Capítulo 25
Zoe
Después del calentón por la visita de Mark decido ir al arroyo para refrescarme, además de poner las ideas en orden. Ese sitio tiene algo mágico que me ayuda a conectar conmigo misma.
A esa hora de la tarde todo está en calma, se ralentiza, incluso el aire está muerto.
Casi cuesta creer que hace solo un rato una docena de trabajadores correteaban de un lado a otro.
Aunque esa tranquilidad no durará mucho.
Cuando caiga la tarde y las temperaturas desciendan unos cuantos grados, los que aún no han cumplido su jornada volverán a sus actividades hasta que se ponga el sol.
—¿A dónde vas con tanta prisa? —pregunta mi amiga tras habernos chocado de frente en la puerta de la cocina.
—Al arroyo. Hace demasiado calor. ¿Quieres acompañarme?
—Claro. Yo también me merezco un descanso.
Entretanto Elle prepara un refrigerio yo me apresuro en ensillar los caballos.
A todo galope llegamos al riachuelo. Damos de beber a los caballos y los dejamos pastar en la hierba que crece a la sombra del bosquecillo.
—Ahora entiendo por qué te gusta tanto ese lugar —comenta mi amiga.
La observo desde la orilla, donde el agua apenas me cubre los tobillos. Se lo pasa en grande en la pequeña piscina natural que se ha formado en uno de los extremos del arroyo, justo antes de estrecharse y perderse entre los árboles.
—Me alegra que te guste, pero este lugar está muy concurrido. —Sonrío con picardía—. Si quieres venir con Caleb, tendrás que pedirme cita. Ahora que lo pienso, ¿dónde tenéis vuestro nidito de amor?
Incluso con la cara salpicada de agua puedo ver cómo se pone colorada.
—A ti te lo voy a decir. —Sale del agua y se acomoda en una de las toallas que hemos extendido sobre la hierba. Me acerco a ella y me tumbo a su lado.
—Anda, no seas mala.
Me mira con los ojos entrecerrados por el sol, una media sonrisa empieza a formarse en sus labios, me lo va a decir.
Sin embargo, se sienta con un movimiento controlado y se pone la camiseta sobre su ropa interior.
Siempre que vengo sola o acompañada de Mark nado desnuda, pero como Elle es más pudorosa que mi abuela, llevo las bragas y el sujetador puestos.
—No te gires ni hagas movimientos bruscos. —Me pasa la blusa y las botas—. Póntelas.
—¿Qué pasa? ¿Hay algún pervertido mirándonos? —pregunto con un hilo de voz. En mi mundo son los únicos animales capaces de provocar daño de forma intencionada.
—¿Te acuerdas cuando Mark te dijo que nunca dieras la espalda a un toro? Pues ahora agrego que tampoco salgas corriendo.
—¡¿Qué mierda acabas de decir?! —inquiero—. Me faltan los pantalones cortos —añado tras ponerme las botas.
—Olvídate de tus pantalones. Tenemos un problema mucho mayor justo detrás de aquellos arbustos —me indica con un suave movimiento.
Al ver su cara de pánico me armo de valor y giro la cabeza con suavidad hacia la izquierda. Casi me meo encima, una bestia negra de aspecto diabólico nos observa enfurecido, estoy segura de que es el toro que tanto ha nombrado Charlotte. El animal parece salido del mismísimo infierno.
—Estamos muertas. —La adrenalina corre por mis venas y pide que me ponga a salvo lo antes posible. Mis piernas hormiguean preparadas para salir disparada, en contra de las recomendaciones de mi amiga.
—Dicen que los toros son muy sensibles a los movimientos rápidos o bruscos —me dice con una calma que no llega a sus ojos—. Tenemos los caballos cerca, así que nos levantaremos y nos desplazaremos con suavidad, sin apartar la mirada, ¿de acuerdo? —Asiento con una leve inclinación.
Cada tramo vencido es un alivio y una tortura a la vez. Alivio porque nos acercamos a nuestro objetivo y tortura porque el animal parece enfurecerse aún más con cada paso que damos.
Por fin alcanzamos a los caballos, Elle es la primera en montarse. Pero cuando voy a hacerlo yo el animal se encabrita casi tirándome al suelo. Impotente veo cómo levanta sus cascos delanteros antes de salir desenfrenado a través de la maleza que bordea el arroyo.
Elle controla su montura, que también está alterada, mientras me pide que no me mueva. Inmediatamente miro en dirección al toro.
«Y una mierda que no voy a moverme».
Salgo disparada al ver que el maldito animal ha saltado el arbusto que, de alguna manera, nos protegía, para venir flechado en mi dirección.
Miro a mi alrededor, desesperada, sin saber por dónde escapar.
Cuando creo que mi hora ha llegado, veo un gran árbol a tan solo unos pasos.
No tengo claro si voy a ser capaz de alcanzar la rama más baja, pero corro dispuesta a conseguirlo.
Impulsada por la adrenalina que circula por mis venas y, valiéndome de mis dudosas habilidades como animadora en el instituto, me detengo en seco y hago un salto vertical.
Grito de alivio al sentir la aspereza de la rama bajo mis manos.
A continuación, sin pensarlo y sin ser consciente de mis movimientos, uso la fuerza de mis brazos para elevar mi cuerpo.
Luego, escalo de una ramificación a otra hasta ponerme a salvo.
Cualquiera diría que trepar árboles es uno de mis pasatiempos preferidos.
La vieja encina se estremece cuando el aminal la alcanza con una fuerte embestida. Me agarro al tronco como un koala y empiezo a gritar histérica.
—Puto animal psicópata, fuera de aquí. —Me muevo para mirarle y siento como la corteza me araña la piel—. Como no te largues, juro que te convierto en filete —añado con algún resquicio de valentía.
Acto seguido paso de la risa al llanto, mi cuerpo empieza a temblar y me aferro aún más al árbol.
Miro a mi alrededor, esta vez en busca de mi amiga, no la veo por ningún lado.
¿Dónde diablos te has metido? Lanzo la pregunta al aire y vuelvo a poner mi atención en la mole infernal, que sigue embistiendo contra el árbol mientras emite sonidos escalofriantes que reverberan en la inmensidad del campo.
Dios, ¿cuánto tiempo tendré que estar así? Con el culo al aire y pegada al tronco de la encina como una lapa. Casi sería cómico si no estuviera muerta de miedo.
La respuesta llega en forma de ruido de cascos de caballos. Se acercan por la parte de atrás.
—¡Zoe! —Casi lloro al escuchar la voz de Mark. Con mucho cuidado me giro y observo los cinco jinetes que acuden en mi auxilio—. Tranquila, cariño, en nada te bajaremos de ahí —añade desde una distancia prudencial.
En este instante dejo de ser objetivo del toro infernal.
Ahora el animal centra su ira en los hombres que se acercan, impávidos ante sus incesantes y amenazantes gritos.
Además de la exhibición de fuerza anterior, ha empezado a rascar el suelo con sus pezuñas, provocando que se levante una nube de polvo sobre su región cervical.
Su lenguaje corporal también ha cambiado.
Parece estar preparándose para la batalla: cabeza agachada, cuello rígido y lomo encorvado en dirección al posible objeto de la agresión.
Me pongo cada vez más nerviosa a medida que se acercan, temo por sus vidas.
Sé que saben cómo actuar en ese tipo de situaciones, pero verlo en vivo y en color es muy distinto.
Quiero pedir a Mark que se detenga, pero no soy capaz.
Se me seca la boca y la voz se queda atascada en algún lugar de mi garganta.
El señor mayor que va en el grupo, quien creo que es el dueño de la criatura, toma la delantera y empieza a hablarle al toro con firmeza, el cual parece entenderlo.
Lo siguiente que ven mis ojos es un espectáculo salvaje, casi hipnótico.
Paso a paso, orden a orden, el hombre doma a la fiera.
No sin protesta, el animal emite sonoros mugidos, casi quejumbrosos.
Parece que ceder el control le provoca algún tipo de dolor.
Me recuerda a un niño en plena rabieta: sabe que tiene todas las de perder y, aun así, lucha hasta el final.
Al hombre mayor se le acerca otro, bastante más joven, y toma el relevo.
El toro se revuelve e intenta recuperar su dominio, pero el sujeto se mantiene firme mientras lo guía en dirección al alambrado que separa los dos ranchos.
—Joder. ¡¿Queréis dejar de mirarle el culo?! —La protesta de Mark gana mi atención.
Consumida por el miedo me olvido de que tengo el trasero al aire.
Aunque después del susto que he pasado poco me importa que me miren las posaderas.
Por curiosidad, busco a los mirones. Caleb galopa rumbo al bosquecillo, así que lo descarto.
Liam aparta la mirada cuando hacemos contacto visual.
Solo queda el viejo, que sigue con la cabeza levantada.
—¡A mí no me eches la bronca! —se defiende sin apartar la vista—. Apenas veo nada.
«Será descarado el viejo».
—Cariño, ya puedes bajarte —pide Mark, lanzándome una sonrisa tranquilizadora.
Impulsada por sus palabras, empiezo a descender. Sin embargo, me detengo a medio camino para comprobar si el toro ya abandonó las tierras de los Wolf.
—Yo no me bajo de aquí mientras esa bestia esté cerca —digo tras observar cómo el animal intenta rebelarse a cada paso que avanza.
—Muchacha, Diablo es demasiado temperamental, pero una vez que ha sido doblegado ya no representa ningún peligro —afirma el propietario de la mole asesina cuyo nombre le viene como anillo al dedo.
«¿Quién en su sano juicio mantiene un animal de esas características?». Alguien igual de loco que la bestia infernal.
—Querrás decir «hoy», porque mañana seguirá representando una amenaza para todo aquel que se cruce en su camino —replica Mark.
—Con mi toro no os metáis —protesta mientras tira las riendas de su caballo hacia la izquierda—. Más cuidado debéis tener con la arpía que ha provocado todo ese desastre —añade y sin esperar respuesta sale a galope.
—¿Qué ha querido decir? —pregunto.
—Baja que te lo cuento.
La curiosidad vence al miedo y con cuidado desciendo por las ramas más gruesas. En este momento me doy cuenta de que bajar es mucho más complicado que subir. Si no tuviera la sangre cargada de adrenalina, probablemente no hubiera logrado ponerme a salvo.
Cuando logro alcanzar la rama más baja, Mark me espera junto al árbol con los brazos extendidos. Desde esa posición, más elevada debido a la montura, consigue tocar la rama con la punta de los dedos.
—Siéntate en la rama y déjate caer, yo te atrapo.
Me da miedo que su caballo se encabrite, como lo hizo el mío.
Pero no me queda otra que confiar en su habilidad como adiestrador.
De lo contrario, me convertiré en la atracción del rancho.
Porque estoy segura de que el bocazas de Liam se encargará de extender el chiste.
Me estremezco con los titulares ofrecidos por esa vocecilla interior que casi siempre ignoro: «la encontraron encaramada a la encina», «tenía el culo al aire y se negaba a bajar», «esas chicas de ciudad son unas miedicas».
De eso nada, digo a mí misma y sin pensarlo demasiado sigo las instrucciones de mi cowboy .
—Te tengo, preciosa, puedes abrir los ojos.
—Pensé que no salía de esta —murmuro, aliviada.
—Nunca he pasado tanto miedo en mi vida. —Me abraza fuerte—. Creí que no llegábamos a tiempo.
—¿Sabías que estábamos en peligro? —pregunto—. ¿Elle está bien? —vuelvo a preguntar al recordar a mi amiga.
—Sí, llegamos justo a tiempo de ponerla a salvo. —Se saca la camisa y me la ata alrededor de la cintura —. Volvamos al rancho. Te lo explicaré todo cuando lleguemos.
Todavía tengo el susto metido en el cuerpo. Así que contengo mi curiosidad y me dejo envolver por los brazos protectores de Mark.