Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

Mark

Han pasado tres días desde mi desafortunado encuentro con Amanda, pero todavía percibo el amargo sabor del arrepentimiento llenándome la boca.

Siento que me he fallado a mí mismo al ceder a su chantaje.

Debí zanjar ese asunto desde hace tiempo.

Sin embargo, me dejé arrastrar por mis miedos, por mis traumas.

La condición de expresidiario pesa demasiado, y más si tengo en cuenta lo manipuladora que puede llegar a ser mi ex.

Estoy seguro de que hubiera dado la vuelta a la situación para convertirme en el verdugo.

Quizás por eso preferí creer que me libré de ella para siempre tras nuestro encuentro en la cafetería.

Pero esta vez ha ido demasiado lejos al utilizar a Zoe para dañarme. Y lo peor, ha dejado claro que no se detendrá hasta conseguir lo que quiere: doblegarme a su voluntad.

Algo que jamás sucederá por más que se lo crea.

Su arrogancia y su exceso de confianza en sí misma no la dejan ver que ya no ejerce ningún control sobre mí.

Ahora mi corazón late fuerte por otra persona, una que no exige, una que no anula, una que saca lo mejor de mí, una que me hace sentir libre y feliz.

Una que me ha ayudado a reencontrarme conmigo mismo.

Por todos esos motivos no voy a consentir que Amanda vuelva a destruir mi mundo.

En esta ocasión pelearé con todas las armas que dispongo.

Para eso, primero tendré que deshacer el lío en que me ha metido Caleb.

Mi hermano al no localizarme, porque mi móvil se quedó sin batería, metió la pata al decir a Elle que había desaparecido con una mujer morena.

No contento con su indiscreción, decidió empeorarlo aún más inventándose una historia de lo más rocambolesca.

Su intervención truncó mis planes. Pues pensaba llamar a Zoe para contarle lo sucedido, solo juntos y con la verdad por delante podemos vencer a la loca de mi ex.

Porque sé que ella usará cualquier fisura que haya entre nosotros para destruirnos desde dentro, y eso vale para mi familia, tenemos que estar más unidos que nunca si queremos ganar esa partida.

Al final, tras deliberar con mis hermanos, decidimos no aclarar el sucedido, por lo menos hasta que las chicas regresasen a casa. También hemos acordado no involucrar a nuestra madre hasta que no sea extremadamente necesario, el estrés acentúa su dolencia.

Pese al malentendido que ha provocado mi hermano, no me quedé de brazos cruzados.

Al día siguiente de lo sucedido, consulté a mi abogado.

Este me aconsejó poner una denuncia, según él, aun sin pruebas fehacientes, la acusación serviría para que la policía pudiera intervenir las grabaciones de las cámaras de vigilancia. No vacilé en seguir sus instrucciones.

De momento estoy a la espera de las diligencias policiales. Además de tener a Amanda vigilada, tanto el abogado como el detective que he contratado por indicación suya, esperan que mi ex dé un paso en falso para pedir una orden de alejamiento.

—Hijo, por Dios, deja de mover esa pierna. Me pone de los nervios —protesta mi madre, sacándome de mis cavilaciones.

Por un instante pienso que se refiere a mí, a mi pierna, por suerte estoy de pie, con medio cuerpo oculto tras unos de los sillones. De lo contrario se hubiera fijado en que cambio el peso de mi cuerpo de un pie a otro.

—Ya deberían de haber llegado —refunfuña Caleb, poniéndose de pie.

—Tanto amor te está volviendo majareta, hermano. Relájate —Liam se burla de Caleb—. Empiezo a pensar que es contagioso, y como me pase lo mismo que a vosotros, me tiro de un puente.

Caleb le pega una colleja y yo cruzo los dedos para que nuestra madre no haya puesto atención a sus palabras. Demasiado tarde, lo sé por cómo me mira.

—Mark. ¿A qué se refiere tu hermano? —pregunta expectante—. No me vayas a decir que sigues…

—No, madre, no sigo enamorado ni estoy enamorado de nadie —la interrumpo.

Lo que tengo con Zoe solo nos pertenece y durará lo que tenga que durar, sin la intervención de nadie. Aunque sospecho que sabe que intimamos, a Charlotte no se le escapa nada.

—Pero si te esfuerzas un poquito, puedes llegar a estarlo. —Me lanza una sonrisa esperanzada—. A mí me haría mucha ilusión verte casado con una buena muchacha.

—No vayas por ese camino, Charlotte.

—Si te das prisa podemos celebrar una doble boda. —Sus ojos brillan llenos de ilusión.

—Aquí el único que se va a casar es Caleb. Así que date por satisfecha —digo rotundo.

—¿Qué te parece, Zoe? Creo que no vas a encontrar un partido mejor. Es guapa, divertida, inteligente, además de mejor amiga de Elle. Es perfecta. —Su entusiasmo confirma mis sospechas. Estoy en su punto de mira, ya no hay quien la detenga.

—Mamá, déjalo ya. Por favor —pido en tono serio tras ser ignorado.

Demasiados frentes abiertos tengo para soportar sus tejemanejes casamenteros.

—Bueno, familia. Os tengo que dejar. He quedado con los chicos en el barracón —alega Liam, después del desastre que ha provocado.

—No permitas que te desplumen, hijo —demanda nuestra madre, a sabiendas de la intención de Liam de jugar al póker. Cuando digo que está en todo, no exagero. Creo que tiene espías por todas partes.

—Jamás, he aprendido del mejor.

Mi padre era un experto jugador de póker.

Un juego de estrategia, no de suerte, según él.

A mí nunca me han gustado los juegos de cartas, sin embargo, su enseñanza se me ha quedado grabada: siempre debes ejecutar la mejor jugada posible con las cartas que te tocan.

Ganar o perder depende muchas veces de lo que hagan los demás; jugar bien o mal, no.

Cuando te den las cartas debes calcular tus posibilidades, además de reconocer cómo apuestan tus contrincantes, también es importante saber cuándo van de farol.

Y, sobre todo, nadie puede saber si estás contento con tus cartas o no, hay que esconder las emociones.

«Lo que viene a ser, poner cara de póker».

Tenía una recomendación más, solía repetirla muchas veces a Caleb: no te enfades, nunca. Si te enfadas, es mejor que te levantes de la mesa. Jugar enfadado hará que pierdas hasta los calzoncillos.

Sus consejos no me sirvieron de mucho, solo hay que ver cómo he gestionado la situación con mi ex.

Después de la retirada de Liam nos sumergimos en un reconfortante silencio, solo roto por We Were Too Young de Shane Smith & The Saints, un quinteto texano de rock sureño.

Quizás se acerque más al rock indie que al sonido del rock sureño de los setenta.

Caleb suele decir que es country con sabor a rock.

La voz grave de Shane nos relaja y hace la espera más soportable.

—Ya están aquí —anuncia mi hermano desde el alféizar de la ventana.

Salimos en tromba hacia el porche, donde esperamos impacientes el avance del todoterreno de Zoe por el camino arbolado que conduce hasta la puerta principal.

Caleb es el primero en bajar las escaleras, seguido por nuestra madre.

Yo sigo con los pies plantados en el suelo, una fuerza invisible me impide seguir sus pasos.

Quizás influenciado por la mirada fría e inquebrantable que me lanza Zoe en el momento que nuestros ojos se conectan.

—Hijo, ayuda a Zoe con la maleta.

La voz de mi madre me saca del aturdimiento y, con renovada determinación, me acerco al coche.

—No hace falta que me ayudes. Puedo sola —dice cortante.

La ignoro y alargo la mano hacia la maleta.

La recojo y me dirijo a su habitación, donde tengo intención de quedarme hasta descubrir lo que pasa.

Aunque me hago una pequeña idea, la primera información que tuvieron de mi desaparición fue la de que estaba con otra mujer, a pesar de ser verdad, esa noticia fue desmentida.

Quizás se haya preferido quedar con la primera versión.

De ser así, me sentiría decepcionado por su falta de confianza en mí.

—Gracias, puedes salir.

—No pienso ir a ninguna parte. —Apoyo la espalda en la puerta tras cerrarla—. ¿Por qué me ignoras? ¿No será por el malentendido del bar? —Intento descubrir sus motivos.

—No te tenía por un mentiroso. —Me mira desafiante.

Su actitud me desconcierta. Después de todo lo que hemos compartido esperaba que me concediera al menos el beneficio de la duda, aún más si tenemos en cuenta la relación sin compromiso y con fecha de caducidad que mantenemos.

—¿De qué me acusas, Zoe?

—Mira, Mark, estoy cansada y necesito una ducha urgente. —Me aparta y abre la puerta—. Ahora mismo no me apetece perder el tiempo en conversaciones absurdas.

—¿Conversaciones absurdas? Absurdo es tu comportamiento. ¿Qué ha sucedido? —pregunto. Aunque podría acabar con ese impasse contándole la verdad sobre la noche del viernes, no lo hago. Su postura altiva y desafiante me lo impide.

—No te debo explicaciones —contesta con dureza—. Por favor, vete ya —añade impaciente.

—Me voy, pero eso no se va a quedar así. Tenemos que aclarar esta situación.

—Te equivocas, no hay nada que aclarar. Todo me ha quedado muy claro, clarísimo —dice con retintín y cierra la puerta en mis narices.