Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

Elle

Caleb me ha declarado su amor infinidad de veces, pero en esta ocasión es diferente. Yo soy diferente.

Lo miro a los ojos y le acaricio el mentón.

—Y yo a ti, Caleb. Te amo con locura. —Mi cuerpo se pega al suyo como un barco que llega a puerto seguro.

Su pulgar me acaricia los labios hinchados y nos volvemos a besar como quienes saben que han encontrado todo lo que buscaba.

Nos separamos para tomar una bocanada de aire.

Aprovecha y aparta un mechón rebelde de mi rostro y me mira a los ojos.

Me encanta lo que veo reflejado en su mirada después de cada beso, siento que no existe en él ningún pensamiento más allá de mí.

Dejo escapar una mueca de satisfacción y vuelvo a acomodarme contra su pecho.

El momento es mágico y si no tuviéramos una fiesta de despedida esperándonos a solo unos pasos me quedaría acurrucada entre sus brazos el resto de la noche, solo para escuchar el ritmo constante de su corazón y el compás de su respiración.

Sin embargo, un recuerdo que desearía olvidar por siempre irrumpe en mi mente empapada de azúcar para mostrarme que soy un fraude. Intento desterrar ese pensamiento de mi cabeza, no lo consigo.

El encuentro que tuve con Mark en la cabaña desfila ante mis ojos cerrados sin control.

« Tú no lo entiendes, estaba allí. Yo soy la culpable».

«Todo está bien. Respira hondo».

« No lo entiendes, nada está bien. Hice algo malo, algo que destrozó la vida de dos personas».

El dolor y la culpa vuelven a mí de forma intensa al recordar el momento exacto en que Mark comprendió el alcance de mis acciones.

« ¿Estabas allí? ¿Viste cómo acabé con la vida de aquel pobre chaval?».

« No fuiste tú. Mark».

« No lo maté… ¿Estás segura? ¿No fui yo?».

« Lo estoy. Fue el todoterreno negro el que provocó el accidente. Eres inocente, Mark».

Cómo me arrepiento de haber tomado el camino fácil.

Quizás si Mark me hubiese mirado con desprecio, si me hubiese lapidado con palabras hirientes, hubiese actuado de otra forma.

No intento justificarme, pero que me abrazara y me agradeciera por sacarlo del infierno de culpabilidad en el que se encontraba, me hizo sentir menos culpable.

Me emociono al recordar sus palabras.

« No te lastimes más, Elle. Tú tomaste una decisión equivocada al huir del accidente.

Yo tomé una decisión equivocada al conducir borracho.

Pero ninguno de los dos provocamos la muerte de Kevin, lo hizo el conductor del todoterreno, él es el culpable.

Esto es un hecho irrefutable, lo demás es circunstancial.

Tenemos que olvidarlo, ambos hemos pagado caro nuestro error, es hora de que empecemos a vivir.

No sabes cómo te agradezco que hayas tenido el valor de contarme la verdad, me has librado de la condena que me había autoimpuesto».

La mano invisible que me oprime el pecho aprieta un poco más.

Me he engañado todo este tiempo, en el fondo de mi corazón siempre supe que tomaba la decisión equivocada.

Pero preferí agarrarme al salvavidas que me envió Mark.

Aceptar su pacto de silencio fue más conveniente que enfrentar las consecuencias de mis actos.

« No tienes por qué contárselo».

« No puedo ocultarle algo así. Cuando tu hermano se entere, me odiará aún más».

« Creo que no deberías contarle lo sucedido.

Conozco a mi hermano, Elle, es muy impulsivo y no se detendrá a escuchar los hechos.

Te borrará de su vida de un plumazo, como si nunca hubieras existido.

Por muy enamorado que esté. No tires vuestra felicidad a la basura por un error del pasado del que solo fuiste espectadora.

No mataste a Kevin ni me condenaste a la cárcel.

No tienes que seguir cargando con esa pena.

Ambos somos libres, Elle. Para amar, para vivir, para hacer lo que nos plazca».

Cada día me digo a mí misma que me siento orgullosa de la mujer en la que me he convertido. Pero sigo con mi cobardía de siempre.

—Te noto muy tensa. ¿Qué te pasa?

Intento reprimir el llanto que lucha por salir, pierdo la batalla y permito que se deslice por mis mejillas.

La herida que nunca llegó a cicatrizarse del todo se abre revelando lo que la tirita intentaba ocultar. Ahora entiendo que, por más parches que ponga, nunca va a sanar del todo si no elimino el origen del problema.

«Se acabó la prórroga, Elle, es hora de asumir las consecuencias».

—Preciosa, dime qué te pasa —pide mientras retira con las yemas de los dedos las lágrimas que brotan a borbotones de mis ojos.

Parpadeo un par de veces para eliminar las gotas que me nublan la visión.

Cuando recupero el foco lo miro con detenimiento y trato de memorizar cada detalle.

No hay un centímetro que no conozca ni ame, pero como alguien que se va a un lugar lejano, sin ninguna certeza de regresar, lo admiro.

Su rostro, de nariz aquilina, mentón recto y ojos grises de mirada intensa enmarcados por densas pestañas oscuras, le confiere un aspecto sumamente atractivo.

Y su boca, su boca es una verdadera tentación.

Respiro hondo un par de veces. Busco las palabras adecuadas y dejo que salgan por mi boca a media voz.

—¿Te acuerdas de la primera vez que hicimos el amor? —Su boca se curva con picardía.

—Como si fuera ayer. Justo en el asiento trasero de la camioneta. —Me estrecha entre sus brazos—. Si me das unos segundos podemos repetirlo.

Trago saliva y agacho la mirada. No sé si voy a ser capaz de seguir.

—Cariño. No hay nada que no podamos solucionar juntos. —Me sujeta por la barbilla para que lo mire a los ojos.

—En el momento que te diga la verdad no querrás mirarme a la cara. —El nudo que tengo en la garganta se hace más grande.

—Confía en mí. Nada de lo que puedas decirme va a cambiar lo que siento por ti. —Sus dos esferas grises brillan con la misma fuerza de sus palabras. Me estremezco con la esperanza de que su promesa sea cierta.

—Cuando te dije que llevaba cuatro años sin mantener relaciones sexuales me preguntaste si alguien me había hecho daño. —Mi respiración se agita—. En aquel entonces no tuve el valor para contarte la verdad, tampoco lo tengo ahora. Pero es necesario. —Mi visión se empapa.

—Siempre supe que algo te atormentaba y tenía la esperanza de que confiaras en mí. Pero por cómo estás, quizás no sea el momento. No pasa nada, amor. No necesito saberlo —dice con ternura.

Inspecciona mi rostro, a la espera de una reacción. Cuando no obtiene ninguna, alarga la mano y ahueca mi mejilla con suavidad. Busco el calor de su palma, y me dejo reconfortar por su caricia.

—Debo hacerlo. Mereces conocer la verdad. —Me incorporo en el asiento de la camioneta. Él me sigue, sentándose a mi lado. Me coge de la mano y me da un apretón. Una vez más su gesto me anima a seguir a pesar de sentir que camino hacia un precipicio, a una muerte segura.

Me abro a Caleb como nunca lo he hecho, revelo mis sombras y mis miserias.

No ahorro ningún detalle: empiezo por el día en que pillé a mi ex en la cama con mi mejor amiga, sigo por el bullying que sufrí en el instituto a causa de las mentiras de ambos, y de cómo dichas mentiras me condujeron a una fuerte depresión.

Me desmorono al concluir esa parte de mi historia y Caleb me envuelve en sus brazos. Su ancho cuerpo me da calor mientras me acaricia la espalda y susurra en mi oído palabras de amor y consuelo.

—Tranquila, cariño. Todo eso ha quedado atrás. —Me deposita un beso en la frente—. Nadie volverá a dañarte.

Por un instante me siento tentada a interrumpir mi narración para no contarle los detalles más espeluznantes.

—Aún no he acabado —digo con pena a sabiendas de que esas serán sus últimas palabras de amor dirigidas hacia mí.

Después de respirar hondo, concluyo mi confesión.

Verbalizar las terribles consecuencias originadas de mi estado depresivo me destroza.

Sin poder evitarlo, me traslado al día del accidente.

Al día que condené con mi silencio a dos personas inocentes: a una, a no recibir la justicia que se merecía por su muerte, y a la otra, a cumplir cárcel por un delito que no cometió.

«Dios, ¿cómo he podido vivir conmigo misma?, ¿cómo he podido ocultar al hombre que amo que contribuí a la condena de su hermano?, ¿cómo he podido aceptar el trato que Mark me ofreció?, ¿cómo he podido ser tan cobarde?».

Aguardo su reacción, pero parece que le cuesta procesar mis palabras. En cuanto lo hace, me mira con tanto desprecio que siento cómo el alma se me rompe en mil pedazos.

—¿Quieres decirme que Mark fue a la cárcel por tu culpa? —grita casi dejándome sorda.

Inclino la cabeza en señal afirmativo, pero me falta el valor para mirarlo a los ojos. Su furia va en aumento y paga con el volante del coche su frustración. Cuando se cansa de pegarle puñetazos se baja sin decir palabra, y cierra la puerta de un portazo.

Lo he perdido, el dolor me atraviesa y apenas puedo respirar. ¿Cómo reharé mi vida sin él? El vacío crece y devora todo a su paso, mi cavidad torácica es un hueco estéril y moribundo. La desolación más profunda se convierte en un llanto desgarrador.

Me bajo de la camioneta de Caleb con el alma en pedazos y el corazón sangrando.

Sabía que lo perdería si le contaba la verdad, aunque en el fondo albergaba esperanza, quería creer que nuestro amor era lo suficiente fuerte para que me perdonara.

Pero al final Mark tenía razón, Caleb jamás me perdonará.

La opresión en mi pecho aumenta. Procuro calmarme mientras recorro el aparcamiento con la mirada en busca de Caleb. Todavía me falta contarle la conversación que tuve con su hermano, la cual desencadenó en un pacto de silencio, aunque intuyo que ese pequeño detalle no servirá para que me perdone.

Un miedo atroz me invade. Tardé cuatro años en levantar cabeza, en dejar el pasado atrás, en empezar una nueva vida.

Pero es cierto lo que dicen: los secretos del pasado siempre te alcanzan.

Debería de haber sido valiente y haberle contado todo desde el principio.

Quizás nunca hubiese amado con tanta intensidad, con tanta entrega, pero seguro que nunca hubiera sentido cómo me arrancan el corazón del pecho.

No sé cómo voy a reconstruir mi vida en esta ocasión, cómo voy a despertar sin los besos de Caleb, sin su sonrisa traviesa, sin el calor de su piel, sin el tacto de sus manos callosas sobre mi piel. ¿Cómo voy a seguir adelante?

Un portazo me saca de mi ensimismamiento. Caleb ha entrado en la camioneta sin que me diera cuenta. Sin perder el tiempo abro la puerta del copiloto, necesito justificarme, necesito pedirle perdón.

—Ni se te ocurra subir. Te quiero lejos de mi vida.

—Caleb, por favor, deja que me explique —imploro.

—Lo que has hecho no tiene explicación ni justificación, y mucho menos perdón. —Se inclina sobre la puerta del pasajero y la cierra con brusquedad.

Arranca el motor y me dedica una mirada cargada de desprecio, decepción, rabia y dolor. Impotente, veo cómo su camioneta se aleja del recinto mientras deja una nube de polvo tras ella.

Camino, desolada y sin rumbo por el estacionamiento.

No sé a dónde ir, ahora mismo no tengo fuerzas para entrar en el bar de Larry y enfrentarme a todos nuestros amigos.

Se me encoge el alma al pensar en Mark, se quedará destrozado, lo conozco, sé que se sentirá culpable por haber insistido en que ocultáramos la verdad a Caleb.

Ya es demasiado tarde, solo me queda aprender a vivir con ese enorme agujero que tengo en el pecho.