Capítulo 26
Mark
El camino de vuelta al rancho se hace eterno.
Tener a Zoe sentada delante de mí con sus torneadas piernas colgadas a los flancos del caballo y su trasero presionado contra mi entrepierna, es una verdadera tortura.
Tengo ganas de abrazarla, de besarla, de follármela hasta que se deshaga de placer entre mis brazos.
Necesito sentir que vuelvo a la vida después de estar a punto de perder a la mujer que me devolvió la alegría, la paz y la cordura.
Sé que sueno demasiado dramático, pero cuando la vi por primera vez estaba en proceso de recuperación.
Sin embargo, no hubiera soportado los ataques de Amanda sin su apoyo.
Zoe me ha devuelto la confianza que perdí en mí mismo.
Indiferente del futuro que nos espera, que deseo que sea juntos, sé con total seguridad que tengo la fuerza mental necesaria para enfrentarme a cualquier obstáculo.
He recuperado mi esencia, he vuelto a ser el de antes.
Mi gata salvaje se remueve entre mis brazos y una vez más soy consciente de que Amanda estuvo a punto de conseguir su objetivo.
Solo espero que este incidente sirva para que el detective consiga reunir suficientes pruebas incriminatorias para arrestarla.
Esta vez ha ido demasiado lejos y si no le paramos los pies ahora puede que en la próxima no sobrevivamos para contarlo.
Nos acercamos al rancho y esa proximidad despierta en mí cierta inquietud.
No es plato de buen gusto para nadie tener que revelarle a la mujer que quieres que la psicópata de tu ex le ha colocado una diana en la espalda.
Cuando le conté lo del chantaje, se lo tomó bien.
Pero ahora es distinto, han atentado contra su vida.
Puede que después de conocer los hechos quiera mantenerse alejada. No la culparía, quizás si no fuera tan egoísta, yo mismo la mantendría apartada hasta que fuera seguro estar a mi lado.
—¿Qué hace aquí el coche de la policía? —pregunta mientras nos dirigimos a las caballerizas.
—Es Barry, un amigo de la familia que acaba de ser ascendido a sheriff .
—Ya me encargo yo de los caballos —dice Diego—. Tú ve dentro con Zoe. —Le agradezco con un asentimiento.
—¿Me vas a contar lo que ha pasado de una vez por todas? —pregunta exigente, deteniéndose de golpe.
—Primero vamos a curarte esas heridas antes de que se infecten —me recrimino por no haberlo notado antes—, luego habrá que buscarte algo de ropa —añado mirándola de arriba abajo. Sin poder evitarlo me detengo en el encaje negro que se asoma por la abertura de la camisa—. Se te ve las bragas.
—Ya estoy harta de esperar, quiero saber lo que ha pasado, y quiero saberlo ahora.
—De acuerdo, pero antes buscaremos algo para taparte.
—No es necesario —afirma entretanto se pone a cerrar los botones de la camisa que lleva atada alrededor de la cintura. Observo sorprendido como la prenda se transforma como por arte de magia en una falda, fea de cojones, pero decente—. ¿Lo ves? Solucionado.
Me guiña el ojo al pasar a mi lado para dirigirse hacia la parte delantera de la casa, de donde provienen las voces enardecidas de los ahí presentes.
La alcanzo con un par de zancadas y juntos subimos los escalones del porche.
La conversación se detiene y todas las miradas caen sobre nosotros.
Algunas son de alivio, como las de Charlotte y Elle, otras especulativas y curiosas como las del detective McGraw y del sheriff Barry.
Aunque a la de este último, hay que añadir una pizca de codicia.
El muy cabrón no puede ver a una mujer guapa que ya empieza a pavonear.
«Ya me encargaré de pararle los pies».
—¡Gracias a Dios que estás bien! —exclama mi cuñada al ver a Zoe. Ambas se funden en un gran abrazo.
Mi madre es la siguiente en abrazarla, luego me encargo de las presentaciones. Una vez pasamos al salón, el detective empieza a enumerar los hechos desde el momento en que nos reunimos en el despacho.
Zoe lo escucha con una serenidad y entereza que me sorprenden, todo lo contrario de mi madre que hasta ese momento solo echaba la culpa al toro del vecino.
—¿Qué piensas hacer al respecto, Barry? —Charlotte se dirige a nuestro amigo y sheriff con un tono alterado—. Quiero a esa delincuente tras las rejas.
—La justicia no funciona así, Charlotte, pero gracias a la labor del detective y la confesión de Clay, además de las fotos y del dinero que Amanda le ha trasferido a su cuenta, podemos abrir diligencias.
—Traslada su mirada hacia mí, luego la detiene en Zoe—.
Necesito que os paséis por comisaría para ampliar la denuncia y para que os tome declaración.
—Lo que tenéis que hacer es vigilar a esa bruja. ¿Qué creéis que hará cuando se entere de que han pillado a su cómplice? —manifiesta Zoe por primera vez.
—Tranquila. Ya tengo a un agente apostado en su casa —dice Barry mientras despliega su encanto.
—Gracias, sheriff . Espero que esa loca no se salga con la suya.
—Yo también seguiré investigando —informa el detective—. Ese tipo de persona suele tener cadáveres escondidos en el armario.
Sus palabras se ciernen sobre mí de forma aplastante. He estado ciegamente enamorado de esa mujer y, quizás si no me hubiera dejado por otro más rico aún seguiría atrapado en sus garras. Obnubilado por un sentimiento enfermizo que distorsionaba la realidad.
—Bueno, debo irme. —Barry se levanta y recoge su sombrero del perchero situado junto a la puerta de entrada—. ¿Quién dijo que el trabajo de sheriff en un pequeño pueblo era preferible al de patrullar las calles y poner multas? No tenía ni pajolera idea. —Suspira con falso gesto de fastidio.
—¡Que tu madre no te escuche! —se apresura en decir Charlotte—.
Melinda está encantada con el papel de «madre del sheriff », no hace más que presumir.
Así que no te duermas en los laureles o te tirará de las orejas.
—Nuestro amigo ensaya una mueca de horror para ocultar lo mucho que disfruta de su actual popularidad.
El detective le sigue, pero antes de abandonar el salón se dirige a Zoe y le dice:
—Espero que ahora que hemos desenmascarado a Amanda podáis disfrutar de vuestra relación. —Le lanza una sonrisa genuina—. Formáis una pareja estupenda.
El silencio más absoluto cae sobre la habitación mientras los presentes pasean las miradas de Zoe a mí, esperando una confirmación. Aunque la mayoría ya lo sabe, puede que a algunos se le haya escapado algo. Lo digo por la cara de sorpresa de mi madre y de nuestro capataz, Diego.
Miro a Zoe a los ojos en busca de algún tipo de rechazo ante la afirmación del detective, al no encontrar ninguna aprovecho el momento para oficializar nuestra relación.
—Gracias, McGraw. Crucemos los dedos para que así sea. —Paso un brazo por encima de los hombros de Zoe, atrayéndola hacia mí.
Su cuerpo se tensa y, durante una milésima de segundo, contengo la respiración por temor a su rechazo. Solo vuelvo a la vida cuando corresponde mi gesto al rodear mi cintura con su brazo. Juntos observamos como los dos coches se pierden en el camino, dejando una estela de polvo a su paso.
—Cabrones con suerte, siempre me tomáis la delantera —bromea Liam con una mueca de fastidio.
Mi hermano pequeño se dio cuenta de mi interés por Zoe incluso antes que yo mismo.
Caleb estrecha a Elle entre sus brazos de forma protectora al tiempo que fulmina a Liam con la mirada.
Debo reconocer que mi hermano es un tanto cavernícola.
Menos mal que Elle es la persona más comprensiva, paciente y amorosa que hay sobre la faz de la tierra.
—Me hace muy feliz ver que os hayáis reconciliado —dice mi madre poniéndose en evidencia.
Su espontánea declaración corrobora mis sospechas: no solo sabía que estábamos liados, sino que habíamos peleado. De la reconciliación, dada su sorpresa inicial, aún no tenía conocimiento. Lo que me deja más tranquilo, de lo contrario, pensaría que tiene cámaras ocultas en todas partes.
—Mi nieta también se pondrá muy contenta —declara Diego llevándose una mirada fulminante de Charlotte—. Bueno, quiero decir, mi nieta y yo nos alegramos mucho por vosotros.
El comentario de Diego no tiene ningún sentido, y mucho menos la reacción de mi madre. Aunque Zoe y Elle parecen saberlo. Ambas comparten miradas cómplices mientras se esfuerzan para ocultar la risa.
«Aquí hay gato encerrado».
Las chicas vuelven a narrar con todo lujo de detalles lo sucedido en el arroyo.
A cada información añadida mi cuerpo se estremece ante lo que podría haber pasado si Zoe no hubiese conseguido subir a ese árbol, o si no hubiéramos llegado a tiempo para impedir que Elle interviniera.
El horror que veo reflejado en la cara de mis hermanos indica que compartimos la misma sensación.
Fue un milagro que las dos salieran ilesas.
Ese pensamiento me hace recordar que Zoe no salió de esta situación tan ilesa como a mí me gustaría.
—Zoe, es mejor que subamos para que te cure las heridas. De lo contrario podrían infectarse —digo con suavidad.
Mi gata salvaje acepta sin protestar y bajo la atenta mirada de mi familia subimos los escalones que nos conducen a la segunda planta.
Una vez en su habitación la dejo para que se duche mientras voy a por el botiquín.
Aprovecho ese momento para serenar mis emociones; preciso de todo mi autocontrol para la conversación difícil e inevitable que debemos mantener.
Regreso a su dormitorio unos minutos más tarde y me la encuentro descalza, con el pelo mojado y envuelta en un esponjoso albornoz rosa.
La conduzco hacia la cama y hago que se siente en el borde; el albornoz se abre exponiendo sus torneadas piernas.
Dejo el botiquín en el suelo y me arrodillo a sus pies.
—A lo mejor te duele un poco —informo mientras saco el antiséptico, el algodón, un paquetito de gasas y las vendas.
Después de limpiar cada corte provocado por la corteza con un algodón empapado en antiséptico, compruebo que no haya quedado ninguna astilla incrustada en su piel. Luego, seco cada rasguño con una gasa y le pongo la venda para evitar que el roce de sus muslos abra las heridas.
—Ya está —digo tras recogerlo todo—. Eres una buena paciente —añado sentándome a su lado en la cama.
—Gracias.
—¿Estás bien? Has estado demasiado callada —pregunto estrechándola entre mis brazos.
—Todavía asimilo lo que ha pasado. —Me mira con una mezcla de preocupación y rabia—.
Por más que su cómplice diga que su intención era asustarnos…
No me lo trago. Amanda sabía de lo que era capaz ese toro infernal, contaba con ello para causarme el mayor daño posible.
—Siento cómo su cuerpo se tensa—. Nunca había visto la muerte tan de cerca, Mark —susurra con voz inaudible.
—Siento mucho haberte puesto en el punto de mira de Amanda —suelto el aire y busco exhalar el sentimiento de culpa que me corroe por dentro.
—No te disculpes. Aquí la única culpable es tu ex —dice con voz suave a la par que me acaricia la mejilla.
El toque de sus dedos consigue apaciguar mi alma, pero no aplaca mi culpabilidad.
—Sé que no hemos definido la relación que tenemos y siento haberte puesto en un compromiso delante de toda mi familia.
—¿De verdad lo sientes? —pregunta con cierto retintín.
—No. —La miro con intensidad—. Pero entenderé si no quieres seguir con lo nuestro —respiro hondo—, ahora que sabemos de lo que Amanda es capaz, no estarás a salvo a mi lado.
Por mucho que me duela, debo alertarla.
—Ni yo ni nadie, esta mujer está como una cabra. —Se levanta y me apunta con el dedo—. Escúchame muy bien. Por más loca que esté esa víbora, no voy a permitir que controle mi vida. Estamos juntos en esto y juntos permaneceremos hasta el final, ocurra lo que ocurra. ¿Te ha quedado claro?
—Oh, sí, mi gata salvaje. Me ha quedado muy claro. —Capturo su mano y le doy un mordisquito a ese dedo acusador antes de atraerla hacia mí. La beso y pido que el tiempo se detenga, que me permita seguir haciéndolo una y mil veces.