Capítulo 29
Zoe
Sujeto el volante con firmeza y mantengo toda mi atención en el polvoriento camino rural que conduce al pueblo.
Permanezco así, ajena al paisaje que se desliza por la ventanilla del coche, ni el parloteo incesante de Elle y Charlotte consigue sacarme de mi aislamiento mental.
Lo sucedido con mi padre hace casi dos semanas aún sigue latente en mí.
Al menos, gracias a Mark, pude salir de dudas respecto a mi hermano.
Él llamó a mi cowboy para confirmar su presencia en la despedida de soltero, de hecho, desconocía que hubiera sido invitado.
Antes de cortar la comunicación Mark me lo pasó.
Durante un rato hablamos de temas diversos, hasta que me armé de valor y lancé la pregunta que tanto me atormentaba.
Su reacción inicial, al escuchar mis palabras fue de sorpresa e indignación.
Estuvo a punto de colgarme para enfrentarse a nuestro padre. Pero conseguí disuadirlo. No quiero que el implacable abogado Paul White, crea que ando de lloriqueo con mi hermano para que interceda por mí. Mi ruptura es definitiva y no hay nada capaz de hacerme cambiar de opinión.
—Zoe, ¿estás ahí? Tierra llamando a Zoe... Tierra llamando a Zoe... —El tono jocoso de mi amiga consigue sacarme de mi ensimismamiento.
—Creo que la hemos perdido, Elle —bromea Charlotte y ambas explotan en una sonora carcajada.
Sonrío con cariño ante la inofensiva broma.
—¿Estás bien? —indaga mi amiga cuando la risa se le agota.
Por un instante, planteo decirle la verdad, hace días que me repite la misma pregunta.
Pero decido callarme por la presencia de su suegra.
En realidad, este no es el único motivo, compartir mis penas solo serviría para arruinarnos el día.
Nuestra amiga Phoebe llega hoy a las cinco de la tarde y hemos quedado en recogerla en la estación de autobuses del pueblo.
En un principio teníamos pensado salir de casa con la hora justa, sin embargo, Charlotte quiso acompañarnos y cambiamos la programación.
La pobre mujer apenas sale del rancho, y ahora que las altas temperaturas dieron una tregua optamos por comer en el pueblo.
Luego, haremos hora entretanto visitamos el comercio local.
—Sí, tranquila. Solo repasaba la lista de la despedida de soltero, por si necesitábamos comprar algo —contesto al fin.
—Relájate, ya tenemos todo cubierto.
—Pena que habéis decidido conmemorar la despedida juntos. Deseaba ver un show de esos donde los muchachos se quitan la ropa. —Elle abre los ojos como platos y se gira hacia su suegra todo lo que le permite el cinturón de seguridad mientras yo suelto una carcajada.
—Ay, pillina. Si no estuviera conduciendo chocaríamos los cinco —digo entre risas.
—La culpa la tiene ese hijo tuyo —protesta mi amiga a la vez que frunce la nariz en un gracioso mohín de disgusto.
—Sí, hija mía, Caleb salió a su difunto padre. Por suerte, Mark no se parece a su hermano.
«Uy, uy, uy. No me gusta nada el rumbo que toma la conversación».
—Espero que Zoe nos recompense con un buen espectáculo en su fiesta de despedida —sugiere mi amiga con picardía, lo que provoca que me atragante con mi propia saliva.
—Cállate. —La miro de soslayo con ganas de estrangularla. Se ríe, la muy cabrita.
—Solo te pido que no tardes mucho, niña. Cada día que pasa veo menos.
—Dios, estoy perdida. No descansará hasta verme en el altar de la mano de su hijo —lo digo en voz alta sin darme cuenta y ambas mujeres se carcajean a gusto. Al final me uno a ellas, pero mi risa es nerviosa. Casarme tan joven no entra en mis planes.
—Me siento hinchada, parece que he comido un buey —comenta Elle en la salida del restaurante.
—Es que lo comiste, amiga. Te metiste un chuletón de casi un kilo entre pecho y espalda.
—Tú tampoco te quedaste atrás, apenas pude probar las verduras asadas —se queja mientras afloja el cinturón y desabrocha el botón de los vaqueros.
—¿No estarás embarazada? Porque yo comía como una lima cuando estaba en estado. Además, te noto con más barriga —dice Charlotte en tono ilusionado.
—Ni de broma digas eso —se mira el estómago a la vez que mete la barriga hacia dentro—. Solo necesito caminar un poco para bajar la comida.
—Bueno, pues caminemos. Hay un par de tiendas que quiero visitar —concluye sin esconder su decepción.
Elle no dice nada, y yo menos. Bastante tengo con eludir sus intrigas casamenteras. Charlotte es una magnífica persona, pero es una lianta profesional. Y como te descuides, te la lía parda.
—Empecemos por la tienda de Annie. Tengo que recoger el material de scrapbooking que he encargado.
La seguimos por la pequeña y pintoresca zona comercial que cuenta con galerías de arte, anticuarios, restaurantes, y diversas tiendecitas donde puedes comprar desde dulces, ropa, joyas, accesorios y hasta artículos para el hogar.
The Square también es conocido por su vibrante comunidad artística, sus artículos hechos a mano hacen que sea el lugar perfecto para encontrar un regalo especial e irrepetible.
El pueblo en si tiene un agradable ambiente cowboy-hippy que es muy texano, pero lo mejor de Wimberley Square es la oferta de ocio que alberga.
Desde música en vivo durante las tardes de verano hasta eventos temáticos para los niños.
Varias organizaciones usan la plaza para sus actividades recreativas, por lo que hay diversión durante todo el año.
He tenido la oportunidad de participar en alguno de sus eventos, no tantos como me gustaría.
La vida en el rancho es intensa y no sobra mucho tiempo para el entretenimiento, además he estado bastante ocupada con los preparativos de la boda.
—¡¿Qué me estás contando, Annie?! —La voz alterada de Charlotte me saca de mi abstracción.
—Lo que oyes, Charlotte. Su hijo va a vender la fábrica. —Busco con la mirada a mi amiga y ella se encoge de hombros.
—Dios mío, esto es un desastre. Evelyn estará removiéndose en su tumba.
—¿Qué ha pasado? —preguntamos al unísono Elle y yo.
—Nuestra amiga Evelyn murió hace un mes y el desagradecido de su hijo ha puesto en venta la fábrica de vidrio que heredó de su madre. —La dueña de la tienda se adelanta a contestar.
—No es una simple fábrica, es el proyecto de toda una vida.
Evelyn apoyaba a las madres solteras sin familia y sin recursos.
En su taller de vidrio artesanal, además de aprender un oficio tenían guardería, servicio de comedor y asesoramiento jurídico gratuito.
Es incomprensible lo que pretende hacer Benjamín.
Él, como hijo de madre soltera, sabe muy bien la importancia de este proyecto para estas mujeres —puntualiza Charlotte.
—A él eso le da igual. Lo único que le importa es el dineral que le van a dar por la fábrica —informa, Annie.
—Vuestra amiga tuvo que ser una mujer excepcional —ambas mujeres asienten a la vez—. Conseguir que ese tipo de negocio sea lucrativo es un gran logro —añado tras analizar las palabras de Annie.
—Evelyn trabajaba como una mula para que sus trabajadoras tuvieran un sueldo digno que cobrar al fin de mes, pero como bien has dicho, vivir de la artesanía no es fácil.
Por eso su hijo ha decidido deshacerse de la fábrica, demasiado esfuerzo para tan pocas ganancias.
Y por lo que tengo entendido a los interesados solo les interesa el terreno —recalca Annie.
La venta de la fábrica y el impacto que tendrá en la vida de estas mujeres me inquieta.
Quizás por la pérdida del suporte familiar y económico, aunque por supuesto mi situación no tiene nada que ver con la de ellas.
Yo no estoy embarazada ni tengo un hijo pequeño al que criar sola.
Y a pesar de que me han desheredado tengo dinero suficiente para vivir bien, eso sí, sin lujos ni ostentaciones. Ojalá pudiera ayudarlas.
Salgo de la tienda de Annie con una profunda sensación de impotencia que persiste durante la hora y media que dura nuestro paseo por el centro del pueblo.
Solo me libero de la pesadumbre que se ha instalado en mi corazón cuando veo a Phoebe bajarse del autobús.
Su sonrisa resplandeciente me contagia, llenándome de su buena energía.
—Joder, cómo os he echado de menos. —Abre los brazos y nos abalanzamos contra ella en un abrazo colectivo aderezado de risas eufóricas.
—Nosotras también —decimos al unísono, Elle y yo.
—Bienvenida, Phoebe. Me alegra que hayas podido venir —comenta Charlotte mientras nos observa divertida.
—Te noto... diferente. —La miro de arriba abajo en busca de cambios.
—Es verdad —confirma Elle—. Cuéntanos, ¿al fin han reconocido tu talento?
La miramos esperanzadas, pero la mueca de fastidio reflejada en su rostro indica lo contrario.
—Qué va, esos cabrones por poco me hacen perder el vuelo. Creo que disfrutan torturándome. —Refuerza lo que su semblante ya nos reveló.
—Vámonos, chicas —pide Charlotte con un tono de cansancio—. Ya tendréis tiempo de poneros al día una vez lleguemos al rancho.