Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 39
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Capítulo 39

Zoe

Vuelvo a la sala de espera con una camiseta limpia, esa es una de las ventajas de vivir en un pueblo tan pequeño. Todos se conocen y se ayudan.

El sheriff habla con Cristian, ambos parecen tensos. Mark también está con ellos y es el primero en notar mi presencia. Su mirada protectora me da fuerza para caminar en su dirección.

—Barry ha venido a tomar tu declaración, pero si no te encuentras bien, puedo decirle que se pase por el rancho más tarde.

—Creo que jamás estaré preparada para este momento. Así que mejor quitárselo del medio cuanto antes.

—No estás sola, cielo, saldremos de esta juntos. —Mark me pega a su cuerpo y deposita un suave beso en mis labios. Su apoyo lo es todo para mí, sin él seguiría instalada en la desconexión sensorial mencionada por la doctora.

Cristian se gira hacia mí con un semblante más relajado, al parecer ha podido llegar a un acuerdo con Barry.

—Te acompañaré en la declaración, luego me iré en cuanto llegue el helicóptero médico que solicité.

—¿Qué pasará a partir de ahora? —pregunto a mi hermano.

—Designaré un buen abogado de acusación para representaros, es importante que estéis bien asesorados. El senador no va a jugar limpio, así que debéis andar con cuidado.

—Después de lo que ha pasado, no creo que sea capaz de intentar nada contra nosotras —afirmo.

—Físicamente no, pero intentará por todos los medios desacreditaros.

Buscará que vuestra palabra no tenga ninguna credibilidad.

—Un ligero temblor sacude mi cuerpo. Sabía que la situación se pondría fea, solo no imaginé hasta qué punto—.

No te preocupes, cuentas conmigo y con Bruce.

Solo sigue mis instrucciones y todo saldrá bien.

Asiento cabizbaja. Pensar en lo que viene me deprime.

—Sé fuerte, pequeña, ese caso se solucionará pronto.

Los implicados querrán que lo sucedido caiga en el olvido lo más breve posible.

—Me da un abrazo de oso—. Una última recomendación, nada de hablar con la prensa y, de momento, es mejor que no aparezcas por Austin.

Ya hablé con Mark y Caleb para que redoblen la seguridad, de lo contrario, saldrán reporteros hasta debajo de las piedras.

—Busca con la mirada la complicidad de mi cowboy .

—He dicho a tu hermano que puede estar tranquilo, no habrá un lugar más seguro para vosotras que el rancho. —Pasa el brazo por mi cintura de forma protectora.

—Pondré a un par de agentes a patrullar por los alrededores. Ahora que sabemos a quién nos enfrentamos, estaremos preparados —agrega el sheriff .

Tras esa breve charla de seguridad, que solo sirvió para ponerme más nerviosa, nos dirigimos a la sala de reuniones que nos ofreció la doctora Margareth para prestar, al fin, la temida declaración.

Procuro abstraerme del hecho de que uno de los implicados es de mi propia sangre y trato de ser lo más minuciosa posible.

A medida que mi testimonio avanza, tanto Mark como mi hermano montan en cólera.

Barry incluso les amenaza con expulsarlos de la sala si vuelven a interrumpirme.

Busco fuerzas de donde no las hay y preciso cada detalle, cada palabra, cada amenaza, cada agresión.

El sheriff toma nota sin pestañear, además, graba la conversación en video a través de la cámara corporal de dotación oficial: la bodycam.

Acabo agotada y con un fuerte dolor de cabeza.

—Muy bien. Si has olvidado algún detalle, podrás ampliar la declaración cuando la ratifiques en comisaría. Si necesito más información, me paso por el rancho.

—Gracias, sheriff , por todo lo que habéis hecho por nosotras —digo mientras acepto su mano tendida.

Mi hermano se despide en el momento en que llega el helicóptero y, junto a Barry, se retiran para gestionar el traslado.

Nos unimos a Charlotte, Liam y a Phoebe para esperar el parte médico de Elle.

A pesar de la información ofrecida por Margareth, no estaremos tranquilos hasta que salga el doctor Carter con el veredicto.

Un rayo de sol se filtra por la ventana y roza mi rostro, la sensación es agradable y me acurruco en la mullida almohada. O eso creía, la almohada no es mullida, sino maciza, y se mueve. Me espabilo de golpe al recordar lo sucedido.

—Ya es de día, cielo. —Me deposita un suave beso en los labios—. Te quedaste frita —dice al tiempo que me ofrece una humeante taza de café.

—¿Alguna noticia de Elle?

—Sí, hace un rato salió el doctor Carter. Todo ha ido bien y por suerte no ha habido daños severos. Según el médico se trata de una trayectoria limpia: la bala pasó entre los haces musculares, nervios principales y grandes vasos sanguíneos sin lesionarlos de gravedad. Un auténtico milagro.

—Tuvimos mucha suerte, aún me cuesta creer que saliéramos con vida. ¿Sabes algo del embarazo?

—¿Lo sabías? —pregunta con entusiasmo—. Pensé que te iba a dar una gran sorpresa.

—Elle no estaba segura, me lo confesó justo cuando pensábamos que no lo contábamos. Pero ¿está bien? ¿El feto está fuera de peligro?

A pesar de la alegría de Mark por la noticia, sé que aún está preocupado.

Su respuesta me lo corrobora: mi amiga requerirá, durante las próximas semanas, cuidados específicos con el fin de evitar que la herida se infecte.

Además, tendrá que usar una férula para disminuir la tensión en el brazo y favorecer la cicatrización de los tejidos blandos.

En cuanto al embarazo, los primeros exámenes no muestran ninguna anomalía para una gestación de doce semanas.

Pero el equipo de obstetricia realizará un control minucioso mediante ecografías seriadas y Doppler fetal intermitente durante al menos veinticuatro horas.

Más adelante, se programarán ultrasonidos de control a lo largo de la gestación para evaluar el líquido amniótico y el crecimiento intrauterino.

Justo cuando terminamos de hablar, Charlotte, Phoebe y Liam entran en la sala de espera.

Por lo visto, querían ver a Elle, pero las visitas solo están permitidas por la tarde.

El único que ha podido entrar es Caleb, que aún sigue dentro de la sala de recuperación, y, por lo que le conozco, seguirá ahí hasta que le echen los de seguridad.

Espero que esto signifique que hayan podido arreglar lo suyo.

—¿Te has enterado de la buena nueva? —pregunta Charlotte mientras me abraza.

—Sí, felicidades, abuela.

—Después del susto que hemos pasado, Dios nos brinda con el milagro más grandioso: una nueva vida, un nuevo integrante en la familia Wolf. Espero que sea el primero de muchos. —Me mira con intensidad, luego posa sus ojos azules sobre su hijo mayor.

—A mí, no me mires, guapa. Confórmate con el que está de camino —refuto con firmeza.

—Hablando de abuelas, ¿alguien se ha acordado de llamar a los padres de Elle? —pregunta Phoebe.

La sensación de abandono se activa en mi interior, a pesar de no tener mi móvil a mano, lo tiene la policía, estoy segura de que no recibí ninguna llamada de mis padres.

Y, ante el panorama mediático y judicial que les aguarda, no creo que la reciba.

Y si lo hacen, será para persuadirme a no declarar en contra de mi hermano.

«Que esperen sentados, no se lo voy a perdonar tan fácil».

—Sí, Caleb les ha llamado. Estaban de viaje y llegarán más tarde —contesta Phoebe.

Decidimos regresar al rancho. Todos estamos cansados, hambrientos y necesitados de un baño urgente. El último va por mí, pese a la camiseta prestada por la doctora, siento el olor de la sangre cada vez que el aire mueve mi pelo.

Liam se encarga de llevarnos al rancho, por suerte ha traído la camioneta Chevrolet de doble cabina.

Me siento atrás, acurrucándome contra el pecho de Mark.

Nunca he sentido tanta necesidad del contacto humano como en este momento.

Aunque no me sirve cualquiera, solo mi cowboy .

Solo en sus brazos encuentro la paz que me salva de volver al infierno de la cabaña.

El trayecto transcurre en un silencio introspectivo, cada cual intenta gestionar sus emociones.

Diego y Martina nos reciben con gran entusiasmo.

El capataz incluso tiene los ojos cuajados al abrazarme.

Tras ponerles al tanto de lo sucedido nos dirigimos al comedor, Charlotte avisó de nuestro regreso y su ayudante nos preparó un desayuno de reyes.

El tema de conversación preferido de todos los comensales sin duda es el embarazo de mi amiga.

Ya tenemos hasta apuesta sobre el sexo del bebé.

De momento, la niña gana. Me imagino una niñita regordeta de pelo rubio con tirabuzones, sonrisa desdentada y ojos grises y se me activa el reloj biológico.

Charlotte es la primera en retirarse, el cansancio acumulado pasa factura a su cuerpo, castigado por la enfermedad. Mark y yo somos los siguientes.

Ya no es secreto para nadie que estamos juntos, así que subimos las escaleras que conducen al segundo piso, a mi habitación, cogidos de la mano.

—Dios, solo hay una cosa que deseaba más que comer —digo al poner un pie en mi dormitorio—. Ducharme a conciencia —añado.

—Te puedo ayudar con eso. —Me dedica esa sonrisa suya, esa que me quita el aliento y me produce mariposas en el estómago—. Puedo ser muy concienzudo.

—Habrá que comprobarlo, ¿no?

Me coge de la mano y juntos entramos en el cuarto de baño. Empiezo a desnudarme, pero me detiene.

—Déjamelo, Zoe. Quiero cuidarte, quiero mimarte —dice mientras me quita la camiseta.

Sus dedos se deslizan por mi piel con extrema suavidad.

Provoca que todos los poros se ericen. Con una lentitud desquiciante va deshaciéndose de cada prenda y, en cada lugar descubierto, deposita abrasadores besos.

Todo mi cuerpo arde de deseo, pero sé que su intención inmediata no es satisfacerme, sino torturarme.

Intento desnudarlo para llevarlo al límite, tal y como él lo hace conmigo, en vano.

Su determinación es férrea y, mientras no cumpla su cometido, no se dará por satisfecho.

Así que cierro los ojos y permito que todos mis sentidos se agudicen.

Siento los estímulos externos con mayor intensidad: el olor a lavanda de mi gel de ducha, la cremosidad de la espuma cosquilleándome la piel, la esponja de fibra natural que remueve cada célula muerta, el chorro de agua templada que masajea cada músculo y, por fin, a Mark, que despierta cada terminación nerviosa de mi cuerpo con el tacto de sus manos, con sus dedos traviesos, con su lengua atrevida.

Ardo en llamas que consumen cada fibra de mi ser. Deseo sentirlo sobre mí, dentro de mí, en todas partes posibles…

—Te necesito, Mark. Fóllame hasta que pierda el sentido. Hasta que olvide todo lo sucedido.

—Haré mucho más que eso, cariño. Te haré el amor hasta que no sepas dónde empieza tu placer y dónde acaba el mío.

Tras su evocadora frase me coge la mano, la llena de gel y la frota una contra la otra hasta que el líquido se convierte en una cremosa espuma.

A continuación, me lleva la mano a su miembro, marca el ritmo deseado.

Asumo el control recreándome en cada rincón de su cuerpo.

Cuando estamos al borde de la locura me coge en brazos y me lleva a la cama.

Donde me hace el amor con reverencia, cuida de mis emociones tal como yo cuido de las suyas.

Nos unimos en una danza sexual que va más allá del físico, es un encuentro de almas, una aceptación total del otro.

Es amor en su forma más pura, más sana, más conmovedora…