Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 9 #2
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Capítulo 9 #2

Aprieto los puños bajo la mesa y cuento hasta diez. No pienso caer en su provocación. Además, tengo un as bajo la manga, uno que me hace inmune a sus comentarios dañinos. Soy inocente. Y esa certeza me da fuerza para mantener la cabeza fría.

—A lo mejor es como tú y le gustan los chicos malos. —Disfruto al ver como su máscara de indiferencia empieza a resquebrajarse.

—Aunque se diera el caso, su familia jamás se lo permitiría —contraataca. Amanda es de las que mueren matando—. No te hagas el tipo duro conmigo, Mark. Ambos sabemos que soy tu única opción.

—Gracias por ofrecerte en sacrificio, pero tendré que rechazar la oferta.

Eso de cometer el mismo error dos veces no va conmigo —contengo la risa al ver su cara descompuesta—.

Hasta aquí hemos llegado. He venido como has pedido, te he escuchado como deseabas y ya no tenemos nada más de qué hablar.

—Me levanto y saco un billete de cincuenta dólares de la cartera y lo dejo sobre la mesa—. Invito yo.

—Te equivocas, Mark. Cuando te des cuenta…

—Déjalo ya, Amanda. No te rebajes más o voy a pensar que estás desesperada por encontrar a alguien que te mantenga. —Doy la estocada final y la dejo con la cara desencajada.

—Imbécil. Acabas de perder tu última oportunidad. —Levanta la barbilla, se cree vencedora.

Respiro aliviado al poner los pies en la calle.

Jamás pensé que conseguiría salir airoso en un enfrentamiento con Amanda.

Hoy no solo la pongo en su sitio, sino que consigo librarme de ella para siempre.

Porque la conozco y sé que su orgullo no le permitirá volver a acercarse a mí.

Podría decir que me siento mal por humillarla, pero estaría mintiendo.

«Maldita sea, me siento de puta madre».

Saco el móvil del bolsillo y llamo a Liam. Me contesta al primer toque.

—¿Qué ha pasado?

—Tranquilo. Todo ha salido mejor de lo esperado. —Me detengo delante de la camioneta—. Voy de camino al rancho. Tan pronto llegue te cuento los detalles.

—Ok, nos vemos dentro de un rato.

Con el móvil aún en la mano, decido enviarle un mensaje a Zoe. Mis labios se curvan hacia arriba de forma automática al ver «Gata salvaje» en mi lista de contactos. Me encantaría que esa gatita clavara las uñas en mi espalda mientras me suplica que la haga mía.

«Joder, me pongo duro solo de imaginarlo».

Contengo mis impulsos primarios y escribo:

Todo ha salido bien.

Gracias por apoyarme.

Me siento delante del volante y pongo rumbo al rancho. Una sensación de felicidad me invade. Solía sentirme así de pequeño, cuando mi padre me enseñaba a cabalgar o a echar el lazo. Creía que jamás volvería a experimentar algo parecido.

El rostro de Zoe vuelve a invadir mi mente; gran parte de mi alegría se debe a ella.

A sus besos... Aún puedo sentir el sabor de sus labios en mi boca, en mi lengua.

No veo la hora de tenerla entre mis brazos, entregada y apasionada.

Esa vez no nos quedaremos a medias. No, esa vez la haré disfrutar de todas las formas posibles e imaginables.

Mi entrepierna se estremece solo de pensarlo.

«Pues es mejor que no pierdas tiempo».

Grita la voz de mi conciencia para recordarme que los días vuelan.

Mi gata salvaje se marchará más pronto que tarde a la gran ciudad y, puede que después de la boda de mi hermano, nunca más la vuelva a ver.

El pensamiento me entristece, pero esa es la realidad; ambos pertenecemos a mundos distintos.

En eso Amanda no se equivocó. Por lo menos tendré un recuerdo suyo, uno que atesoraré siempre.

Sin embargo, para que eso suceda, primero debo confesarle que estuve cuatro años en la cárcel.

Mis principios exigen que se lo cuente antes de llevarla a la cama, aunque mi lado práctico y egoísta insiste en que esa información es irrelevante para echar un polvo, o dos, o los que nos pida el cuerpo.

En momentos como ese se me hace pesado el pacto que hice con Elle.

Sería mucho más fácil y menos doloroso decir que he estado en la cárcel por un crimen que no cometí.

El miedo que siento a revelar la verdad, o, mejor dicho, una media verdad, está justificado.

Si ya me duelen las miradas condenatorias de los desconocidos, no quiero ni pensar lo que sentiría si viera esa misma mirada en los preciosos ojos color chocolate de Zoe.

En cuanto llego al rancho me encuentro con Liam y Caleb en el porche.

—Quiero los detalles, hermano —pide Liam al tenerme delante.

—De haberlo sabido, hubiese sacado a esa arpía de la iglesia a rastras.

—Menos mal que no te enteraste, o el cura te hubiera cancelado la boda —puntualizo.

—¿Y correr el riesgo de quedarse sin donativo?

No lo creo; nuestro párroco es como el Tío Gilito: cada vez que ve un billete le sale el símbolo del dólar en los ojos —comenta Liam con guasa, sacándonos una carcajada.

Aunque, para ser justos, a diferencia del personaje de los tebeos, Timothy no lo guarda en una caja fuerte, sino que lo destina a obras de caridad.

Tras el breve momento distendido, les cuento lo sucedido.

Ambos no parecen tan optimistas como yo, creen que Amanda no se dará por vencida tan fácilmente.

Quizás sean mis ganas de perderla de vista las que me hacen ser tan positivo.

Solo el tiempo dirá quién tiene la razón.

Mientras tanto, olvidaré que algún día formó parte de mi vida.

La charla sigue, pero mi cabeza está en otra parte y me cuesta concentrarme en la conversación.

—Voy a prepararme un bocadillo, no he comido nada desde que salimos de la iglesia.

—Bocadillo, ¿eh? Más bien creo que tienes hambre de otra cosa —comenta Liam con un tono jocoso—.

No me mires con esa cara. Desde que llegaste no has dejado de mirar en dirección a las escaleras.

—Le hago una peineta mientras busco el ventanal que tengo justo delante.

De forma automática mi vista se traslada hacia los dichosos escalones dándole la razón. El muy capullo se parte de la risa.

Vuelvo a dedicarle una peineta antes de entrar al salón. Ya no tiene sentido disimular, al parecer soy más fácil de descifrar de lo que me imaginaba.

—Zoe está arriba con Elle —grita Caleb—. En el puñetero dormitorio que habilitaron para los preparativos de la boda. Cuya entrada la tengo vetada —se queja.

—¡No me extraña! La última vez que entraste, sacaste a Elle sobre tus hombros, en plan cavernícola —digo.

—Olvidaste decir que la sacó en ropa interior —añade Liam para echar más leña al fuego.

—Cállate —le riñe Caleb antes de volver a poner su atención sobre mí—. Vete ya por tu chica, así podré recuperar la mía —pide con los brazos apoyados en alféizar de la ventana.

—No es mi chica —mascullo irritado.

Mis hermanos se ríen y hacen bromas a mi costa, les ignoro y empiezo a subir los escalones con grandes zancadas hasta alcanzar el pasillo. Una vez delante de la puerta levanto la mano para llamar, pero me detengo al oír la voz de Elle:

—Eso no me gusta. ¿Prometes que vas a tener cuidado?

—Claro que sí, mamá —contesta una chica que supongo que es la que está en Nueva York.

Están en una videollamada grupal y me siento incómodo al escuchar la conversación. Dudo entre esperar a que terminen o volver en otro momento. Decido por la segunda opción, sin embargo, no llego a dar un paso. La voz de Zoe me mantiene anclado en el suelo.

—No creo que debas ir, ese tío puede ser un delincuente, un gigoló, un traficante, un expresidiario, o algo peor.

—¿Como un asesino en serie? —pregunta la chica de Nueva York con un tono burlón.

El suelo bajo mis pies desaparece y, por un instante, siento como si me arrancaran el corazón del pecho. Saber que la condición de «expresidiario» forma parte de la lista de Zoe para pretendientes desechados o considerados peligrosos, me rompe en mil pedazos.

Mi mayor miedo se hace realidad y no puedo impedir que una solitaria lágrima me resbale por la mejilla. Tenía la esperanza de que Zoe fuera otro tipo de persona, una que no etiquetara ni prejuzgara a la gente sin conocerla. Pero por lo visto me he equivocado.

La opresión en el pecho se hace insoportable y mientras respiro hondo apoyo la mano en la puerta. Para mi desconcierto, esta se abre y pega un fuerte golpe contra la pared.

Mi mirada se encuentra con la de Elle y sé sin necesidad de palabras que ella reconoce mi dolor.

—Lo siento, me he equivocado. —Me giro sobre mis talones sin siquiera mirar a Zoe.

—Mark, espera —grita mi cuñada, alcanzándome en el pasillo.

—Ahora no, Elle, por favor —pido en un susurro.

—Sé lo que piensas, pero te equivocas. Deja que te…

—No te molestes. Tampoco tiene mucha importancia —la interrumpo.

—Mark, escúchame, Zoe no ha…

Me trago el nudo que sube por mi garganta y vuelvo a interrumpirla.

—No te preocupes, estoy bien. —Nada de lo que diga conseguirá borrar las palabras de Zoe de mi mente.

Sigo mi camino por el pasillo, consumido por la pena. Envuelto en una extraña sensación de pérdida que no sé explicar.

«Quizás sea la esperanza de ser feliz».