Corazón Herido (Cowboy 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Mark

En el instante en que veo cómo Zoe saca a Amanda a rastras por la puerta lateral de la iglesia me quedo en shock, tanto por la presencia indeseable de mi ex como por la implicación de la amiga de Elle en asuntos que solo me conciernen a mí.

En un principio me siento tentado a seguirlas, pero al ver cómo mi cuñada pasa de cojear de una pierna a otra, entiendo que se trata de una maniobra de distracción para evitar que el ensayo de su boda se convierta en un circo.

Tras el impacto inicial, me siento avergonzado por saber que Zoe conoce mi historia con Amanda; también me siento traicionado por mi cuñada: ella más que nadie sabe lo sensible que es ese tema para mí.

Luego, comprendo que quizás sea inevitable que comparta mi desventura con sus amigas.

Mi boda fallida es un tema recurrente en mi familia y lo hablan sin tapujos delante de cualquiera; seguramente se vio obligada a compartir parte de la información.

Además, ser un cornudo no es nada comparado con ser un condenado por homicidio imprudente y conducción temeraria.

Una vez consigo asentar mis sentimientos espero el momento oportuno para buscar explicaciones.

Este no tarda en llegar, y a pesar de la delicadeza de la situación, respiro aliviado al encontrar en Zoe la misma mirada desafiante y enfadada de los últimos dos días.

Hubiera sido muy doloroso ver lástima en sus ojos color chocolate.

Mi cuñada se escabulle dejándome a solas con Zoe.

Hubiese preferido hablar con ella en otras circunstancias.

Pero así se dieron las cosas, y tras un intercambio de miradas y palabras desafiantes consigo aclarar la situación referente a Amanda.

No es la mejor solución para mí, aunque dada las circunstancias es la mejor salida posible.

A continuación, de forma inesperada, casi mágica, nos conectamos a un nivel en el que sobran las palabras, donde se dice con la mirada todo lo que no se logra expresar con voz.

Dura solo un instante, pero sirve para calmar mis caóticos sentimientos y me permite sincerarme sobre lo sucedido en el arroyo.

Intento centrarme en el ensayo, pero ni la mirada tranquilizadora de Zoe consigue calmarme.

Saber que Amanda me espera a unas pocas manzanas de aquí me destroza los nervios.

No por miedo; temo mi propia reacción, porque ella sabe cómo sacar lo peor de mí.

Y no me refiero a reacciones físicas —jamás le pondría un dedo encima a una mujer—, pero mi complexión y mi tono de voz en una discusión pueden llegar a ser intimidantes.

Eso sumado a mis antecedentes penales se convierte en un arma en sus manos.

Estoy seguro de que no dudaría en enviarme de vuelta a la cárcel con una falsa acusación.

—¿Qué te pasa, hermano? Parece que estás sentado sobre brasas incandescentes —pregunta Liam.

—Amanda quiere hablar conmigo.

—¿No pensarás verte con esa tarada? —Eleva la voz más de la cuenta.

—¡Shhh, por el amor de Dios! Ni cuando erais pequeños os comportabais así —nos regaña Charlotte mientras nos propina una colleja a cada uno.

«¡Joder, qué fuerte pega!».

Me llevo la mano a la nuca y me masajeo la zona para aliviar el picor.

Miro a Liam y parece no inmutarse; tendrá la piel curtida.

De los tres siempre fue el más travieso, de pequeño pasaba horas castigado.

Sonrío ante los recuerdos que inundan mi mente: Liam montado en su poni siguiéndonos hasta el arroyo, solo tenía cinco años.

Liam comiéndose una bandeja entera de galletas de avena y uva pasas, estuvo enfermo dos días.

Liam desarmando las ratoneras del granero, nuestra madre le castigó una semana sin postre.

Entonces todo era más simple y me creía invencible.

—Iré contigo. No te dejaré solo con esa perturbada, Mark —musita.

—Tranquilo, me encontraré con ella en la cafetería que está cerca de aquí.

—No bajes la guardia, hermano, esa mujer no es de fiar.

Asiento. Amanda es capaz de cualquier disparate con tal de salirse con la suya.

El ensayo termina y por fin puedo acabar con esa agonía. Pido a Liam que justifique mi ausencia y salgo sin que nadie se dé cuenta.

La cafetería está a solo seis minutos y a cada paso que doy en su dirección se me acelera el corazón. Mis ganas de dejarla plantada van en aumento mientras la distancia se acorta.

«Tienes que calmarte, Mark. Solo así podrás lidiar con esa arpía», me repito a mí mismo una y otra vez.

—Mark. —Me detengo de inmediato al escuchar mi nombre. Cuando me giro veo a Zoe correr hacia mí.

—¿Qué quieres, Zoe? —pregunto preso de los nervios.

—Me gustaría hacerte una petición. —Espero impaciente mientras recupera el aliento—. Haz picadillo a esa pirada. —Su fiereza me hace gracia—. Aunque creo que eso no es muy legal.

—No, no lo es. —Siento como la tensión se desvanece.

—Pues suerte con la loca.

—Eso está mejor. —Miro su boca con anhelo—. Debo irme —añado antes de perder el control.

—Llámame si necesitas ayuda. En una pelea de gatas nadie me gana. —Me enseña las uñas y suelto una carcajada.

Creo que su vena cómica es una tapadera, cada vez que está nerviosa, enfadada o asustada, la saca a relucir.

—Para eso debería tener tu número —sugiero y saco el iPhone del bolsillo.

Me lo dicta y la añado a mi lista de contactos.

Mi sonrisa se expande mientras tecleo «Gata salvaje», apodo que le pega como anillo al dedo.

Noto cómo se acerca a mí y levanto la mirada; su rostro está a escasos centímetros del mío.

Sus ojos brillan llenos de vitalidad, y esa energía desbordante me contagia.

Zoe tiene un no sé qué, que me vuelve loco. A su lado vuelvo a sentirme invencible.

—Ahora no tienes excusas para no llamarme. —Su voz es suave y el movimiento de sus labios casi hipnóticos.

Su boca me llama, me ruega que la bese, y lo hago con pasión y desenfreno. Pego su cuerpo al mío y disfruto del sabor de sus labios sin importar el momento ni el lugar. Solo somos nosotros, dejándonos llevar por la fuerte atracción que nos envuelve.

Gruño cuando me mordisquea el labio inferior. Dios bendito, esa mujer va a acabar provocándome un infarto.

—¡Guau! Como sigas besándome así, me volveré adicta a tu boca.

Respiro hondo al pensar en todas las adiciones que me gustaría provocarle. Vuelvo a unir mis labios con los suyos, en un beso breve y suave.

—Nos vemos más tarde.

Me cuesta dejarla marchar, si no fuera por la amenaza de Amanda me la llevaría a la cabaña y terminaría lo que dejamos a medias en el arroyo. El corazón me late con fuerza al imaginarla desnuda sobre mí. Joder, lo que siento cuando estoy a su lado es demasiado fuerte.

Tardo cinco minutos en llegar al café. Una vez delante de la puerta dudo un instante antes de abrirla.

El local está medio vacío o medio lleno según la percepción de cada uno.

Tras un breve barrido la veo sentada al fondo, protegida de las miradas indiscretas.

Me acerco a ella con pasos firmes aparentando una tranquilidad que estoy lejos de sentir.

—¿Querías verme, Amanda? Aquí me tienes. —Levanta la vista del periódico con un aire de superioridad.

—Sabía que no rechazarías mi invitación. —Su cinismo no conoce límites—. Siéntate, me duele el cuello de mirarte. —Pues no me mires, estoy a punto de mascullar.

—¿Qué quieres, Amanda? Ya no sé qué hacer para que entiendas de una vez por todas que no quiero volver a verte.

—¿Pedimos algo de comer? —Hace una señal a la camarera tras pasar por alto mi queja—. Esperarte me ha abierto el apetito.

Ignoro el doble sentido de sus palabras, así como a la pobre chica que, sin merecerlo, se llevará una muestra de mi mal genio.

—Estoy perdiendo la paciencia. —Resoplo un par de veces—. Di lo que tengas que decir o me largo.

La camarera toma nota del pedido de Amanda y se marcha apresurada.

—¿Por qué me tratas así? Solo quiero que volvamos a ser lo que éramos —refunfuña—. Sé lo que necesitas, Mark, sé cómo hacerte feliz. Y por mucho que lo niegues, sé que sigues enamorado de mí.

—Deja de decir sandeces, Amanda. El amor que sentía por ti murió el día que me devolviste el anillo de compromiso para irte con otro. Ahora, lo único que me inspiras cuando te miro es repulsión y asco.

Por un momento veo dolor en su mirada y no puedo evitar alegrarme.

—Es por la chica esa, ¿verdad?

—No metas a Zoe en esto. Ella no tiene nada que ver con nuestra historia.

—Zoe White. Su apellido me sonaba conocido y, al buscarlo en Google, comprobé que estaba en lo cierto. Es una niñita de papá con más dinero que sentido común. ¿Sabías que su hermano mayor va a postularse como fiscal? Dicen que cuenta con el apoyo del senador John Harris.

—No, no lo sabía. Y tampoco me interesa —contesto, irritado por el rumbo de la conversación—. Además, eso no tiene nada que ver con nosotros.

—Ahí es donde te equivocas. Conozco a ese tipo de chica: mimada y caprichosa. Les encanta jugar con hombres como tú, pueblerinos y de una clase inferior a la suya. ¿Qué crees que pasará cuando descubra que has estado en la cárcel?

La insinuación de Amanda consigue su objetivo: minar mi autoestima. Aun así, mantengo la compostura.

—Qué bien te describes —provoco al utilizar su misma munición—. Aunque en tu caso, añadiría mercenaria a tu lista de virtudes.

—¿Ves por qué me gusta esta nueva versión tuya? —Se relame los labios—. El antiguo Mark se habría puesto a lloriquear.

Me tenso y hago un esfuerzo titánico para no mandarla a la mierda. Por suerte, la camarera se acerca con su pedido: un sándwich de pollo y una cola light. Dispongo del tiempo justo para serenarme antes de que vuelva a la carga.

—Como te estaba diciendo, puede que Zoe muestre interés por ti —sonríe con suficiencia—, pero tan pronto como se entere de que fuiste condenado por acabar con la vida de un pobre chaval, huirá de ti como de la peste.