Capítulo 15
Mark
Desde el pícnic paso las noches con Zoe, las noches y todas las horas del día que consigo escaquearme de mis obligaciones. Esta última semana ha sido una fantasía, a su lado me siento comprendido, aceptado, vivo.
Aún no son las cinco de la mañana y ya me encuentro preparado para un nuevo día de trabajo.
Me acerco a la cama con una sonrisa de satisfacción, hemos pasado parte de la noche follando como posesos.
La observo embelesado a la espera de que note mi cercanía y abra los ojos, sin éxito.
Su sueño es tan profundo que no se inmuta ni cuando le deposito un suave beso en sus labios.
La miro una última vez y me pongo en marcha.
El trabajo duro consigue mantener mi mente ocupada un buen rato.
La verdad, estoy inquieto por el viaje de Zoe a Austin, saber que se va a reunir con su hermano para tratar el tema del accidente me aterra.
Remover el pasado puede traer consecuencias imprevisibles, tanto para Elle como para mí, por más que Zoe insista en decir lo contrario.
—¿Quieres echarnos a todos? —pregunta Diego sacándome de mis cavilaciones.
—No sé de qué me hablas.
—Venga, Mark. Llevas cuatro horas haciendo el trabajo de seis peones. —Me quita la carretilla de las manos y la deja a un lado—. ¿Qué te pasa?
—No me pasa nada. Creo que eres tú el que ya no puede seguirme el ritmo —le provoco. Mi capataz es tan resistente como el cuero curtido.
—Más quisiera, muchacho —dice al sacar pecho—. Tengo que ir al pueblo por insumos y me preguntaba si puedes acompañarme. Iba a venir Caleb, pero está con Liam clasificando los terneros para la subasta.
—No te preocupes, yo te acompaño, solo dame unos minutos.
Le dejo con la palabra en la boca y corro para darme una ducha. Debo hablar con Zoe antes de que se vaya de viaje o me volveré loco.
Tras quitarme la peste de encima voy en su busca.
La encuentro en el porche trasero con Elle y mi madre.
Por un instante pienso darme media vuelta, dejar que el destino siga su curso es mejor que levantar sospechas en Charlotte.
Aunque por cómo nos mira cada vez que nos tiene delante, ya nos tiene fichados en su lista de confabulaciones.
—Hijo. ¿Nos acompañas a desayunar?
—No puedo. Diego me espera para ir al pueblo. Solo he venido a buscar unos papeles en el despacho de Caleb —miento.
Antes de entrar a la casa hago señas a Zoe para que me siga.
Sé que es arriesgado, pero confío en su ingenio para despistar a mi madre.
Mientras me dirijo al despacho de mi hermano intento ordenar las ideas.
Pero es complicado explicar lo que siento, es como un sexto sentido, como una intuición que huye al racionamiento lógico; cada vez que se activa, algo acaba muy mal.
Tampoco quiero que piense que soy un cobarde.
Diez minutos después, Zoe sigue sin aparecer y, justo cuando estoy a punto de salir, entra por la puerta. Alza su mirada hacia mí y curva sus labios en una sonrisa luminosa. Su gesto me emociona y, por un instante, aplaca todas mis dudas.
—Quería despedirme. —La estrecho entre mis brazos—. Ya no estarás aquí cuando vuelva del pueblo —añado.
—Creo que ya lo hemos hecho —me mira con picardía—, gran parte de la noche.
—No ha sido suficiente. —La beso con pasión, fuerte y rápido; la beso con suavidad, lento y dulce. La beso hasta que sus labios se vuelven hinchados y rojos. Los míos tendrán el mismo aspecto porque los siento húmedos y palpitantes. Apoyo mi frente en la suya y suspiro—. Nunca lo será.
Se aparta y me escudriña, va más allá de mis palabras.
—Sé que mi encuentro con Cristian te preocupa. No le conoces, pero puedes estar tranquilo. Él no hará nada sin tu consentimiento o el de Elle. Te doy mi palabra. —Su discurso acalla mis dudas, creo que ha tocado el verdadero quid de la cuestión: confiar mi secreto y el de Elle a un desconocido.
—Gracias. —Las comisuras de sus labios se elevan.
La noche cae sobre el rancho y a pesar de estar reventado me siento en paz.
El silencio es mi compañero, ya que Caleb no ha abierto la boca en el rato que llevamos en el porche.
Desde que empezó su relación con Elle esa es la primera vez que se separan por más de dos días consecutivos.
En un principio las chicas volverían en el mismo día, pero cambiaron de opinión y decidieron pasar el fin de semana en Austin.
—Joder, ¿qué cara son esas? Ni que estuvierais en un velatorio —dice Liam sacándome de mis cavilaciones.
—¿Vas al pueblo? —pregunto casi por inercia.
—Vamos al pueblo —ratifica.
—Conmigo no contéis —anuncia Caleb—. Hoy ha sido un día largo y estoy molido.
—Yo tampoco tengo muchas ganas de salir. Pero si consigues convencer a nuestro hermano, me apunto —digo sin pensarlo. Desde que salí de la cárcel no he socializado.
—Anda, Caleb, no seas aguafiestas. ¿Cuánto hace que no salimos los tres juntos? —insiste mi hermano pequeño.
—Ya te dije que estoy cansado.
—¿Tan corto te tiene atado Elle que no puedes salir con tus hermanos? ¿Si quieres la llamo para pedir permiso? —se burla Liam mientras observo como está a punto de convencerlo.
—Deja de decir sandeces. No necesito el permiso de nadie para hacer lo que me da la real gana —dice indignado.
—Pues entonces ven con nosotros.
—Eres un incordio, ¿lo sabías? —claudica al final—. Pero iré en mi coche.
Ponemos dirección al pueblo, al Larry`s bar. Lo hacemos en dos vehículos, como dictaminó Caleb. Aunque conociéndolo como lo conozco, se tomará una cerveza y volverá pitando al rancho. Ojalá me equivoque, por primera vez en mucho tiempo me apetece disfrutar de una salida nocturna.
—¿Y tú, también tienes que pedir permiso?
—No sé de qué hablas, Liam —contesto haciéndome el loco.
—Hablo de Zoe. Y no te hagas el despistado, sé que estáis juntos.
—No estamos juntos. Solo disfrutamos dejándonos llevar.
Liam asiente y no me hace falta palabras para saber el rumbo de sus pensamientos. Ambos sabemos que mi relación con Zoe no tiene futuro. Por más que desee lo contrario.
El local está abarrotado, mayormente trabajadores del rancho.
Muchos se sorprenden al verme cruzar la puerta, por suerte es una reacción momentánea.
Un rato después nos divertimos como en los viejos tiempos: Liam con sus anécdotas graciosas, Caleb, que al final se quedó, presume de sus músculos tras derrotar a todos sus rivales en la lucha de brazos.
Y yo, les doy una paliza a los dardos. A esas alturas mis hermanos llevan más alcohol en vena de lo recomendado, no solo ellos, los peones tampoco se quedan atrás.
El clima amistoso y distendido ha contagiado el ambiente, cualquiera diría que estamos de festejo.
Quizás conmemoramos mi despertar a la vida.
Me acerco a la barra por otra cerveza sin alcohol, lo único que suelo permitirme. Además de alguna bebida aperitiva cuando estoy con mi familia.
—Al parecer tu camioneta bloquea la salida de otro vehículo —me informa Larry, cuyo establecimiento lleva su nombre.
Me parece raro, aun así, salgo al estacionamiento para comprobarlo.
Al llegar no doy crédito a lo que ven mis ojos.
Amanda se ha colado en mi coche, y lo peor, va casi desnuda.
Menos mal que estoy en una zona poco iluminada, aunque eso me pone en una situación delicada.
Si la loca de mi ex decide joderme la vida, nadie podrá ayudarme.
Abro la puerta del lado del acompañante y le digo:
—Sal del coche, Amanda.
—Has tardado.
—Abróchate el vestido y bájate.
—¿Por qué no me lo abrochas tú? —pide con voz sensual.
—Pensé haber sido claro la última vez que nos vimos. —Procuro mantener la calma, a pesar de mis palabras.
—Te daba tiempo para que entraras en razón.
—Ya estoy cansado de tus juegos, Amanda. Fuera de mi coche. Fuera de mi vida. —Su sonrisa desquiciada me deja frío. Esta mujer está mal de la cabeza.
—Estás resentido. —Hace un mohín—. Lo que te hice estuvo muy mal y me arrepiento muchísimo. Te prometo que ahora todo va a ser diferente.
—No quiero escuchar tus estupideces. —El tono de mi voz sube unas décimas.
—No me vas a poner las cosas fáciles, ¿eh? ¿Pero sabes qué?, yo tampoco. —Me mira victoriosa—. Te voy a dar dos opciones, Mark: o te subes al coche y me llevas a casa, o filtraré a la prensa una foto tuya con Zoe, una donde se os ve muy, muy acaramelados.
—Ni tú serías capaz de un acto tan bajo y ruin. —Bloqueo la ira que me invade, de lo contrario soy bien capaz de sacarla del coche a la fuerza sin pensar en las consecuencias.
—Sabes muy bien que soy capaz de eso y mucho más. Así que pórtate bien y llévame a casa.
Un temblor invade mi cuerpo impidiendo que pueda meter la llave en la ignición. El motor ruje después de tres intentos.
—¿Dónde te quedas? —pregunto en un tono helador.
—En una de las cabañas de mi primo Allan, he alquilado por unos meses —contesta a la vez que añade información que no he solicitado ni me interesa.
Sujeto el volante con fuerza, saber que mi ex se ha mudado al pueblo me causa verdadero pánico.
Quizás deba denunciarla por acoso, lo que antes era un capricho se ha convertido en una obsesión.
Obsesión que no permitiré que me alcance, he tardado demasiado tiempo en salir del agujero en que estaba metido.
No voy a permitir que nadie me vuelva a destruir, ni yo mismo. Esta vez actuaré con la cabeza.
Conduzco lo más rápido que puedo, por suerte en el más absoluto de los silencios. Solo interrumpido al acercarnos a la propiedad de su primo.
—Estoy en la cabaña número seis, la que está cerca del río —indica.
Asiento y sigo la dirección señalada por las flechas situadas a un lateral del camino de tierra.
Aparco delante del número indicado y espero a que se baje.
No lo hace. Y para empeorar la situación veo como su primo pasa por nosotros con su aparejo de pesca.
Mañana todo el pueblo sabrá que he traído a mi ex a su casa.
Desgraciada, digo a mí mismo al darme cuenta de su jugada. Eso es lo que buscaba, que alguien nos viera y fuera con el chisme.
Estoy tan cegado por la rabia que no me doy cuenta de su cercanía, cuando lo hago es demasiado tarde. Salta sobre mí, me envuelve el cuello con los brazos y aplasta sus labios contra los míos. Su lengua intenta colarse en mi boca, momento en que reacciono y la aparto con brusquedad.
—No vuelvas a tocarme o no seré responsable de mis actos —aseguro entre dientes.
—Ten cuidado, no me gustaría que volvieras a chirona. —Esboza una sonrisa burlona.
Me bajo fuera de control, prefiero ir a la cárcel antes que aguantar a esa loca un minuto más.
Mientras doy la vuelta para sacarla del coche, en medio de una nebulosa roja de ira e impotencia, mi conciencia se despierta y grita fuerte: ¡No permitas que sea ella la que gane la partida!
Las palabras se repiten una y otra vez en mi cabeza; reacciono y me detengo de golpe con la mano en la manija de la puerta del acompañante.
Respiro hondo y con toda la frialdad de la que soy capaz digo:
—Ya he cumplido con mi parte. Puedes bajarte. —Mi voz sale pausada y por una fracción de segundo veo la sorpresa en sus ojos.
Agradezco haber recuperado la razón, de lo contrario estaría bajo su control. Dios, hubiera sido un desastre.
—Nos vemos por ahí. —Me guiña un ojo antes de subir al porche de su cabaña.
«No, si puedo evitarlo».