Capítulo 20
Zoe
Dos horas después me retiro a mi habitación.
Lo hago desganada, con pasos arrastrados ante la inminente noche en vela que me espera.
Pensar en los momentos compartidos con el maldito cowboy es mi nueva obsesión.
Me fastidia sentirme así, pero al parecer cuanto más intento olvidarlo, más pienso en él.
Tal vez si pienso en él podría olvidarlo más rápido, reflexiono mientras cierro la puerta con llave.
En realidad, es una medida innecesaria, Mark jamás haría nada en contra de mi voluntad.
Pero es ahí donde reside el problema, porque es probable que sea yo la que desee que lo haga.
Mejor mantener la tentación fuera del alcance.
Me quito las sandalias y el vestido bajo la suave luz de la luna que se filtra por la ventana.
Es curioso, pero las extrañas sombras proyectadas en la pared no me asustan, al contrario, disfruto de esa calma casi mágica.
Ya en ropa interior me dirijo al cuarto de baño, me lavo los dientes y me desmaquillo.
Una vez realizada mi rutina de skincare vuelvo al dormitorio.
«No fastidies. Ahora también sufro de alucinaciones».
Sacudo la cabeza mientras me acerco a la cama para comprobar si la visión es real o provocada por el exceso de alcohol. No hace falta una mirada muy profunda para advertir que el espécimen masculino que se encuentra tendido sobre mi cama es tangible, muy tangible.
Me invaden miles de sensaciones encontradas: por un lado, tengo unas ganas tremendas de despertarlo a base de bofetadas, por otro, anhelo acercarme para acariciarlo, besarlo.
De momento, aprovecho que tiene los ojos cerrados para examinarlo a conciencia.
Se le ve relajado, libre de culpa y más sexy que nunca.
Su pelo ha crecido y un flequillo desordenado le cae sobre la frente, sin pensarlo alargo la mano y aparto el mechón rebelde que le tapa la ceja.
El deseo de seguir acariciándolo me invade, sin embargo, antes de que me deje llevar por la tentación soy sorprendida por unos brazos fuertes y ágiles.
Lo siguiente que noto es el frescor de las sábanas bajo mi espalda y el peso del cuerpo de Mark sobre el mío.
Lo miro con la boca abierta, desbordada por el cóctel de emociones que su proximidad despierta en mí. Sería tan fácil dejarme llevar por el tacto de su piel, por su olor, por la intensidad de su mirada. Por suerte el mensaje de Amanda cobra vida en mi mente y me libera de su embrujo.
Enfadada conmigo misma por mi momento de debilidad, intento apartarlo, pero sus manos encierran las mías a la altura de mi cabeza, inmovilizándome.
—No te vas a escapar de mí, Zoe. No antes de que hablemos.
—Ya te dije mil veces que no tenemos nada de qué hablar —suelto con una mezcla de ira y deseo.
—Eres tan obstinada como una mula.
—Prefiero ser obstinada como una mula que ser como tú, un mentiroso sin escrúpulos —replico.
Aunque en la cena quise gritarle unas cuantas verdades a la cara, ahora mismo no pienso revelar más de lo que ya he hecho.
Su cinismo no conoce límites y no pretendo quedarme como una novia posesiva que ve traiciones donde no las hay.
—¿Puedes concretar? Porque empiezo a estar cansado de tus insinuaciones.
—Y yo empiezo a estar harta de ti —digo con voz firme mientras oculto lo mucho que me afecta su presencia.
Un brillo abrasador invade sus ojos, estos adquieren un tono más oscuro mientras recorre el borde de mi sujetador con la punta de los dedos.
—¿Qué haces?
—Tu cuerpo suele ser mucho más comunicativo. —Me sonríe de medio lado—. A ver si me cuenta lo que necesito saber.
—Te lo tienes bastante creído, ¿no crees? —protesto.
Como respuesta, presiona sus caderas contra mi entrepierna.
Puedo sentir el calor de su erección a través de la tela que nos separa y, aun a sabiendas de que debo detener esa locura, no lo hago.
El placer que siento es demasiado bueno para renunciar a ello.
Cierro los ojos y disfruto de esa deliciosa sensación.
«Solo esta vez, Zoe. Será nuestro polvo de despedida».
—¿Quieres que siga? —pregunta con voz ronca.
Asiento con los ojos aún cerrados.
—Mírame y dilo en voz alta —me pide—. Quiero escucharte.
Deja de tocarme y abro los ojos. Los suyos brillan, ardientes, excitados, expectantes.
—Sí. —Sello mi destino con una palabra.
Pega su rostro al mío. Mordisquea mi labio inferior y tira de él con suavidad. Suspiro y él aprovecha para introducir su lengua en mi boca. La mía va al encuentro de la suya y nos entregamos a un beso abrasador.
—Echaba de menos el sabor de tus labios —me dice mientras respiramos el uno en la boca del otro.
Deposita suaves besos, por la barbilla, por el cuello, donde me clava los dientes en un delicioso mordisco.
Al instante noto como un calor electrizante desciende hasta mi entrepierna.
Apenas ha empezado a tocarme y mi cuerpo ya arde necesitado.
Como siga así conseguirá sacarme todas las respuestas que tanto busca.
Debería sentirme avergonzada por ser tan débil, pero nunca nadie ha tenido esa clase de impacto sobre mí.
Baja las copas del sujetador y hunde la cara entre mis pechos. A continuación, pasa la punta de la lengua por mis pezones hasta endurecerlos, después me mordisquea uno entretanto rodea el otro con los dedos, lo retuerce. Gimo.
Abandona mis pechos y deja un reguero de besos húmedos a lo largo de mi cuello, solo se detiene cuando alcanza mi boca.
Me besa de forma salvaje mientras su mano se desliza dentro de mi ropa interior.
Gruñe al percibir lo mojada que estoy, luego extiende la humedad que empapa sus dedos sobre mi clítoris palpitante.
Desesperada arqueo la pelvis en busca de más fricción.
Me mordisquea y me lame los labios al tiempo que juega con mi sexo.
Me tienta, me provoca, me lleva a la locura antes de introducir dos dedos entre mis pliegues.
Los empuja profundamente a la vez que frota mi clítoris con la yema del pulgar.
Tomada por la pasión agarro sus antebrazos y me aferro a él mientras sus dedos hábiles me conducen al borde del límite.
—No pares, por favor —suplico.
—Dime, ¿por qué me ignoras? Parece que me tienes rencor.
—¿Qué? —pregunto confundida.
Me mira con intensidad y sus ojos muestran un atisbo de esperanza. Recuerdo que este era su propósito desde el principio. Dudo un instante entre satisfacer su deseo de obtener respuestas o atender las necesidades de mi cuerpo. Por supuesto gana la segunda opción.
—Sigue con lo que estabas haciendo y luego te diré todo lo que quieras saber. —La necesidad de satisfacer el deseo que me consume gana la batalla a mi orgullo. Ya tendré tiempo para vengarme.
—Haré que merezca la pena.
Se arrodilla en la cama, me quita las bragas y el sujetador.
Desnuda observo como lanza su camisa a cualquier parte.
Mi vientre se contrae al verle el torso, fuerte y musculoso.
Fascinada con el espectáculo, espero expectante a que se deshaga del pantalón y de los calzoncillos.
Nada más se pone el preservativo ya lo tengo sobre mí, dentro de mí.
La intrusión es inesperada y absoluta, me llena, me quema.
Y a pesar de la incomodidad inicial me siento más viva que nunca.
—Jamás ha sido así para mí —confieso rodeándole el cuello con los brazos y las caderas con mis piernas.
—Joder. Eres lo mejor que me ha pasado, Zoe —murmura.
Sale de mi interior hasta dejar solo la punta en mi entrada, luego, baja lentamente, llenándome por completo.
Se mantiene inmóvil entretanto nuestras miradas se vinculan.
El tiempo se detiene, nada más importa, solo el aquí y el ahora, solo nuestros cuerpos fundiéndose en uno.
Durante un instante ambos nos deshacemos de nuestras corazas, y puedo ver a través de su mirada como su alma sangra.
El corazón me da un vuelco, pero la satisfacción inmediata se impone.
Volvemos a sentir el palpitar de nuestros sexos y nos entregamos a la pasión desenfrenada que nos envuelve.
Sus embestidas son profundas, con un ritmo constante y lento, casi insoportable.
Un poderoso orgasmo empieza a formarse en mis entrañas, él lo percibe e incrementa sus acometidas, destrozándome por completo.
La locura más deliciosa se apodera de mí, lo atraigo hacia mi cuerpo hasta conseguir capturar su boca.
Nos besamos con devoción. Jadeos de placer salen de mi garganta y se pierden en su boca, los suyos en la mía.
Enredamos nuestras lenguas del mismo modo que hacemos con nuestros cuerpos.
Mis manos se deslizan por su espalda hasta detenerse en su trasero, lo aprieto incitándolo a mover aún más fuerte, más profundo.
Su respuesta inmediata desencadena un poderoso orgasmo, olas de éxtasis me golpean con una intensidad desconocida.
Incapaz de mantener los ojos abiertos, los cierro, y pierdo el mundo de vista.
—Mírame. —Su voz me trae de vuelta y veo en sus ojos el mismo fuego que me consume, siento nuestra conexión; es imposible no hacerlo. El éxtasis cruza su rostro mientras se corre en mi interior—. Oh… Joder, Zoe —gime.
Se queda inmóvil, con el rostro escondido en el hueco de mi cuello.
Enredo mis dedos en su pelo y juego con él, Mark ronronea como un gato satisfecho y yo sonrío como una tonta enamorada, sin miedos, sin dudas.
Estoy segura de que el sentimiento es mutuo, porque es imposible alcanzar ese grado de entrega sin una conexión de cuerpo y alma.
Hemos compartido mucho más que sexo. Así que el mensaje de Amanda tiene que ser una equivocación. Y solo hay una manera de salir de dudas, además debo cumplir mi promesa.
—Tu ex me envió una foto cuando estaba en Austin. —Su cuerpo se tensa—. Estabas con ella en tu coche, y la besabas. —Se incorpora de golpe.
—¿Qué disparate acabas de decir? —Me siento en la cama y tiro de las sábanas hasta mis pechos.