Capítulo 11
Mark
Hace cinco noches que duermo en la cabaña, cinco noches que las palabras premonitorias de Amanda cobran vida para atormentarme.
Cuando me las dijo, no le di importancia.
Preferí creer a Zoe, a lo que me hace sentir.
Pero por lo visto, no se me da bien juzgar a la gente y, menos aún, escoger el tipo de mujer que me conviene.
En realidad, no tengo por qué sentirme tan miserable por un polvo frustrado, porque solo es eso, tensión sexual no resuelta.
Años de celibato empiezan a anular mi sentido común; de lo contrario, no me habría acercado a ella.
«No eres honesto contigo mismo, y lo sabes», me dice mi subconsciente.
Ignoro esa voz entrometida y tocapelotas que tiene la costumbre de sacarme de mis casillas y me centro en mí, en mis logros.
Nuestro padre nos dejó el rancho en herencia y desde entonces siempre hemos trabajado codo a codo y de igual a igual.
Sin embargo, mi ausencia provocó que todo cambiara.
Liam se retiró a un segundo plano y Caleb asumió el control.
Lo hizo con sabiduría y con una autoridad comparable a la de nuestro progenitor; siempre fue un líder nato.
A pesar del éxito de su liderazgo, desde que me sentí en condiciones de retomar mis funciones ha estado incentivándome a recuperar mi posición entre los trabajadores.
No está siendo tarea fácil, pero a medida que restauro la confianza en mí mismo, conquisto el respeto de los demás.
Incluso empiezan a acudir a mí cuando hay algún problema, como lo hacían antaño.
Sé que es cuestión de tiempo a que todo vuelva a ser como antes.
Espero que mi hermano pequeño dé un paso al frente y, entre los tres, podamos hacer lo que mejor se nos da en igualdad de condiciones.
Ese era el deseo de nuestro padre, y sé que lo conseguiremos.
Dejo la mente en blanco y concentro mi energía en la tarea que tengo entre manos: cambiar y reforzar la cerradura de la puerta.
Las bisagras ya las había arreglado la noche anterior.
Sé que es innecesario, en la cabaña no hay nada que valga la pena robar, además el rancho es seguro y está vigilado, nadie se atrevería a entrar sin ser invitado.
A excepción de mi ex; Amanda no conoce límites.
A pesar de creer que me he librado de ella nunca está de más ser precavido.
Evocarla me trae a Zoe a la memoria. Y por más que intente negarlo, me siento atraído por ella, por su sonrisa capaz de iluminar hasta un día gris.
Me siento vivo a su lado. ¡Joder!, es tontería negarlo, la deseo con cada célula de mi cuerpo.
Sueño con volver a probar el sabor de su piel, con tenerla retorciéndose de placer entre mis brazos.
Esa es la puta verdad. Paso el día buscándola con la mirada, y por las noches lucho contra el impulso de llamar a su puerta. Por eso duermo en la cabaña, debo mantenerla alejada porque en el fondo sé que no es la mujer superficial y sin sustancia a la que intento aferrarme para no sufrir.
No hay un empleado en el rancho que no haya caído rendido ante sus encantos. Su sinceridad a veces abruma, no suele andar con rodeos y siempre dice lo primero que se le viene a la cabeza. Mis labios se ensanchan al evocar sus ocurrencias. Es perfecta.
Se me borra la sonrisa al recordar sus palabras.
El sonido de un coche acercándose por el camino me pone en alerta. Recojo las herramientas que están esparcidas por el suelo y salgo al porche para recibir a mi visitante inesperado.
Es Zoe, su SUV se acerca con suavidad hasta detenerse por completo, me alegro de verla, pero no estoy seguro de estar preparado para enfrentarla.
Se baja del coche y camina en mi dirección con determinación, parece una guerrera dispuesta a enfrentarse a todo lo que se le ponga por delante sin perder una pizca de ese sex appeal que me enloquece .
Intento apartar la mirada de su cuerpo, en vano.
Lleva unos pantaloncitos cortos que dejan sus perfectas y torneadas piernas al descubierto, además de una camiseta blanca que se ajusta a la perfección al contorno de sus pechos.
Con solo cerrar los ojos puedo imaginar con claridad lo que se oculta tras la tela.
El pulso se me acelera al instante y la cabeza me zumba de una forma extraña.
Diría que estoy borracho si no fuera porque no he bebido.
«No te dejes llevar. Ya sabes lo que piensa de ti».
—¿Qué haces aquí, Zoe? —Oculto la tormenta que bulle en mi interior con una voz plana e inexpresiva.
—Tenemos una conversación pendiente, Mark —contesta decidida.
—Ah, ¿sí? Pues creo que te has equivocado —mantengo el tono frío, controlado—. No tenemos nada de qué hablar. —Enarca una ceja clavándome esa mirada marrón que a veces creo capaz de leerme la mente.
—He venido para hablar contigo y no me moveré de aquí hasta que me escuches.
—Se pone las manos en la cintura y descansa el peso de su cuerpo en la pierna derecha en una clara muestra de disconformidad, solo le falta golpear el suelo con el pie izquierdo.
Hago un esfuerzo colosal para no reírme, mi gata salvaje se ve adorable cuando saca las garras.
«No es tu gata salvaje y nunca lo será». Estoy en modo supervivencia y mi cerebro no deja de emitir alarmas.
Mi silencio la desquicia y puedo percibir cómo su seguridad empieza a resquebrajarse.
Debería aprovechar ese momento para echarla de la cabaña, a pesar de su determinación sé que si uso las palabras adecuadas conseguiré apartarla de mi lado para siempre.
Solo de pensarlo siento una opresión en el pecho y, sin darme cuenta me dejo llevar por el corazón.
—Llevo un rato trabajando en el arreglo de la puerta. —Sacudo el serrín y el polvo de la camiseta—. Si quieres que hablemos espérame aquí —señalo hacia uno de los bancos del porche—. Voy a darme una ducha.
Respiro aliviado al verla sentarse en el rústico asiento de madera.
Temía no poder controlarme teniéndola tan cerca, la cabaña es demasiado pequeña para los dos.
La miro una vez más antes de abandonar el porche; una sutil mueca de victoria ilumina su rostro.
Toda la tensión acumulada se disipa y un sentimiento de calidez se expande por mi caja torácica.
«Tienes que mantenerte firme, Mark. No seas gilipollas, de lo contrario pagarás un precio muy alto».
Cojo una muda de ropa limpia y me dirijo al patio trasero. La ducha está a la intemperie y cualquiera que se encuentre en la cocina puede verme desde la ventana, motivo de más para que me esperara afuera. Aunque si la situación fuera otra, no me importaría tenerla de espectadora.
«Deja de pensar con la polla, no eres un maldito adolescente».
Hago caso a las alertas emitidas por mi subconsciente e intento olvidar que Zoe está al alcance de mis manos.
Mi miembro se estremece ante la posibilidad de dar rienda suelta al deseo que me consume.
Pero me mantengo firme, tanto que dirijo el chorro de agua fría que sale de la manguera a mi pene semierecto; un grito ahogado intenta salir de mi garganta, lo contengo al ver que he conseguido mi objetivo.
Espero que mi amiguito se quede fuera de servicio durante un buen rato.
La realidad se impone pasado el calentón y miles de preguntas empiezan a atormentarme mientras me quito la mugre del cuerpo.
¿A qué ha venido? ¿Qué tan importante es lo que tiene que decirme?
¿Querrá seguir con lo que hemos empezado en el arroyo?
¿Cómo voy a poder lidiar con esta situación tras saber lo que piensa de los exconvictos?
No soportaré ver la decepción en su mirada cuando le cuente dónde he estado durante cuatro años de mi vida y, lo que es peor, el motivo de mi condena.
Dejo caer la cabeza hacia delante, hundido y apenado. Zoe jamás me mirará con los mismos ojos al saber la verdad, la que puedo contar. La otra la mantendré a buen recaudo, como he acordado con Elle.
Instantes después salgo de la ducha y me visto en el patio, he dejado la muda de ropa sobre una vieja silla situada cerca de la puerta de la cocina.
Me visto, me calzo las botas y me dirijo al porche; procuro ser silencioso, me gusta pillarla desprevenida.
Sonrío al ver que pasea de un lado a otro mientras masculla palabras ininteligibles, no soy el único afectado.
Me acerco a ella por la espalda y poso la mano en su hombro derecho, a la vez que digo:
—Con qué eres de las que hablan solas, ¿eh? —Pega un brinco hacia atrás.
—¡Joder! ¡Qué susto acabas de darme! —La sujeto por la cintura, pegándola a mi pecho—. Creía que ya habíamos aclarado este punto —añade antes de zafarse.
—Lo hicimos, pero a veces es más divertido trasgredir. —Sé que juego con fuego, pero no lo puedo evitar. Va más allá de mis fuerzas.
Recuperar la conversación de doble sentido que mantuvimos el día que se acercó al corral puede no ser una buena idea si lo que quiero es mantener el control.
En aquella ocasión, la asusté y la recriminé por ser imprudente.
Además de sugerir que se mantuviera alejada.
Por supuesto que no me refería solo al toro, hablaba de nosotros.
Del tormento que experimento cada vez que se acerca, cada vez que una sonrisa ilumina su rostro, cada vez que me mira como lo está haciendo ahora, con anhelo, con deseo.
—Estoy de acuerdo, la vida sin riesgos es muy aburrida. —Me observa fijamente y creo intuir sus intenciones en el momento que me mira la boca y se muerde el labio inferior.
Aun deseándolo con todas mis fuerzas, no me dejo llevar por el impulso de tomarla en mis brazos y besarla con la pasión que solo ella es capaz de despertar en mí.
—¿A qué has venido Zoe? —pregunto a pesar de temer la respuesta.
—Sentémonos. —Señala un banco de madera con respaldo situado en el extremo del porche, el único con cojines.
La sigo sin estar muy seguro, su cercanía me nubla los sentidos.
—Bien, no voy a andarme con rodeos. Elle me contó que has estado en la cárcel y te prometo que jamás hubiera hecho un comentario despectivo sobre expresidiarios de haberlo sabido, y menos aún para que lo escucharas.
Por suerte estoy sentado; de lo contrario, me habría caído al suelo de la impresión. Todos mis temores explotan delante de mis narices sin que sea capaz de asimilarlos. ¿Qué le habrá contado Elle? El miedo a descubrir hasta dónde llega su conocimiento sobre mi delito provoca que desee huir.
—Elle no tenía por qué justificarme ante ti; la realidad es la que es.
Aunque agradezco tus palabras, eso no cambia el concepto que tienes de los que han pasado por la cárcel.
—Me levanto con el corazón encogido. Si al menos pudiera decirle que soy inocente…
Respiro hondo. La promesa que hice a Elle cada día pesa más—.
Es mejor que te vayas, Zoe. Quiero estar solo.
—De eso nada, cowboy . Apenas he empezado. —Se levanta y me arrastra de vuelta al banco—. ¿Qué es lo que te molesta en realidad? Dilo.
—Déjalo, Zoe. Lo que me pase es cosa mía, ni te afecta ni te importa. Así que, por favor, vete ya —digo con cierta aspereza. Prefiero ser un borde antes de enseñarle mis debilidades.
—Te equivocas, Mark. Lo que te pasó me afecta porque me importas. Me importas de verdad —dice con voz suave mientras clava su mirada en mis ojos—. Elle me contó vuestro secreto, sé que eres inocente.
Me tenso al escuchar su confesión, jamás pensé que Elle quebrantaría nuestro pacto. Cuando dijo que conocía mi secreto, pensé que se refería a los sucesos que son de dominio público.
—Elle jamás debió contártelo. —La miro decepcionado—. Ahora entiendo por qué estás aquí. Si fuera culpable, no me darías ni la hora.
—Intentaré no ser dura contigo, porque sé que es un tema delicado para ti.
Pero tanto tú como Elle habéis perdido la perspectiva de la situación.
Vuestros miedos e inseguridades no os dejan ver el problema con claridad.
Las personas que os aman de verdad no van a dejar de hacerlo por un error que habéis cometido en el pasado.
—Se acerca y apoya una mano en mi antebrazo—.
Sé que aconsejaste a Elle no decir nada.
Creo que os equivocáis; el amor que tu hermano siente por Elle está por encima de todo. Estoy segura de que lo superarán.
—No tienes ni puta idea. —La aparto y me levanto—. Caleb es más terco que una mula. Romperá con ella en el momento que sepa la verdad.
—El que no tiene ni puta idea eres tú. Cuando Elle le cuente a Caleb el calvario que sufrió a manos de su ex, él lo entenderá.
Y si no lo hace, no la merece. —Se levanta molesta y se detiene frente a mí—.
No os dais cuenta, pero ocultar la verdad os mantiene prisioneros.
Debéis romper con el pasado de forma definitiva, Mark. Solo así seréis felices.
—¿Has terminado ya de psicoanalizarnos? —pregunto, irritado.
Criticar desde fuera es muy fácil, solo quien ha vivido de cerca una situación tan traumática como esa puede comprender lo jodido que es. Aunque debo reconocer cierta verdad en las palabras de Zoe. Ocultar la verdad nos mantiene prisioneros del pasado.
—Apenas he empezado. —Me sonríe con descaro—. Antes has mencionado que solo me he acercado a ti porque sabía que eras inocente. Te equivocas, Mark, me hubiera acercado a ti aunque fueras culpable. ¿Y sabes por qué?
Sacudo la cabeza incapaz de contestar a través del nudo que se forma en mi garganta.
—Porque en estas semanas que llevo aquí he podido conocerte, Mark.
Porque he visto la clase de hombre que eres: noble, trabajador, sensible —dice con cariño—.
Por supuesto que tienes defectos, ya te los enumeraré en otra ocasión.
—Me lanza una media sonrisa y añade—: Pero eres una persona de fiar y cualquiera que te conozca, aun sin saber que eres inocente, te dará un voto de confianza. Ahora solo falta que tú te lo creas.
Un hormigueo nervioso se expande por todo mi cuerpo, trago saliva y cierro los ojos para contener todas las emociones que bullen en mi interior. Las palabras de Zoe consiguen franquear la coraza que he construido para blindar mi corazón.
Me estremezco al sentir el suave roce de su mano sobre mi mejilla, aún con los ojos cerrados cubro su mano con la mía, retengo todo lo que me hace sentir.
Echo la vista atrás y todo lo que he vivido y sufrido ha merecido la pena, solo por disfrutar del tacto de su piel, de su risa que sacude cada fibra de mi ser, de su olor envolvente que me nubla los sentidos, de su mirada ardiente que me calienta la sangre.
«Dios, cómo me gustaría embotellar ese momento».