Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

Zoe

—¿Quiero los detalles? —inquiere Elle.

—No sé de qué hablas —contesto haciéndome la despistada. Aunque en el fondo estoy loquita por contárselo todo.

—¿Cres que no me he dado cuenta de las miraditas que has intercambiado con Mark durante la cena? —Me observa mientras espera una respuesta—. ¿Qué ha pasado? Charlotte me contó que fuiste a buscarlo en la cabaña —insiste.

¡Claro que te lo contó! Si antes tenía dudas, ahora lo tengo claro. Mark y yo somos su nuevo proyecto de emparejamiento.

—Sí, he hablado con él de lo que me contaste.

Fue una conversación dura, pero nos hemos sincerado el uno con el otro, y al final, pasó lo que tenía que pasar.

—Me dejo caer boca arriba sobre la hierba baja del pequeño claro donde mi amiga colecta algunas plantas medicinales silvestres—.

Ha sido increíble, Elle. Mark es una fiera en la cama.

Me ha hecho unas cosas con la lengua y los dedos que…

—¡Calla, calla, por Dios, Zoe! No quiero saberlo. —Se tapa los oídos en un intento frustrado de bloquear mis palabras, y yo me parto de la risa.

—Pensé que querías los detalles —la provoco.

—No te hagas la tonta. Sabes muy bien a lo que me refiero —dice con un atisbo de tristeza tras su mirada.

—Tranquila, no se ha enfadado contigo por contarme la verdad. También hemos hablado sobre pedir ayuda a mi hermano y ha estado de acuerdo. —Le cojo las manos entre las mías—. Todo va a salir bien, Elle.

Asiente y me lanza una sonrisa esperanzada.

—Mark y tú estáis…

—¿Follando como conejos? —interrumpo antes de que empiece a dibujar corazones en el aire—. Sí, lo estamos. Y pretendo disfrutar al máximo mientras dure.

—No pensaba decir nada. —Cruza los brazos enfurruñada—. Ya sois mayorcitos para saber lo que os conviene. Pero ándate con ojo con Charlotte, como se entere que os habéis liado hará lo posible y lo imposible para que en lugar de una boda haya dos.

Me río por lo inverosímil de la situación y me dispongo a ayudarla con su tarea. Según mi amiga las hierbas producen aceites volátiles por la noche, de modo que el mejor momento para recolectarlas es justo a la primera hora del día, cuando se funde el rocío.

Dedico el resto de la mañana a Elle y la pasamos de un lado a otro.

Solo paramos para comer, momento que espero con entusiasmo, aunque jamás lo reconozca.

Sin embargo, me llevo un chasco, mi cowboy no se presenta.

Tampoco lo hacen sus hermanos, según Charlotte, hoy ha entrado un gran lote de reses, y deben vacunarlas y ponerles los crotales correspondientes.

Cada día mi vocabulario ganadero se expande, cuando deje el rancho estaré hecha una auténtica cowgirl.

Por la tarde, mientras Charlotte descansa en su habitación y mi amiga se escapa con Caleb a algún rincón oculto del rancho, yo aprovecho para repasar los preparativos de la boda en la habitación que he transformado en una eficaz oficina de wedding planners .

Todo va conforme lo esperado, a pesar del retraso en las invitaciones.

Todas ya tendrían que haber sido enviadas.

Según Charlotte no habrá que preocuparse, ya que en pueblos tan pequeños con una llamada telefónica es suficiente.

No lo tengo tan claro y prefiero desdoblarme en tres para que cada convite llegue a su destino en la semana que queda de julio.

—Así que es aquí donde te escondes. —Pego un salto al escuchar la voz de Mark a mi espalda.

—¿Cuándo vas a dejar de pegarme estos sustos?

—Creo que nunca. —Me atrapa entre sus brazos, luego me devora la boca hasta que siento como se me flojean las piernas.

Nos separamos en busca de aire y nos quedamos abrazados mientras nuestra respiración se normaliza.

—¿Qué te parece si vamos a refrescarnos en el arroyo? Aquí hace demasiado calor —dice con voz sugerente.

Asiento con una sonrisa de oreja a oreja. Al llegar a los establos me doy cuenta de que lo tenía todo previsto, ya que los caballos están ensillados. Nos montamos y salimos en un galope desenfrenado hacia el bosquecillo que conduce al riachuelo.

Llegamos prácticamente juntos, y nada más atar los caballos nos desnudamos y nos metemos sin pensarlo en la refrescante agua cristalina.

Mark se sumerge en la parte más profunda y con menos visibilidad del arroyo, durante un par de minutos largos lo busco sin descanso.

Y cuando empiezo a creer que el agua se lo tragó, emerge entre mis piernas.

Su boca se desliza desde mi monte de Venus hasta alcanzar uno de mis pezones erizados.

Gimo presa de la excitación mientras hundo los dedos en su pelo.

—Llevo toda la mañana soñando con este momento.

—Me sujeta la cara con ambas manos, sus dientes tiran de mi labio inferior; le da un mordisco y lo chupa, enseguida introduce su lengua hambrienta en mi boca.

Noto como su miembro crece junto a mi entrepierna, enrosco una pierna en su cintura en busca de un mayor contacto—.

Pierdo el control cuando te tengo a mi lado.

—Respiramos el uno en la boca del otro—. ¿Qué es lo que me haces, Zoe?

Lo miro dudosa. Hay tantas respuestas que podría ofrecerle. Entre ellas, que mi único propósito es hacerle el amor hasta que ambos perdamos el sentido. También podría decirle que empiezo a cuestionarme lo mismo. Sin embargo, prefiero ser prudente.

—No tengo la menor idea, pero abogo por que lo descubramos juntos.

Me coge en brazos y me conduce hasta la orilla, junto a la ropa que dejamos desperdigada por el suelo.

Nos tumbamos sobre el manto improvisado, sus manos se mueven por mi cuerpo, como las de un pianista que sabe a la perfección qué tecla tocar para componer una sinfonía perfecta.

Gimo al sentir como el placer se propaga mientras enciende cada fibra de mi cuerpo.

Su boca ocupa el lugar de sus dedos llevándome al delirio.

—Eres tan hermosa —murmura mientras baja su cuerpo sobre el mío.

Me besa a conciencia, su lengua experta se mueve al ritmo de sus embestidas.

Al principio sus movimientos son lentos, profundos, acompasados.

A continuación, acelera con la intención de arrancarme todo el placer que pueda.

La sensación es casi insoportable pero mi cuerpo se derrite para adaptarse a su tamaño, a su grosor.

—Míranos… Mira lo bien que encajamos… —Sus palabras son ásperas y puedo sentir cómo le tiemblan los brazos al sostenerse para no aplastarme con su peso.

Miro hacia la unión de nuestros cuerpos y la visión me resulta sumamente erótica.

La lujuria me recorre y mis músculos se aprietan de forma involuntaria a su alrededor.

Él lo nota y sus movimientos se vuelven aún más rápidos, más duros.

Encontramos una cadencia perfecta que nos eleva cada vez más alto.

—Se siente tan bien, Zoe. Nunca tendré lo suficiente de ti.

Esas palabras tienen un efecto directo en mi entrepierna llevándome a un punto de no retorno; un orgasmo como no recordaba haber experimentado en la vida explota en mis entrañas. De fondo, escucho sus aullidos, él también alcanza el éxtasis tras un vigoroso empujón.

Mark se aparta de mí y el aire fresco de la orilla refresca nuestros cuerpos empapados de sudor. Se tumba a un lado y me acurruco sobre su pecho.

Un rato después nos refrescamos en el riachuelo; cuando salimos veo a Mark dirigirse a su caballo, donde saca un recipiente de la alforja.

Se acerca a mí con los ojos brillantes y me tiende una bolsa térmica.

En sus manos sujeta una manta de pícnic y la extiende sobre la hierba, al lado de nuestras ropas.

Sonrío y la dejo sobre el suelo para recuperar mis bragas y mi camiseta.

Estar desnuda al aire libre se me hace raro.

Mark hace lo mismo con su bóxer y se deja los pantalones vaqueros desabrochados. Una tentación difícil de resistir.

Recupero la bolsa y me llevo una sorpresa al examinar su contenido. Mi cowboy ha traído agua, un termo de café, bocadillo de pollo y una generosa ración de tarta de chocolate.

—Mmmm, veo que eres un hombre de recursos —comento con picardía entretanto dispongo todo sobre la manta.

—Lo que soy es un hombre hambriento. —Eleva la comisura derecha de su boca de forma sensual.

Ignoramos la tensión sexual que vuelve a estar latente entre los dos y atacamos la comida. Hasta este instante no me percaté de lo famélica que me encontraba.

—¿Te gusta la vida en el campo?

—Bueno, durante un tiempo no está mal. Pero no sé si me acostumbraría a tanta tranquilidad —le contesto con sinceridad.

—Tranquilidad, lo que se entiende por tranquilidad, no hay mucha. Aquí trabajamos de sol a sol —apostilla con una mueca de fastidio mal disimulada.

—No te hagas el graciosillo. —Le empujo con el hombro en un gesto cómplice—. Ya me entiendes. ¿Qué haces para divertirte? Además de improvisar pícnics y seducir a doncellas inocentes.

Suelta una carcajada contagiosa y acabamos los dos doblados de la risa.

Verlo tan relajado y feliz me hace sentir en paz conmigo misma.

Cuando empecé con mi plan «cómo echar el lazo a un cowboy » solo quería añadir una pizca de diversión a su dura realidad.

Sin embargo, he cambiado en el proceso. Aún no sé cómo sentirme al respecto, es una mezcla de emociones que me conmueven y asustan a partes iguales.

Se pone serio y me mira con intensidad.

—Antes del accidente tenía una vida social activa.

Solía ser la parte visible del rancho, me encantaba participar en las ferias agrícolas, en las subastas ganaderas.

También me ocupaba del marketing. Además de dirigir a los trabajadores.

—Su mirada se pierde en un punto indefinido—.

Pero todo eso cambió después de salir de la cárcel.

El corazón se me encoje al ver el cambio producido en su estado de ánimo, si pudiera volver atrás jamás hubiera hecho esa simple pregunta.

—Poco a poco, ya verás como todo se soluciona.

—Tranquila, estoy bien. Hablar de ese tema ya no duele tanto. —Coge mi mano y me besa los nudillos—. Cuéntame acerca de tu vida en Austin.

—Básicamente reparto mi tiempo entre la universidad, el gimnasio, los compromisos sociales impuestos por mi familia y algo de diversión los fines de semana.

—Las sesiones de spa y las visitas desnecesarias al centro comercial me las guardo para mí—.

Pero a partir de agosto todo va a cambiar —añado al recordar la decisión que he tomado.

—Veo que ya lo tienes claro.

—Sí, más que nunca —digo con firmeza.

Se queda un buen rato mirándome, hasta que pregunta:

—¿Qué es lo más disparatado que has hecho?

—Ya quieres hablar de temas trascendentales, ¿eh? Pues empiezas tú.

—Me ofrecí como diana humana en un juego de lanzamiento de cuchillos en la verbena del pueblo, la mayoría de nosotros estábamos borrachos.

—Eso no es disparatado. Es una estupidez.

—Lo sé. Te toca.

—Me vestí de rojo para ir a un velatorio.

—Nooo. ¿Lo dices en serio? —pregunta ojiplático.

—Sí. Tenía catorce años y estaba en una etapa rebelde.

—¿Tanto odiabas al difunto?

—Difunta. Era una de las mejores amigas de mi madre y la detestaba.

Cuando murió, decidí festejar y me puse la ropa más vibrante de mi armario.

—Arrugo la nariz al recordarlo—. Hacía frío, así que me puse un abrigo negro largo para ocultar el vestido rojo brillante que apenas me llegaba a medio muslo.

Mi madre se quedó en shock en el momento que vio mi atuendo, ella y todos los demás.

Estuve dos meses castigada, sin móvil y encerrada en casa.

—Eso sí es disparatado. Pero no cuenta, eras una niña.

—Listillo —bromeo—. Me colé una noche en la piscina del campus. ¿Eso te vale?

—Me vale. —Me mira con intensidad—. ¿Qué es lo que te apasiona, Zoe?

—Mis gustos son variados. —Le sonrío con picardía—.

Amo las hamburguesas con extra de queso, tumbarme al sol medio desnuda, compartir tarta de chocolate con un cowboy sexy y atractivo —acerco el tenedor a sus labios para que pruebe la tarta, él los abre, y disfruta del dulce pecado—, y los besos con sabor a chocolate.

—Creo que me haré adicto a tus gustos.