Corazón Salvaje (Cowboy 1) Capítulo 1
5%
Corazón Salvaje (Cowboy 1)

Corazón Salvaje (Cowboy 1)

Por A.M. Silva

© inepub.com

Capítulo 1

—Elle, ¿estás segura de que vas a aceptar ese trabajo?

La pregunta de mi padre abre heridas que siguen sin cicatrizar. Cierro los ojos y me dejo arrastrar cuatro años atrás, a la noche en que pillé a mi novio en plena faena con la que creía mi amiga. El muy sinvergüenza llevaba meses engañándome.

El dolor de la traición fue tal que deseé morirme. Ingenua de mí, hasta entonces desconocía la verdadera cara de la aflicción, esa que te deja sin aliento y te condena en vida.

—Sí, papá. Necesito un cambio de aires. Un nuevo comienzo sin nada que me recuerde el pasado —afirmo con pesar.

—Siempre estaré a tu lado y te apoyaré en lo que necesites. —Suelta un profundo suspiro—. Aunque ya sabes lo que opino: los problemas están en ti y se van contigo, vayas donde vayas. Tienes que hacerles frente para superarlos.

Ojalá fuera tan fácil. Un hombre murió y otro fue a prisión por mi culpa. ¿Cómo puedo hacer frente a eso?

Me despido con un nudo en la garganta. Dentro de una semana me trasladaré a Wimberley.

Un pintoresco pueblo de Texas situado en la confluencia del arroyo Cypress y el río Blanco, a solo una hora de Austin.

Me hubiera gustado encontrar un destino más lejano, pero los acontecimientos ocurridos hace nueve días precipitaron mi decisión.

Sin que pueda evitarlo, mi mente hace clic y empiezo a revivir lo sucedido.

Estábamos en hora punta y la pastelería rebosaba de clientes ávidos por disfrutar de los desayunos en oferta que servíamos los miércoles.

Había tanto ajetreo que no me fijé en que la señora Hart estaba sentada en una de las mesas de mi zona.

Siempre que ocurría, le pedía a mi compañera que la atendiera.

Esa vez fue inevitable. Cuando levanté la vista de la libreta, la tenía a ella y a sus dos amigas escudriñándome con la mirada.

Tragué saliva y me apresuré a tomar nota; estar en su presencia resultaba insoportable. Sin embargo, no fui lo bastante rápida para evitar oír a la mujer de la mesa de al lado consolándola por el aniversario de la muerte de su hijo.

Su reacción no se hizo esperar y de su garganta salió un llanto desgarrador que enmudeció el local.

Me quedé paralizada con el bolígrafo suspendido en el aire, apenas podía respirar.

El tiempo parecía haberse detenido, presente y pasado confluyeron en un mismo instante.

Por suerte intervino Isabella, la dueña de la pastelería, llevándosela a su casa, situada encima del local.

Aquello me dejó claro los pasos que debía seguir.

Tenía que huir a algún sitio donde nadie me conociera, donde nadie me recordara a Kevin cada dos por tres.

Seis días después, la oportunidad que ansiaba se presentó en la figura de la doctora Margareth Beaufort, una antigua cliente que llevaba tiempo sin aparecer por haber cambiado el estrés de la gran ciudad por el aire puro del campo.

Mientras la atendía, comentó que buscaba a alguien para trabajar en el rancho de una conocida.

En ese instante no mostré mucho interés, pues desconocía las labores del campo, pero cuando la vi salir la abordé y me ofrecí para el puesto.

A partir de ahí, todo sucedió a toda prisa.

Antes de darme cuenta, ya estaba contratada.

Aunque debo reconocer que conseguí el trabajo a base de maquillar mi currículum.

A decir verdad, tampoco mentí tanto: he ayudado en la cocina y el jardín en casa de mis padres, y eso tiene que valer como experiencia.

De gallinas no entiendo mucho; en realidad, jamás he visto una viva, pero, por lo que he visto en YouTube, son unos animalitos muy dóciles e inofensivos, lo único que hacen es comer maíz y poner huevos.

Según la doctora Margareth, mi empleadora se había encargado toda la vida del huerto y de la cría de gallinas camperas, además de trabajar en la cocina.

Hasta que le diagnosticaron artritis reumatoide, enfermedad que le impidió seguir con la mayoría de sus actividades.

Por eso me necesitaba. Y si ella pudo con la faena, yo también podré.

Dejo mis pensamientos a un lado y vuelvo al presente, a la desesperante tarea de empaquetar mis pertenencias. Todo lo que tengo está en estos cincuenta y cinco metros cuadrados y dentro de unos días serán historia, todo lo vivido aquí será olvidado, o eso espero.

Tras un rato de monótono trabajo encuentro, en el fondo de mi armario, una caja llena de recuerdos que creía haber destruido cuatro años atrás.

Siento su tacto bajo mis dedos y, de forma inconsciente, trazo las letras en relieve que componen mi nombre y el del que fue mi novio.

Se me forma un nudo en la garganta, de esos que hacen brotar las lágrimas.

Una vez más, el pasado regresa a mi memoria.

Lo ocurrido hace cuatro años dio un giro de ciento ochenta grados a mi vida.

No solo vi cómo me rompían el corazón, también lidié con la traición de quienes consideraba mis amigos.

Todos, salvo dos, me dieron la espalda para ponerse del lado de mi ex.

Y no se contentaron con eso: me hicieron la vida imposible y convirtieron mi último año de preparatoria en un infierno, lo que me llevó a cometer la mayor equivocación de mi vida.

Una que jamás olvidaré por más que intente poner distancia.

¿Y si mi padre tiene razón y debo hacer frente a lo sucedido? Pero ¿cómo?

El timbre suena, sacándome de mi agotador bucle.

—¡Hola! ¿Qué hacéis aquí? —pregunto sorprendida al ver a Zoe y Phoebe en la puerta—. Creía que ibais a ver el partido de fútbol en la universidad —comento mientras las dejo pasar. De todos mis amigos, ellas fueron las únicas que no se alejaron de mí.

—¿De verdad crees que te íbamos a dejar sola en estos momentos? —inquiere Phoebe con una sonrisa genuina en los labios al tiempo que Zoe me envuelve en un tierno abrazo.

Sus muestras de cariño me tocan la fibra sensible y tengo que usar todo mi autocontrol para no deshacerme en un mar de lágrimas. Ya he llorado demasiado y estoy harta de dar pena.

—Sois geniales, chicas, pero, como podéis ver —extiendo la vista y abarco la multitud de cajas apiladas en todo el salón—, lo tengo todo controlado.

—Pues mucho mejor, así no tendrás excusa para librarte de salir esta noche —replica Zoe con un brillo divertido en los ojos.

La muy cabrona sabe que me excuso en la mudanza para no ir de fiesta.

Desde el accidente apenas bebo y casi nunca salgo de casa, me escondo cuando se pone el sol.

Durante los últimos años he conseguido con éxito eludir sus insistentes invitaciones para disfrutar de los «placeres de la vida nocturna», según sus palabras.

Para mí, esas salidas suponen revivir mi eterna pesadilla.

—No, ni lo sueñes —digo tajante.

—Pero si todavía no sabes lo que tenemos planeado —protesta Phoebe con un bufido.

—Solo me ha hecho falta escuchar «salir esta noche» para saber que paso.

—Mi hermano Jeremy le ha organizado una fiesta sorpresa a su prometida, será en la casa de sus padres en West Lake Hills. No correrás el riesgo de encontrarte con ningún fantasma del pasado. Anda, lo pasaremos muy bien —expone Zoe.

—Me lo paso muy bien aquí, me encanta empaquetar y cerrar cajas —contesto sin dejarme convencer.

Jeremy es el hermano mayor de Zoe y desde que se ha prometido con una famosa escritora se mueve en otro círculo social. Tal vez tenga razón en lo que dice, aunque prefiero no arriesgarme.

—Habrá espectáculo de magia y acrobacias —insiste Zoe.

—Si quiero ver un espectáculo de talentos, enciendo la tele.

—Habrá comida pija y bebida gratis —puntualiza Phoebe.

—Estoy a dieta. —Señalo con los dedos mis caderas.

El gesto provoca que ambas pongan los ojos en blanco. Por supuesto que lo de la dieta no ha colado. Solo basta con mirarme para ver que no necesito dieta; todo lo contrario, estoy más delgada de la cuenta.

—Joder, Elle. Es nuestra última oportunidad de salir juntas antes de que te cambies de ciudad. Quizás pase mucho tiempo sin que podamos volver a vernos.

—No seas exagerada, Zoe. Wimberley está a solo una hora de Austin. Vendré los fines de semana —aseguro con firmeza.

—Ambas sabemos que no es verdad, odias conducir. Cuando metas la cabeza en ese rancho, ya no habrá quien te saque de allí.

Esta vez la que interviene es Phoebe y, muy a mi pesar, me quedo sin argumentos.

Seguramente me aislaré en el campo. Me haré amiga de las gallinas y excavaré en la tierra como un topo, hasta que esté jorobada y con la piel quemada y arrugada por el arduo trabajo a la intemperie. ¡Dios bendito! He perdido la cordura.

Dejo de desvariar y retomo la conversación.

—Chicas, sabéis que os adoro, pero, por favor, no insistáis más. No pienso cambiar de opinión.

—Te necesitamos. No nos dejes con ese montón de pijos e intelectuales estirados —murmura Zoe con un mohín.

La miro con el ceño fruncido. Y la muy pillina acentúa su cara de pena al sacar el labio inferior con un tierno puchero de bebé. Aguanto su mirada hasta que una sonrisa involuntaria se dibuja en mis labios. Ambas cantan victoria, sabiéndose ganadoras.

—Está bien, voy. Pero iré en mi coche y volveré cuando me dé la gana —claudico con un suspiro.

Esta noche vamos vestidas para arrasar. Por lo menos mis dos amigas, yo me he puesto lo único presentable que he encontrado en mi armario.

Phoebe lleva un vestido corto de color azul, a juego con sus ojos aguamarina y unas sandalias de tacón que, aunque no son muy altas, le hacen unas piernas kilométricas. La muy condenada tiene un cuerpo de infarto y es guapísima, parece una modelo de pasarela.

Zoe ha optado por un vestido entallado burdeos con un escote que deja sus hombros al descubierto. Le queda como un guante; ceñido lo suficiente como para resaltar sus curvas sin parecer demasiado evidente. Está preciosa.

En cuanto a mí, ante la falta de opciones, me he conformado con un vestido camisero negro y unas merceditas con purpurina. Sé que no luzco tan glamurosa como ellas, pero al menos espero pasar desapercibida.