Capítulo 30
Zoe
Phoebe lleva veinticuatro horas en el rancho y solo nos hemos separado para atender nuestras necesidades fisiológicas.
Hace mucho tiempo que no tenemos una catarsis grupal.
En esta ocasión, Phoebe es la encargada de inaugurar la sesión y tras quedarse a gusto poniendo verde a sus jefes, me cede el turno.
Debo reconocer que desahogarme con las chicas sobre lo sucedido con mi padre sirve para mitigar la sensación de abandono que se instaló en mi pecho desde nuestra fatídica conversación.
La sesión también propicia que Elle comparta su secreto con Phoebe, esta se queda boquiabierta ante su confesión.
—Por Dios, Elle. ¿Cómo has podido ocultarnos algo así? ¡Somos tus amigas! Te hubiéramos apoyado —balbucea, compungida.
—Lo siento. Sé que debería haberos contado todo —dice con los ojos anegados en lágrimas.
Alcanzo la mano de Elle y la sostengo entre las mías, infundiéndole ánimo. Phoebe nos mira y suelta un suspiro profundo.
—Quien tiene que disculparse soy yo. —Se acerca y coge la mano libre de Elle. Formamos un círculo—. A veces es más fácil ignorar la realidad que enfrentarse a ella.
—¿Por qué tengo la sensación de que hablas de ti misma? —inquiero, sorprendida.
—No empieces, Zoe —repuso de forma abrupta antes de levantarse y romper el círculo que formamos en el suelo—. ¿Desde cuándo lo sabes? —pregunta mirándome fijamente.
—Desde hace poco. Y solo me lo ha contado porque quería proteger a Mark —añado, en defensa de Elle.
Asiente con serenidad mientras vuelve a sentarse.
—Me alegra que me lo hayas contado —dice Phoebe con suavidad—, y creo que has tomado la decisión correcta al decidir contárselo a tu prometido.
—Lo sé, pero temo su reacción. Le quiero demasiado y no soportaría perderlo —su voz se quiebra y sus ojos se vuelven acuosos.
—Ni se te ocurra ponerte a llorar. Eres una persona única, maravillosa y con un gran corazón. Si Caleb no es capaz de verlo, entonces es un tonto y no te merece —proclama Phoebe con efusividad.
—Todo saldrá bien. Confía en el amor que Caleb y tú sentís el uno por el otro. —Sus ojos se llenan de esperanza—. Siempre nos tendrás para lo que necesites, pase lo que pase —digo emocionada.
Phoebe esboza una sonrisa de conformidad mientras Elle susurra un «gracias» casi inaudible. Acto seguido las tres nos levantamos, nos damos un abrazo cariñoso, y con una gran sonrisa en los labios ponemos fin a nuestra sesión de confidencias.
Con las pilas cargadas y el cuerpo libre de tensiones decido que es hora de enseñar a las chicas la sorpresa que he preparado para la despedida de soltera.
—No pienso salir así —protesta Elle a la vez que estira la minifalda hacia abajo en un vano intento por ganar algunos centímetros—. Eso es… es indecente.
—Es sexy —la corrijo.
—Sí, definitivamente, es sexy —corrobora Phoebe, poniéndose a mi lado frente al espejo.
Satisfecha con el resultado final, contemplo nuestro reflejo.
Las tres llevamos minifalda de cuero negra, camisa de cuadros roja atada a mitad del abdomen, botas negras de caña media estilo cowboy , y sombrero texano a juego.
Sin duda el atuendo es provocativo, pero la guinda del pastel la pone la liga de novia en encaje rojo situada sobre el muslo derecho.
—Anda, ven —llamo a Elle con la mano para que se acerque—. No seas aguafiestas, estamos estupendas. —Resignada, se acerca y se coloca a mi lado.
—Caleb suspenderá la boda cuando me vea así. —Arruga la nariz en un intento fallido por ocultar su sonrisa.
—Conociendo a tu prometido, lo más seguro es que te eche un polvo castigador —sugiere Phoebe y las dos estallamos en una sonora carcajada mientras Elle se pone roja como un tomate.
—Es la hora, chicas. El chófer ya ha llegado —digo al recibir el mensaje de la empresa de limusinas. Quizás no vayamos a tener la despedida de soltera que nos hubiera gustado, pero haré que sea especial—. A por el polvo castigador —añado y guiño un ojo a Elle.
—¡Dios! Eres imposible —exclama, divertida.
Entre risas bajamos las escaleras hacia el salón, donde Charlotte nos espera ansiosa para dar su aprobación. La anciana nos mira con los ojos como platos. Quizás me haya excedido un pelín.
—¿Crees que es demasiado? —pregunto insegura.
—¡Qué va! Estáis fabulosas, pero os aviso de que mis hijos se van a infartar cuando os vean vestidas así —dice en un tono pícaro a la vez que su mirada salta entre Elle y yo.
Le sonrío y le guiño un ojo antes de depositar un tierno beso en su mejilla. Charlotte es una mujer que se hace querer, en los tres meses de convivencia en el rancho, me ha hecho sentir parte de la familia. En realidad, aquí he descubierto el verdadero significado de la palabra «familia».
El trayecto hacia el pueblo lo hacemos como unas auténticas celebridades: tomamos champán, sacamos el cuerpo por el techo solar de la limusina y saludamos a los fans que nos miran con ojos curiosos, mejor dicho, al ganado que nos mira con ojos asustados.
Ya sea por las luces del faro o por el estribillo de Girls Just Wanna Have Fun de Cyndi Lauper que entonamos a pleno pulmón.
Por suerte estamos en los dominios del rancho, lejos de cualquier agente de la ley.
Tampoco faltan los elementos decorativos como globos y pancartas con frases graciosas, además de artículos atrevidos y pícaros que logran sonrojar a Elle hasta límites insospechados.
También le regalamos lencería sexy, pijamas personalizados y un kit de spa con productos de belleza para todas. Esto último no se lo esperaban.
Casi una hora después, tras varias paradas y un recorrido por las tres calles principales del pueblo, llegamos a Larry's Bar felices y un pelín achispadas.
Nuestra entrada al local es apoteósica. Me atrevo a decir, sin sombra de duda, que hemos dejado a todos con la boca abierta. Incluso la música se ha detenido.
Impactadas ante la exagerada reacción de los presentes, nos detenemos inseguras.
Elle incluso da un paso atrás con la clara intención de abandonar el local, lo impido sujetándola de la mano con firmeza.
A continuación, reanudo el paso mientras arrastro a Phoebe, que me mira divertida.
Elle me cuesta más, la pobre parece un animalillo asustado al ser sorprendido por las luces de un coche.
De un instante a otro el silencio impertérrito que reina en el ambiente es sustituido por una explosión de vítores y silbidos.
—¡Vivan los novios! —Se oye por encima de la música country que vuelve a sonar.
—¡Vivan! —me uno al coro mientras suelto a mis amigas, las tenía cogidas cada una por el brazo.
—¡Viva la novia más guapa de Texas! —canta Phoebe con efusividad.
—¡Viva! —contestan todos al unísono.
—¡Viva el novio con más suerte del mundo! —grito al ver como Caleb se acerca a nosotras con pasos decididos.
—¡Viva! —vuelven a vitorear en coro.
Phoebe y yo contemplamos con una sonrisa traviesa cómo Caleb coge a Elle por la cintura con ambas manos y la pega a su cuerpo con ímpetu. Ambos se miran embobados, olvidándose de todo a su alrededor.
Alguien decide romper el encanto con un grito que se multiplica hasta convertirse en una ovación:
—¡Que se besen, que se besen!
Elle cierra los ojos de forma instintiva, espera un beso que nunca llega. Aunque la sonrisa ladeada que se dibuja en los labios de su futuro marido apunta que tiene planes mucho más interesantes.
No me equivoco.
En cuestión de segundos la novia pasa de estar con los pies en el suelo, a estar colgada boca abajo sobre el hombro de su prometido.
—¡Eh! ¿Qué haces? Bájame —protesta Elle con la voz amortiguada por la postura. Caleb no le hace caso.
—¿Te has vuelto loco? Se me ve el trasero —articula en un susurro.
—Le sacaré los ojos a quien se atreva a mirarte el culo —contesta tajante al mismo tiempo que fulmina con la mirada a los pocos incautos que miran donde no deben.
—¿Estás segura de que quieres casarte con ese troglodita? Puedo detenerlo, si quieres —bromea el sheriff que acaba de acercarse junto a Mark y Liam.
—Nos vamos —anuncia Caleb.
—¿Cómo que nos vamos? Bájame ahora mismo —exige Elle.
Caleb nos mira con una sonrisa pícara y, antes de salir del local se gira y nos dice:
—Que disfrutéis de la fiesta.
—Eres el cowboy más idiota y cavernícola que he conocido —Elle chilla, exasperada. Aunque la mirada que nos lanza cuando cruza la puerta del establecimiento dice todo lo contrario.
—Creo que nuestra amiga va a conseguir su polvo castigador mucho antes de lo que se esperaba —digo expectante.
Phoebe suelta una carcajada entretanto Mark, Liam y Larry procesan mis palabras.
Antes de que digan cualquier burrada decido presentar a mi amiga al sheriff.
—Ven, deja que te presente a nuestro amigo Barry —propongo guiñándole un ojo—, es el nuevo sheriff del pueblo. Barry, ella es Phoebe, una de mis mejores amigas.
—He oído mucho hablar de ti —declara sin soltar su mano—, así que es un placer conocerte por fin.
—Podría decir lo mismo, sheriff —contesta con coquetería.
—Me han contado que estás de prácticas en Nueva York. ¿Qué tal por la Gran Manzana?
—Sin lugar a duda es una ciudad vibrante, llena de energía y de oportunidades. Pero si te soy sincera, no es para mí. Prefiero la fanfarronería texana a la sofisticación neoyorquina.
Miro de uno a otro y sonrío. Ambos están metidos en su pequeña burbuja. Al parecer mi amiga también tendrá su polvo castigador.
Decido dejarles espacio, y percibo que Mark y Liam han tenido la misma idea. Me uno a ellos apartándome unos pasos de la pareja.
El corazón se me dispara a medida que me acerco a mi cowboy .
Su mirada penetrante no me ha abandonado ni un instante desde que puse un pie en el local.
He podido sentir en mi piel cada una de sus reacciones: sorpresa, conmoción, celos y posesión, orgullo y admiración.
Más allá del deseo puro y duro, percibo también amor, un amor mezclado con adoración.
Cuando le alcanzo me atrae a su cuerpo y sin mediar palabra me roba el aliento con un beso abrasador.
—Hola —susurro.
—Hola —responde con su mirada azul enturbiada por la pasión.
—Oye. Estoy aquí —se queja Liam.
—Hola, cuñadito. ¿Qué tal estás? —bromeo.
—Mal, muy mal. Una vez más me han tomado la delantera —proclama con la mano en el pecho de forma dramática—. Creo que me iré a un rincón a ahogar mis penas.
Liam se marcha, pero no a ahogar sus penas. Se va detrás de una pelirroja que acaba de pasar por nuestro lado.
Observo cómo la aborda y cómo ella le responde con una sonrisa tímida, nerviosa, insegura. Él avanza un poco más y se inclina hacia ella. Sin tocarla, solo acerca su rostro al suyo; le habla en susurros.
Una cálida nube de emociones encontradas les envuelve, les aísla de todo lo que les rodea. Sus cuerpos siguen cercanos, sus ojos continúan acariciándose. Sus bocas están a un milímetro de tocarse.
Por un instante temo que ella se aparte avergonzada, pero en esta ocasión, su respuesta es audaz, femenina, segura de sí misma.
A cámara lenta, veo como ella aproxima su boca a la de él, lo besa con suavidad. Apenas es un roce suave, un pequeño contacto que repite con mayor presión una segunda vez. Y una tercera. No llega a besarlo en profundidad, solo lo tienta.
—¿Qué te parece si hacemos como Caleb y Elle? —La voz ronca y grave de Mark cerca de mi oído me devuelve a la realidad. Estaba tan absorta en la parejita que perdí la noción del tiempo. No sé si transcurrieron minutos o toda una vida.
Pestañeo un par de veces antes de ponerme frente a Mark. Me mira con esos ojos hipnóticos, y me quedo embelesada al contemplar la intensidad que hay en ellos.
Tiempo atrás hubiera huido o negado la existencia de cualquier sentimiento que pudiera conducir al enamoramiento. Pero hoy sé que cuando el amor verdadero llama a tu puerta, no tienes escapatoria. Da igual que te rebeles, que lo niegues, que te digas a ti misma: «Es solo sexo».