Capítulo 34
Zoe
—¿Qué te traes entre manos con mi hermano? —pregunto a Phoebe, tomándola por sorpresa.
—¡Vaya! Directo al grano, ¿eh? —Suelta una risita nerviosa mientras intenta disimular su desconcierto. Por un instante veo en su mirada una mezcla de impotencia y pánico, es tan fugaz que creo haberlo imaginado.
—No me traigo nada entre manos, lo que pasa es que tu hermano es un pesado. Se cree que soy una damisela en apuros. Y yo no soy ninguna princesita pija que necesita ser salvada. Yo me basto y me sobro para defenderme sola.
—Ya, ¿y qué pasa con el sheriff ? —Paso por alto su extraño comportamiento con mi hermano.
—Es muy guapo, aunque demasiado presuntuoso para mi gusto. Pero como bien sabes, nunca digo no a un buen polvo. —Me guiña un ojo antes de salir del servicio.
La acompaño hasta la barra, donde Mark me espera junto a los demás con una sonrisa que provoca que las mariposas den volteretas en mi vientre.
Mi móvil suena antes de que alcancemos el grupo, es Elle.
—Phoebe —grito por encima de la música—, dile a Mark que voy a salir un momento para contestar a Elle.
Mientras me dirijo a la salida para atender la llamada.
—Zoe, necesito que me saques de aquí. —La voz estrangulada de mi amiga me pone en alerta.
—¿Qué ha pasado?
—He contado la verdad a Caleb —suelta un sollozo—, y ha pasado lo que siempre temí que pasaría.
Siento su dolor como si fuera mío. Caleb es todo su mundo, con él ha recuperado la alegría de vivir, además de descubrir lo talentosa y capaz que es. Espero que todo se aclare y puedan recuperar su relación porque estoy segura de que están hechos el uno para el otro.
—¿Dónde estás?
—En la parte norte del estacionamiento, cerca de la antigua salida —dice con un hilo de voz.
—No te muevas de ahí, ya salgo. Pero antes voy a avisar a Mark —informo.
—No, por favor. No me siento preparada para enfrentar a nadie.
—De acuerdo.
Cuelgo y doy la vuelta al edificio. Caleb buscaba privacidad para echar un polvo en el asiento trasero de su camioneta, ya que eligió un rincón que casi nadie utiliza, salvo cuando no quedan plazas libres en el estacionamiento delantero.
Tardo unos segundos en localizar a Elle, debido a que se encuentra acurrucada contra el muro.
Grito su nombre y corro en su dirección.
Mi amiga se levanta de un salto y al tenerme cerca se aferra a mí como su tabla de salvación.
Sus pequeños hipidos se transforman en llantos dolorosos que cortan el alma.
—Shhhh, estoy aquí, cariño —la consuelo con palabras suaves y dulces—. Cuéntame qué fue lo que pasó.
Lo hace, entre sollozos e hipidos y tras escucharla, intento tranquilizarla.
—Tienes que calmarte. No todo está perdido. —Me mira a través de una cortina de lágrimas—. Caleb recapacitará y permitirá que te expliques del todo. Y cuando lo haga, estoy segura de que te perdonará.
—¿De verdad lo crees? —pregunta emocionada. Me siento culpable, quizás le doy demasiadas esperanzas.
—El corazón me dice que sí. —Tomo sus manos entre las mías—. Pero pase lo que pase, no te dejaré sola. Superaremos juntas lo que venga.
Asiente con una mezcla de esperanza y resignación. Su lucha interna es parecida a la mía: mente y corazón. Aunque la suya duele, sangra, la mía solo es conjeturas.
—Vamos, te llevo de vuelta al rancho —el miedo cruza su rostro—, o a donde quieras ir —añado.
—Llévame al hostal que está cerca del ayuntamiento. Necesito recuperar fuerzas para enfrentarme a los Wolf. —Se encoge por la pena—. ¡Dios mío!, Charlotte me odiará cuando conozca la verdad.
—No pienses en eso ahora, de acuerdo. Me quedaré contigo y pasaremos la noche poniendo verde a Caleb. —Sonríe, aunque la alegría no se ve reflejada en sus ojos.
—¿Dónde tienes el coche? —pregunta. Pero al instante se da cuenta como yo, que vinimos en limusina.
—¡Joder! Podemos pedir un taxi —sugiero al ver la cara de desolación de mi amiga—. Pero creo que debemos llamar a Mark, no solo para que nos lleve al hostal, sino para que controle la situación. Además, se volverá loco si no sabe dónde estamos. Él y todos los demás.
—Tienes razón, también debemos avisar a Phoebe, o nos tachará de su lista de mejores amigas.
Elle se encarga de llamar a Phoebe y yo a Mark. Sin embargo, alguien nos interrumpe antes de que logremos alcanzar nuestros móviles.
—¡Mira qué suerte la mía! Una extracción sin bajas ni testigos.
Nos giramos a la vez tras escuchar esa voz baja, oscura y áspera, con un ligero acento mexicano. Al ver que el sujeto nos apunta con una pistola de silenciador integrado pegamos un grito horrorizado y nos abrazamos por instinto.
—Como volváis a abrir la boca os pego un tiro. —Lo miro a través de una nube de incredulidad y miedo. Es el mal personificado y estoy segura de que cumplirá su palabra si osamos contradecirlo—. Denme los móviles. —Nos mira de arriba abajo, con lascivia.
Obedezco de forma automática, pero mi amiga sigue inmóvil, aferrada a mí como su escudo de salvación. Sin que me dé tiempo a reaccionar, veo cómo el sujeto la agarra del cuello y lo aprieta. El sadismo reflejado en su rostro deja claro que disfruta torturar a sus víctimas.
—Cuando diga que hagas algo, lo haces —presiona un poco más—. ¿Entendido?
Elle asiente como puede y, al verse libre, toma una profunda bocanada de aire. Aprovecho para coger su móvil del bolsillo oculto de la minifalda. Se lo entrego y, consternada, veo cómo lo lanza, junto al mío, por encima del muro, al descampado que colinda con el aparcamiento.
A mi amiga le cuesta recuperar el aliento, lo que desencadena un episodio de tos.
De soslayo miro al psicópata que nos tiene encañonadas y un estremecimiento recorre mi cuerpo al ver cómo se acerca con la pistola levantada.
Creo que va a golpearla, sin pensarlo me interpongo y poso la mano en su pecho.
—Tranquila. Respira conmigo. —La guío en una técnica de respiración que aprendí en las clases de yoga de mi madre—. Ahora exhala lentamente por la boca con los labios fruncidos, como si soplaras una vela. Muy bien.
Aliviada veo cómo recupera el aliento. Sin embargo, mi alegría dura poco, pues mientras la ayudo una SUV negra se acerca a nosotras sin que me percate.
El hombre que nos tiene amenazadas ordena con frialdad:
—Entrad en el coche antes de que pierda la paciencia. —Obedecemos sin pestañear.
Una vez me acomodo al lado de Elle en el asiento trasero miro al conductor de la SUV, un matón con cara de asesino a sueldo, tan o más espeluznante que el anterior. Cojo la mano de mi amiga para calmarla, aunque soy yo la que está a punto de entrar en pánico.
En un primer momento, barajo la opción de un secuestro, mi padre tiene mucho dinero, también podría ser por venganza: puede que haya cabreado a algún pez gordo. Luego, pienso en Amanda, la ex de Mark me la tiene jurada.
—¿Qué queréis de nosotras? —atrevo a preguntar.
El conductor se mantiene impasible y el matón que nos apunta con su pistola, sonríe de forma perversa.
—Pronto lo descubriréis. De momento, os puedo adelantar que no va a ser agradable. Ahora cerraos la boca, si no queréis morir antes de tiempo. —Siento los temblores de Elle a través de su mano, o quizás sean los míos, no estoy segura.
Procuro serenarme. Mantener la calma puede ser lo único que nos libre de una muerte inminente.
Empiezo a observar cada detalle del interior del todoterreno, también miro por la ventana para reconocer el entorno.
Compruebo que acabamos de salir del pueblo.
Es una ruta que no conozco y parece que conduce a una zona poco habitada cerca del río.
Una parte del misterio no tarda en desvelarse: estamos en un alojamiento rural rústico, integrado en la naturaleza, a la orilla del río.
La cabaña a la que nos dirigimos es la más aislada de todas.
Podrán hacer con nosotras lo que les dé la gana y nadie se va a enterar, hasta que sea demasiado tarde.
Intercambio una mirada con mi amiga y siento que ella sabe dónde estamos. No me equivoco: gesticula el número seis, seguido del nombre de Amanda. Me queda claro que ahí es donde vivía antes de desaparecer.
Arrugo el ceño al ver como pasan de largo de la última cabaña para seguir por un camino de tierra estrecho y poco visible.
Elle también muestra desconcierto, pero si Amanda está detrás, quizás haya dado instrucciones a los secuestradores de cómo deshacerse de nosotras sin que nadie se entere.
Esa posibilidad cobra sentido a medida que nos adentramos en la maleza.
La claridad ofrecida por las luces del faro muestra que nos llevan a un lugar oculto en medio de la nada.
Un miedo atroz me invade, no quiero morir. Sin que pueda evitarlo, veo cómo mi vida se desliza ante mis ojos; hay tantos matices por descubrir, tantos sueños por realizar. Apenas comienzo a averiguar quién soy en realidad. No, me niego a acabar así.
Redoblo mis sentidos y pongo atención a cada detalle, por más insignificante que parezca. Justo en este momento aparcamos en la parte trasera de una destartalada cabaña. Otro vehículo, de las mismas características, ya se encuentra estacionado junto al porche de la cocina.
—Bajad del coche —exige el psicópata número uno.
—¿Qué crees que quieren esa gente de nosotras? —susurra Elle con voz temblorosa.
—No lo sé. —Procuro controlar la emoción que empieza a desbordarse por cada fibra de mi ser.
Respiro hondo para ahuyentar el pánico helador que me tiene paralizada.
No puedo rendirme, tengo que luchar. Vuelvo a centrar mi atención en el entorno, busco una ruta de escape, a pesar de toda la lógica, siento una fuerza interior que va más allá de la razón.
Sé con total seguridad que Mark hará lo posible y lo imposible para encontrarnos, solo tengo que mantenernos con vida hasta que llegue.
Mantengo la barbilla en alto y cruzo el porche cogida de la mano de Elle. Nuestros captores nos guían al interior de la cabaña, aunque por lo oscura que está, parece que entramos en la boca del infierno.
Elle se tropieza y por poco no se cae. Una vez la estabilizo, seguimos sin ver ni un palmo ante los ojos. Algunos pasos después logro distinguir una luz que se filtra por debajo de una puerta, creo que es el salón. Uno de los matones se nos adelanta para girar la manilla, permitiéndonos la entrada.
Cruzo el umbral y parpadeo un par de veces para adaptar mi visión al nuevo ambiente. Lo que veo cuando enfoco parte de la estancia me deja paralizada. Ni en mis peores pesadillas hubiera imaginado una escena tan dantesca.
Sentado en una butaca, con un cuchillo carnicero en las manos, se encuentra Tobías, al suelo, a sus pies, está Amanda, maniatada y sangrando por todas partes.
La escena es espeluznante y a la vez incomprensible.
¿Qué hace Tobías metido en todo eso? Mi cabeza da vueltas y no soy capaz de pensar con claridad, nada tiene sentido.
Elle se sobresalta a mi lado. Tiene los ojos muy abiertos y los párpados levantados para ampliar el campo de visión.
Sigo su mirada hasta una zona más oscura del salón y casi me caigo redonda al suelo.
Vuelvo a mirarla para confirmar que no se trata de una alucinación conjunta.
Sin embargo, la palidez de su rostro me indica que no es un espejismo: es real.
El corazón se me sale del pecho, empiezo a sentir zumbidos en el oído, creo que me voy a desmayar.
—Hola, hermana.