Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 37
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Capítulo 37

Mark

Cada palabra de Cristian perfora mi cerebro, y cada sílaba cobra sentido a medida que sale de su boca.

Una vez más compruebo que mi intuición no falla.

La visita de Zoe y Elle al bufete las puso en el punto de mira del tal Tobías, aunque si Amanda está metida en toda esa mierda, todo empezó cuando salí de la cárcel.

Quizás la presencia de Elle en el rancho haya sido el detonante.

Sea como fuere, siento que Cristian tiene razón.

—¿Cómo encaja todo eso con tu hermano? ¿Crees que él sería capaz de atentar contra su propia sangre? —pregunta Barry, dejándonos impactados.

Veo cómo Cristian se debate entre la ética y la lealtad, entre la salvación y la condena de un ser querido. Veo su dolor, sus dudas, pero por encima de todo, veo su sentido de la justicia. Su determinación en hacer lo correcto.

—El senador va a apoyar a Jeremy en su candidatura a la fiscalía.

Ese siempre ha sido su proyecto vital y, por más que me duela admitirlo, creo que sería capaz de atentar contra todo aquel que se interponga en su camino —dice con firmeza y resignación a la vez—.

Si lo que sucedió en el pasado sale a la luz, no solo el senador y su hijo saldrán perjudicados, mi hermano perderá su gran oportunidad: ser el Fiscal de Distrito más joven de Texas.

—Joder, eso cada vez se pone peor —masculla Barry.

—Eres el sheriff , tienes que intervenir —implora Caleb, sin emplear su bravuconería de siempre.

Un sollozo ahogado capta mi atención, es Phoebe. Está junto a Liam, que la sostiene. Quiero decirle unas palabras tranquilizadoras, pero no me siento capaz. La gravedad de la situación me tiene paralizado.

—Como sheriff , necesito la firma de un juez para arrestar a Tobías. Seamos objetivos: ningún juez se jugará la carrera basándose en pruebas circunstanciales. Menos aún cuando el sospechoso es el hijo del senador más poderoso de Texas.

La conmoción da paso a la indignación y a la desesperación.

Phoebe reacciona a las palabras del sheriff y empieza a despotricar con la fuerza de una guerrera vikinga; Cristian es el primero en caer, luego le sigue Barry, y con este se queda a gusto.

Incluso Liam, que no ha abierto la boca, recibe lo suyo.

Yo me libro, no porque decida indultarme, sino porque antes de que llegue a señalarme con su dedo acusador, me viene un recuerdo a la mente.

—Creo que tengo una pista —capto la atención de todos—.

Cuando los padres de Amanda vendieron sus tierras a Allan, este convirtió parte de la zona en una especie de campamento rural centrado en los terrenos cercanos a la carretera principal.

Sin embargo, recuerdo que la familia de mi ex poseía una cabaña de pesca en la parte alta del río, un área aislada y de difícil acceso.

—A la que se puede acceder desde la antigua carretera del condado —agrega Caleb con un brillo de esperanza en los ojos.

—Exactamente. Si estamos en lo cierto, el hijo del senador y el hermano de Zoe no pueden estar lejos. No serían tan tontos de exponerse. ¿Qué mejor escondite que este para pasar inadvertidos?

—Necesito a McGraw —ordena el sheriff en su walkie-talkie policial.

El detective tiene experiencia militar. Además, conoce a exparamilitares que viven en la zona. Necesitaremos a ambos para enfrentar a los mercenarios de Harris.

Tras tomar la decisión, Barry disuelve el operativo del aparcamiento y solo sus agentes de mayor confianza nos siguen hasta el rancho.

Una vez reunidos, trazamos un plan de actuación junto a McGraw y los dos individuos encapuchados que le acompañan.

El arsenal que traen es digno de una película de guerra.

Incluso el sheriff se queda sorprendido.

En realidad, su asombro no se debe solo a la tecnología punta que manejan, sino al rol jerárquico que asume uno de los encapuchados.

Al sheriff no le queda otra que aceptar, ya que la intervención no se llevará a cabo por parte de la policía. Estos solo actuarán después de la extracción de las chicas, palabras literales de nuestros nuevos amigos.

En tiempo récord sentamos las bases para el rescate.

Lo difícil es lograr que Caleb se quede en la retaguardia.

Mi hermano está empeñado en ser el héroe del cuento que salva a la princesa de las garras del dragón.

También nos cuesta tranquilizar a Charlotte.

Mi madre quiere a Elle como a una hija y a Zoe le ha tomado mucho cariño estos meses.

Por suerte contamos con la ayuda de Phoebe, ella y Liam se quedarán en el rancho mientras llevamos a cabo el rescate.

—Por favor, tráiganme a mis niñas sanas y salvas. —Mi madre le ruega al jefe de los encapuchados.

—Tranquilícese, señora. Ese es nuestro trabajo y le puedo asegurar que nunca hemos perdido a un rehén.

El vaticinio del jefe de los exparamilitares flota en el aire, mientras abandonamos el rancho en tres coches: el primero, con los encapuchados y McGraw, que van de avanzada; el segundo, con Barry, Cristian, mi hermano y yo; y el tercero, con los dos agentes de confianza del sheriff .

El trayecto no es fácil, la antigua carretera lleva años sin manutención, lo que la convierte en un auténtico campo de minas. Evitar los baches y los surcos causados por las lluvias nos supone una pérdida de tiempo valiosa. Por momentos pienso que tendremos que buscar una ruta alternativa.

Felizmente, salimos indemnes gracias a la ayuda de los encapuchados.

Nada más alcanzar el punto seguro establecido por el equipo del detective, continuamos a pie.

El primer grupo nos lleva quince minutos de ventaja, pero podemos monitorear su avance mediante un despliegue tecnológico que pensaba que solo existía en las películas de acción.

Según Barry, ese tipo de tecnología transforma teléfonos y tabletas en mapas vivos donde cada operador comparte su posición GPS.

Además, transmite vídeo en directo, marca posiciones enemigas y envía mensajes encriptados sin emitir señales de radio detectables.

Una pasada que nos permite seguir en tiempo real cada avance del rescate.

Dicho sistema cuenta con redes de sensores equipados con drones de reconocimiento, cámaras térmicas y aparatos optrónicos de largo alcance.

También vigilan la zona de impacto y transmiten la señal de vídeo en directo al puesto de mando: a nosotros.

O más bien a Barry, nuestro amigo y sheriff .

Él se encarga de procesar la información para coordinar la actuación con los agentes que nos siguen.

—Acaban de alcanzar la distancia establecida —informa Barry—. A ver qué nos dice el sensor del radar de radiofrecuencia por ondas RANGE-R.

—Impresionante —comenta Caleb—. ¿Cómo hago para comprar un chisme de estos?

—Más quisieras. Solo los SWAT, el FBI y los U.S. Marshals lo pueden emplear, principalmente en misiones de rescate de rehenes y búsqueda de fugitivos. —Por un instante se muestra incómodo—. Ninguno de estos juguetitos es legal.

—Tranquilo. Te guardamos el secreto. —Le doy una palmadita en el hombro.

Aunque lo digo en un tono jocoso, por dentro estoy acojonado.

El aparato envía ondas de radio que penetran el concreto, la madera o el yeso.

Por lo que he entendido, registra hasta el más mínimo movimiento —como la respiración humana— además de medir la distancia a través de paredes sólidas.

Si nuestra corazonada es cierta, pronto descubriremos si lo que hay dentro nos llevará al cielo o, de lo contrario, nos catapultará al más profundo de los infiernos.

De un momento a otro, la lectura de pantalla muestra los datos digitales que tanto ansiamos: la distancia en metros a la que se encuentra el objetivo, el indicador de actividad que permite distinguir la intensidad del movimiento y, por último, el más importante, la presencia de personas con vida dentro de la cabaña.

—Dios, tienen que ser ellas. —Toco la pantalla como si pudiera acercarme a las chicas; como si pudiera salvar a las dos mujeres que me devolvieron a la vida, cada una en un momento y de una forma distinta.

—Esperemos la confirmación por contacto visual —sugiere Barry.

La tensión se palpa en el aire mientras esperamos el avance de los exparamilitares. Cada segundo es vital y lo único que nos mantiene cuerdos es la lectura positiva de uno de los indicadores del RANGE-R: la presencia de objetivos con respiración y movimiento activo.

El grupo avanza sin encontrar ningún obstáculo en el camino. Una clara señal de la falta de planeamiento por parte de los esbirros del senador. Me aferro a esa pequeña ventaja con todas mis fuerzas.

Los minutos se estiran y la espera parece eterna.

Estamos tan enfocados en el paso del tiempo que tardamos en darnos cuenta de que las comunicaciones visuales vuelven a estar activas.

De inmediato nos abalanzamos sobre la táblet y observamos cómo se detienen cerca de la cabaña.

Justo en este momento uno de los matones sale al porche para atender una llamada.

Podemos escuchar con claridad como se dirige a su interlocutor:

—Sí, senador Harris. No se preocupe, todo se hará conforme sus órdenes.

Cualquier interpretación se queda en un segundo plano al contemplar la escena que se desarrolla ante nuestros ojos.

De la nada, uno de los encapuchados aparece y neutraliza al sicario con la técnica del mataleón. Con una agilidad asombrosa, lo arrastra para ocultarlo entre los arbustos cercanos al porche trasero, donde lo espera su compañero. Entre los dos lo atan de pies y manos a un árbol robusto.

Acto seguido, le tapan la boca con cinta adhesiva por si recupera el conocimiento antes de tiempo.

—Son buenos —comenta Barry con una sonrisa de satisfacción en los labios.

Yo asiento impresionado con la eficiencia de la actuación.

—Ha llegado la hora, chicos —avisa a sus agentes por el walkie-talkie —. Seguidme, pero como alguno intente hacer el héroe, lo dejo fuera de juego con la táser.