Capítulo 22
Zoe
La impertinente luz solar que entra a raudales por el hueco entre las cortinas me despierta. Cojo el móvil de la mesita de noche y miro la hora, ya son casi las nueve. He dormido más de la cuenta, aunque no me sorprende. La montaña rusa de emociones a la que me sometió Mark me dejó KO .
Me abrazo a la almohada que sigue impregnada con su olor mientras me convierto en un ovillo.
Cierro de nuevo los ojos y hago memoria de lo sucedido en la noche anterior.
Por un lado, me alegro de haber arreglado la situación con mi cowboy , por otro, siento que pierdo el control de mi vida.
Además, temo que Amanda lleve a cabo su amenaza, mi familia no me perdonará si les daño su intachable reputación.
Para ellos, las apariencias lo son todo.
Siento vértigo solo de pensar en los desafíos que tendré por delante, pero tengo claro que no voy a ignorar lo que siento por Mark.
Estaré a su lado y le apoyaré en lo que necesite.
Aunque él no es el único que tiene problemas, yo también debo lidiar mis propias batallas para recuperar las riendas de mi vida.
Ambos debemos superar nuestros propios obstáculos antes de pensar en un proyecto común.
Dicen que el amor verdadero es capaz de superar dificultades, romper barreras y construir caminos donde antes no los había. En cualquier momento de mi vida anterior me habría reído de esa metáfora, ahora empiezo a poner mis esperanzas en ella.
Remoloneo en ese mar de sensaciones placenteras y esperanzadoras, hasta que mi estómago protesta. Me levanto de la cama y me acerco a la ventana, aparto la cortina y contemplo el vasto paisaje —respiro hondo y sonrío—, creo que estoy más adaptada a este mundo de lo que me imagino.
Tras una ducha rápida me arreglo y pongo rumbo a la cocina. En cuanto cruzo la doble puerta batiente, me encuentro de bruces con Mariana. La buena mujer me recibe con su habitual sonrisa.
—Te he dejado el desayuno en la bandeja. Siento no poder servírtelo, pero tengo que llevar esto al barracón de los peones —me enseña la enorme cesta repleta de esponjosas rebanadas de pan de maíz y galletas texanas.
—Vete tranquila, Mariana. Demasiado has hecho preparándome el desayuno. —Levanto la tapa de la bandeja y el aroma a pan recién horneado invade mi olfato—. Muchas gracias, huele de maravilla.
Ella me dedica una última sonrisa antes de abandonar la cocina. Cojo la bandeja con cuidado y me siento a la mesa del porche.
No es la primera vez que desayuno sola, pero siempre tengo a alguien que merodea cerca.
Elle, al principio de mi llegada, solía rescatarme de los brazos de Morfeo para que desayunáramos juntas.
Con el tiempo me adapté a los horarios del rancho y dejé de necesitar que actuara como mi despertador personal.
Sin embargo, hay días como hoy, donde el trabajo se intensifica y todos cambian su rutina.
Mariana se desdobla entre la casa y los barracones, los chicos no aparecen para las comidas y mi amiga madruga para cumplir con sus obligaciones.
Un fuerte sentimiento de incomodidad me invade. Me siento avergonzada de mi ociosa vida de princesa —¡y una mierda!—, no me gusta madrugar. Tiene que haber un punto medio entre no hacer nada, o casi nada, a deslomarse de sol a sol.
Aunque, si lo pienso bien, tampoco me he quedado con los brazos cruzados.
Sin darme cuenta he ayudado a mi amiga en sus labores más veces de las que me esperaba.
Y debo confesar que disfruto muchísimo con sus clases sobre plantas medicinales y cultivos orgánicos. Es una experiencia muy enriquecedora.
«Quizás deba colaborar más. Hay muchas tareas que no implican despertar antes de la salida del sol».
Una hoja de papel arrugada y amarillenta se cae al suelo por una ráfaga de viento, casi como una invocación.
Me levanto y la recojo, es del recetario de Charlotte que se encuentra sobre la encimera de mármol.
Su contenido me llama la atención y vuelvo a sentarme con la hoja en las manos.
Es la receta de las galletas que ha hecho Mariana esta mañana. La leo en voz alta:
Entretanto repaso el modo de preparación, pruebo la galleta que Mariana me dejó en la bandeja.
Creo que es la mejor que he comido en la vida, está crujiente por fuera y un pelín pastosa por el centro.
Vuelvo a leer la receta y parece fácil de preparar, incluso para alguien como yo, con habilidades culinarias limitadas.
Una lucecita se enciende en mi cabeza. Quizás haya encontrado la manera de contribuir en las tareas de la casa. Tendré que hablarlo con Elle.
Entusiasmada con mi muevo proyecto, recojo la mesa y meto en el lavavajillas lo que he ensuciado.
A continuación, salgo por el patio trasero para ir al encuentro de mi amiga.
Antes de doblar la esquina de la casa escucho la voz de Charlotte, habla en susurros con Diego —sonrío y me acerco con pasos sigilosos—, quiero pillarlos in fraganti .
Sin embargo, me detengo nada más escucho mi nombre.
—Ese es el plan: cuando tengamos a Zoe cerca, tú me dirás que tu nieta se ha roto el tobillo.
Yo me mostraré compungida, no solo por tu nieta, claro, sino por haberme quedado sin la persona de confianza que cuidaría de mis animalitos y del huerto mientras Elle está de luna de miel —dice Charlotte con un dramatismo digno de un Oscar.
—Eso contando con que Zoe se ofrezca al cargo.
—Lo hará. Es una chica con un corazón de oro, y no querrá que su amiga se vaya preocupada a su luna de miel.
«Qué convincente. Incluso a sabiendas de que es mentira, estoy por decirle que me hago cargo del huerto y de lo que haga falta».
—No creo que ese plan tuyo sea buena idea —protesta Diego.
—Tú solo sígueme la corriente. Tengo que conseguir que Zoe haga las paces con Mark, y para eso necesito ganar tiempo.
—Mark es capaz de solucionar sus propios problemas. No me gusta…
—Deja de protestar, viejo gruñón. ¿Vas a ayudarme o no?
—¡Viejo! Pero si tú eres mayor que yo —replica indignado y tengo que tapar la boca para no soltar una carcajada.
—La edad está en la mente, y la tuya sigue en la edad de las cavernas.
«Jolín, Charlotte. Ahora le has dado fuerte». Espero a ver qué contesta, pero el pobre hombre se ha quedado mudo.
—¿Qué me dices, Diego? ¿Puedo contar contigo?
—Sí. Pero quiero que conste que no estoy de acuerdo con ese plan descabellado.
No escucho nada así que decido salir de mi escondite. Tengo curiosidad por ver cómo cada uno interpreta su papel. Yo, por supuesto, pienso darles cuerda.
Antes de reanudar el paso, retrocedo en silencio.
Luego, intensifico el ruido de mis pisadas para que sepan que alguien se aproxima.
Al doblar la esquina, ambos miran en mi dirección.
Diego agacha la cabeza y Charlotte me mira con un brillo travieso en los ojos.
¡Casi puedo escuchar el tictac ciñéndose sobre mí mientras ese par se prepara para entrar en acción!
Charlotte pone la mano en el hombro del capataz cuando me acerco y dice:
—Bueno, Diego, no te preocupes. Dile a tu nieta que lo más importante es la salud.
—¿Qué ha pasado, Diego? —Entro en el juego.
El vaquero mira a Charlotte, parece dubitativo, quizás espera que su jefa y amiga conteste en su lugar.
Durante un tiempo llegué a sospechar que existía un romance entre ellos, ambos están viudos y hacen buena pareja.
Pero solo necesité un par de semanas en el rancho para descartarlo.
Se tienen cariño y se respetan, el capataz es uno más de la familia.
—Se ha roto el tobillo —contesta Charlotte al fin.
—Sí, eso, el tobillo —masculla Diego—. La pobre tiene un cabreo. —Mira a Charlotte—. Estaba muy ilusionada con trabajar en el rancho.
«Madre mía, le ha costado arrancar, pero parece que ha cogido el gustillo a la interpretación o a contar mentiras, depende de cómo se mire».
—Una lástima que se lesionara —comenta Charlotte con pesar.
Si no supiera la verdad me sentiría apenada por la pobre chica—.
Ahora no sé dónde voy a encontrar a alguien de confianza para sustituir a Elle mientras se va de viaje.
—Caramba, esa mujer merece un Oscar—. Estamos en temporada alta y la mayoría prefiere trabajar en la ciudad, en los locales de ocio.
Se gana mucho más y no es tan duro como el campo.
—Seguro que encontramos a alguien. Puede que la novia de Lucas esté interesada —sugiere Diego. Ambos mantienen una conversación poco amigable con la mirada.
—A esa cabeza de chorlito, no. Prefiero apañármelas sola —rechaza, rotunda.
Hasta donde he podido escuchar esas palabras no formaban parte del guion. Parece que el vaquero se echa atrás y por la mirada desafiante que ha lanzado a su amiga todo indica que ha decidido contradecirla.
«De eso nada. Hay que mantener el argumento, Diego».
—Si no encontráis a nadie, yo me ofrezco al puesto. —Sonrío y pongo cara de niña buena.
—¡¿Has perdido la cabeza, muchacha?! Cómo vas a cuidar del huerto con esas uñas, si eso parece… —se toma su tiempo, buscando una palabra que no encuentra—, bueno, no sé qué parece, pero con eso no puedes ni ponerte el guante de trabajo.
Se acaba de confirmar lo que antes era solo una sospecha: Diego ha decidido ir por libre y al parecer pretende descargar su frustración en mi manicura.
—Oye, tampoco hace falta que me ofendas.
—Muevo mis dedos y exhibo mis uñas largas, ovaladas y perfectamente esmaltadas en color verde menta con los bordes rosa—.
Me las cortaré después de la boda, no te preocupes por eso —informo decidida y un pelín molesta.
Lo que era un teatrillo dramático y divertido empieza a tomar tintes de tragedia.
—¿Crees que podrás con todo? —pregunta Charlotte con entusiasmo.
—Claro que sí. Suelo lograr todo lo que me propongo —afirmo con vehemencia mientras lanzo una mirada a Diego.
—Es un trabajo pesado, Zoe, a decir verdad, dudo que aguantes más de dos días bajo un sol de justicia.
—Empiezo a pensar que no te caigo bien —digo, dolida.
—No es eso, niña, me caes muy bien. —Suaviza el gesto y su voz se dulcifica—. Sé que tienes buen corazón y tus intenciones son nobles, pero te veo muy…
—Muy nada —interrumpe Charlotte con brusquedad—. ¿No dijiste que tenías que ayudar a Caleb? Pues, a trabajar —le despacha sin contemplaciones.
Diego refunfuña mientras se va:
—Eso no va a acabar bien y quien lo pagará será el muchacho.
—No le hagas caso a ese viejo, no sabe lo que dice. —Me sonríe de oreja a oreja—. Tu ve con Elle y pégate a ella. Tienes poco más de un mes para aprender todo. —Se levanta y se va dejándome con una extraña sensación.
«¿Qué acaba de pasar aquí?».
Creía que era yo la que le tomaba el pelo a ese par de alcahuetes, ahora ya no estoy tan segura. Además, ¿qué ha querido decir Diego? Está claro que «el muchacho» al que hace referencia es Mark. Solo espero que no piense que soy como Amanda. Eso me dolería mucho.
Hace un instante buscaba formas de ayudar en el rancho, ahora tengo dos. Aunque una sea ficticia y la otra aún no sé si la llevaré a cabo, queda probado que el pensamiento tiene poder.
«¡Madre mía! ¿Cómo me he metido yo solita en este lío?».
Mantengo un diálogo conmigo misma de lo más entretenido, entretanto sigo el sendero de grava que conduce al huerto.