuerdos que trae a la superficie, recuerdos que lucho día a día por borrar de mi cabeza.

—En eso te equivocas. —Me empuja y se mete conmigo dentro del cuarto de baño, enseguida cierra la puerta tras ella—. Hace tiempo que sueño con este momento.

—No creo que estar encerradas en un baño sea algo digno de soñar.

—¿Te acuerdas de las palabras que me dijiste después de pillarme con Joe? —Ignora mi provocación y me pregunta.

—Han pasado cuatro años, Selena. Ya no tiene importancia, está olvidado.

—Te equivocas una vez más. Yo no lo he olvidado —pronuncia con un odio visceral—. Dijiste que Joe jamás se enamoraría de alguien como yo. Dijiste que lo único que buscaba en mí era sexo fácil, que me tiraría como un juguete roto cuando se aburriera —Se acerca de forma peligrosa—. ¿Ves esto?

Me restriega por la cara su anillo de compromiso, la joya tiene un pedrusco tan grande que casi me saca un ojo.

La aparto y la miro sin saber qué decir.

La encuentro en la cama con mi novio y resulta que la ofendida es ella.

Hay que tener morro. Por supuesto que le dije todas las lindezas que se me ocurrieron en su momento, joder.

Estaba cabreada y me sentía doblemente traicionada. Selena era como una hermana para mí.

—Sí, para no verlo. Por poco me arrancas un ojo. Ahora quítate de en medio, que quiero salir —pido con impaciencia. La situación es tan surrealista que no sé si ponerme a reír o a llorar.

—¿Es lo único que tienes que decir?

Suelto un bufido de exasperación.

—¿Qué esperabas que dijera, Selena? Puede que te soltara palabras ofensivas, estaba muy dolida.

Pero eso no te da derecho a reprocharme nada.

Te recuerdo que ya te encargaste, junto a Joe, de hacerme la vida imposible.

Habéis difundido mentiras sobre mí, me habéis dejado como la mala de la película.

Conseguisteis, a base de manipulaciones y engaños, que todos me dieran la espalda.

¿Qué más quieres? Creo que estamos en paz.

—Quiero que te mantengas lejos de Joe —dice con un tono desquiciado—. Sigues enamorada de él y ahora que me ha pedido matrimonio sé que intentarás recuperarlo.

—¡Madre mía! No sé lo que te has metido, pero te aconsejo que lo dejes. No te sienta nada bien.

—Me da igual que lo niegues y que intentes dejarme como una celosa patológica. Ambas sabemos la verdad. Por eso nunca has tenido otro novio ni has quedado con nadie más. Lo sigues queriendo.

Dios bendito. ¿Cómo es posible que haya acabado la noche así?

¿Cómo le explico a esa cabeza hueca que su novio me importa una mierda?

¿Cómo le digo que el motivo de mi reclusión, abstinencia, celibato o como diablos quiera llamarlo es otro bien distinto?

Un estremecimiento me atraviesa el cuerpo al sentir como un atisbo de recuerdo intenta regresar a mi mente.

Lo aplasto igual que en los últimos cuatro años.

Tengo que salir de aquí.

—Mira, Selena, Joe me importa un pimiento, puedes estar tranquila. Lo que ocurrió es agua pasada. De verdad, espero que os vaya muy bien —digo contundente. Y, sin esperar respuesta, la aparto de la puerta con firmeza.

Una vez que alcanzo el pasillo, respiro de alivio. Sabía que debería haberme quedado en casa.

Miro la hora en el móvil y son las doce en punto. Sin ningún cargo de conciencia, envío un mensaje al grupo «Las chicas son guerreras».

Me retiro antes de convertirme en calabaza. Disfrutad de la noche. Besos.