Capítulo 23
Zoe
Tardo en avistar a mi amiga, está agachada entre los bancales de hortalizas.
Solo de pensar que me he ofrecido para ocupar su lugar, aunque sea un engaño, me entran ganas de huir despavorida.
Acelero el paso y mientras esquivo el barro y salto los charcos de agua formados por la irrigación de los canteros decido alargar la farsa de Charlotte.
—No vas a creer lo que me acaba de pasar —anuncio, con la respiración jadeante.
—Me da hasta miedo preguntar. —Me mira inquisitiva.
—Tu suegra me ha tendido una trampa y he caído de lleno —confieso.
—Te dije que tuvieras cuidado con ella, es una lianta profesional. —Sonríe con cariño—. ¿Qué ha hecho esta vez?
—Pues me ha contratado para sustituirte —digo sin más.
—¿Cómo que para sustituirme? ¿Qué significa eso?
—Significa que mientras follas como una posesa con tu marido en una isla paradisíaca, yo quitaré hierbajos y sortearé excremento de gallina.
—¿Qué ha pasado con la nieta de Diego? —Ignora mi comentario subido de tono.
—Se ha roto el tobillo, la pobre —contesto con el mismo dramatismo utilizado por su suegra.
—Eso tiene que ser una broma. —Me mira con atención, a la espera de que suelte una carcajada por haberla engañado. Me mantengo firme—. ¿¡Va en serio!? —Niega con vehemencia—. Tienes que rechazarlo, Zoe.
—No puedo. —La miro como quien busca comprensión—. Sé que piensas que no soy capaz, pero te prometo que lo haré bien.
—¡¿Qué dices?! Si no puedes ver una lombriz de tierra que empiezas a gritar —me mira exasperada—, en la caja del compostaje hay miles y miles.
—Pues contrataré a un ayudante. Que es lo que deberías hacer tú. Hay que aprender a delegar.
—¡Dios!, cuando vuelva encontraré el huerto destrozado.
Debería de sentirme molesta por la poca fe que deposita en mí, sin embargo, lo encajo con deportividad. Elle me conoce lo suficiente para saber que ese trabajo y yo somos incompatibles.
La miro con cariño y me apiado al ver su semblante consternado.
—Es broma, tonta. —Amenaza con tirarme una pala de mano llena de estiércol, por suerte el alivio que siente al saber que su preciado huerto seguirá rebosante de vida es mayor que su enfado por mi mentirijilla—. Aunque es verdad que tu suegra me ha contratado.
—¿Quieres explicarte? Porque todavía tengo el susto metido en el cuerpo.
Le hago un resumen de lo sucedido y se parte de la risa.
Y una vez que tiene claro que no pretendo destruir su huerto, decidimos seguir con la farsa ante Charlotte.
Ambas llegamos a la conclusión de que es la mejor manera de mantenerla bajo control.
De lo contrario, sacará otro plan descabellado de la chistera.
—¿Qué pasa? Conozco esa mirada, ¿qué más me ocultas? —pregunta después de un prolongado silencio.
—Me conoces bien, amiga. —Le sonrío—. ¿Recuerdas cuando me acusaste de cobarde en Austin? —Asiente—. Dijiste que prefería huir antes de reconocer que estaba enamorada de Mark. Tenías razón, en parte. —Me mira intrigada.
—¿Qué quieres decir?
—Que por primera vez en mi vida sé la diferencia entre follar y hacer el amor —digo para provocarla.
—¡Dios bendito! ¿No puedes decir simplemente: estoy enamorada de Mark hasta las trancas?
—Uff, demasiado cursi para mí. —Sacude la cabeza, dándome por perdida.
—Así que tenía razón, en todo —recalca la última palabra con una sonrisa triunfante.
—No. No hui por miedo, sino por orgullo. Aquella noche Mark estaba con Amanda.
—¿Qué disparate acabas de decir?
Comparto con ella los acontecimientos de la noche anterior, obvio las partes calientes.
Mi amiga es sensible a ese tipo de contenido.
Se mantiene en silencio gran parte del relato, pero en alguna ocasión me interrumpe para despotricar contra Amanda.
Por supuesto la ayudo a ampliar la lista de descalificativos, esa mujer se merece cada insulto.
—¿Por qué no me lo contaste antes? —pregunta después de un breve momento de introspección.
—Porque creía que Mark había retomado su relación con ella. Sabía que eso te destrozaría, no solo a ti, sino a toda la familia.
Dejamos zanjado el tema y nos centramos en la parte positiva: mi reconciliación con Mark. A pesar de no saber lo que eso significa ni del rumbo que va a tomar nuestro romance veraniego, me divierto con su entusiasmo. Que, ni corta ni perezosa, me ha convertido en su futura cuñada.
Paso el resto de la mañana a su lado. Por suerte el trabajo en el huerto ya estaba finalizando cuando llegué, de lo contrario hubiera tirado la toalla al cabo de media hora.
Luego de recoger las herramientas y dejarlas en la caseta, nos dirigimos al taller situado en la parte trasera de la casa, donde antes era la cocina del rancho.
La dependencia iba a ser derruida para ampliar el porche, pero Elle la transformó en su pequeña fábrica de productos artesanales, incluso ha mantenido el viejo fogón de leña.
Además de conservar varios utensilios antiguos de cobre, como: ollas, cazos, calderos y sartenes de diversos tamaños.
Entrar allí es como cruzar un portal en el tiempo, con todas esas hierbas y flores secas, algunas colgadas y otras distribuidas en botes de cristal por las estanterías de nogal natural que cubren las paredes.
Sin hablar del olor, es incomparable a todo lo que haya experimentado.
Me siento como una auténtica bruja del siglo XVIII, meciendo pociones a fuego lento en enormes calderos… solo falta el gato.
Sentadas en una mesa de madera maciza situada justo en el centro de la cocina, nos disponemos a sacar los jabones de los moldes de silicona.
Luego los envolvemos en papel greaseproof, un producto cien por ciento compostable y biodegradable, como no podía ser de otra forma.
Para finalizar pegamos una etiqueta con la frase: hecho a mano con amor.
Miro a mi amiga y sonrío, siempre pone su corazón en todo lo que hace.
—Eres feliz con esa vida, ¿verdad? —Sus ojos brillan emocionados.
—¿Sabes cuándo sientes que has encontrado tu lugar en el mundo?
—Trago saliva y niego con la mirada—. Te sientes fuerte, capaz, talentosa.
Sientes que aportas mucho a los demás. Te sientes amada, aceptada y, sobre todo, te sientes realizada.
Así me siento desde que llegué aquí, amiga.
Este lugar, estas personas que ahora son mi familia, me han curado las heridas.
Ahora solo me falta contar la verdad a Caleb para que mi felicidad sea plena y pueda estar en paz con mi consciencia. —Respira hondo.
La profundidad de sus palabras me hace derramar alguna que otra lagrimilla. Elle también se emociona, ambas nos miramos y nos abrazamos. Es un abrazo sincero, reconfortante, esperanzador.
—Tú también vas a encontrar tu lugar en el mundo. —Me pone la mano en el pecho—. Escucha tu corazón.
—Uff, qué intensidad. —Me seco las lágrimas con un gesto dramático. A cambio, le saco una carcajada.
Una vez en la soledad de mi dormitorio, me pongo a reflexionar sobre las palabras de mi amiga. Puede que siga su consejo, en parte. Soy de las que prefieren ser imparciales y dar voz a ambas entidades abstractas que cohabitan en mi interior: la mente y el corazón.
—Aquí te escondes. —Me giro y veo a Mark parado en medio de la habitación. Sus ojos se iluminan al verme y una deliciosa emoción se propaga por mi cuerpo.
—Hola.
Me tiende la mano, se la cojo y tira de mí pegándome a su cuerpo.
Alzo la mirada y me pierdo un instante en la profundidad de sus ojos azules.
Él sujeta mi rostro entre sus manos y me besa hasta robarme el aliento, el alma y el corazón.
Se separa mordiéndome el labio para después dejar un beso lento como una mariposa sobre él.
—No tienes idea de lo mucho que deseaba verte —pega su frente a la mía. Su respiración entrecortada arroja su aliento fresco sobre mis labios—, pero he tenido una mañana de locos. No he parado ni un minuto.
Me aparto y lo miro con atención, está recién duchado y huele de maravilla. Se le ve seguro, tranquilo, además de guapo a rabiar. Cualquiera diría que lleva desde las cinco sin parar de currar.
Sin pensarlo le quito el flequillo rebelde que le cae sobre el ojo izquierdo —sonrío— ese gesto empieza a ser familiar.
—También he tenido una mañana bastante ajetreada.
Elle me ha tenido como una esclava, trabajé sin descanso.
—Suelta una carcajada—. ¿No me crees? Mira cómo tengo el brazo.
—Lo doblo para sacar un bíceps inexistente.
Vuelve a soltar otra carcajada. Creo que me hago la payasa solo para escuchar ese delicioso sonido que sale del fondo de su garganta.
Cuando lo conocí jamás pensé que eso fuera posible—.
Bueno, puede que haya exagerado un pelín, pero nunca he estado tan en forma como ahora —añado, orgullosa de mi cuerpo tonificado.
Su mirada se oscurece y siento como el estómago me da un vuelco.
—Creo que el mérito por tu buena forma es más mío que de Elle.
—Mmmm, déjame pensar. —Aparta mi pelo y me besa en el cuello—. No estoy muy segura, tendré que evaluarlo mejor la próxima vez—. Noto su sonrisa sobre mi piel.
—Si no tuviera a mis hermanos esperándome abajo, te tumbaría en este escritorio y te mostraría que tengo razón. —Mordisquea mi cuello con hambre, dejándome sin fuerzas y con una risa floja. Le deseo. Mi cuerpo le anhela.
—¿Estás seguro de que debes irte? —pregunto con voz sugerente.
—Sí, tengo cita con el detective que he contratado. Al parecer tiene novedades sobre Amanda.
El deseo que circula por mis venas se disuelve de un plumazo al escuchar el nombre de esa bruja.
—Espero que sean buenas noticias —digo.
—Conseguiremos librarnos de esa mujer, Zoe. Te lo prometo.
Sus labios vuelven a encontrar los míos y una vez más mi cuerpo vuelve a la vida. Gimo mientras me apoya en el borde del escritorio. Desliza su mano por mi pierna e intenta meter los dedos bajo el dobladillo del vestido, justo en ese momento su teléfono empieza a sonar.
Hago un mohín cuando se separa de mí y dejo que mis dedos recorran su pecho.
—Debo irme. —Suena como un niño a quien le acaban de robar su golosina.