Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

Zoe

La vida en el rancho vuelve a la normalidad.

A pesar de que la policía sigue sin dar con el paradero de Amanda, por lo menos han podido confirmar la información del detective: la ex de Mark se encuentra fuera del país.

Según Barry, utilizó un pasaporte falso para cruzar la frontera mexicana.

Tanto McGraw como el sheriff creen que el peligro ha pasado.

Ambos hombres ven poco probable que volvamos a tener noticias suyas.

No entiendo que alguien se complique tanto la vida como lo ha hecho ella.

Sus actos ni siquiera fueron juzgados. He visto a procesados penales salir indemnes de situaciones mucho más graves que esta.

Un buen abogado (cualquiera de White & Sons Global Law Firm ) cerraría este caso de atentado frustrado con una orden de alejamiento y una buena indemnización.

En fin, esperemos que el veredicto de los expertos se cumpla, porque no pienso volver a tener varios pares de ojos siguiéndome a todas partes.

Mi móvil suena en algún lugar de la habitación, al escuchar Love Is A Camera de Sophie Ellis-Bextor el corazón me pega un salto. Este es el tono de llamada que uso para identificar a mi padre. Parece que lo he invocado con mis pensamientos.

Sin perder el tiempo, cierro el grifo, me envuelvo en una toalla y salgo apresurada del baño para atender la maldita llamada.

Sigo el sonido hasta la ropa que se encuentra amontonada sobre el suelo, al lado de la cama.

Debo confesar que anoche se nos fue de las manos —vaya que sí se nos fue—, digo en voz alta al ver mis bragas de encaje destrozadas.

Las aparto a un lado y rebusco entre las prendas, entretanto la llamada se corta antes de que consiga localizar mi iPhone.

Al cabo de un rato de búsqueda infructuosa, desisto.

Mientras espero a que vuelva a llamar, porque estoy segura de que lo hará, me seco y me visto.

Sin apenas darme cuenta, empiezo a canturrear Love Is A Camera , parece una canción sosegada, con un cierto ritmo de vals.

Pero tras la historia de la señora que vive sola en una casa llena de fotos en el alto de una colina, se esconde un siniestro cuento folclórico de Europa del Este.

Donde dicha señora en realidad es una bruja que atrapa en fotografías el alma de sus visitantes cuando los retrata.

Sé que se preguntan: ¿qué tiene que ver esa canción con tu padre?

Por increíble que parezca, hay un paralelismo asombroso entre la galería de fotos de la bruja con los retratos familiares que cubren las paredes de mi casa.

Estos últimos revelan los rostros de todos los hombres y mujeres que a lo largo de cuatro generaciones han conseguido el título de abogado, casi siempre en universidades tan prestigiosas como: Harvard, Yale o Standford.

Cabe destacar que solo hay dos mujeres retratadas, ambas de nuestra época.

Tener sus fotos enmarcadas y expuestas con honor en dichosa galería, equivale a estar atrapado, sus vidas ya no les pertenecen, han entregado sus almas al bufete de abogados más prestigioso de Texas.

La canción vuelve a sonar y afortunadamente encuentro el móvil encajado entre el colchón y el cabecero de la cama, por suerte no llegó a caerse por el estrecho hueco.

—Hola, papá.

—¿Por qué has tardado tanto en contestar?

—Acabo de salir de la ducha —miento. Ni bajo tortura confieso lo sucedido.

—Nunca pensé que me decepcionarías tanto —dice en un tono calmado, preludio de lo que se fragua en su interior—. ¿Cómo has podido ensuciar de esta manera el apellido familiar? ¡Eres una inconsecuente, una malagradecida, una ilusa! —explota al fin.

Mi padre me esperaba en Austin desde hace una semana para empezar el curso. Pero no solo no seguiré con la carrera, como tampoco volveré a casa como esperaba. Me quedaré en el rancho hasta unos días después de la boda, prevista para el doce de septiembre.

A pesar de la dureza de sus palabras, hago acopio de un valor que no creía poseer y le planto cara.

—Basta ya, papá. No puedes tratarme así solo porque he decidido no seguir con la tradición familiar.

—Por favor, no seas ridícula. Sabes muy bien que no hablo de tu absurda idea de abandonar la carrera de Derecho. —Mi cerebro empieza a dar tantas vueltas que apenas soy capaz de estructurar pensamientos coherentes.

—¿De qué me acusas? —pregunto. Aunque, tengo una leve sospecha.

—¿Creías que no nos íbamos a enterar de que te has liado con un expresidiario?

—vocifera, dejándome casi sorda—. Por el amor de Dios, Zoe, ese hombre ha cumplido condena por quitar la vida a un pobre chaval, iba borracho como una cuba.

¿Has perdido el juicio? —Trago saliva, mientras la realidad explota en mi cara.

Sabía que esto podía pasar en cualquier momento, aunque no imaginé que dolería tanto. Un sentimiento de desolación me invade, se expande, se multiplica cuando pienso que Cristian pudo haberme traicionado.

—¿Quién te lo dijo?

—¿Eso es lo único que te importa? Después de todo lo que acabo de decirte —vuelve a gritarme—. Por tu bien espero que te expliques, y tengas algo que decir en tu defensa, porque esta vez, has ido demasiado lejos.

Podría decirle que está equivocado, que Mark es uno de los hombres más nobles que he conocido, que fue condenado injustamente, pero sé que a él lo único que le importa es lo que dirán los demás.

—No pienso justificarme ante ti ni ante nadie. Además, no servirá de nada lo que yo te diga. Estoy segura de que ya has dictado sentencia.

—En eso tienes razón. Sea cual sea la relación que mantienes con ese delincuente, ya la estás rompiendo. Quiero que vuelvas a casa y centres tus esfuerzos en acabar la carrera de Derecho. Hablaré con el decano para que te readmita y te permita incorporarte más tarde.

—Siempre te he respetado y he intentado cumplir con tus expectativas para que te sintieras orgulloso de mí, pero me he dado cuenta de que eso jamás sucederá.

Porque ni tus valores ni tus sueños son los míos.

En realidad, creo que tenemos muy poco en común.

Así que, a partir de hoy seguiré mi propio camino. Espero que respetes mi decisión, papá.

—Tus aspiraciones de niña mimada me tienen sin cuidado, pero mientras lleves mi apellido no permitiré que avergüences y humilles a toda la familia. Harás lo que yo te diga.

—¿O qué? —pregunto desafiante.

—O no recibirás ni un dólar de mí. Se acabó la buena vida. A ver cuánto te dura la rebeldía.

—¿De verdad crees que puedes comprarme con tu dinero? Qué poco me conoces —digo con pesar.

—Te conozco lo suficiente para saber que no durarás ni un día sin tu tarjeta de crédito.

—Se hace un silencio profundo al otro lado de la línea, creo que busca formas de causarme más daño—.

Te daré veinticuatro horas para que recapacites, de lo contrario no hace falta que vuelvas a casa para recoger tus pertenencias.

Me encargaré de enviártelas a este antro de delincuentes, donde al parecer, prefieres estar.

Puede que en otro momento de mi vida pesara más el financiero, pero desde que comprendí que se puede ser feliz en la sencillez, que la plenitud emocional no se puede comprar con un puñado de billetes, me siento preparada para emprender mi propio camino.

Además, no es que vaya a vivir en la mendicidad.

Tengo dinero ahorrado, que bien administrado me permitirá salir adelante hasta que decida qué hacer con mi vida.

—Muy bien, señor Paul White, que así sea. Adiós. —Cuelgo antes de oír su réplica. Sé que eso lo cabreará, siempre quiere tener la última palabra.

Me siento en el borde de la cama, las manos me tiemblan, el corazón me late a mil por hora y un sentimiento de desolación profunda empieza a romperme.

Cierro los ojos para contener las lágrimas y me dejo llevar por los recuerdos.

Recuerdos de una época en que quería muchísimo a mi padre: él era mi héroe.

Le atribuía superpoderes, como a los integrantes de la Liga de la Justicia.

En mi tierna inocencia, pensaba que protegía a los buenos y encerraba a los malos.

Durante mucho tiempo consideré que tenía una infancia perfecta, unos padres perfectos, una vida perfecta.

Pero tras abandonar la adolescencia —cuando mis dramas existenciales eran lo único que me importaba—, empecé a darme cuenta de que nada en mi mundo era real.

Existía un guion establecido que debía seguir al pie de la letra.

Siempre supe que saltárselo traería serias represalias, solo no esperaba sentir esa desolación tan profunda.

El móvil suena una vez más sacándome de mi tormento, lo cojo con la intención de silenciarlo.

Sin embargo, me quedo paralizada al ver el nombre de Cristian en la pantalla.

Tiemblo ante la posibilidad de confirmar que fue él quien me traicionó.

Aunque mi intuición diga lo contrario. Desconecto el aparato.

En este momento no me siento capaz de enfrentar a otra ruptura, otra que me remataría, que me destrozaría el alma.

Me dejo caer en el suelo y permito que las lágrimas que llevan años almacenadas empapen mis mejillas.

Una vez que las compuertas se abren, no hay manera de pararlas.

No sé cuánto tiempo lloro, habrá sido bastante, porque me siento destruida, sin fuerzas, arrasada por la pena.

Soy una masa patética y temblorosa y, hasta que una mano firme me agarra del hombro, no me doy cuenta de que Mark está sentado en el suelo junto a mí.

—Cariño, ¿qué ha pasado?

Su voz suave y tranquilizadora entra en mi sistema y acaricia cada fibra de mi ser aplacando la sensación de abandono que me envuelve.

Pasa un brazo sobre mi hombro y descanso la cabeza en su pecho mientras dejo escapar un suspiro de alivio.

Tenerlo cerca me da fuerzas para enfrentar esta nueva realidad.

—Habla conmigo, Zoe. Cuéntame lo que ha pasado. —Dejo la protección de su abrazo para perderme en la calidez de su mirada.

—Mi padre me ha dado un ultimátum: o acepto vivir bajo sus normas y retomo mis estudios o me busco la vida lejos de casa y por mi cuenta —digo con prudencia. Saber que su condición de expresidiario ha influido en la decisión de mi padre le hará mucho daño.

—¿Qué vas a hacer? —pregunta y veo un atisbo de incertidumbre en sus ojos—. ¿Vas a aceptar sus condiciones? —insiste ante mi falta de respuesta.

—Jamás. —Le sonrío para tranquilizarlo—. Llevo tiempo temiendo este momento, pero si este es el precio que debo pagar por ser libre, que así sea.

—Siento que la situación haya llegado a ese punto. ¿Qué piensan tus hermanos?

—Aún no he hablado con ellos. —Me muerdo la lengua para no revelar mis sospechas sobre Cristian y el verdadero motivo de mi castigo.

—Quiero que sepas que me tienes para lo que necesites. —Me coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Repasa mi rostro y fija sus ojos azules en los míos—. Eres bienvenida en esta casa, Zoe, aquí eres libre para ser quien tú quieras.

—Lo sé —susurro. Al fin las palabras de mi amiga cobran sentido: «Cuando encuentras tu lugar en el mundo te sientes fuerte, talentosa, amada y aceptada».