Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

Mark

Observo hipnotizado cómo Zoe devora su hamburguesa doble de queso.

Es afrodisiaco y me cuesta un infierno no cargarla sobre el hombro como un cavernícola.

Si decidiera seguir mis impulsos me la llevaría a un rincón oculto, lejos de las miradas indiscretas, y me la follaría hasta que quedáramos sin fuerzas.

Sabía que en cuanto la probara una vez, ya no podría dar marcha atrás.

«Estoy acabado, lo sé».

—Mmm… Está riquísima —comenta después de dar un generoso mordisco.

—Tienes kétchup en la barbilla. —Sin poder contenerme, cojo una servilleta para limpiarla.

Me sonríe con timidez y me quedo sorprendido al descubrir esa nueva faceta suya.

—Una hamburguesa que no chorrea, no es hamburguesa —dice y sigue comiendo con entusiasmo mientras gime de gozo en el proceso.

Llevo mucho tiempo anestesiado por el dolor y el cúmulo de emociones que atraviesan mi cuerpo me hacen parecer ansioso. Intento organizar mis ideas, hay tantas cosas que me gustaría decirle.

Zoe traslada su mirada hacia mi mano y antes de que abra la boca ya sé la pregunta que va formular.

—¿Qué significa el punto y coma que llevas tatuado en el dedo anular? —No me equivoco.

Acaricio el dibujo trasladándome al día en que me lo tatué. Acababa de salir de la cárcel y en el trayecto al piso que mi hermano alquiló en Austin, vi el estudio de tatuajes. Nada más me bajé del coche sentí la necesidad de inmortalizar en mi piel el punto exacto, nunca mejor dicho, de mi debacle.

Me estremezco cuando desliza sus dedos sobre la marca. La miro y entrelazo mis dedos con los suyos.

—Representa los momentos difíciles que he pasado, me recuerda la lección que he aprendido y que jamás debo olvidar, pero también me da esperanza en el futuro.

—Estoy segura de que tendrás ese porvenir que tanto deseas. Tanto tú como Elle os lo merecéis, solo tenéis que permitíroslo.

Llevo un año en el intento; aunque antes solo soñaba con recuperar mi vida anterior, ahora empiezo a fantasear con desayunos compartidos, atardeceres a la orilla del riachuelo, aromas a chocolate y miel…

«Todo hubiera sido más fácil si ese desgraciado no se hubiese cruzado en mi camino. Ojalá reciba su merecido».

—¿En qué piensas? —pregunta, sacándome de mis reflexiones.

—En el cabrón que me jodió la vida —digo sin pensarlo.

—Seguro que estaba huyendo. Ya no podemos devolverte los años que has pasado en la cárcel ni resarcirte del daño psicológico que has sufrido, pero no todo está perdido.

—La miro sorprendido—. Si conseguimos situar el todoterreno en los alrededores en el día del accidente, quizás consigamos tirar del hilo.

—Hace una pausa—. Voy a pedir a mi hermano que investigue, y, antes que digas nada, Elle está de acuerdo.

—Mi entusiasmo se desinfla como un globo.

—No puedes hacerlo, la verdad destruirá la relación de Elle y Caleb.

—Tienes muy poca fe en el amor que siente tu hermano por mi amiga —dice con voz calmada.

—Sé que ya hemos tocado ese tema antes, pero eres incapaz de comprender lo cabezón que puede llegar a ser mi hermano —contradigo con vehemencia.

—Nadie es perfecto, pero cuando amas de verdad lo haces con todas sus consecuencias, aunque duela. Las adversidades seguirán presentándose a lo largo del camino que decidan recoger y solo la superarán si están en la misma página —pronuncia de forma apasionada.

La miro con intensidad, y trato de escudriñar más allá de su piel, de su sonrisa despreocupada; anhelo poder leer su alma.

—No te imaginaba con una experiencia vital tan profunda —digo para provocarla.

—¿Qué quieres decir con eso? ¿Cres que soy una chica superficial a la que solo le interesa el corte de pelo que se llevará este verano? —inquiere ofendida.

—No hace falta que saques las garras, preciosa —contesto con una media sonrisa—. Solo lo digo porque eres demasiado joven.

Agacha la mirada avergonzada y se pierde en sus pensamientos. Intuyo a través de su semblante que sus emociones fluctúan como olas: entre la alegría, la sorpresa y el disgusto.

—De todas formas, la decisión de contar la verdad o no, os compete a vosotros. Le he prometido a Elle confidencialidad. Sé que no tienes por qué confiar en mi hermano, pero te prometo que Cristian es de total confianza.

—Quiero estar presente cuando vayas a verlo. —Me gustaría evaluarlo por mí mismo.

—No creo que sea buena idea. Aprovecharé que Elle tiene que probar el vestido de novia en Austin para hablar con él. Sería muy raro que dejaras todas tus labores en el rancho para acompañarnos. Aún más, después de que mi amiga prohibiera a Caleb que lo hiciera. —Compongo una mueca solo de pensarlo.

—Tienes razón. Prométeme que me mantendrás informado.

—Te lo prometo.

Esa misma noche, tras terminar de arreglar la puerta de la cabaña recojo mis pertenencias y vuelvo al rancho.

Llego antes de la cena y me llevo una sorpresa al encontrar a toda la familia reunida en el salón.

Mi mirada busca a Zoe sin que pueda evitarlo, sonrío como un tonto al ver latente en esos ojos color chocolate un resquicio de la lujuria que compartimos esa media mañana.

Separarme de Zoe me supuso un esfuerzo titánico, años de soledad dejan marcas profundas. Estar a su lado es un sueño del que no quisiera despertar jamás.

Se me hizo casi imposible concentrarme en mis quehaceres.

Incluso mis trabajadores se dieron cuenta de que no tenía la cabeza donde debía.

Confundir un ternero con un potrillo no me deja en un buen lugar.

Por suerte mis hermanos estaban entretenidos en capturar al dichoso toro del vecino; de lo contrario, los tendría dándome la lata el resto de mi existencia.

—Mira quién nos honra con su presencia —dice Caleb desde la barra del mueble bar, donde se encarga de servir bebidas aperitivas a los demás.

—Hijo, que alegría verte aquí. Pensé que pasarías otra noche fuera.

—Reforzaba las puertas y las ventanas de la cabaña, pero ya he acabado —contesto sin más.

—Pues, mientras te entretenías con esa casucha que se cae a trozos, nosotros nos divertíamos dando caza al toro de los Stuart.

Te lo digo en serio, ese animal está poseído por el demonio —narra Liam con efusividad—.

Hemos estado persiguiéndolo toda la tarde y te juro que el maldito tiene la capacidad de aparecer y desaparecer a voluntad.

—Deja de ser exagerado, Liam. Lo que pasa es que hay varios puntos de rupturas en el vallado colindante a nuestras tierras. —Caleb se apresura en explicarlo.

—Eso es muy raro, no hace tanto tiempo que hemos cambiado el alambrado del pasto norte —añado, pensativo. Por más bravío que sea ese toro, le sería imposible causar tanto estrago.

—Como me entere que se trata de una chiquillada de los nietos de los Stuart, ese viejo cascarrabias, se las va a ver conmigo —amenaza Caleb—.

El año pasado entraron a hurtadillas y liberaron a todos los terneros recién nacidos para que estuvieran con sus madres —aprieta los puños al recordar lo sucedido—, perdimos a dos crías con el revuelo que han montado.

—Tranquilo, hijo. Hablaré con JS —promete mi madre en tono conciliador.

—Ya te has olvidado como se ha reído de nosotros el año pasado.

El muy cabrón se ha negado en reparar el daño.

Y lo que es peor, ha defendido a esos delincuentes, según él solo defendían sus ideales.

Me parece estupendo que estén sensibilizados con el bien estar animal, pero que lo hagan en su rancho.

Porque el manejo que llevamos a cabo aquí es diez veces más respetuoso con los animales y el medio ambiente que los de su explotación. Así que no le pasaré ninguna más.

El ambiente se tensa, todos sabemos que mi hermano es de mecha corta. Y cuando una idea se le mete en la cabeza no hay quien lo haga entrar en razón. Solo espero que los enfrentamientos no vayan a más, en el pasado nuestras familias vivían enzarzadas en disputas absurdas.

—Charlotte, ¿ya has pensado en lo que vamos a preparar para tu cumpleaños? —pregunta mi cuñada para cambiar de tema.

La miro con cariño y agradezco su intervención.

El estrés afecta a la enfermedad de mi madre de una forma muy visible.

Aprovecho la distracción de mi hermano con las bebidas para acercarme a Zoe.

Le paso una copa de vermut mientras rozo mis dedos con los suyos, un calor electrizante recorre mi brazo y se extiende por todo mi cuerpo.

Es sorprendente la química que compartimos, nos prendemos fuego solo con la mirada.

Me resisto a la tentación de sentarme a su lado, pero busco un asiento donde pueda disfrutar de cada ángulo de su preciosa figura.

—He dado vueltas al asunto y he decidido que este año no daré una gran fiesta para conmemorar mi aniversario.

—¡¿Qué dices, mamá?!, si ese es el día que más disfrutas en festejar —protesta Liam.

—Lo es, pero este año tenemos una conmemoración mucho más importante. —Mira a Elle y a Caleb con cariño—. Y aún tenemos muchas cosas que organizar. He repasado la lista con Ruby y serán casi cuatrocientos invitados.

—De dónde diablos ha salido tanta gente —protesta Caleb al tiempo que mira a mi cuñada con ceño enfurruñado.

—A mí no me mires así, guapo. Hasta el recuento que hice iba por trescientos y pico. De los cuales solo conozco a cuarenta y seis. —Se cruza de brazos indignada y saca una carcajada a Zoe. Mi gata salvaje se lo pasa en grande con mi alborotada familia.

—Mamá, ¿acaso has invitado a los vecinos de los pueblos colindantes? —vuelve a quejarse Caleb—. Si sigues así me escapo con Elle a Las Vegas y os quedáis sin boda.

Mi madre abre la boca de forma exagerada mientras se lleva la mano al corazón. Caleb es bien capaz de cumplir con su palabra.

—Bueno, me conformo con que excluyas de la lista a todos los Jones, García, Miller y Davis.

—Ja, ja, ja. Qué chistoso se ha vuelto ese hijo mío —contesta aliviada al ver que solo era una broma.

—Había que intentarlo. —Se encoge de hombros, aunque no puede ocultar un amago de sonrisa.

Elle y Zoe nos miran sin entender el chiste y les explico que más de la mitad de los invitados llevan alguno de estos apellidos.

Seguimos con las bromas y las discusiones sobre los preparativos de la boda.

Solo dejamos el tema cuando Mariana irrumpe en el salón para anunciar que la mesa está puesta.

Abandono el último la habitación y, aprovecho que mi morena está delante para dale un mordisquito en el cuello.

No se lo esperaba y por poco se cae espatarrada en el suelo.

Nos miramos y sé con total seguridad que se va a tomar la revancha durante la cena.

No me equivoco. Mi gata salvaje pasa la velada provocándome, tentándome, llevándome a la locura cada vez que roza su pie en mi entrepierna por debajo de la mesa. Solo puedo desear que la cena se acabe lo antes posible para que pueda dar rienda suelta a todas mis fantasías.