Capítulo 40
Mark
Zoe se queda profundamente dormida después de nuestro encuentro amoroso.
Con ella siempre es especial, pero esta vez nos despojamos de todas las máscaras, nos mostramos tal cual somos y, nos aceptamos de igual forma.
Con un amor que me llena el pecho, que me recorre las venas como un elixir de la vida.
Ahora mismo me siento capaz de vencer todas las batallas que se presenten ante mí.
Lucharé por un futuro al lado de mi gata salvaje.
La dejo dormir y me levanto para echar una mano en las labores del rancho. Sé que no debo preocuparme. Diego es más que capaz de llevar el mando él solo, aun así, quiero echarle una mano hasta que llegue la hora de visitar a Elle en el hospital.
Liam me recibe en los establos con una sonrisa en los labios.
—Te veo renacido, hermano. La siesta te ha sentado bien.
—De maravilla —contesto sin ocultar mi felicidad—. ¿Cómo va todo por aquí?
—Dos vacas paridas en el campo. Tengo que salir para recuperarlas, ¿te apuntas? —Asiento. La vida en el rancho sigue su curso a pesar de nuestra ausencia.
Entre los dos encontramos las reses escurridizas, ambas ocultaron sus terneros entre la maleza.
Con pericia rescatamos los recién nacidos para cuidarles el ombligo.
Es muy importante desinfectarlos para evitar infecciones.
Una vez en el rancho ponemos madres e hijos juntos para que los terneros puedan alimentarse.
La escena es muy tierna y me hace recordar la cara de Zoe al presenciar un episodio similar.
Espero tener la oportunidad de compartir todas las maravillas de mi mundo con ella, deseo que se enamore de la vida en el campo.
Aunque si no lo consigo, me conformo con que siga enamorada de mí.
A la hora de la comida dejo a Liam con los peones y voy a la casa principal. Antes me doy una ducha y, mientras el agua se escurre por mi espalda, recuerdo la vez que Zoe me pilló desnudo —sonrío— hoy no me la puedo quitar de la cabeza.
Entro en el salón y mi madre me recibe con un afectuoso abrazo. Me extraña que esté sola.
—¿Dónde están las chicas? ¿La comida todavía no está?
—Nos hemos distraído con la noticia del embarazo —informa—. Phoebe está con Zoe y les enviaré un mensaje cuando Martina acabe —añade.
Su mirada indica que desea desahogarse. Sus ojos se empapan por la emoción y sé que no encuentra las palabras adecuadas.
—¿Qué pasa, mamá? ¿Todo bien?
—Me duele en el alma que hayas sido condenado injustamente, hijo. Y debo confesar que conocer la implicación de Elle me dejó conmocionada. —Su voz tiembla.
—No la culpes, por favor. Era solo una cría —intercedo por mi cuñada—. Además, te recuerdo que iba hasta las cejas de alcohol. Intentemos dejar todo eso atrás, ya hemos sufrido demasiado.
—Lo hago, hijo. No te preocupes, la quiero como a una hija y no la culpo. Sé que ella te salvó en el momento que más precisaba. Solo quería que supieras que a partir de ahora no permitiré que cargues con un muerto que no te corresponde, con todo el respeto a la familia del chico.
—Ya no me afecta como antes. He recuperado mi vida, mamá, he vuelto a ser lo que era. A decir verdad, soy una versión mejorada de mí mismo.
—Me alegra muchísimo que hayas podido superar todos los golpes de la vida sin perder tu esencia, sin dejar de ser el hijo amoroso, responsable y leal que hemos educado tu padre y yo.
¡Estoy muy orgullosa de ti, Mark! —Nos fundimos en un abrazo lleno de paz, de esos que logran acallar todas las voces discordantes de nuestro interior, que ahuyentan todo el mal.
Martina entra en el comedor y anuncia que la mesa ya está puesta, nos separamos aún emocionados.
—Ya subo yo para llamarlas —informo y salgo disparado.
Sigo el sonido de la voz de Phoebe, viene del cuarto destinado a los preparativos de la boda. Nada más me acerco, escucho:
—¿Qué crees que va a pasar ahora?
—No lo sé, pero no creo que Elle esté en condiciones de seguir con la boda —contesta Zoe con un tono cargado de pesar.
—¿Interrumpo? —Entreabro la puerta lo suficiente para asomar la cabeza.
Me permiten el paso, pero ya solo tengo ojos para Zoe. Nuestras miradas se encuentran como dos imanes de polos opuestos. La sensación de plenitud de esta mañana aún se mantiene intacta.
—Mejor me bajo antes de que provoquéis una combustión espontánea —anuncia Phoebe desde algún lugar de la habitación.
Unimos nuestras bocas en un beso demoledor; de esos que te hacen tocar el cielo mientras ardes en llamas.
—Te he echado de menos cuando desperté —susurra al apartarse.
—Dormías profundamente y preferí dejarte descansar… —Paso el pulgar por su labio inferior, aún marcado por mis besos—. Pero he pasado la mañana pensando en ti, en nosotros —confieso.
—Me alegra saberlo, cowboy , porque yo tampoco he podido dejar de pensar en ti.
Lucho con las ganas de volver a besarla porque sé que no me conformaré con un solo beso. Además, nos esperan abajo con la mesa puesta.
La saco del dormitorio y cogidos de la mano entramos en el salón comedor.
—No hace falta que mantengas la comida en la estufa, Martina. Al final, vamos a comer —dice mi madre sin disimular su diversión.
Phoebe simula un ataque de tos, Zoe masculla un «bruja» de forma cariñosa y yo me parto de la risa.
El ambiente es relajado a pesar de los nubarrones que se forman en el horizonte. Parece que tenemos un acuerdo velado de solo centrarnos en el presente: en el bebé que está de camino y en estar vivos.
Un par de horas más tarde llegamos al hospital. Y, al contrario de lo que esperábamos, no podemos entrar en grupo para ver a Elle. El doctor Carter ha dejado instrucciones claras: dos o tres visitantes a la vez, con una duración entre diez a veinte minutos.
Damos la prioridad a mi madre y dejamos que la acompañe Liam.
Veinte minutos después entramos Zoe, Phoebe y yo. Mi hermano Caleb se encuentra al lado de la cama, sentado en la butaca hospitalaria. Su rostro se ve marcado por el cansancio, pero el júbilo reflejado en sus ojos anula todo lo demás.
Elle se emociona al abrazar a sus amigas. Les dejo unos minutos antes de acercarme y aprovecho para dirigirme a Caleb:
—Vete a casa, hermano. Tómate una ducha y come en condiciones. No le servirás de nada a Elle si caes enfermo.
Se resiste a salir de su lado, pero yo insisto y acabo convenciéndolo después de prometer que le haré compañía mientras no esté.
—¿Cómo está mi sobrino? —pregunto cuando al fin puedo abrazarla.
Su alegría se irradia por la habitación contagiándonos a todos. El embarazo es como un rayo de sol en medio de la tempestad.
Mantenemos una conversación distendida. Evitamos en todo momento tocar temas escabrosos. Nos quedamos hasta ser sustituidos por los padres de Elle. La noticia les pilló de viaje y estaban como locos para ver a su hija.
Nos reunimos con los demás en la sala de espera. Mi madre y las chicas están eufóricas con la llegada del bebé. Estoy seguro de que Zoe ya ha empezado a elaborar una de sus interminables listas. Será la criatura más coqueta de los alrededores.
Caleb aparece casi una hora después de su salida munido de un ramo de flores y una caja de bombones. Liam y yo nos miramos con la boca abierta, ni en nuestros sueños más descabellados habríamos presagiado que algún día podríamos devolverle todas las burlas que nos hizo por ser románticos.
—Ni una palabra —advierte con firmeza—. Y tú, ¿qué haces aquí? Prometiste que no la dejarías sola.
—Sus padres están con ella —contesto con tranquilidad—. Has acertado con las flores y con el chocolate. Cualquiera diría que es tu primera vez. Creo que nos has engañado todo este tiempo —añado con sorna.
—¡Que os den! —exclama malhumorado, alejándose.
Estallamos en una sonora carcajada, incluso mi madre se ríe. Aunque enseguida, nos echa la bronca y nos pide que no le increpemos. Promesa que no pretendemos cumplir: mi hermano ha entrado al club de los románticos y no hay vuelta atrás.
Mientras esperamos a los padres de Elle para volver al rancho, recibo una llamada de Cristian, es para su hermana, que aún sigue sin móvil. Tras un breve intercambio de palabras le paso el teléfono.
Zoe se aparta a una zona más privada y se dispone a coger la llamada. Su semblante es una montaña rusa de emociones: pasa del alivio a la indignación, del miedo a un coraje feroz, para sucumbir en una profunda tristeza.
Corta la comunicación, pero al ver que no se mueve me voy a su encuentro. La envuelvo entre mis brazos y dejo que su rostro descanse sobre mi pecho. No digo nada, solo espero paciente a que se recupere. Cuando se aparta y me mira a los ojos, le pregunto:
—¿Qué ha pasado, cariño?
—Mi hermano ha recobrado la consciencia, aunque sigue hospitalizado. Pero ese no es el problema. Ha dicho que nunca tuvo intención de atentar contra mí o contra nadie. Afirmó que solo seguía la corriente a Tobías, que su única intención era ganar tiempo para conseguir salvarnos a todos.
—¡Hijo de puta! Se está victimizando —estallo indignado.
—Eso no es lo peor, mi padre exige que modifique mi declaración. —El dolor que veo en sus ojos me corta el corazón—. Dios, Mark, no ha sido capaz de llamarme, no le importo lo más mínimo. Solo quiere salvar a su hijo predilecto.
—Y Cristian, ¿qué te dijo? —pregunto con temor.
—Que no me preocupe por nada. Que él se encargará de Jeremy y de nuestro padre. —Respira hondo.
—Confiemos en tu hermano, en la justicia. —Oculto mi preocupación.
Elle lleva dos días en el rancho. Su recuperación no es compatible con sus actividades diarias y esto la tiene de un humor de mil demonios, parece otra persona; dicen que es por las hormonas del embarazo.
Caleb es el que se lleva la peor parte, el pobre ya no sabe qué hacer.
En un principio, pensé que mi cuñada lo castigaba por su reacción en el aparcamiento, pero después de hablar con ambos me quedé aliviado.
Mi hermano la escuchó con el corazón y, tras comprender toda la historia, le pidió perdón de rodillas.
La madre de Elle decidió quedarse unos días más en el rancho.
Su presencia es de gran ayuda en los cuidados de la herida de mi cuñada, debido a sus conocimientos en primeros auxilios.
Su esposo tuvo que volver a Austin y Phoebe lo acompañó para coger su vuelo a Nueva York, su jefe no le permitió quedarse unos días más con sus amigas.
Poco a poco la rutina se impone y la vida en el rancho recupera la normalidad, o casi.
El personal extra que contratamos para vigilar nuestras tierras nos recuerda que aún no hemos conseguido pasar página.
Aunque en estos momentos la que más me preocupa es Zoe.
Desde la conversación con su hermano en el hospital no es la misma.
El rechazo de sus padres le causa demasiado daño, por suerte tiene a sus dos hermanos llamándola a diario.
Yo tampoco la dejo sola, a pesar de mis responsabilidades. Ayer, por ejemplo, la llevé a ver los dos terneros recién nacidos y se volvió loca. Incluso quería llevarlos a casa, como si fuesen unas mascotas.
Espero conseguir levantarle el ánimo con estos pequeños actos. Por las noches, no tengo problema. La hago olvidar hasta su nombre.
«Dios, nunca tendré lo suficiente. La amo, como jamás pensé que fuera posible».
—Madre mía, empezáis a preocuparme —se burla Liam, liberándome de mi ensoñación—. No sé quién está peor, si tú o Caleb.
—Ahora mismo te puedo asegurar que Caleb está peor, mucho peor. —Ambos nos partimos de la risa al ver cómo mi hermano le habla al vientre de Elle.
—¿Qué os hace tanta gracia? —pregunta Zoe mientras se acerca al mueble bar.
—Nada. Ya sabes cómo es Liam. —El aludido refunfuña antes de coger su chupito de licor de café—. ¿Qué te apetece, cielo?
—Lo que de verdad me apetece tendrá que esperar. —Se muerde el labio, lo que provoca que llene la copa de Caleb hasta el borde—. Por ahora, me conformo con una copa de Frangelico.
—Te gusta jugar con fuego, ¿eh, preciosa?
—Contigo, siempre. —Deposita un suave beso en mis labios y aprovecho para tentarla al introducir mi lengua en la abertura de su boca.
Sus ojos brillan como el chocolate derretido, llenos de promesas pecaminosas. Me entran ganas de echarla sobre mis hombros como el cavernícola de mi hermano, pero me controlo. La espera siempre merece la pena.
Termino de servir las bebidas y, con su ayuda, servimos a los demás: un té de jengibre para Charlotte, Elle y su madre, un whisky de malta para Caleb, la copa de Frangelico con hielo para Zoe y un café solo para mí.
Como siempre, aprovechamos ese tiempo de reunión familiar para ponernos al día sobre los temas del rancho.
Es una costumbre que mantenemos intacta desde la muerte de mi padre.
Aunque ahora, con nuevos miembros en la familia, los asuntos se han diversificado.
Tanto hablamos de pastoreo como de decoración, de bebés y bodas.
La madre de Elle decide tocar el tema que todos preferimos evitar, o por lo menos aplazar al máximo.
—Sé que no queréis hablar sobre la boda, pero tenemos que empezar con las gestiones para cancelarla. Hay que afrontarlo, no podemos dejarlo para el último momento.
Sus palabras caen como un jarro de agua fría, echándonos en cara la realidad aplastante que nos rodea.
Nadie es capaz de abrir la boca. Mi madre tiene los ojos húmedos y a Zoe se le escapa una lagrimilla.
Liam, Caleb y yo nos miramos impotentes, ojalá hubiéramos podido evitar esa situación.
Elle, que se ha mantenido impasible durante estos largos minutos, habla con firmeza:
—¡No vamos a cancelar la boda! Esos malnacidos ya nos han quitado demasiado. —Su voz tiembla.
—Pero, hija, el médico te recomendó reposo. ¿Cómo vas a hacer con el brazo? Ni siquiera puedes ponerte el vestido.
—Me casaré. Me pondré el vestido, aunque tenga que descoserlo y adaptarlo a mi propio cuerpo. Nadie me va a quitar eso, sueño con la boda desde hace meses. —Ahora su voz es firme, decidida, incuestionable.
—Pues ya está dicho, preciosa. Nos casaremos como estaba previsto —afianza Caleb.