Capítulo 32
Elle
«¡Por Dios, no puedo abandonar mi propia fiesta!».
Zoe ha empleado muchas horas para que mi despedida de soltera sea inolvidable. Además, se ha gastado una pasta. Pero a Caleb todo eso le da igual, en cuanto se le mete una idea en la cabeza no hay quien lo pare.
Impotente, escucho que se despide de nuestros amigos.
En esta posición puedo hacer contacto visual con mis amigas.
Las miro sin saber qué decir. Quizás debería disculparme.
Sin embargo, no lo hago. Me siento demasiado excitada y expectante ante lo que va a suceder a continuación como para mostrarme compungida.
Un estremecimiento recorre cada centímetro de mi cuerpo y experimento una sensación de poder que jamás había sentido. Por primera vez abrazo mi sexualidad sin medos ni reproches.
—¡Eh! —grito al sentir como la palma de su mano aterriza en mi nalga.
Su mano vuelve a aterrizar en mi trasero una y otra vez mientras nos dirigimos al estacionamiento, por suerte, está oscuro y desierto.
Los únicos clientes del bar siguen en nuestra fiesta de despedida, aunque todo indica que mi conmemoración será mucho más interesante.
Al final, Zoe ha conseguido que mi noche sea memorable.
El siguiente azote es electrizante y noto como mi piel arde.
El ardor se expande, sube por mis piernas deteniéndose en mi sexo, provoca un delicioso hormigueo.
Percibo la humedad que hay entre mis muslos, tengo las bragas empapadas.
Me pongo cardíaca ante la posibilidad de que Caleb se dé cuenta; su mano está muy cerca.
Tan cerca, que podría correrme si decidiera presionarme el clítoris.
Lo sucedido en el bar fue sexy, pero ni de lejos se asemeja a como me siento cada vez que la palma de su mano hace contacto con mi trasero. Ahora mismo soy cera caliente esperando ser moldeada.
—¿Cuándo piensas bajarme? —pregunto impaciente.
—En cuanto pueda follarte sin que nadie nos mire.
«Joder, sigue hablándome así y me correré».
—Dios, eres un cavernícola. Lo sabes, ¿verdad?
—Sí, lo soy. —Su voz ronca por la excitación me reduce a cenizas.
—¿Qué crees que dirán nuestros amigos de ti?
—Que el cavernícola se va a follar a su mujer.
Pienso alguna frase ingeniosa pero no se me ocurre ninguna. Aparte del obvio: «Fóllame hasta que pierda el sentido». Aunque creo que tampoco hubiera podido abrir la boca, ya que mi cavernícola decide bajarme en este momento.
Nada más tocar el suelo con los pies, me tambaleo un par de pasos; tomar alcohol, aunque sea solo una copa, que es lo que me permito, y estar boca abajo no son compatibles. Caleb me envuelve entre sus brazos, pega nuestros cuerpos y me mira fijamente con sus brillantes ojos grises.
—¿Estás bien? —Me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja.
—Sí, estoy perfecta —contesto con una sonrisa genuina. Una que no oculta lo que me hace sentir, una que muestra cuánto lo quiero.
—¿Quieres volver? Sé que tus amigas han invertido muchas horas en organizarnos la despedida. —Su pregunta me sorprende.
—¿Lo dices en serio?
—Por supuesto —me lanza esa sonrisa torcida que tanto me vuelve loca—, aunque prefiero que te quedes.
—Pues creo que es mejor que volvamos —digo con seriedad, aguantándome la risa.
Su cara es un poema, me mira boquiabierto, con una expresión sorprendida, confundida y dolida.
—¡Es broma, tonto! —Me doblo de la risa—. ¡Qué cara has puesto! —añado sin poder dejar de reír.
—Te haré pagar caro.
—Ah, ¿sí? ¿Y cómo piensas hacerlo? —provoco.
Sin aviso previo abre la puerta de la camioneta y me arroja sobre el asiento.
Mi trasero se sitúa en el borde y mis piernas cuelgan fuera del coche.
Sus manos se deslizan por la parte interna de mis muslos hasta detenerse en mis rodillas.
Me separa las piernas lo suficiente para encajarse entre ellas.
Presiona sus caderas contra las mías para que sienta su erección. Ahogo un gemido.
Se lanza con vehemencia sobre mis labios y me besa con una pasión arrolladora, al tiempo que aumenta la presión sobre mi entrepierna. Una corriente electrizante me recorre y prende fuego a cada fibra de mi ser.
—Quédate quieta… —su voz suena ronca por la pasión—. Solo disfruta —dice entre mordiscos y pequeños besos por el cuello.
Enredo mis dedos en su pelo mientras sus labios recorren ávidos cada trozo de piel expuesta. Deja un sensual mordisquito en el sensible hueco cerca de mi oreja. Un latigazo de deseo me golpea en el bajo vientre. Arqueo la espalda hacia atrás y froto mi entrepierna contra su miembro erecto.
—No te muevas —ordena antes de apartarse.
Con decidida precisión, empieza a desabotonar los botones de mi camisa.
Sus dedos son ágiles y no tardan en conseguir su objetivo: dejar mis senos al descubierto.
Sus manos cálidas los envuelven, mi cuerpo se estremece rogando más.
Un segundo después atrapa uno de mis pezones entre los labios y lo mordisquea con suavidad.
Sin que pueda evitarlo, un leve gemido, mezcla de expectación y placer, se escapa desde el fondo de mi garganta.
Caleb me mira a los ojos mientras tortura mis pezones.
Entretanto, desliza la mano hacia la unión entre mis muslos.
Por un segundo me siento avergonzada por la humedad que empapa mis bragas.
La vergüenza solo dura un instante, cuando sus dedos exploran con suavidad mis pliegues hasta encontrar mi clítoris, me entrego a la lujuria y disfruto de cada caricia, de cada mordisco.
Me incorporo sobre el codo para observar su rostro velado por el placer mientras hunde la cabeza en la unión de mis muslos. Inhala con fuerza y casi me corro al sentir su lengua presionar mi clítoris inflamado a través del encaje.
—Joder, Elle. Estás empapada. —Empuja con los dedos la tela de mis bragas para recorrer mi entrada de arriba abajo, una y otra y otra vez—. Lo necesitas, ¿verdad?
—Oh, sí, haz que me corra... por favor.
—Tus deseos son órdenes, preciosa —responde y sin perder el tiempo me sube la falda hasta la cintura y me baja las bragas. Luego me eleva las piernas para apoyarlas en el asiento y me separa los muslos.
El corazón me late acelerado y mi respiración se vuelve superficial, expectante, ante su mirada hambrienta.
A cámara lenta veo cómo deposita suaves besos desde la rodilla hasta la ingle.
Se sumerge desvergonzadamente y besa mi monte de Venus, ahora libre de vello gracias a la sesión de spa que me ha regalado mi amiga Zoe.
La sensación es deliciosa y puedo sentir su lengua en cada terminación nerviosa de mi piel.
Enredo los dedos en el cabello de su nuca, acercándolo hacia el centro de mi placer.
El deseo controla mis movimientos. Caleb me da justo lo que necesito: extiende toda su lengua por mi sexo en una danza apasionada.
Y cuando pienso que he tocado el cielo, captura mi clítoris y lo aprieta entre sus labios.
Un sonido que identifico como delirio total se escapa del fondo de mi boca.
Él, muy presuntuoso, se ríe mientras clava su mirada oscurecida en mí, luego, me pone una mano en el vientre para inmovilizarme y vuelve al ataque.
—Caleb…
—Aguanta un poco más —pide, al tiempo que entierra un dedo en mi interior, lo saca y vuelve a introducirlo.
Me muerdo el labio inferior al reprimir otro gemido escandaloso que pugna por salir.
Repite el movimiento una y otra vez, en una suave cadencia, mientras su lengua atormenta mi sensible botón.
Arqueo la espalda y suelto un pequeño gritito de rendición cuando raspa sus dientes contra mi clítoris a la vez que desliza dos dedos dentro de mí.
El orgasmo es violento, una explosión de placer.
Grito su nombre, sin importar dónde estoy ni si alguien puede escucharme.
Se incorpora y se desabrocha el cinturón, baja la cremallera de los vaqueros y desliza los pantalones, junto a los calzoncillos, hasta los muslos. Echo un vistazo a su pene, que sobresale en su puño, antes de que me ponga a cuatro patas y me lo meta hasta el fondo.
Gemimos al mismo tiempo mientras abre paso con su enorme y dura erección a través de mi sexo empapado por el orgasmo.
—Joder… —musita con los dientes apretados.
Me folla con fuerza, hundiéndose sin control dentro de mí, imponiendo un ritmo cada vez más rápido, más duro. Me sujeta con firmeza las caderas, acercándome más con cada embite. El fuego se reaviva y vuelve a arder en lo más profundo de mis entrañas; es demasiado fuerte como para luchar contra él.
Arqueo la espalda al sentir que me invade otro torrente de éxtasis diez veces más potente que el anterior. El orgasmo me alcanza con la banda sonora de mis gritos y sus gruñidos de placer de fondo.
Ralentiza el movimiento de sus caderas y se apoya en mi espalda. Ya habíamos follado en esta postura, pero nunca me he sentido así: libre, salvaje.
—Bésame —suplico.
Me agarro con fuerza al borde del asiento mientras él enreda los dedos en mi pelo, me hace girar la cabeza para alcanzar mi boca. Cuando me tiene a su disposición, me da un beso que quita el sentido.
Siento que colapso, estoy agotada, pero me sujeta una cadera con la mano y acelera el ritmo de sus embestidas hasta que se vacía dentro de mí con una serie de empujones cortos y espasmódicos. Se deja caer sobre mi espalda y apoya su frente cálida sobre el hueco de mi cuello.
—¿Estás bien? —Se incorpora para vestirse.
—De maravilla —contesto mientras intento ponerme presentable.
—Creo que te falta algo, preciosa —dice con un tono burlón a la vez que gira mis bragas entre los dedos.
—¡Dios, qué locura! —exclamo y me dejo caer hacia atrás sobre el asiento.
Caleb aprovecha mi nueva postura para ponerme las bragas, lo hace con la misma eficiencia con la que me las ha quitado. Luego se encaja junto a mí, me atrae contra su cuerpo y enreda sus fuertes piernas entre las mías.
Le rodeo la cintura con los brazos y cierro los ojos mientras descanso la cabeza en su pecho.
—Mírame —pide con voz suave.
Abro los ojos y lo contemplo en medio de una nube de felicidad. Tiene un aspecto salvaje.
—Eres todo mi mundo, Elle. Siempre estaré a tu lado para lo que necesites. Te amo —murmura.