Capítulo 19
Zoe
Me cuesta horrores mantener a Mark alejado; el muy imbécil no acepta mi negativa. Tengo que estar vigilante todo el tiempo para no coincidir con él. Se ha convertido en un cowboy acosador, es exasperante.
El único sitio en que no se atreve a perseguirme es en la cocina, durante la preparación de las refecciones, ya que Elle y Charlotte suelen estar presentes. Al parecer, si quiero disfrutar de paz y tranquilidad tendré que convertirme en el pinche oficial del rancho.
—¿Hasta cuándo vas a huir de Mark? —pregunta mi amiga.
Ella es otra que no me da tregua, desde que volvimos de Austin, hace casi una semana, no ha dejado de atosigarme a preguntas.
—No estoy huyendo de él —contesto apresurada.
—Pues no es lo que parece. Incluso Charlotte me ha preguntado si os habéis peleado.
—Joder con tu suegra, está en todo. ¿Qué le has dicho?
—Qué le voy a decir. No tengo ni idea de lo que te pasa.
—No me pasa nada, solo he decidido mantener las distancias. Pronto me iré y mejor cortar por lo sano.
—Te vas dentro de un mes y medio. Así que no me vengas con cuentos —dice con firmeza—. ¿Qué me ocultas?
—Qué pesada estás con el tema. —Le quito el cuchillo de las manos y recupero mi puesto de pinche—. Anda, sigue con lo tuyo y déjame tranquila con mis hortalizas.
—Todavía no he podido hablar con Caleb sobre lo sucedido en el bar. Pero cuando tenga la oportunidad de dilucidar este asunto, tú y yo volveremos a hablar.
—Ahora sé por qué andas así. ¿Cuántos polvos necesitas echar para poner tu vida sexual al día? —provoco con la intención de cambiar el rumbo de la conversación.
—Ja, ja, ja, ¡qué graciosa! —Me mira con una mezcla de vergüenza e irritación—. Sé lo que pretendes, y te puedo asegurar que no va a funcionar. Vamos a hablar, y me vas a contar qué ha pasado entre vosotros.
«No, amiga, en esta ocasión guardaré silencio».
Mientras sigo con las verduras pienso en las consecuencias de revelar el secreto de Mark, él muy cabrón juega con los sentimientos de todos. Por un lado, alimenta el odio hacia Amanda, por otro la perdona y se acuesta con ella. ¿Qué clase de hombre actúa de esa forma?
«Uno de carácter débil que se deja manipular y dominar con facilidad».
Duele constatar que el hombre generoso, noble, fuerte y resiliente que pensaba conocer, solo existe en mi cabeza.
Una rabia demencial se extiende por mi cuerpo y me hace utilizar el cuchillo con la habilidad de una chef de cocina versión ninja. De esas que manejan los objetos afilados como una extensión de su propio cuerpo, lo cual resulta ser liberador.
Suelto el cuchillo en la encimera y me limpio las manos en el trapo de cocina que tengo al lado, momento en que veo cómo Charlotte se aproxima a la cocina con pasos cansados.
—Aquí viene nuestra alcahueta favorita —digo en voz baja.
—No seas mala —replica sin poder ocultar la sonrisa.
—Tienes que espabilarte, Zoe —dice la mujer nada más entrar.
—Oye, si lo hago de maravilla. —Señalo con el dedo los boles de cerámica repletos de verduras troceadas.
—No me refiero a eso, niña. —Se acerca impaciente—. Mark se ha emperifollado de arriba abajo, parece un galán de cine. —La miro temerosa. No me gusta nada el rumbo que toma la conversación —. Dice que va al pueblo después de cenar. ¿Habéis visto a mi hijo salir solo y tan arreglado alguna vez?
—Pues no. La verdad es que es muy raro, prácticamente tenemos que obligarlo a salir —contesta Elle, mirándome de forma especulativa.
El corazón me late con fuerza, a un ritmo cada vez más acelerado.
Mis manos tiemblan y suelto el cuchillo, que cogí sin darme cuenta, al ver cómo un hilo de sangre se escurre por mi dedo.
Sin pensarlo, y para que nadie se percate, me lo llevo a la boca.
El sabor ferroso de la sangre no tarda en inundarme el paladar, no me importa. Trago hasta que deja de sangrar.
—Tienes que actuar rápido, no puedes permitir que otra te tome la delantera —dice en tono imperativo.
—No quiero ser maleducada, Charlotte, pero lo que haga tu hijo no es mi problema. —Respiro hondo—. Solo somos amigos —añado con la boca pequeña.
«O lo fuimos, hasta que descubrí que me utilizó para olvidar a su ex».
La decepción que veo reflejada en su rostro me duele. Sin embargo, no es nada comparado con lo que sentiría si supiera la verdad.
—Quizás haya quedado con algún comprador. Caleb me contó que Mark solía encargarse de los clientes —sugiere Elle con el afán de animarla.
Parece conseguirlo, ya que Charlotte deja el tema a un lado y se dedica a probar y a elogiar la comida de mi amiga.
Sonrío ante la complicidad que comparten.
Esa sensación de felicidad me dura poco, puesto que la imagen de Mark besándose con Amanda invade mi mente y me provoca un enorme vacío en el pecho.
«Deja de pensar en ese idiota. Te mereces un hombre de verdad, no un pelele que no sabe lo que quiere».
Molesta con el rumbo de mis pensamientos me obligo a centrar toda mi atención en la tarea que aún tengo entre manos. Lo hago con extremo cuidado. El corte en el dedo índice no sangra, pero me escuece como el infierno por la acidez de las frutas que troceo para agregar a mi ensalada mil colores.
Una vez tenemos la cena encaminada, nos sentamos a degustar un vino Pinot Blanc de California.
Entretanto, charlamos sobre el viaje de bodas de mi amiga.
Aunque yo me centro en el vestuario ideal para su luna de miel, Elle y su suegra se preocupan por quién se hará cargo del huerto y de las gallinas.
Su tema de conversación gana la partida y, tras evaluar a los candidatos al puesto, se decantan por la nieta de Diego, una chica de dieciséis años que quiere ahorrar para ir a la universidad.
En un momento dado sale a colación el nombre de Mark, a partir de ese instante me cuesta mucho seguir la conversación porque el recuerdo del tiempo que pasé junto a él domina mis pensamientos.
Ambas charlan entusiasmadas, ajenas a la tormenta que bulle en mi interior.
A cada rato buscan mi mirada, mi complicidad ante cada comentario, y debo esforzarme para que no se den cuenta de lo aturdida que estoy.
Seguimos entre copas y risas durante la media hora que falta al asado.
Compartimos anécdotas, no solo relacionadas con mi aburrida infancia, sino con la intrépida de los hermanos Wolf.
Está claro que Mark es el preferido de Charlotte, pero la excesiva mención a su hijo parece tener un claro objetivo: provocarme, tentarme, desafiarme.
Por fin el horno emite un pitido y pone fin a mi tormento.
Me equivoco al cantar victoria antes de tiempo.
Nada más poner un pie en el comedor, veo a Mark, se ríe de algún comentario gracioso de Liam.
Parece sentir mi presencia, pues se gira por encima del hombro y fija su mirada en mí.
Me detengo al instante con la ensaladera en las manos.
El corazón me late desbocado mientras paseo mis ojos por su cara, por sus labios perfilados, por su cuerpo esbelto y fibroso.
¡Madre mía! Charlotte tiene razón, está para comerse con ese traje slim fit grafito.
Una sonrisa pícara se dibuja en su boca cuando ve que me quedo como una pánfila mirándolo embelesada.
«Deja de babear» ordena mi voz interior, aunque el daño ya está hecho.
Cabreada conmigo misma me acerco a la mesa para dejar la ensaladera, lo hago con brusquedad.
Mark aún sigue mirándome, pero la sonrisa victoriosa que se dibujaba en sus labios es sustituida por una mueca interrogante.
Siento un cosquilleo en el estómago, que se expande hacia mi pecho, es una emoción familiar.
La rechazo y empiezo a enumerar las muchas razones por las cuales no debo dejarme llevar por mis sentimientos.
La primera de todas y la más importante: Mark está enamorado de Amanda.
—¿Te encuentras bien? Estás pálida —constata Elle con un atisbo de preocupación.
—Sí —afirmo escueta. A continuación, espero que todos se acomoden en sus asientos mientras ocupo el que está al lado de Liam.
Tengo a Mark sentado justo enfrente y su mirada sigue puesta en mí.
A pesar del deseo irrefrenable de mirarlo a los ojos, de volver a sentir esa conexión tan especial que nos unía, me contengo.
Sería como recrear una mentira, jamás tuvo el mismo significado para él que para mí.
Yo solo fui un medio para lograr un fin.
La rabia me invade y me entran unas ganas tremendas de gritar a los cuatro vientos que se ha reconciliado con su ex.
—Me da miedo preguntar, pero ¿en quién piensas cuando descuartizas ese trozo de ternera? —inquiere Liam, cerca de mi oído.
Su voz me trae a la realidad y me doy cuenta de que sujeto los cubiertos de una forma sanguinaria. Desato toda mi frustración en el acto de trocear la carne. Empiezo a creer que los cuchillos y yo no somos una buena combinación.
Avergonzada, levanto la mirada del plato y constato que Liam no es el único que me mira. Mark me observa con una expresión divertida. Su actitud me cabrea aún más, no entiendo como puede ser tan cínico.
—Tienes razón, pensaba en un imbécil que conocí.
Creía que era un hombre íntegro, pero resultó ser una serpiente traicionera —digo en voz alta con la intención de que Mark escuche—.
Y como bien sabes, a las serpientes hay que cortarles la cabeza —sentencio mientras me giro en su dirección para mirarlo a la cara.
Su mandíbula se tensa y su mirada pasa a ser desafiante. Mantengo mi postura, no pienso seguir su juego. Y como siga con ese comportamiento, lo delato ante todos.
«A la mierda con las buenas intenciones».
Liam me mira curioso, pero me encojo de hombros restándole importancia a mis palabras.
Luego, dirige la mirada a su hermano en busca de respuesta. Este se levanta, ignorándolo.
—Bueno, familia, os dejo. Disfrutad de la cena.
—¿Aún no me dijiste a qué vas al pueblo? —pregunta Charlotte en un último intento de sacarle información.
—Buenas noches, madre. —Elude la pregunta, y antes de abandonar el salón deposita un beso en su mejilla.
—¿Sabéis en qué anda metido vuestro hermano?
—A mí no me mires. No tengo ni idea, pero me alegro de que recupere su vida —contesta Caleb.
Por el rabillo del ojo veo como mi amiga le pega un codazo.
—Yo tampoco sé nada —se apresura a decir Liam.
Me siento decaída con la marcha de Mark. Saber que va al encuentro de su ex me duele, mucho más de lo que me gustaría admitir.
Pese a mi estado de ánimo, disfruto de la compañía de mi amiga y de su familia política. Ocasionalmente Liam nos interrumpe para contar alguno de sus chistes malos. Se lo agradezco, reír libera la tensión acumulada de mi cuerpo.
Con ellos me siento integrada, cómoda, algo que nunca he sentido en presencia de mi propia familia, con la excepción de Cristian.